Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 2 #2
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—Y tuve razón al dudar de ti, ¿verdad? —Me detengo un segundo para ofrecerle mi mejor sonrisa destructiva, una que me cuesta un mundo componer—.

No te tomaste ni dos malditos minutos en urdir una de tus mezquinas venganzas.

Ni siquiera valoraste qué significaba o las consecuencias.

—Es como si le asestara un golpe en la mandíbula—.

Pero se acabó, no te daré la oportunidad de acercarte a mí de nuevo.

Dos guardias de seguridad irrumpen en el pasillo y se acercan a Dorian.

—Señor, acompáñenos a la salida —solicita uno de ellos, sin tocarlo, solo colocándose a su lado de forma intimidatoria.

—¡Ash! —ruge él—. ¡Joder, habla conmigo!

—Llévenselo —ordeno dándome la vuelta para alejarme—. Y pónganlo en la lista de indeseados. No quiero volver a verlo en mi vida.

—Sí, señorita Gardner. —La respuesta del guardia no tarda en llegar—. Vamos, señor. Puede hacer esto fácil o difícil, usted decide.

Mi corazón suena como la batería de un grupo de punk ahora mismo, pero obligo a mis pies a seguir adelante, a mis oídos a bloquear las protestas de Dorian, a no permitir que mis piernas inseguras se doblen.

—¡Ashley! —Los gritos de Dorian me atraviesan como si fueran rayos. Escucho la lucha a mi espalda, cómo se resiste a abandonar el lugar, cómo intenta aferrarse a mí con su voz, pero no me giro, ni me detengo ni me ablando—. ¡No me voy a rendir! ¿Me oyes? ¡Volveré a por ti!

Juliette y Warren aparecen al final del pasillo, alertados por los gritos, y se acercan con pasos rápidos. La expresión de mi amiga es furiosa y la de mi abogado de incredulidad.

—Dorian —grita Juls pasándome de largo—. ¿Se te va la chaveta? —Levanta el índice para señalarlo—. Lárgate de una jodida vez. Aquí no eres bienvenido.

La voz de él se va haciendo menos audible.

Me giro un instante y descubro que los vigilantes lo están arrastrando hacia el ascensor.

Él sigue resistiéndose con una fiereza increíble.

Sus ojos muestran rabia, ferocidad, dolor…

Veo el instante exacto en el que repara en mi abogado y cómo un subidón de incomprensión lo atrapa, desatando la rabia.

—¿Warren? —espeta con ira—. ¿Qué cojones pintas tú aquí? ¡Joder! —El entendimiento se abre paso en su rostro, es como si acabara de enchufar los cables para darle vida a un nuevo dato—. ¡Tú lo sabías! ¡Todo el jodido mundo lo sabía menos yo!

Las puertas del ascensor se abren y no tardarán ni un segundo en hacer desaparecer a Dorian de mi vista.

Un dolor abrupto se abre paso en mis entrañas. Deseo correr a sus brazos. Besarlo. No dejarlo marchar. Pero también siento el peso de la traición, de mis errores, de los suyos… de la necesidad de ofrecernos espacio a ambos para rehacer nuestras vidas.

Sus ojos se quiebran, se llenan de un sufrimiento extremo.

—Ash…—Su voz se pierde en las puertas cerradas.

Esa última palabra, mi nombre ficticio susurrado entre sus labios, emitido con desesperación, como si él también estuviera arrasado por dentro…

Mis piernas deciden no sostenerme más, se vuelven blandas, temblorosas.

Un vacío devastador se abre paso en mi interior, me drena los pulmones, me ahoga.

Los brazos de Warren me sostienen, Juliette también está a mi lado.

Entre los dos consiguen llevarme a la sala de juntas sin llamar demasiado la atención mientras lucho con fuerza para sobreponerme, sin demasiado éxito.

Una vez traspasamos la puerta de la sala y la cerramos tras nosotros, me desplomo en una silla, muerta en vida.

—¡Será imbécil! —suelta Juls con rabia. En esta estancia estamos a salvo de nuestros espías exteriores gracias a los inhibidores de frecuencia—. ¿Cómo narices vamos a lidiar con esto? ¡Hay micros ahí fuera! ¡Candy ya debe saber lo que acaba de pasar! Y la tía no es tonta, joder. Sabrá quién eres.

Cierro los ojos con las lágrimas resbalando impunes desde ellos. Me había prometido no volver a llorar por Dorian, pero no logro deshacerme de su mirada cargada de un sufrimiento tan intenso como el mío, ni de la visión de sus labios, de su cuerpo…

«¡No! ¡Basta ya, Madison! No se lo merece, lo sabes».

No puedo continuar así, debo endurecerme, ser capaz de alejarme de alguien tan venenoso, aniquilar mis sentimientos por él.

Juliette y Warren han empezado a buscar soluciones para arreglar la visita de Dorian cara a Candy. Nuestro plan se puede ir al traste en cuestión de segundos por culpa de su visita sorpresa.

Debería calibrar bien sus movimientos antes de realizarlos, pero Dorian siempre actúa sin pensar, se lanza de cabeza a sus impulsos y destruye demasiado a su paso.

Me cuesta respirar, mis pulmones parecen atascados y mi ritmo cardíaco escala hacia el infinito. ¿Cómo puedo sacármelo de ahí? ¿Por qué sigo amando a alguien como él? ¿Qué coño me pasa? ¿Por qué solo quiero salir corriendo tras él y besarlo…?

Ralph entra en ese mismo instante. Su cara denota la misma tensión que flota en el ambiente. Se acerca a Juliette, la abraza y le da un beso suave en la mejilla.

—¡Me cago en el maldito Dorian! —suelta, como si esas palabras exorcizaran de alguna forma los últimos acontecimientos.

—¡Es un maldito descerebrado! —brama mi amiga—. ¡No piensa, joder! ¿Y ahora qué?

Me trago como puedo el desgarro de mi alma, inspiro con fuerza, me limpio las lágrimas y me obligo a salir de mi estado, a alejar mis emociones disparadas, la necesidad, el dolor penetrante y fiero.

Nuestro futuro depende del plan, de vencer a Albert de una vez por todas, de encerrarlo junto a mis primos y tirar la llave para ser libres. Es un mal momento para venirme abajo.

Me deshago de las lágrimas en un gesto furioso y asiento.

—Hemos de encontrar una explicación plausible para Candy —anuncio, buscando todavía mi voz entre el aplomo que poco a poco va regresando a mí—. Dorian me ha llamado Ashley. Solo hay una forma de justificarlo…

La ansiedad me atraganta porque todos sabemos lo que implica esa solución.

Juliette se acerca y me rodea con sus brazos por los hombros para reconfortarme. Me aferro a ella unos segundos, los necesarios para acabar de rehacerme.

—Carecemos de más opciones —razona Ralph—. Dorian estaba fuera de sí. No es fácil explicarle ese comportamiento a Candy. Y mucho menos que te llamara Ashley… Además, no tenemos ni idea de hasta dónde le ha contado ya.

—No nos queda otra —comenta Warren—. Vamos a tener que jugárnoslo todo a una carta. Y puede salir mal.

Mi mirada se cruza con la de mi amigo y una descarga de ansiedad se desencadena en mi cuerpo.

No necesito escucharlo para saber qué nos toca hacer ahora, hasta dónde debemos arriesgar y cuál puede ser el resultado.

Un nudo me oprime la tráquea para elevar al máximo mi cota de nerviosismo.

Crispo los dedos sobre la tela de mi falda bajo la mesa, acompañada por el repiqueteo desbocado de mis latidos en la garganta.

—Es demasiado peligroso… —susurro casi sin voz—. Dorian acaba de limitar nuestros movimientos. —Tenso los músculos con un ramalazo de odio—. Siempre hace lo mismo.

—Debemos jugar a todo o nada —expone Warren—. Y rápido. O todo se irá a la mierda. —Resopla—. Ojalá tuviéramos más tiempo para prepararnos.

El silencio tensiona la sala.

Ralph y Juliette se sientan en una de las sillas. Warren camina arriba y abajo. Y yo aguanto como puedo la presión.

Los cuatro entendemos sin necesidad de palabras cuál es nuestra única salida y los riesgos que entraña. Si nos equivocamos…

—De acuerdo —acepto, a pesar de conocer los riesgos—. Lo haremos. Y saldrá bien. —Bajo la mirada—. Ha de salir bien.

—Tienes razón —corrobora Juliette. Me pone una mano encima de la mía y me mira con determinación—. Ganaremos.

—Ha llegado la hora de jugar fuerte —coincide Ralph.

—Y de ganar —apostilla Warren.

Ojalá sus palabras se conviertan en una realidad. Llevo tantos años nadando a contracorriente, caminando al filo del abismo. Y ahora que por fin tengo un as en la manga para terminar con las amenazas de mi tío, no puedo venirme abajo, ni permitir que Dorian lo arruine todo. Debo confiar en el plan.