Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 2
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MADISON

El sol todavía está luchando por iluminar Dallas cuando entro en mi despacho de la última planta del edificio Reynolds.

Necesito olvidarlo, centrarme en el trabajo, en el legado familiar heredado a base de muertes, en cualquier cosa que me mantenga lejos de él.

De Dorian Stone. Mi lacra. El hombre que me rompió célula a célula y sigue aferrado a mi corazón, como si tuviera todo el derecho del mundo a estar ahí.

Traspaso la puerta acompañada por el sonido de los tacones contra el suelo.

A estas horas la soledad es absoluta. Inspiro hondo para contener las malditas lágrimas cuando vuelven a amenazar con arrasarlo todo.

Después me paso la mano por los ojos con rabia, me limpio la humedad y resoplo.

Hace veintiún días me prometí no volver a llorar por él y no pienso permitirme recaer.

Perdonarlo no entra en mi futuro. Jamás.

Y menos después de ese último momento juntos, de ver cómo se corría mientras me destruía. Fue demasiado para mí. Me hizo pedazos. Y lo peor es que las secuelas pueden cambiarme la vida.

Me acerco a la cristalera de suelo a techo para ver la ciudad a mis pies.

A esta hora las vistas son espectaculares, con los colores rojizos a lo lejos y el cielo a medio teñir de azul.

Suspiro, intentando recomponerme. Soy buena en mi puesto.

Nada ni nadie me va a arrebatar lo que me ha costado tanta sangre mantener.

Y mucho menos mi tío Albert, sus hijos, o el maldito dueño de mi corazón.

Sí, estoy harta de negarlo, de bajar la voz incluso en mi mente cuando lo admito, por eso le hago frente y lo acepto.

Sigo enamorada de él. A pesar de mi clara y firme oposición.

En las novelas y películas parece tan fácil superar las rupturas…

El tío le hace una grandísima putada a la protagonista y «chas», desaparece el amor.

Así, por arte de magia, se convierte en algo diferente.

Les duele, sí, pero es como un punto y final, como si de verdad bastara agarrarse a la traición para no volver a quererlo.

Pateo el suelo con el tacón, airada. No es tan fácil, te lo digo yo. Y menos con lo que intuyo.

Lo odio en la misma medida en la que lo amo.

Esa es la pura verdad. Ambos extremos son el mismo sentimiento, pero visto desde perspectivas distintas.

Y no me engaño pensando que, si lo tuviera delante, el deseo no arrasaría conmigo, aunque tengo la firme determinación de no volver a caer en esa espiral enfermiza de toxicidad con él.

Me apoyo en el cristal de la ventana. Y emito un gruñido casi inaudible.

Trabajar me ayuda a diluir mis emociones y a darles poco a poco un lugar lógico en mi interior.

Reynolds Oil es una de las petroleras más importantes a nivel mundial, tiene unos beneficios netos anuales increíbles, muchos empleados y un futuro brillante.

Y es mía. Es mi refugio, el lugar donde mi mente se interna en un mundo donde no cabe el dolor ni la autocompasión.

Ni esa necesidad que no debería estar ahí, aunque se niega a desvanecerse.

Sacudo la cabeza, me coloco bien la ropa y me siento tras el escritorio. No puedo seguir regodeándome en mi desgracia si quiero mantener Reynolds Oil en pie.

Durante unos segundos me permito recordar a mi padre y a mi abuelo en este mismo escritorio.

Dejo entrar la calidez, pero enseguida la enfrío.

Estoy harta de sentir, de querer, de amar, de creer en el amor.

Nunca más volveré a enamorarme ni a darle la potestad a Dorian para destruirme como lo ha hecho una y otra vez desde que lo conocí. Se terminó. Para siempre.

Perfecto. Ya estoy otra vez en mi noria particular. Parece como si tuviera una margarita en la mano y fuera quitándole pétalos: «lo amo, lo odio, lo amo, lo odio…». ¿Lo peor? No logro ni de lejos la indiferencia necesaria para dejarlo marchar.

La puerta se abre para anunciar el inicio de mi jornada laboral. Me despojo como puedo de las emociones para centrarme en las tareas del día.

—Warren ha llegado —anuncia Juliette entrando en mi despacho.

Mi amiga es lo mejor que me ha pasado. La conocí hace casi cuatro años, cuando acababa de llegar a Elberta escapando de mi tío, y desde entonces me ha acompañado en cada paso del camino.

La contraté como mi asistente personal al trasladarnos a Dallas y ahora somos un equipo bien engrasado.

Es muy valiosa en su puesto y jamás lograré agradecerle suficiente su cercanía.

Me lanza una mirada circunspecta que esconde una pregunta: «¿estás bien?

», pero no la pronuncia porque en esta estancia hay un micrófono que no puede darle pistas al enemigo de nuestra amistad.

Candy, mi tío Albert o Carl están al otro lado—. Te espera en la sala de juntas.

—Tráenos café. —Sueno seca, tal como nos interesa para mantener las apariencias que presentan a una jefa capulla y su empleada cabreada con ella—. Ahora voy.

Su expresión es de preocupación, como en cada uno de nuestros encuentros desde ese instante en el que Dorian…

¡Basta! No voy a romperme de nuevo, ni a recordarlo ni a …

Recreo sus ojos fríos, su odio, cómo me clavaba una estaca en el corazón mientras me penetraba una y otra vez con una mezcla de emociones en sus ojos…

Un ramalazo de dolor me atraviesa llevándose mi respiración.

Me doblo hacia delante, con esa mierda de arcadas que llevan días molestándome, pero aprieto los dientes, frunzo los labios y me reprendo con firmeza.

No va a herirme nunca más porque lo voy a expulsar de mi alma aunque me cueste el último aliento.

Me recompongo la ropa, el cuerpo y los sentimientos.

Warren es mi amigo, mi abogado de confianza. Lo conocí como dueño de un circuito de carreras de coches donde iba a esconderme para alzarme con el pódium, pero su faceta de asesor legal me vino de perlas para la empresa.

Estamos en medio de una operación importante para Reynolds Oil, nada debería distraerme, lo sé, pero mi mente es un caos emocional imposible de ordenar. Inspiro con fuerza y suelto el aire de golpe. Lo lograré.

Cuando doy un paso hacia la puerta para enfrentarme al día, escucho gritos al otro lado.

Es Wendy, mi secretaria, hablando con… ¡No…

no, no! Me paralizo, mis latidos se disparan sin control y mi respiración se convierte en resuellos ansiosos.

No puede ser, es imposible, esa voz… Me agarro a la silla que hay frente a mi escritorio para no caer cuando las piernas dejan de sostenerme.

—¿Cómo ha llegado aquí? —increpa Wendy, claramente sobrepasada—. Esta zona está prohibida.

—Voy a entrar a ver tu jefa, tanto si me das permiso como si no. —Otra vez su voz, y el molesto temblor en las piernas.

¿Cómo lo enfrento? No puedo verlo, no estoy preparada…

La puerta se abre y a punto estoy de dejar escapar un grito, pero en vez de eso hago acopio de toda mi fuerza de voluntad y compongo un rictus de indiferencia. Aunque por dentro me esté muriendo y apenas sea capaz de sostenerme, lo miro con altivez.

—¿Qué haces aquí? —pregunto con la mayor frialdad que soy capaz de fingir, aguantándome en la silla para no caer y recomponiéndome a marchas forzadas. No permitiré que me vea flojear.

—Lo siento, señorita Gardner. —Wendy entra detrás de Dorian, acalorada—. No he podido detenerlo, ¿llamo a seguridad?

—Sí, por favor —asiento sosteniéndole la mirada al amor de mi vida, al hombre que después de capturar mi corazón lo ha arrojado al infierno, al que consigue hacer zozobrar mi fortaleza solo con su presencia.

Inspiro hondo, crispo los dedos en el respaldo de la silla y me obligo a mantener mi fortaleza—.

El señor Stone no debería estar aquí. Averigüe cómo se ha saltado la seguridad y sáquelo de este edificio.

Reparo en la mirada herida de Dorian, en cómo su rostro se desfigura al enfrentarse a mis palabras. Las disparo caminando hacia la puerta, con intención de rodearlo, con un esfuerzo sobrehumano para recuperar la estabilidad.

—Ahora mismo, señorita Gardner. —Wendy no espera ni dos segundos para alejarse y cumplir mis órdenes. Los de seguridad no tardarán en echarlo de aquí. Estoy convencida.

Continúo caminando hacia la puerta como si él no estuviera, sin inmutarme, sin mirarlo, sin…

—Ash —susurra agarrándome del brazo al pasar por su lado—. Necesito hablar contigo. Por favor.

Tenerlo tan cerca es devastador. Todo mi cuerpo se tensa al notar su tacto a través de la camisa.

Trago saliva. Pienso en el micrófono, en lo que significa esta visita, en lo que estamos arriesgando en este instante.

Aprieto los puños y me aferro a los recuerdos dolorosos para girar la mirada y posarla en la suya, sin mostrar ni un ápice de compasión.

—Se acabó para siempre —sentencio sin amilanarme por el dolor que destilan sus ojos—. Te lo has cargado todo, Dorian. No hay nada más que decir.

Intento alejarme hacia la puerta, sin embargo, él tira de mi brazo con fuerza para impedírmelo.

Una descarga de deseo me recorre. Es tan intenso…

Me detengo, clavo mis ojos en los suyos y me aferro a la crueldad de sus actos para mantenerme firme, a pesar de los temblores que amenazan con arrasar mi determinación.

—Me equivoqué —declara—. Lo siento, Ash. Por favor, perdóname.

—Jamás —decreto con dureza—. Y ahora, suéltame. Entre nosotros no quedan más que malos recuerdos.

Le asesto un manotazo con la otra mano para deshacerme de la suya, dispuesta a todo para librarme de él, para alejarme, para dejarlo atrás de una vez. Me suelta con un quejido, es un sonido cargado de dolor.

—Hablémoslo —suplica—. ¡Joder, Ashley! —Me sigue cuando empiezo a andar hacia la sala de juntas—. ¡No puedes echarme a mí toda la culpa! ¡Me mentiste! ¡Tú también me la jugaste!