3
DORIAN
Le doy un puñetazo al volante, uno de tantos. La rabia se entremezcla con el dolor, es como si me clavaran puñales en el pecho y no pudiera sacarlos.
¡Me ha echado a la puta calle! ¡Sin dejarme hablar!
Y necesitaba tenerla, tocarla, hacerla mía…
Sus ojos… ¡Joder! Sus ojos estaban tan llenos de sufrimiento…
Me he pasado. Esta vez he traspasado un límite demasiado grande para arreglarlo, la he cagado tanto…
Y la ansío tanto… Ha sido verla y explotar, como si me hubiera quedado vacío y solo ella pudiera llenarme.
Vuelvo a usar mi puño y grito.
—¿Cómo cojones he acabado aquí? ¿Encerrado en mi coche? ¿A pocos metros de tu edificio? —Aprieto los dientes y gruño—. ¿Por qué no estás conmigo, Ash?
La conversación de Ralph de anoche me descontroló.
Destrocé media casa y después salí a correr sin rumbo durante horas.
Acabé en este maldito coche, conduciendo hasta que ha amanecido.
Y he ido directo a su edificio, dispuesto a todo por hablar con ella.
A arañar un instante a su lado. A pedirle perdón.
Me he valido de mi relación con Juliette para entrar en la zona prohibida… y de algo de presión enseñándole fotos al guardia. Me ha costado convencerlo, como me pasó el día que me colé en la mansión Reynolds, pero al final ha cedido. Y sí, quizá le cueste el puesto. Me da igual.
Verla ha sido… ¡Joder! Me ha fulminado. Como si me arrancaran todo de golpe.
El recuerdo de nuestro último encuentro se ha desatado en mi mente. Cómo el dolor la arrasaba mientras me clavaba en su interior y la poseía, cómo le permití a mi furia convertirse en un arma de destrucción y terminé consiguiendo mi placer a costa de perderla del todo.
Me agarro la cabeza con las manos, incapaz de sostenerme, y me desmonto.
Pensaba que hoy hablaría conmigo, que me daría la opción de disculparme, de redimirme…
No sé ni qué cojones pensaba en realidad.
He vuelto a actuar por instinto, sin recapacitar, sin darle lógica a mis acciones.
Y otra vez estoy en la jodida cuneta de mi gilipollez.
Sin Ashley. Sin un futuro juntos. Solo. Vencido. Vacío.
Impacto de nuevo mi puño contra el volante, gritando, y acabo apoyando la cabeza en él, sumido en la devastación total. Ha sido un adiós, un jodido «nunca más», y me parte el alma. ¡Puta alma, joder!
—Tío, eres gilipollas. —La puerta del copiloto se abre para darle entrada a Ralph.
Levanto la cabeza y lo miro—. ¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer?
Necesitas un terapeuta de forma urgente para que te arregle esa cabeza.
—Resopla, hastiado—. ¿Qué parte de «tu novia no puede enterarse de quién es Madison para ti» no entiendes?
—¿Y cómo cojones se enterará? —Le dedico un gesto de desprecio, cabreado, sin atender al lugar, a la situación ni a la realidad escondida en sus palabras. Es mejor no aceptarla.
—Hay micrófonos en la oficina —suelta, y yo empiezo a temblar—. ¿Y sabes quién los escucha? ¿Tienes una mínima idea de por qué los pusieron? —Hay un toque de sarcasmo furioso en su voz. Yo trago saliva, entendiendo de golpe la magnitud de mi cagada—. Tu querida Candy, joder.
Las connotaciones de esa sentencia caen a peso en mi cuerpo. Es como si me acabaran de arrojar una olla de aceite hirviendo. La he llamado Ashley, le he pedido que me perdone, le he dicho que la quiero…
De repente lo veo todo claro: la envergadura de mis actos, a quién he puesto en peligro, cómo acabo de colocar una espada de Damocles sobre mi familia, mis amigos, sus seres queridos, la propia Ashley, sobre mí…
¡Joder! Si Candy y su padre son tan capullos como escuché en los vídeos de Carl, si vuelven a planear un nuevo crimen para cumplir sus amenazas e intimidar a Ash, si le hacen daño a alguien más por mi culpa, a una de las personas importantes para mí…
—Joder… —Intento hablar, pero mis cuerdas vocales se atragantan.
—Has de contarle una parte de la verdad a Candy. —Las palabras de Ralph no detienen la angustiosa sarta de condicionales que mi mente arroja sobre mi desquiciado sistema nervioso, solo la incrementan.
—¿Se te ha averiado la chaveta? —Lo miro atónito, cargado al cien por cien de ira en estado puro—. ¡Yo a esa capulla no le voy a volver a dar ni la hora!
—Lo harás —dictamina con resolución—. Y te olvidarás de Madison para siempre.
—¡Ni de puta coña! —grito con una opresión en el pecho. Que Ralph pronuncie esas palabras constata la postura de Ash, su deseo de terminar con lo nuestro para siempre. Y no quiero aceptarlo, ni en un jodido milenio lo haré—. Ella es mía.
Veo cómo mi amigo esgrime una leve mueca de compasión, pero la borra con rapidez y la sustituye por una más seria, como si para él ya no hubiera salvación posible para lo nuestro. Esa simple expresión es más dolorosa que las palabras no pronunciadas.
—Lo siento, tío —susurra—. No vas a recuperarla. Esta vez has llegado demasiado lejos.
Otro derechazo directo a mi mandíbula, a mi corazón, a mi alma.
No hace falta más para noquearme. La he destruido como quería, pero en el camino también he arrasado los cimientos de mi felicidad, de cualquier futuro con ella.
Los ojos de Ralph lo gritan a los cuatro vientos, igual que la actuación de Ashley de hace un momento.
—No lo sabía —Ya no hay altivez en mi voz, ni rabia ni suficiencia, solo el tormento claro de comprender los silencios de mi amigo—.
¿Cómo podía imaginarme que Candy era parte de un plan macabro contra Ashley cuando empecé a salir con ella?
¿O que hay micrófonos en la oficina? —Niego con la cabeza y mis ojos se humedecen—.
Solo quería devolvérsela… Hablar con ella…
—Ese es el problema, Dorian. El mismo de siempre. —Frunce los labios en un rictus disgustado y triste a la vez—. No piensas, actúas movido por la rabia, no calibras bien tus movimientos y luego te enfrentas a las secuelas sin aceptar tu responsabilidad. Y esta vez has sido demasiado cruel.
Escucho en mi mente la conclusión de esa frase, la que flota en el ambiente: «y la has perdido para siempre». Es como si volvieran a apalearme, pero esta vez sobre una cicatriz todavía tierna.
Nos quedamos unos instantes en silencio.
Mis dedos se crispan en el volante, el dolor me atraviesa al ritmo de mis pensamientos cargados de remordimiento; punzantes, desgarradores, intensos… Ralph tiene razón, suelo dejarme llevar por los sentimientos en ebullición, y no veo más allá hasta que es demasiado tarde.
—Descubrir su secreto fue jodido, tío —admito recordando ese día en la mansión Reynolds—. Me mentisteis. Todos vosotros decidisteis ocultarme la verdad. Por eso tracé mi plan de venganza, y por una vez en mi vida fue a largo plazo, esperando al momento justo.
Espira con fuerza.
—¿Y nos puedes culpar por no confiar en tu forma de reaccionar ante los reveses? —Hay dureza en la pregunta, una capaz de enfrentarme con mis errores—. Acabas de fastidiar lo único que te hemos pedido, y ni siquiera te arrepientes.
—Lo siento —susurro—. No podía pensar con claridad, no después de tu visita, de descubrir con quién me he aliado sin saberlo, de imaginar cómo estaría de jodida Ash.
—Me paso la mano por el pelo, cierro los ojos un segundo y los abro con una profunda exhalación—.
Necesito recuperarla, Ralph. Sin ella estoy perdido.
Su mirada es explícita, demasiado. Niega con la cabeza y suspira con derrota. Ambos sabemos el significado de esos gestos, pero, aun así, lo pronuncia.
—Ya te he dicho que eso es imposible, Dorian.
—Su voz es suave y firme—. Y es mejor así.
Madison lo ha pasado muy mal, su vida ha sido una lucha constante, siempre fingiendo ser quien no es fuera de su casa, enfrentándose a amenazas, a muertes, a la soledad.
—Me coloca una mano en el hombro para rematar su discurso—.
Has de dejarla marchar; si la quieres, debes ayudarla a liberarse y darle la posibilidad de ser feliz.
—Sin mí —musito.
—Eres tóxico para ella. —Leo dolor en sus facciones, como si aceptar en voz alta la verdad que crepita entre nosotros lo desestabilizara—.
Y se merece una estabilidad, encontrar a alguien que la quiera sin barreras, Dorian.
—Aprieta la mano en mi hombro—. Lo sabes tan bien como yo.
La viste quebrarse hace cuatro días, y fue por tu culpa.
«Necesita a alguien que no sea yo…». Aparto la mirada de él, no puedo seguir sosteniéndosela sin sentir cómo desaparezco en un mar de culpa y dolor. Soy un cabrón con el alma repleta de negrura, un indeseable a ojos de las personas más importantes para mí.
—Me he convertido en mi padre —susurro con la sensación de haber alcanzado el súmmum de la bajeza—. Quizá no golpeo con los puños, ni he acabado en prisión por matar a un tío en un arrebato de rabia. Pero la uso para destrozar de otra forma a las personas a las que amo.
Y es como si una venda acabara de despejarme los ojos, como si de repente me percatara de la veracidad de mis palabras, de en qué me ha convertido mi padre, ese hombre sin respeto por nada, alguien capaz de arremeter con su furia contra mi madre, contra mí, contra cualquiera que ose enfrentarse a él.
Agarro mi teléfono un segundo para mirar la pantalla y buscar en ella las palabras envenenadas que sigue mandándome desde la cárcel. Lo estrujo entre mis dedos con la ira contaminando mi sangre, una cargada de remordimientos, de entendimiento, de revelaciones.
—Soy como él —reitero con la voz atragantada. Mi puño impacta contra el volante con fuerza, una y otra vez—. ¡Joder! —suelto en bucle, con los ojos llenos de lágrimas, aceptando por primera vez en mi vida en lo que me he convertido.
La mano de Ralph se ciñe más a mi piel en un gesto que intenta reconfortarme y detenerme a la vez. Pero no puedo calmarme, no cuando me he percatado de cómo soy, de la inestabilidad que vive en mí, de mi grado de toxicidad. Sigo golpeando, gritando, llorando como el desgraciado que soy.