Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 4 #2
11%

4 #2

—Vamos a echarle en cara que estamos unidos en esto y a ponerla tan celosa que su única intención sea demostrarme que el corazón de Dorian le pertenece.

—Sonrío con mucha tristeza, pero resuelta—.

Y lo voy a disfrutar muchísimo porque, a pesar de cómo se ha portado conmigo, de su mezquina venganza, es cierto, me quiere a mí.

Me callo la parte donde mi corazón volverá a partirse por estar cerca de él, cómo la culpabilidad me acosa, junto a los recuerdos de esa última vez, de su mirada, de su resolución a destruirme.

—Lo haremos —sentencia Juls—. Juntos derrotaremos a los Reynolds cabrones para alzarnos con una victoria completa. —Me abraza con fuerza, como si notara lo afectada que estoy en realidad—. Eres fuerte, Maddie, nada te abatirá, te lo prometo.

Llevamos desde la irrupción de Dorian en mi despacho consultando de forma bastante obsesiva el periódico para asegurarnos de que Candy no le ha comunicado a su padre nuestro pasado.

Hace unos meses, rastreé la señal para averiguar dónde se reciben las grabaciones de mis conversaciones en la empresa y no me costó demasiado ubicarla, por eso sé que alguien ha borrado las de ese día. Y eso me da esperanza. Todo parece indicar que mi prima acaba de darnos una ventaja.

Conozco a Candy, sus ansias por ganarme siempre, esa obcecación suya por demostrar su superioridad respecto a mí, como si eso fuera lo más importante en su vida.

Y también tengo claro que sus sentimientos por Dorian le nublan la mente en muchos sentidos, por eso no le ha contado nada a mi tío, sabe que, si lo hiciera, se expondría a perder a su prometido a manos de las maquinaciones de su padre.

Porque Albert quiere arrebatarme todo cuanto amo y, si descubre mi amor por Dorian, será su blanco más inmediato.

Durante las noches apenas duermo, mi cabeza se dedica a darle vueltas a la realidad, a lo que se avecina, a todo aquello por lo que estamos luchando y a cómo será un futuro sin la sombra de mi tío acechando tras cada esquina. A lo que callo y me niego a constatar.

Candy irrumpió en esta casa unas horas después de conocer mi paso por Elberta de boca de mi ex.

Y le permití la entrada con la intención de calibrar su estado emocional, de averiguar si de verdad ama a Dorian.

Montó una escena cargada de rabia, intimidación y palabras malsonantes.

No le había sentado nada bien descubrir la traición de Juls y Ralph, ni mucho menos mi pasado con su chico.

No desperdició la oportunidad de arremeter contra mí ni de amenazarnos con destruir todo cuanto teníamos los tres.

Fue muy desagradable, y a la vez ilustrativo; aguanté el chaparrón como una campeona, no cedí a los deseos de golpearla sin piedad mientras trazaba una estrategia a marchas forzadas, porque lo importante es mantenernos a todos a salvo, y Candy dejó patente que hará lo necesario para proteger a Dorian, tras explicarme con una expresión de triunfo total que él la ama, que me había superado, que yo no era más que un patético mal recuerdo de su pasado.

Una descarga de celos desgarradores me ahoga al pensar en cómo Dorian la convenció de su amor por ella, en cómo la tocó, la besó, entró en ella…

—¿Está bien? —pregunta Juliette, y yo asiento. Entonces ella compone una sonrisa taimada—. Para Sutton será toda una sorpresa cuando aparezcas con nosotros por la puerta y le cuentes la verdad. Ha preguntado tantas veces por ti desde tu marcha…

—¡Flipará! —apostilla Ralph—. Como todos los demás.

—Será difícil para ellos —susurro, con el corazón en vilo.

Le he dado muchas vueltas a mi idea de desenmascarar mi verdad ante ellos, pero será un triunfo por partida doble, ya que los echo de menos y deseo volver a sentirme parte de esa familia, pertenecerles un poquito.

Contarles la verdad a tus seres queridos siempre es un premio—.

Y le joderá un montón a Candy. Le gusta ser el centro de atención y la veo tan convencida del amor de Dorian por ella…

—¿Estás segura al cien por cien? —vuelve a preguntar mi amiga cuando hago ademán de marcharme a la ducha.

Me coloca una mano encima de mi brazo y me lanza una mirada intensa—.

Si no te sientes preparada, lo dejaremos para otra ocasión.

Quizá podrías hablar con los Stone cuando Dorian y Candy no estén ahí.

No sé si es necesario esta parte. Candy no os ha delatado y es muy probable que no lo haga nunca.

—Estoy convencida —contesto forzando una sonrisa—.

Si no consigo dar este paso, ¿cómo voy a olvidar a Dorian algún día?

Y tanto tú como yo sabemos que es necesario si queremos mantener a salvo a la gente importante para nosotros.

Solo lo conseguiremos si voy y demuestro que sigo loca por su chico; Candy jamás se arriesgará a explicárselo a su padre porque lo último que quiere es perder a Dorian.

El dolor vuelve a dejarme un segundo sin aliento. Mi cruzada para erradicar el «virus Dorian» de mi organismo va a ser más difícil de lo previsto.

No decidimos a quien amamos y, por mucho que el cerebro intervenga para racionalizar los sentimientos, cuando se han apoderado de nuestras almas las invaden con total libertad.

Sonrío con un abatimiento invencible y me voy a mi habitación para recibir mi ducha matutina, vestirme, prepararme para el primer asalto del día mientras la ansiedad se me agarra al corazón.

Mañana es viernes, todavía me queda una larga jornada laboral por delante antes de subirme al jet de la compañía y volar a Alabama, a ese pueblecito donde me sentí libre por un tiempo y capaz de alcanzar la felicidad, de deshacerme del yugo de ser quien era, de escapar a mi vida.

Donde me enamoré. Donde mi vida cambió para siempre y donde descubrí un millar de sentimientos contrapuestos.

Paso la mañana enredada en papeles, en cuestiones importantes, en un trabajo que me absorbe y me desafía en todo momento.

He anulado todos los compromisos de la tarde para aterrizar cerca de Elberta antes de la hora de cenar.

Apenas me permito tiempo para pensar en Dorian, en mi visita, en cómo será volver a estar con él en el lugar donde nos enamoramos, con una intrusa entre nosotros, como cuando salía con Sasha...

Él siempre está ahí, aguijoneando mi serenidad.