Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 6
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MADISON

Me despido de Ralph y Juliette y entro en la casa del bosque con el corazón todavía acelerado. Ha sido muy difícil permanecer impasible mientras él estaba con su prometida. Pero he aguantado como una valiente y voy a seguir mejorando día a día. Seguro.

El olor a pasado me zarandea. Quizá pasar la noche aquí no es tan buena idea.

Mientras veía a Candy interactuar con Dorian, mi corazón se astillaba cada vez más.

Solo me falta dormir donde tantas veces fuimos felices, donde forjamos una relación complicada.

Cierro los ojos, aprieto los puños e intento retener las lágrimas nostálgicas. Pero fracaso.

Con un suspiro crispado me adentro en la casa.

Todo está como lo recordaba, para lo bueno y para lo malo.

Sonrío un instante. Ver de nuevo a Ernesto y a Sutton me ha traído paz.

Los añoraba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Elberta sabe a libertad, y me gusta sentirla.

Ambos estaban muy cambiados. El paso de los años les ha sentado bien.

Sutton está más alegre y serena. Ernesto ha ganado masa muscular, confianza en sí mismo y atractivo. Los dieciséis años le sientan de lujo.

Suerte de ellos. No habría superado las tres horas que hemos pasado juntos en su salón sin su presencia.

Han sido una lucha encarnizada contra la atracción, mis sentimientos revolucionados, el dolor de la traición y ese magnetismo insano y potente.

Uno que me niego a seguir. A pesar de esa intuición que cada día cobra más fuerza, una capaz de obligarme a tomar decisiones complicadas.

Por suerte, he superado la velada con nota. Sin desfallecer ante el interrogatorio de Sutton y Ernesto. Me he ceñido a la historia que llevaba escrita a fuego en mi cerebro, sin revelar la parte más escabrosa de mi situación, pero sin faltar a la verdad en muchos aspectos.

Mi control de la situación era irreal —por dentro estaba hecha añicos—, pero suficiente para convencerlos de que me he pasado estos casi dos años reuniendo fuerzas para explicarles la verdad.

Ojalá pudiera explicarles quién es Candy en realidad, qué quiere de mí, hasta dónde ha llegado su crueldad y la de su familia para conseguir doblegarme…

Ver cómo le agarraba la mano a Dorian, descubrir su mirada celosa sobre él cuando se percataba de cómo nuestros ojos se buscaban y ser consciente de que ella lo acompaña en la cama esta noche, ha desatado el vendaval que justo ahora me asola, iniciando el llanto que llevo tantísimas horas conteniendo.

Me encantaría tener un interruptor para apagar mis sentimientos.

Durante unos minutos me quedo de pie frente a las escaleras, con el llanto arreciando y los pensamientos cargados de ansiedad. Hasta que al fin logro contenerme y subo a la habitación cargando la pequeña maleta donde he puesto cuatro cosas para pasar un par de días aquí.

No he explicado dónde me voy a quedar estos días, pero tampoco ha hecho falta para que Dorian lo entendiera sin necesidad de palabras. Y mi cabeza no deja de esperar su aparición, de escuchar su voz, de anhelar sus besos…

¿Por qué deseo lo imposible?

Está con Candy, abrazándola, tocándola, entrando en ella, y lo hace para ayudarme, ¿puede algo ser más surrealista? ¿Más cruel?

Dejo la maleta en la puerta, camino hasta la cama y me derrumbo sobre ella como si fuera un castillo de naipes, entiendo hasta dónde llega mi desesperación y mi angustia.

El sonido del teléfono me devuelve a la realidad. Busco la fuerza para recomponerme y rescatar el aparato de mi bolso, que todavía cuelga en bandolera de mi hombro izquierdo.

Es Edmond, un hombre al que ya he recurrido en varias ocasiones y se ha convertido en el pilar de mi seguridad.

Esta vez lo he contratado para proteger a los Stone, a la familia de Ralph y a Reese, el hermano de Juliette, un indeseable al que detesto por cómo se portó con mi amiga, pero al que ella sigue recordando, a pesar de su comportamiento, tanto pasado como actual.

No hay ninguna comunicación entre mis familiares acerca de intenciones ocultas contra estas personas, pero toda precaución es poca cuando se trata de mi tío.

Y hoy hemos volado a Elberta, al igual que ella…

—Dime —contesto al móvil con la voz menos firme de lo que quería, pero hay demasiadas emociones atragantándola.

—Todo en orden —informa—. No hay ningún movimiento inusual en las casas que vigilamos. Cuando habéis salido de la de los Stone se han apagado las luces del salón y se han encendido las de arriba. Estamos al acecho.

—Perfecto. —Asiento con contundencia, aunque no me pueda ver. Recupero un poco la movilidad y me siento apoyada en el cabezal—. Seguid vigilando y, si hay algún cambio, llámame.

—Cuenta con ello.

Cuelga y yo me cubro la cara con las manos tras dejar el aparato encima de la cama, junto a mí.

Vuelvo a descargar la tensión en un llanto desgarrador, pero me reprendo con fiereza y, al cabo de unos minutos, logro controlarme.

Busco un pijama dentro de la maleta. Una vez cambiada, me voy al baño para limpiarme los dientes, cepillarme el pelo, prepararme para irme a la cama…

¿A quién quiero engañar? Hoy no seré capaz de dormir ni de coña.

Decido acercarme a mi cueva, el pequeño habitáculo escondido sobre la habitación, donde instalé mi estudio repleto de ordenadores última generación para investigar cualquier cosa, a alguien, piratear o petar la seguridad de alguna web difícil para ver si consigo rebajar la ansiedad, atontar mis neuronas y darme una tregua mental para conciliar ni que sea un duermevela suave.

Está casi igual de cómo lo dejé. Me quedo un instante de pie en la entrada y noto algo discordante, pero no acabo de ver qué es.

Sacudo la cabeza y me siento frente al teclado.

Hace dos años y medio, antes de marcharme de Elberta, borré todos los discos duros, pero los ordenadores todavía funcionan.

Cuando los enciendo me quedo bastante desconcertada.

Está claro que alguien los ha usado. Sonrío.

Sé perfectamente quién ha sido, llevo un tiempo conociendo la actividad de estos ordenadores. Y me parece bien.

Me pongo los cascos inhibidores de ruido, con un poco música a tope, y empiezo a rastrear los últimos movimientos en la red de mi polizón. Sonrío mientras navego por sus búsquedas, consiguiendo apartar mi mente del maldito Dorian…

—¡Así que Madison Gardner! —La voz de Ernesto me hace saltar de la silla. Me ha quitado los cascos y ahora los sujeta frente a mis ojos. De pie, con una mirada desafiante—. Y pensar que Dorian lleva toda la vida idolatrando a tu padre. Denton Gardner, el mejor jugador de fútbol de la historia.

Esboza una sonrisa que no casa para nada con el Ernesto de catorce años que abandoné al volver a Dallas.

—¿Qué haces aquí? —pregunto al recuperar el resuello y una voz ahogada por la inquietud.

Todavía siento los latidos palpitando en mis oídos y en la garganta—.

¡Son más de las dos de la noche! —Miro el reloj del ordenador de forma fugaz antes de devolver mi atención a Ernesto—. Deberías estar en la cama.

No entiendo por qué Edmond no me ha llamado para advertirme de que Ernesto ha salido de casa, debería tener un aviso…

—Descubrí este sitio por casualidad —explica sin inmutarse ante mi tono—. Rachel y yo venimos aquí a hacer manitas.

Me guiña un ojo y me revuelvo en la silla al descubrir el cambio imperado en él.

Ya lo he apreciado en la parte física esta tarde, ha pasado de ser un chico un poco entrado en carnes y poco atlético a parecerse a Dorian en ese six pack cuidado y perfecto que muestra su torso.

Su look es más actual y fresco, y ha ganado muchísimo aplomo, pero no esperaba ese tonillo chulito, como si se guardara un as bajo la manga.

Abro los ojos y lo escaneo con curiosidad.

—¿Cómo…? —No termino la frase porque él vuelve a guiñarme el ojo y se sienta en la silla que compré para Juls hace una eternidad, a mi lado.

—La verdad es que estos ordenadores hacen maravillas. Son la hostia de potentes. Tanto Rach como yo los hemos exprimido bastante.

—Ya lo sabía —anuncio, sin ocultar mi orgullo ante todo lo que ha conseguido junto a su novia—.

¿Quién crees que os deja pistas y os ayuda en algunas de vuestras «investigaciones»?

—Ahora su boca está abierta de par en par, casi a punto de desencajarse.

Es él, sus rasgos siguen en su cara, pero no lo reconozco—.

Lo supe al segundo de vuestra primera incursión aquí, había dejado una alarma silenciosa que no detectaste.

—Sonrío de forma taimada—. Por eso te he ayudado en la sombra muchas veces.

Tanto Rachel como tú tenéis mucho potencial, y estas máquinas necesitan marcha mientras no estoy.

—¡Joder, tía! —Chasca la lengua—. ¿No puedes dejarme este pedacito de gloria? —Resopla—. Pensaba que te había engañado en algo…

Niego con la cabeza, totalmente alucinada con su manera de comportarse. Es como si en los últimos años hubiera dado un giro de ciento ochenta grados.

—¿Quién eres tú y dónde está el Ernesto que conocía? —pregunto.

—Volatilizado. —Suelta una carcajada—. No puedes negar que esta versión es mil veces mejor.

Dejé atrás a ese niño inseguro y aprendí a quererme.

—Me dedica una mueca de suficiencia—. Entendí que en vez de esconderme en mi caparazón debía enfrentarme a los capullos que me increpaban en el cole; me puse fuerte, trabajé mi cuerpo, hice amigos y no les pasé ni una a los abusones.

Y, ¿sabes qué? Le di la vuelta a la tortilla; ahora me respetan y he descubierto que hacer deporte no está tan mal como pensaba.