Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 5
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DORIAN

Mi madre está extraña. Ha recibido a Candy con los brazos abiertos, la ha agasajado con sus sonrisas y las mejores atenciones, incluso se ha emocionado al principio, cuando le he contado nuestros planes de boda, pero lleva un rato mirándome con suspicacia, como si intuyera mis verdaderos sentimientos, y también observa a mi prometida con recelo, molesta con su forma de tratarla.

Y no me gusta ni un pelo, sobre todo el escaneo al que me someten sus ojos, como si quisieran atravesar mi coraza para sacar a la superficie mi amor por Ash…

Candy trata a mi familia con una altivez nada propia del sur, ni de una persona cariñosa, dulce y educada; los mira por encima del hombro, sin mostrar cariño ni ningún tipo de afecto.

No es como Ashley… —«¡No se llama así! ¡Es la jodida Madison Gardner!

»—. A pesar de sus engaños, de la forma tan vil y despiadada en la que nos engatusó con sus mierdas, ella era cálida, empática, agradable.

Y tiene más millones que «mi prometida».

Esa palabra se me atraganta, me hace sentir incómodo, asqueado.

La única persona que debería apodarse así no quiere verme, y no puedo culparla.

Candy se excusa de manera pobre y poco sutil para subir al baño a refrescarse un poco, y yo me quedo en el salón con mi madre y Ernesto.

Mi hermano está poco comunicativo, enfurruñado, como si le enfadara mi presencia en casa con una mujer como Candy. Él adoraba a Ashley, se hizo ilusiones con lo nuestro, es el único de mi familia que sabía de su vuelta a mi vida, y mi compromiso con otra lo ha cogido desprevenido.

El silencio es denso.

Mi madre le da un sorbo al té dulce que ha servido hace un momento y Bella —como la llamaba antes de saber quién era en realidad— ha rechazado con poca delicadeza, diciéndole con claridad que ese tipo de bebidas solo las aprecian «las personas sin recursos».

¿Cómo cojones se le ocurre decirle a mi madre eso?

Y ni te cuento cuando ha mencionado que es una bebida poco sofisticada y sosa.

Resoplo. ¿Acaso quiere herirla? ¿Hacerla empequeñecer en vez de acercarse a ella con la simpatía que merece una futura suegra?

Suerte que se ha retirado para darnos algo de intimidad, aunque para ella ha sido como descansar de «unos pueblerinos con cero sofisticación».

Eso último me lo ha susurrado al oído antes de subir por las escaleras.

Llevo meses saliendo con Candy, pero no me esperaba este rechazo tácito a mi familia, y mucho menos tras asegurarme varias veces lo importante que era para ella venir a Elberta y conocerlos a todos.

Pero ha sido llegar aquí, enfrentarse a un par de fotos de Ashley en la estantería, y empezar a comportarse como una odiosa pija caprichosa y sin sentimientos.

¿Pueden los celos ser más capullos? ¿O acaso es así de verdad y no me había mostrado su verdadera personalidad al no relacionarnos con demasiada gente?

Hemos llevado lo nuestro en secreto durante meses, viéndonos sin compañía. Y ahora me doy cuenta de lo poco que la conozco. He estado tan ciego… No me he parado a evaluarla en ningún momento, solo veía la meta: joder a Ashley. Y ahora el jodido soy yo.

—Sasha 2.0 —anuncia Ernesto con un chasquido de desagrado, sacándome de mis pensamientos—. ¿Cómo has podido liarte con alguien como ella? —Suena a reproche y me asesta un bofetón de realidad—. No puedes hablar en serio en lo de casarte.

—No seas tan negativo —comenta mi madre, con los labios fruncidos y una mirada decepcionada—. Candy adora a tu hermano.

—¡Es una arpía vestida de Prada! —El rechazo de Ernesto hacia Bella es parecido al que yo siento en este instante, pero por nuestro bien debo defenderla, o pueden echarlo todo a perder.

Esta vez quiero actuar como me han pedido, necesito ayudar a Ash, aunque me cueste demasiado caro—.

¿La has visto bien? —Mi hermano cambia la expresión y adopta un tono que intenta imitarla—.

«El té dulce es tan poco sofisticado…». «En esta casa faltan muchos metros, ¿no?

». «¿No hay aire acondicionado en la habitación?

». «Suerte que como mínimo hay un gym privado, lo de no tener piscina ni servicio es tan incómodo…

». Podría seguir, ¿sabes? ¡Esa tía no tiene ni un gramo de empatía!

—Es mi prometida —expongo con decisión, a pesar de estar muriéndome por dentro—. Y le debes un respeto, Ernesto. La boda es un hecho, voy a casarme con Candy, y no voy a tolerar que hables así de ella.

—Ve con ese cuento a otro —suelta cabreado—. ¿Y Ashley? ¿Ya te has olvidado de ella? ¿Tan poco la querías?

Le lanzo una mirada para advertirle lo peligroso que es seguir por ese camino, y mi corazón empieza a bombear demasiado rápido, llevándose a mi respiración con él.

—No sé por qué me hablas de Ash ahora —le espeto, intentando controlar mi rabia—. ¡Se fue! ¡Me dejó! Lo nuestro es historia, y ahora mi corazón lo ocupa Candy, ¿queda claro? Y te exijo que la trates como se merece.

La última parte la pronuncio por miedo a revelar la verdad acerca de Madison Gardner, de mi relación del curso pasado con ella, de su identidad real, de cualquier pista que pueda llevar a mi madre y a Ernesto a enfrentarme a mis sentimientos.

Mi madre crispa la expresión al escuchar mi discurso, pero no dice nada. Estuvo al tanto de mi primera relación con Ash, cuando ella vivía aquí con nosotros, y la aprobó, incluso nos ayudó en algunas ocasiones. Hasta que la cagué yéndome con Sasha y mandándolo todo a la mierda.

Sé que en el fondo me culpa de su marcha, de su desaparición de nuestras vidas, pero no lo dice, se traga su dolor por no saber nada de ella tras casi dos años viviendo con nosotros, pero en su mirada se leen las huellas de la tristeza.

Candy elige ese instante para aparecer por la puerta del salón.

Sus ojos chispean con una emoción intensa, cargada de felicidad, como si hubiera escuchado mis palabras defendiéndola y eso le diera alas para creerse mi amor incondicional por ella.

Se sienta en el sofá a mi lado, me rodea el cuello con los brazos y me planta un beso en la boca.

—Te he echado de menos. —Su sonrisa es tan inmensa que me da arcadas.

No la quiero, jamás podré querer a alguien que no sea Ash…

—Madison— y, aunque la suerte acaba de ponerse de mi lado cara a Candy, algún día, cuando al fin pueda desenmascararme frente a ella, le recalcaré cuánto me ha jodido su desprecio hacia mi familia, mi hogar y mi pueblo, por no mencionar su odio manifiesto a la persona más importante de mi vida y cada una de las acciones criminales contra ella.

—Queda tan poquito para estar juntos para siempre —añade.

Se me agria el estómago y no me pasa desapercibida la mueca de rechazo de Ernesto ni la tristeza en el rostro de mi madre.

Es fácil entender por qué no les parece bien lo mío con Candy, ninguno de los dos la traga, y no tengo cojones para culparlos.

Si estuviera en su lugar, ya la habría puesto en su sitio en más de una ocasión.

Pero, en vez de cantarle cuatro verdades a la cara, sonrío y le devuelvo el beso.

—Muy poco —susurro—. Cuento las horas.

Lo que no digo es para qué. Y no es ni de coña lo que ella se piensa. Mi cuenta atrás es para perderla de vista y empezar de verdad mi reconquista a la única mujer de mi vida. Y eso solo será posible si sigo adelante con esta farsa, si…

El timbre de casa interrumpe mi monólogo interno.

—¿Esperas a alguien? —le pregunto a mi madre.

—Miles está en Florida visitando a sus padres. —Niega con la cabeza y compone una expresión de curiosidad—. Y mañana hemos quedado con el abuelo, Emily y tus primos. ¿Quién puede ser?

Me levanto para averiguarlo. A las ocho de la noche de un viernes no suele venir demasiada gente de visita y sin avisar. Camino hacia el recibidor con tensión, pasar los días fingiendo ante Candy me destroza los nervios. Suelto la inquietud con un par de exhalaciones intensas y abro la puerta.

¡Joder! Mi mundo se viene abajo.

—¿Ashley? —La voz apenas me sale de una forma coherente, parece asfixiada, como mi respiración.

Su expresión se quiebra. Igual que la mía.

Sus ojos muestran tanto dolor…

Verlos me parte en demasiados pedazos. Las manos me hormiguean del deseo de tocarla, mis labios hierven con necesidad de besarla, mi cuerpo cosquillea con el requerimiento absoluto de abrazarla, sentirla, hacerla mía.

—¿Nos vas a dejar pasar? —Juliette está con ella, junto a Ralph, pero hasta ahora ni me había percatado de su presencia —. Hemos venido a ver a tu madre y a Ernesto. No a ti, traidor. —La última palabra la masculla casi sin voz.

Como soy incapaz de hablar, abro la puerta del todo, me pongo a un lado y los dejo entrar sin sacarle los ojos de encima a Ash.

—Tío, contrólate —susurra Ralph al pasar por mi lado—. Tienes a Candy contigo, no nos conviene que se sienta insegura.

Mis ojos siguen los movimientos de la única dueña de mi corazón, uno que palpita a mil por hora y se ahoga de necesidad.

Pero Ralph tiene razón, es importante controlarme, y lo es por ella.

Así que busco fuerzas donde no las tengo y me fuerzo a acompañarlos al salón preguntándome qué coño hacen aquí.

—¿De qué va todo esto? —logro interrogar a mi amigo en un murmullo antes de entrar en acción.

Él contesta con una sonrisa enigmática que me hace temer lo peor.

Lo veo irrumpir en escena, junto a su novia y Ash…

—¡Mierda, Madison!—. Lleva unos vaqueros que se le agarran al cuerpo como una lasciva invitación a quitárselos y una camiseta de marca que también es un reclamo para perder la cabeza.

—¿Ashley? ¿De verdad eres tú? —Mi madre se levanta y chilla con una voz aguda, sin dejar de demostrar su alegría—. ¡Me hace tanta ilusión verte! ¿Dónde has estado? ¿Cómo te ha tratado la vida? ¿Por qué te marchaste de esa manera…?

Le lanza mil preguntas más mientras la abraza con los ojos llenos de lágrimas.

Y claro, mi hermanito corre a imitarla, porque los dos la han echado en falta y no quieren perder la ocasión de estrujarla, interrogarla sin tregua acerca del tiempo de separación.

Candy compone un rictus asqueado y, a pesar de mi rechazo, respondo a la mirada apremiante de Ralph y le paso el brazo por los hombros para reconfortarla, aunque mi único deseo es abrazar a mi verdadera chica, llevármela de aquí, encerrarla hasta lograr su perdón y quedarme a su lado para siempre.

—He pensado en ti a diario —musita mi madre separándose de ella para mirarla bien, como si no se acabara de creer su presencia en este salón.

La agarra de los hombros y la sacude un poco.

Tiene lágrimas en los ojos—. Nunca te perdonaré que desaparecieras sin decir nada.

—Vuelve a abrazarla durante unos segundos.

—A veces la vida es complicada —contesta Ash devolviéndole el gesto—. Pero he decidido no esconderme más.

—¡No vuelvas a esfumarte! —Ernesto espera con paciencia a que mi madre la suelte para fundirse con sus brazos. La estruja y no puede evitar mostrar su alegría. Siento unos desquiciantes celos de mi hermano.

La mirada de Ashley —bueno, joder, se llama Madison— se posa en Candy cuando se separa de Ernesto. Mi «novia» todavía no ha hablado, se aferra a mí muy fuerte, como si necesitara asegurarse de que me tiene de su parte y, si las miradas mataran, Madison caería fulminada ahora mismo.

—Hola, Candy —suelta Ashley, y me sorprende que no intente ocultarse, cómo le sostiene la mirada a su prima y que esté mostrando sus cartas—. Felicidades por tu compromiso. Espero que seáis muy felices.

—¿Os conocéis? —La incomprensión se plasma en el rictus de mi madre y Ernesto tampoco se queda corto.

—Vamos a sentarnos —propone Juls, y el resto solo podemos asentir.

Unos segundos después ocupamos sitios en los dos sofás y usamos un par de sillas del comedor para albergarnos a todos.

El silencio es tenso, hay demasiadas preguntas flotando en el ambiente, y las mías son cada vez más furiosas.

¿Por qué no me han avisado de esta visita? ¿A qué viene? ¿Qué cojones pretenden?

—Cuéntame qué ha sido de tu vida —solicita mi madre sin presionarla.

—Sí, venga, «Madison» —Candy enfatiza el nombre— explícale a Sutton cómo mentiste para joder a tu familia.

Nado entre demasiados sentimientos. No puedo quitar los ojos de Ash, ni dejar de desearla ni ser capaz de controlarme al tenerla tan cerca. Me mata esta situación.

—Para eso he venido —asegura. Sus ojos se cruzan con los míos un instante, controlados, medidos… como si ese segundo estuviera perfectamente calculado—. Para contar la verdad. Ahora que mi prima va a casarse con Dorian, es el momento de ser sincera con vosotros.

—¿Tu prima? —La cara de Ernesto se descompone—. ¿Candy es tu prima? ¿Por qué te ha llamado Madison? ¿Tu nombre no es Ashley? —Le lanza una mirada totalmente desconcertada—. No lo entiendo.

Ella inspira y coloca las manos en su regazo, estrujándolas, como si le costara dar el siguiente paso, pero, aun así, no titubea al hablar.

—Mi verdadero nombre es Madison Gardner —suelta, y la bomba estalla en los rostros de mi madre y de mi hermano—.

Os mentí, necesitaba un sitio donde esconderme mientras asumía lo que les sucedió a mi padre, a Simon y a Garrett, pero al cumplir los dieciocho volví para ocupar mi puesto en la compañía y recuperar mi vida. Siento no habéroslo contado antes.

El silencio se alarga unos segundos. Tanto mi madre como Ernesto mantienen una expresión alucinada, como si les costara aceptar la realidad y precisaran su tiempo para masticarla.

Candy resopla con fuerza y me agarra la mano de forma posesiva. Siento los ojos de Madison sobre nuestros dedos entrelazados y algo se retuerce en mí. Su mismo dolor se me mete dentro. Debería ser su mano.

Levanto la mirada y nuestros ojos se encuentran. Es como si una descarga eléctrica me recorriera, me tenso entero, no puedo controlar el latido desbocado en demasiados lugares de mi cuerpo, ni el deseo ni ese anhelo que me posee.

Ojalá pudiera dar marcha atrás en el tiempo, no equivocarme tanto, volver a tener una oportunidad para actuar mejor.

Las preguntas de mi madre y de Ernesto empiezan a bombardear el salón. Ella las responde todas con paciencia. Juliette y Ralph contribuyen a zanjar algunas cuestiones y Candy mete baza en diversos instantes para arremeter contra su prima con un odio manifiesto.

No logro dominarme ni apartar la vista de ella en ningún instante. Es como si sus ojos me atraparan, un magnetismo irremediable nos uniera y cada célula de mi cuerpo la ansiara. Y no poder tenerla, deber actuar con otra mujer, tratar de aceptar que mis decisiones han socavado cualquier oportunidad…