6 #2
Vaya. Esa declaración es como si me mostrara una parte de su alma.
Sé leer entre líneas, apreciar cómo de mal lo pasaba cuando sus compañeros se metían con él y cuánto le costó en realidad dejar a un lado su temperamento bonachón para abrazar uno más letal.
Aunque también vislumbro lo que se esconde tras su coraza, ese chico tierno jamás desaparecerá.
—Explícame cómo has llegado hasta aquí sin que lo supiera —me intereso.
—De eso se trata ser observador, ¿no? Una de las primeras normas para pasar desapercibido es aprender a conocer todos los datos antes de actuar.
—Deja mis cascos sobre la mesa y esgrime una enorme sonrisa—.
Rach es un portento con los ordenadores, me ha enseñado un montón, juntos hemos aprendido muchísimo y te hemos buscado por la red.
Quería encontrarte, Ashley… Perdona, Madison, es la costumbre…
—Desvía un segundo la mirada—. Cuando Dorian me contó lo del FBI y tu afición secreta a la ciberdelincuencia, intenté ponerme en contacto contigo.
Te echaba de menos. —Sus ojos me miran con un poco de dolor—.
Y resulta que a él también le mentiste. Y que estabas al otro lado del PC…
Titubea un poco al final y su rostro revela rastros de emoción, pero los reprime.
Sus palabras me tocan la fibra sensible, son bastante claras respecto a cómo se sintió con mi deserción de su vida cuando apenas era un crío de catorce años, y también intuyo cómo le ha afectado enterarse de que la historia construida por mí para darle una explicación a Dorian era mentira.
—Lo siento —susurro, percatándome una vez más de mis errores—. No podía confiar en tu hermano, me daba miedo su reacción —admito—. Y le conté lo del FBI. Fue lo único que se me ocurrió.
—Estaba preocupado, ¿sabes? —Suspira—. Pensaba que podías acabar entre rejas. Incluso me metí con Rach en los archivos del FBI para buscar el expediente de Ashley McGregor, ahora entiendo por qué no encontramos nada.
—¿Hackeasteis a la agencia federal? —Levanto un poco la voz.
—No te hagas la sorprendida. —Me enseña los dientes al perfilar la sonrisa más orgullosa del mundo—. Somos buenos, ya te lo he dicho.
—Me queda clarísimo.
Tardo unos instantes en reponerme de la impresión. Este Ernesto es realmente una versión muy diferente a la anterior. Entonces me sobreviene un torrente implacable de emociones. Lo he echado muchísimo en falta, es una de las personas importantes de mi vida actual, y no tengo muchas.
¿Y si por culpa de nuestros planes acaba herido? ¿O muerto? ¿Y si mi tío se ensaña con él? ¿Y si lo he puesto en peligro?
En un arrebato abro los brazos y lo envuelvo con ellos, con pánico, como si acabara de comprender hasta qué punto estoy jugando con las vidas de otras personas, cómo Albert me ha ganado una y otra vez, cómo la vida me ha llevado a un lugar cargado de riesgos que no debería correr.
Las lágrimas se ocupan de llenarme el rostro, junto con la ansiedad.
Todo mi mundo puede volver a desmoronarse si el plan no sale bien.
Podría perder a Ernesto, a Sutton, a Dorian…
¿Y si muere por mi culpa? Lo he visto con mi prima, he sentido cómo ella lo protege, cómo lo ama, y eso me da esperanzas de mantenerlo a salvo, pero ¿y si él mete la pata como acostumbra? ¿Y si Candy descubre su juego?
Me ahogo.
Y no alcanzo a entender qué me pasa ni por qué en este justo momento me sobreviene esta miríada de emociones desbocadas. Lucho contra ello e intento serenarme, pero hay una tormenta arreciando en mi mente, una que me hace agarrar la ropa de Ernesto con fuerza y retorcerla, sin abandonar el llanto.
—¿Estás bien? —pregunta desconcertado.
—No —admito—. Solo necesito… —Mis palabras mueren en las cuerdas vocales, turbadas por la inquietud—. Yo…
Ernesto me estrecha entre sus brazos.
—Cuéntamelo, por favor. Llevo un año conociendo tu secreto y jamás se lo he contado a nadie, solo a Rach, y porque es mi novia y no le oculto nada. —Me siento reconfortada por su abrazo—. Pero ella es como yo, una tumba. Es parte de nuestra vida secreta, aprender a guardar información.
Valoro su petición, aunque con la confusión reinante en mi mente no soy demasiado lógica ni capaz de razonar. Así que actúo por impulso, como nunca suelo hacer.
—Es una larga historia donde no faltan asesinatos, luchas de poder, venganzas y amenazas demasiado peligrosas —musito.
—Y Candy forma parte de la trama, ¿no?
Me separo de él y le dedico una mirada de absoluta admiración.
—Eres muy perspicaz. —Me limpio las lágrimas con las yemas de los dedos y me fuerzo a dejar de llorar para intentar centrarme un poco. Pero la ansiedad sigue acelerándome el corazón.
—Sé leer el lenguaje corporal —explica—.
Rach y yo hicimos varios cursos online de microexpresiones y esas cosas.
Lo tuyo con el FBI nos dio alas para instruirnos en el arte de la criminología.
Y esta tarde os he analizado, por eso me he escapado por una ruta segura y he sabido que te encontraría aquí.
—¿Una ruta segura? —Levanto los ojos hasta encontrarme con los suyos, brillantes y orgullosos.
—No es la primera vez… Y no soy tonto, Ashl…
Madison. He visto a un par de tíos patrullar los alrededores, los he estudiado bien y he buscado los puntos vulnerables de la vigilancia para burlarla.
Ellos esperan que alguien entre, no que uno de nosotros salga, así que no ha sido difícil.
—Sonríe de nuevo—. Vamos, explícame de una vez qué pasa, porque te aseguro que no aguanto la incertidumbre ni un minuto más.
Piensa que conozco la historia de tu tío.
Se cargó a tu madre, a tu hermano y a tu abuelo a punta de pistola e intentó matarte a ti.
Y Candy, siendo su hija, forma parte de todo esto…
Además, está el asunto de la escolta en nuestra casa, ¿es cosa tuya? ¿O debería preocuparme?
Asiento, ya más calmada. Veo su capacidad de análisis, cómo ha logrado unir varias piezas y no le cuesta hacerse una idea de por dónde van los tiros. Quizá solo tiene dieciséis años, pero su madurez y su lógica me parecen muy superiores a la normal a su edad. Quizá por eso acabo sucumbiendo.
—Tienes razón. —Cierro un segundo los ojos con una inspiración profunda—.
Todo está relacionado. Candy me odia, igual que su padre y mi primo Carl.
Quieren destruir todo cuanto amo si no les regalo mi herencia.
Por eso he contratado seguridad privada para vosotros, pero acabo de descubrir que no es tan efectiva como creía.
No entro en detalles enseguida, pero él me interroga con una pericia que ya querría el FBI, y acabo contándole la historia completa de cómo mi tío acabó con la vida de mi padre, Simon y Garrett, de cómo me amenazó, de las intenciones de Carl en Tailandia, cuando pretendía drogarme para dejarme embarazada y así acceder a la herencia de una forma muy inmoral, de cómo Dorian se enteró de todo, de su reacción, de su plan para herirme de nuevo.
Me callo la parte de su venganza que acabó destrozándome de forma irremediable, pero no su intención de desquitarse a través de su boda con Candy.
Cuando le cuento nuestra estrategia para atrapar a Albert de una vez por todas, su reacción me aturde.
Primero me abraza muy fuerte, como si necesitara reconfortarnos a ambos, y después me asegura que va a estar a mi lado y que tanto él como Rachel se van a convertir en mis más fieles aliados.
Y yo acabo llorando otra vez, de alivio, de gratitud, de miedo por confiar en un crío de dieciséis años, de estar en esta situación, de un sinfín de cosas.