Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 4
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MADISON

Dejo el periódico sobre la mesa de la cocina, junto con la decodificación del mensaje escrita en un papel que en breve destruiré.

Me acerco a la jarra donde hay preparado un zumo multivitamínico, me sirvo un vaso y me lo bebo de un trago.

No estoy orgullosa de cómo conseguí la información, pero era vital conocer la forma exacta en la que se comunican mis primos con su padre.

Neutralizar la amenaza y ser libre al fin.

Esa es mi meta. Y, después de meses en punto muerto, al fin tengo una buena noticia.

—¡Albert acaba de confirmar su presencia en la boda! —Juliette aplaude y empieza a moverse con una danza de triunfo, dejando escapar su euforia—. ¡Lo tenemos!

—¿Has visto el pedazo de instrucciones para mantener su seguridad en todo momento? —pregunta Ralph, llevándose una taza de café a los labios—. Han cambiado el día, el lugar, algunos invitados… Incluso ha puesto la condición de mantenerlo todo en estricto secreto.

—No van a anunciar la fecha a los invitados hasta el día del enlace.

Y entonces les darán la ubicación —susurro, casi sin voz.

Sé que es la única manera de atrapar a Albert, pero todavía no he superado las implicaciones.

Dorian y Candy juntos… Carraspeo para recuperar la voz—.

Por primera vez vamos por delante de él.

—¡Lo sabemos todo! —exclama mi amiga—. El momento, la localización, el timing … Maddie, ¡podemos atraparlo! ¡Es real!

Si pudiera recurrir a la energía perdida en los últimos días, zapatearía junto a ella sin dejar de celebrarlo, emocionada, con la ilusión de ver por primera vez en muchísimos años la luz al final del túnel.

Pero mi mente se ha aliado con mi corazón para hundirme en la apatía.

O quizá debería llamarlo por su nombre y aceptarlo de una vez: la herida de mi corazón es demasiado para mí, me roba la vitalidad, la alegría y las ganas de vivir.

Y hay algo más. Una parte ansiosa y emocionante que todavía no le he contado a nadie. Porque solo es una sospecha en la que no quiero indagar.

Ralph se une a su novia, con saltos, gritos de victoria y meneos; incluso escenifican La Mayonesa, presos de una alegría contagiosa. Logro esgrimir una sonrisa triste y alegrarme, aunque solo un poco.

La esperanza de deshacerme de las personas más oscuras de mi vida me alcanza, y entonces pronuncio en mi mente la angustia que lleva unos días atenazándome: «¿qué tipo de futuro me espera? ¿Y si mi intuición es cierta? ¿Y si…?».

Mis latidos se aceleran al ritmo de esas malditas lágrimas impertinentes que inundan mis ojos con la clara intención de mostrar mi sufrimiento.

Ya están ahí las náuseas, la angustia en el estómago, esa sensación de mareo que lleva acompañándome demasiado tiempo.

En un gesto furioso me seco el llanto con mi brazo desnudo y aprieto los dientes para espantar los pensamientos desbordados que planean sobre mi cabeza.

Dorian no se merece ni una pizca de dolor. Pero…

Si no hubiera callado, si no hubiera desconfiado tanto de él…

—El treinta de junio será un día épico —anuncia Warren, revisando varias veces la comunicación entre mi tío y mis primos para empezar a delinear nuestros próximos pasos—. En quince días vamos a meter a Albert Reynolds y a sus hijos en la cárcel.

«Y me van a clavar una estaca en el pecho». ¿Qué será de mí después?

Las arcadas son demasiado intensas para ignorarlas. Me levanto de golpe y corro al baño para vomitar hasta la última comida del día. Me quedo unos instantes frente a la taza del váter, de rodillas, con el regusto amargo de la bilis y una inquietud turbulenta. Porque…

No. Aparto el resto de ese pensamiento con rapidez para abrazar una frialdad que no acaba de calar en mí, pero me obligo a mostrar. Me levanto, me limpio los dientes y la boca, me arreglo el chándal y regreso al salón.

—¿Estás bien? —la preocupación de Juls es genuina—. Llevas un par de semanas bastante fastidiada de la barriga.

—Son los nervios —aseguro.

Mis amigos no me han dejado sola ni un instante, y los adoro.

Nos pasamos las siguientes horas trazando un plan infalible para el día de la boda, lo preparamos a conciencia, lo valoramos desde todos los ángulos existentes y evaluamos cualquier contingencia para no cometer ningún fallo.

Todavía nos queda mucho trabajo por delante, analizar una y otra vez cada paso, hasta que no quede ni un solo cabo suelto.

Y, por una vez, siento que podemos ganar de verdad.

Involucraremos a las autoridades con mucho tino de no dar un solo paso en falso hacia un éxito rotundo.

Pero nos queda mucho con lo que lidiar, demasiado trabajo de fondo para evitar que las amenazas sigan latentes una vez estén los tres en la cárcel.

Mi tío lleva demasiados años intimidándome, robándomelo todo, yendo siempre unos pasos por delante de mí.

Ni siquiera cuando drogamos a mi primo Carl para averiguar cómo se comunicaban entre ellos avanzamos demasiado.

Carl terminó en una prisión de Tailandia, de la que se escapó, pero no nos ha servido de mucho hasta ahora.

Y meterlos entre rejas no es el final. Desconocemos cuáles son sus alianzas, sus cartas escondidas ni sus planes de contingencia.

Pero sí representará un paso determinante en la lucha, porque una vez estén en manos de las autoridades, podré monitorizar cualquiera de sus pasos, descubrir dónde ha estado Albert y cuáles eran sus planes.

—Funcionará —sentencio con la sensación de estar al borde de un final apoteósico, aunque doloroso a la vez—. Después de años en desventaja, este periódico y sus mensajes son la clave.

En la transcripción de su comunicación, mi tío nos ha dado los detalles necesarios para urdir nuestras maquinaciones sin posibles fallos.

Esta vez no van a poder con nosotros, al final conseguiremos hacer justicia e impedir que una persona como Albert pueda aterrorizarnos de nuevo y amenazarnos con destruir todo cuanto amamos.

Hemos delineado un plan maestro. Contamos con los detalles de la seguridad, los horarios y todos los pormenores de ese día gracias a la complicidad del novio. Sé que lo lograremos.

«¿Y después qué?», pregunta mi mente inquieta.

La rabia me arrasa cuando una única imagen aparece en mi cerebro, una inalcanzable, imposible, quimérica. La aplasto a la fuerza. Aunque una parte de mí sabe que no puedo ignorarla mucho más. Que tarde o temprano deberé afrontarlo.

—¿Maddie? —insiste Juliette tocándome el brazo—. ¿Dónde te has ido esta vez?

Me deshago de una lágrima rebelde y me fuerzo a recomponerme. Miro a mi amiga y asiento.

—Perdona, estoy un poco atacada por la situación.

—Lo sé. —Me abraza adivinando lo que necesito—. Él lo ha hecho posible, no deberías olvidarlo.

—Está en Elberta, con Sutton, Miles, Ernesto, el reverendo, Emily, los chicos…

Les está presentando a su futura esposa.

—El maldito veneno de los celos me agria la voz—.

Ocupan la cama donde yo dormía, donde Dorian y yo…

—Hincho la nariz con aire, muy cabreada conmigo—.

¿Sabes? Llevo muchísimos años esperando este momento, queriendo destruir a Albert, anularlo para siempre.

Pensaba que estaría emocionada al llegar a este punto, pero solo siento un vacío enorme en mi interior.

—Se llenará —susurra Juls—. Tu corazón se reconstruirá y conseguirás ser feliz.

Sonrío con lágrimas en los ojos. Ojalá las palabras de mi amiga pudieran acelerar el proceso, cicatrizar mi alma y ayudarme a pasar del odio a la indiferencia, a enfriarme por dentro, a domar ese anhelo que me consume día a día.

Pero no estoy dispuesta a mostrar a nadie mi aflicción.

Y hay una diminuta ascua en mi mente que me recuerda cómo puedo quedar atrapada en él para siempre.

—¿Qué decías? —inquiero.

Me deshago de su abrazo para intentar mostrarme fuerte. Tardo un poco en alejar la humedad de mis ojos, en recomponerme, en adoptar una expresión firme. Pero lo logro a base de tesón y determinación. Soy Madison Gardner y nada ni nadie volverá a vencerme.

—Te preguntaba si estás segura de venir con nosotros.

—Me mira con inquietud. Está preocupada por mí, al igual que Ralph.

Y sé que, a pesar de mis esfuerzos, no engaño a ninguno de los dos.

Me conocen demasiado, saben hasta qué punto me duele haber perdido a Dorian, que esté con mi prima, la imposibilidad de reconducir una relación maltrecha y magullada… —. Quizá deberías quedarte.

—No puedo echarlo todo a perder ahora por mis sentimientos.

—Asiento sin dejar traslucir ni un ápice de inseguridad—.

Quiero estar cerca de vosotros. Os arriesgáis muchísimo apareciendo en Elberta para sorprender a Candy.

Os ha descubierto, os amenazó y es capaz de destruir a vuestras familias con mucha facilidad.

No os voy a dejar solos. —Inspiro con fuerza—.

Además, hemos puesto a demasiada gente en peligro, no sería justo para ellos que me acojonara ahora.

Voy a estar ahí, a dar la cara, a ver cómo a mi prima se le agria la expresión al verme y a asegurarme de que nuestros seres queridos siguen estando a salvo.

—Quizá Dorian no lo lleve bien —comenta con mucho tino—. Por extraño que parezca, volvéis a estar en una posición similar a la de hace unos años, cuando pasó lo de Sasha. Y entonces no acabó demasiado bien.

—Estoy más preparada esta vez —suelto, aunque en mi fuero interno no estoy convencida de la realidad de mis palabras—. Y absolutamente decidida a no volver con Dorian nunca más. —Asiento con contundencia, como si eso le diera más peso a mis palabras—. Se acabó para siempre.

—Centrémonos en evitar que Candy le cuente a su padre la verdad sobre vosotros —apostilla Ralph—. Es la única manera de mantener a nuestras familias a salvo.