7
DORIAN
La aparición de Madison me ha pillado a destiempo y ahora todo va mal.
¡Todo, joder! Murphy aseguraba que si algo puede salir mal, saldrá peor.
Mi lectura es más jodida: cuando piensas que algo no puede ir peor, sucede lo inevitable para demostrarte lo contrario.
Estoy en caída libre y no veo el final, ni el suelo ni nada a lo que agarrarme.
Y todo por culpa de mi desmesurado afán de venganza.
¿Quién cojones me mandaba a mí liarme con Candy Reynolds cuando estaba —y sigo estando— enamorado de otra mujer —su prima para más inri—?
¿De verdad me creía capaz de salir indemne de este embolado?
¡Si hasta le pedí que se casara conmigo!
¿Y dónde estoy ahora? ¡Metido en la cama con mi «prometida», después de tirármela sin ganas!
¡Puta Candy! Unirme legalmente a ella es lo último que deseo.
Pero claro, a mi vida le importa una mierda lo que quiero yo…
¡Lo sé, joder! El único culpable de estar en esta situación soy yo, un descerebrado impulsivo, un imbécil incapaz de darse cuenta a tiempo de sus cagadas. Y mírame ahora, estoy de mierda hasta las cejas, sin opciones, atrapado. Desahuciado de cojones.
Desde nuestra llegada a Elberta esta tarde, mi existencia se ha convertido en una pesadilla infernal —joder, es que ni Satán me llega a la suela de los zapatos—.
Entre lidiar con los celos de «mi prometida» durante la cena, batallar contra mis ganas de mandarlo todo al cuerno para ir a por Madison, sufrir la forma en la que Candy ha tratado a mi familia, sentir la tensión de la responsabilidad y aguantar como he podido mis anhelos más profundos, he bajado al averno y me he quedado allí a vivir, entre el fuego y la tortura.
Tanto mi madre como mi hermano se han comportado con la mayor educación posible durante todas las horas en las que una arpía llamada Candy se ha dedicado a criticar cualquier faceta de nuestras costumbres y sus duelos verbales con Madison, pero he descubierto en más de una ocasión las muecas de dolor en sus rostros, y me ha jodido un montón.
La observo dormir en mi cama, tranquila, con esa expresión de no haber roto nunca un plato, y recuerdo las palabras de mi futuro cuñado en esos vídeos que me puso Ralph hace pocos días, su implicación a la hora de asesinar a las personas importantes para Madison, su inquina, su odio.
¿Y de verdad fui yo quien decidió casarse con ella para joder a Ash?
¿Cómo parte de un plan de venganza? ¿Sin siquiera valorar otra manera de afrontar mi rabia y mi dolor?
He estado ciego otra vez. No aprendo. Mi temperamento siempre acaba arrastrándome a tomar las peores decisiones, y me ha dejado sin alternativas.
Le lanzo una mirada asesina a Candy. No aguanto ni un segundo más metido en la cama con ella, el sueño no quiere acompañarme y necesito moverme.
Esto es un puto suplicio. Ojalá Madison se hubiera quedado aquí, en la habitación de enfrente, en una cama en la que ahora me pudiera meter para cambiar nuestro último encuentro, para abrazarla, para…
¿Ahora hasta se me humedecen los ojos? ¡Estoy fatal!
El recuerdo de ese último encuentro en la mansión Reynolds, de cómo la traté, de la rabia con la que me corrí…
Soy un desalmado, me merezco su odio. ¿Cómo pude seguir adelante cuando sus ojos me mostraron su desviación total?
¿Soy un monstruo? Ojalá pudiera dar marcha atrás, abrazarla entonces, cambiar mi expresión, mis intenciones, mis actos.
Me levanto de la cama con sigilo, solo me faltaría despertar a Candy.
La muy tocanarices hoy no ha perdonado su polvo nocturno, como la ninfómana que es.
Ni siquiera estando mi familia en casa se ha podido resistir a follar, y claro, el menda ha de respetar sus deseos, a pesar de mi absoluto asco por ella.
Si conociera mis pensamientos cuando me la tiro, seguramente me arrancaría los huevos, pero la verdad al desnudo, sin subterfugios, es que mi polla solo desea a una mujer, y no es mi prometida, ni sé si conseguiré volver a tenerla alguna vez ni si hacerlo con Candy tan a menudo acabará de jodernos.
¡Pero me han puesto en una encrucijada! Si no lucho por seguir adelante con esta boda, Ashley perderá la oportunidad de cazar a su tío, pero si sigo follándome a Bella, destruiré cualquier posibilidad de recuperar a Madison…
El karma es un cabrón, no me queda ninguna duda.
Necesito un lingotazo de alcohol, mi cabeza está demasiado liada con mis sentimientos jodidos y esas cosas.
La maldita Ash —¡Madison!— ocupa todos mis pensamientos a lo grande, es como una mosca cojonera de esas que no quiere irse ni ante tus gestos más enérgicos.
Ella lo domina todo; su aparición esta noche, sus mohines, sus palabras, su voz, el sonido apagado de sus silencios.
¿Cómo cojones se supone que voy a vivir sin ella?
¿Sabiendo cuánto la he herido? ¿Sin ningún atisbo de esperanza?
Las ganas de abrazarla me han cosquilleado en las manos durante las tres infernales horas que ha pasado en casa.
No podía dejar de mirarla, de desearla, de calentarme solo con observar sus labios.
Y mi mente traidora ha retrocedido en el tiempo, a cuando apenas éramos unos críos de dieciséis años, nos estábamos conociendo y nuestra única barrera eran enfrentamientos inmaduros, duelos verbales, pullas y mi empeño en no creer en el amor.
En cambio ahora… Espiro con fuerza porque sé que la amo con todo mi corazón, y la inevitable verdad es que los obstáculos pueden ser insalvables.
Me acerco al armario, descuelgo mi antiguo chándal y me escondo en el baño.
Son las cuatro de la mañana, está oscuro, no se escuchan sonidos en mi hogar y Candy sigue con su sueño profundo.
Solo con mirarla me rompo de nuevo. No la quiero, no la deseo, no ansío estar a su lado como con mi Ash —deja de llamarla así, su nombre es Madison Gardner, joder.
¡Grábatelo a fuego!—, y, sin embargo, el destino capullo no opina lo mismo.
Salgo al pasillo tras cambiarme de ropa en mi baño privado, donde me han asaltado demasiados recuerdos con ella como para respirar con tranquilidad.
Pasamos casi dos años compartiendo la morada, en nuestros meses felices vivimos instantes alucinantes en ese baño, en la habitación, en la intimidad del hogar, en la casa del bosque...
Y sí, me mintió en muchísimos aspectos importantes de su vida, pero no en sus sentimientos, tan iguales a los míos.
El odio, la rabia, el rencor y los deseos de venganza son lo peor.
Hace poco etiquetaba de eso a la posibilidad de amar, de ser débil, de no luchar por mi resarcimiento.
¿Y dónde me ha conducido esa manera de pensar?
Aprieto los puños con fuerza, porque la respuesta es demoledora.
Y, aun así, la ira sigue asida a mi interior, hay instantes dolorosos en los que solo quiero buscar la forma de herirla, de devolverle cada golpe, cada gemido de Candy que no es suyo, cada hora de desconfianza, cada muesca en mi corazón.
Bajo las escaleras de manera sigilosa para conseguir una copa, llevo las zapatillas en la mano y camino muy lento hasta la cocina, mi madre guarda el ron en uno de los armarios altos.
Descubro luz en el interior a través de las rendijas de la puerta cerrada, ¿será mi madre desvelada por algo?
No quiero asustarla, por eso abro despacio, pero enseguida me doy cuenta de que no es ella, sino Ernesto.
Está sentado a la barra con un vaso de leche en una mano y la mirada un poco perdida.
Ha cambiado, pero sus modales refinados no los perderá jamás.
—¿No podías dormir? —pregunto anunciando mi presencia. Camino hasta la mesa con pasos rápidos y ocupo una silla a su lado—. Son las cuatro y pico. Supertarde, enano.
—He ido a la casa del bosque. A buscarla.
—Levanta la cara para mirarme a los ojos.
En los suyos leo dolor, ansiedad y desengaño—.
Me lo ha contado todo. Incluso su plan para acabar con las amenazas.
—Pronuncia la última parte muy bajito, aprieta los puños con fuerza y desvía la mirada—. ¿Cómo pudiste?
—¿Te lo ha explicado? —pregunto atónito—. ¿A ti? ¿Todo?
Chasca la lengua con disgusto, negando con la cabeza.
Leo una grandiosa decepción en sus ojos, como si haber escuchado la historia al completo, hubiera mostrado mis cagadas de forma tan intensa que hasta él, quien siempre me ha adorado, ha entendido lo cabrón que soy.
Y me duele un montonazo. Más de lo que mi expresión deja traslucir.
—¿Por qué siempre actúas sin pensar? —pregunta con un tono dolido—. La rabia es tu peor enemiga, Dorian. Y llevas demasiados años dejándote llevar por ella, sin prever las consecuencias ni evaluar los riesgos. —Baja mucho el tono, hasta casi un susurro—. ¿De verdad querías destruirla así?
—Me ocultó demasiado, no confió en mí. —Mi voz se apaga al ritmo de esa mirada acusatoria de mi hermano—. Yo no sabía toda la verdad…
—Ese es tu problema, el de siempre. —Niega con la cabeza—.
En vez de plantarte en su salón para pedirle explicaciones, decidiste recurrir a la venganza, como has hecho toda la vida, tanto con ella como con papá y con cualquier otro problema.
¿La puedes culpar por no confiar en ti? No puedes continuar viviendo de esta forma, haciendo daño a los demás mientras te lo haces a ti mismo.
—Le da un trago a la leche y desvía la mirada—.
Tenías razón para estar enfadado, pero la perdiste al tomar el camino equivocado.