3 #2
—Dorian… —La voz de Ralph no llega a penetrar del todo en mi mente—. Si la quieres, si de verdad sigues enamorado de ella, ayúdala. Será una forma perfecta de redimirte y de darle lo que más desea: la libertad.
La súplica en su tono sí me llega al cerebro, lo impacta, lo carga, lo activa.
—La quiero —decreto otra vez, inspirando con fuerza para contener el acceso de dolor que me sobreviene—. La necesito.
—Le has hecho mucho daño. —Me repite con paciencia, como si intuyera que preciso escucharlo sin tregua, y yo dejo de moverme, de proferir improperios, y me limpio las lágrimas con el brazo, en un gesto furioso—. Ella se merece ser feliz.
—Soy lo peor para Ashley, ¿verdad? —La derrota se cuela en mi tono—. No soy digno de ella.
—Mientras sigas sin ser capaz de contenerte debes mantenerte alejado de ella —admite Ralph—. No serás bueno para nadie hasta que superes lo de tu viejo y controles tu temperamento. Y para eso has de buscar ayuda profesional y aceptar tu problema.
En mi mente reproduzco la película de mi relación con ella, de todas las ocasiones en las que me he asustado y en vez de asumirlo me he llenado de rabia y la he herido…
No me hace falta escuchar más para entenderlo, para empezar a asumir la verdad y entender que debo pedir ayuda.
¿Cómo he podido estar tan ciego? ¿Ser igual de mortífero que la persona más cruel de mi vida?
¿Destruirla de esa manera condenándome también a mí por el camino?
—Cambiaré —aseguro con la convicción absoluta de contratar a un terapeuta y luchar contra mis demonios—. Lo haré por ella.
—No, tío. Por ella no. Hazlo por ti, para ser mejor persona, para tener un futuro, para dejar atrás la mierda que tu padre te metió en el cuerpo.
—¿Qué quiere de mí? —No voy a seguir hablando de las razones para caminar hacia un lugar específico. Tampoco tengo tan claro cuál es la ruta indicada, ¿y si mañana vuelvo a abrazar la rabia?
Levanto la mirada hasta Ralph y me prometo dos cosas: regalarle la libertad a Ashley, aunque me parta en dos, aunque eso me aleje de ella, aunque me duela, y librar la batalla personal contra mis arranques de ira para construir una mejor versión de mí mismo.
Lo miro, sabiendo que no me va a gustar lo que viene.
Escucho su plan, cada una de sus indicaciones, y no soy capaz de respirar con normalidad, no cuando el destino vuelve a ponerme en la misma tesitura que hace un par de años, cuando seguí con Sasha a pesar de que eso significaba traicionar a Ashley.
Pero, aun así, acepto. Lo hago por ella, por primera vez en mi vida no me decanto por un acto egoísta.
Aunque en el fondo de mi alma la esperanza palpita con intensidad.
Cuando Ralph se aleja del coche para caminar hacia la Reynolds Oil, arranco el motor y conduzco hacia un lugar que ahora detesto: el apartamento de la mujer a la que no amo, pero a la que estoy prometido, dispuesto a mentir como un bellaco por un acto altruista, uno que acabará con mis posibilidades con Ashley —¿debo llamarla Madison? — a corto plazo.
¿Y si nunca me perdona? ¿Y si no la recupero jamás? ¿Y si no vuelvo a besarla?
Las tres horas y media de trayecto hasta Austin las paso evocando cada segundo de mi visita a Reynolds Oil, su frialdad, la desesperación que exudaban sus ojos, su dolor.
Y recreo cada una de mis puñaladas traperas a su corazón en los últimos cuatro años, desde su aparición en mi casa como mi hermana de acogida.
Y después me preparo para lo que viene, para bordar mi papel frente a mi «novia», para sonar convincente.
«Novia…». ¿Cómo puedo llamarla así?
Aparco frente al complejo de apartamentos de Candy, uno de tantos de Austin.
Tiene un piso para ella sola, íbamos a compartirlo tras la boda…
Me aferro al volante para deshacerme del ahogo de pensar en ello, en mi estupidez al acercarme a Candy como venganza, al no haber evaluado lo que casarme con ella supondría para mí.
Me apeo, reúno el máximo aplomo posible y me preparo para la mejor actuación de mi vida. El plan de Ralph es arriesgado, pero no tenemos otra salida después de mi cagada monumental.
Encuentro a Candy en el salón de su piso tras abrir con mis llaves.
Finge mirar la televisión, aunque ahora puedo atravesar su expresión y descubrir a la verdadera Candy, esa capaz de destruir vidas.
Levanta los labios en una sonrisa falsa, veo la rabia chispear en sus ojos y recurro a toda mi fuerza de voluntad para no enfrentarme a ella con la verdad.
—Dorian —saluda—. ¿Por qué has tardado tanto?
—He ido a Dallas —confieso sin ocultar la ira—. He descubierto algo acerca de mi ex. Y no te va a gustar.
Me acerco a la nevera para hacerme con una botella de agua.
El piso es parecido al mío, con un salón-comedor con cocina integrada, dos habitaciones y un baño.
Agarro el botellín para hacer algo, no puedo permanecer quieto mientras ejecuto esta parte del plan.
Y no sé cómo reuniré la fortaleza necesaria para acostarme con ella.
Pero lo haré. Por Ashley, por recuperarla algún día, por su liberación. Aprieto fuerte la botella.
—¿Qué has descubierto? —Abre bastante los ojos, como si no se esperara mi confesión. En eso Ralph no se equivocaba, Candy ha supuesto lo peor al escuchar la conversación del despacho a través de los micrófonos.
—Ashley es tu prima —suelto sin más, disparando la bomba con rapidez para sacarme esa parte de encima.
Ella emite un gemido de sorpresa—. Mi hermana de acogida era en realidad Madison Gardner.
¿Te lo puedes creer? —Camino hacia el sofá con una expresión furiosa.
No me cuesta esgrimirla si recuerdo que la he perdido por mi estupidez—.
¡Me ha mentido en la puta cara! ¡Y Ralph y Juliette también!
Se tambalea y sus ojos emiten destellos de alucinación, como si le costara hacerse a la idea de la situación. Esperaba que le mintiera…
—¿Me estás diciendo que tus amigos lo sabían desde el principio? —En su voz se cuela la cólera mal escondida—. ¿Están de su parte?
—Lo sabían —admito con contundencia—. Y si no llego a ir a Reynolds Oil para darle una sorpresa a Juls, jamás lo habría descubierto.
Esa parte de mi coartada es determinante para desestabilizar a Candy.
Mis amigos se acercaron a ella y a su familia hace tiempo para intentar neutralizar a Albert.
Y hasta ahora los Reynolds no imaginaban ni por asomo su doble juego.
Así consiguieron los vídeos de Carl y los han estado observando, aunque sin ningún resultado.
—¡Me parece una grandísima putada! —exclama Candy—. ¿Y qué ha pasado cuando la has visto? —Se levanta del sofá para abrazarme, como si la revelación la hubiera afectado demasiado—. ¿Estás bien?
Estoy hecho una mierda, pero en vez de confesárselo, me ciño a la mierda de plan que me alejará de Ashley —Madison— y a la vez le concederá un futuro exento de Albert. ¡Puto destino!
—Muy cabreado —respondo sin faltar a la verdad—. No me lo esperaba y me jode no haberlo sabido antes. Cuando la he visto en su oficina… He estallado. Si no llega a ser por los de seguridad… ¡Me han sacado a la calle como si fuera un jodido delincuente!
—Todavía la quieres —susurra dolida. Por extraño que parezca, está enamorada de mí de verdad, y mi declaración le ha dolido.
—Siempre la querré. —Me trago mis reparos para abrazarla y acunarla.
Es imperativo que confíe en mí y, a pesar de mis deseos de abofetearla, la beso.
Es una verdad a medias, una que anida en mi corazón.
Siempre amaré a Ash, es mi alma gemela, de esas cursis de novela…
Me preparo para mentir, para engañarla, para entrar en una dimensión donde mis deseos se difuminan para abrazar las necesidades de ella, de mi Ashley—.
Pero tú eres mi chica, y estoy locamente enamorado de ti.
Esas palabras me queman en la boca como si fueran ácido. La única persona que se las merece no quiere verme, me odia, y quizá nunca me perdone. Candy se arrima a mí, me besa y sonríe con un poco de inseguridad.
—Te quiero, Dorian —dice—. Te quiero muchísimo. Y no soportaría perderte.
—No me perderás —miento de nuevo, con descaro, y mi mente reproduce la realidad: «No se puede perder a quien nunca has tenido»—. Vamos a casarnos, en pocos días te presentaré a mi familia, lo eres todo para mí.
—¿Y ella? ¿Madison? —Hay veneno en su voz cuando escupe su nombre. Intenta ocultar sin demasiado éxito cómo la ha afectado mi revelación—. ¿Qué significa para ti?
—Es el pasado. Tú eres mi futuro. —La abrazo para buscar las palabras capaces de convencerla—.
Cuando la he visto… No te negaré que he recordado algunas cosas y he reaccionado mal, pero me ha bastado salir del edificio para darme cuenta de que nunca la quise como a ti.
Y se ha portado como una cabrona conmigo.
—Es una capulla —suelta sin reprimir la rabia y la emoción de escuchar mi discurso—. Una mala persona. ¿Cómo pudo engañarte así? ¿Y tus amigos? —Me ciñe con fuerza—. Yo jamás te destrozaría de esta forma.
Me trago una sonrisa taimada. ¿Cómo puede ser tan cínica?
Es capaz de demoler vidas para seguir los locos efluvios de su padre, ¿y a mí de verdad me protegería?
Ojalá pudiera gritarle lo que me quema por dentro, pero en vez de eso, la beso, le repito mil veces cuánto la amo, la excito y me acuesto con ella con otra mujer en mi mente.
Mi único amor. El de verdad. El para siempre.