Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 1 #2
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Me agarro el cabello y tiro de él con fuerza, es un patético intento de detener ese sufrimiento ansioso y desgarrador que se está ocupando de hundirme en un pozo oscuro.

Conocí a Candy como Bella por casualidad.

O eso creía. Ahora lo veo todo tan distinto…

Ella buscaba acercarse a Ralph para investigar a Juliette y descubrir cosas acerca de Madison Gardner.

Un punto débil para atacarla. Pero se enamoró de mí.

Y, joder, yo me aproveché de sus sentimientos para destruir a su prima.

—Da igual si lo sabías, Dorian. —Las palabras de Ralph se introducen en mi mente para aguijonear todavía más mi conciencia—.

Fuiste a por Madison, buscabas hacerle daño y elegiste a la hija del hombre que mató a su abuelo, a su hermano y a su madre a punta de pistola.

El mismo que le disparó a ella con intención de cargársela cuando solo tenía diez años, que hizo estallar el coche donde iban su padre y sus amigos.

Y luego te la tiraste como venganza. ¿Te das cuenta de hasta qué punto la has cagado? Nunca te perdonará.

Trago saliva y noto cómo se me humedecen los ojos.

¿Cómo pude hundirme en Madison cegado por la rabia? ¿Dejarla vencida sobre la cama? ¿Follármela como si solo fuera un polvo de revancha? ¿Tan desgraciado soy?

Durante el período en el que formamos una pareja feliz, alguna vez hablamos de la muerte de su familia. Pero ella entonces representaba el papel de Ashley McGregor, una huérfana que había perdido a sus padres de niña, y nunca fue clara al respecto de lo sucedido.

Le pego un puñetazo al sofá al recordar su dolor en esas escasas ocasiones en las que evocaba su pasado, entonces sus ojos contenían tristeza y devastación.

Debería haber calibrado mejor mis decisiones, pararme a pensar, haber… Cierro los ojos y me los tapo con las manos porque la última frase de mi amigo deambula furiosa por mi cerebro, se me clava en la piel y la desangra.

«Nunca te perdonaré».

Lo escribí en esa maldita tarjeta hace veinte días, cuando mi única intención era destruirla.

Y lo conseguí, la despedacé hasta tal punto que…

Evoco ese instante, cuando estaba dentro de ella y la miraba con frialdad mientras bombeaba en su interior.

Desde entonces no puedo cerrar los ojos sin verla.

Un ramalazo de desesperación me atraviesa, porque en vez de detenerme, seguí hasta correrme, sin preocuparme de su placer, de su dignidad ni de su sufrimiento, y después de vaciarme en su interior, me levanté, me vestí y le arrojé la invitación a mi boda con esa única frase en el otro lado de la tarjeta.

—Ojalá pudiera cambiar lo que hice —susurro, vencido. Pero nada conseguirá borrarlo, lo sé, y es tan letal…—. No estoy bien de la cabeza, Ralph. —Me desmorono—. Soy un jodido enfermo.

Él inspira con fuerza y me mira con tristeza y pena.

—Necesitas un terapeuta, pero ya —sentencia—. Tío, ¿cómo pudiste? ¿Te das cuenta del alcance de todo esto? ¿De lo que le hiciste?

—Ahora sí.

Durante unos largos y tensos instantes, nadie se mueve.

—Ponte en su lugar —susurra Ralph al final—. ¿La perdonarías si hubiera sido al revés?

Bajo la cabeza con los ojos anegados en dolor y una respuesta clara en mi mente: «jamás».

Hace media hora, cuando ha aparecido en mi apartamento de Austin, me he mostrado como el chulo gilipollas que soy. Le he hablado con altivez, he alardeado de haber urdido la venganza con alevosía en vez de precipitarme como de costumbre.

Entonces ha empezado a hablar, me ha contado cómo el tío de Madison, Albert Reynolds y sus hijos llevan años intimidándola, cómo acabaron con la vida de su padre, de Simon y de Garrett, y cómo la amenazaron con destruir a cualquier persona importante en su vida si no se casaba con su primo.

Luego me ha puesto los vídeos de Carl, esos que grabaron Juliette y él mientras se acercaban a él para fingir estar de su lado y buscar la forma de encontrar a Albert y liberar a mi chica. Eso ha sido demoledor. Sus planes son tan crueles…

—Necesitaba devolvérsela. —La voz me sale atragantada por los remordimientos—. Ella me había mentido…

—Sabes tan bien como yo que nunca lograrías redimirla de algo así.

No tal como eres ahora. —Esa afirmación me estruja el corazón—.

No carburas bien. Las cosas no se solucionan a machazos.

No puedes combatir tu dolor destrozando a los demás.

Llevas demasiados años en esa línea y ya deberías saber que cuando destruyes a quien amas, también te destruyes a ti.

Lo sé. ¡Joder! ¡Lo sé! Y necesito terapia. Estoy de acuerdo con Ralph, pero…

—¿Por qué no me dijo la verdad? —Conozco la respuesta, y saberla es hiperdoloroso—. Ella me conoce, Ralph, sabe cómo funciono.

—¿Y eso es una excusa para convertirte en un cabrón? —ataca mi amigo con voz dura—. La gente normal habla de sus mierdas y no se dedica a herir a los demás de esa forma. ¿En qué cojones estabas pensando?

Se levanta del sofá y se encamina a la nevera para hacerse con un refresco. Está furioso, y no lo culpo.

—Dejaré a Candy, anularé la boda, le suplicaré perdón a Ash…, a Madison, me arrastraré si es necesario. —Lo miro con súplica—. Llévame con ella, Ralph. Por favor.

—Ya es tarde. —Le da un sorbo al refresco directamente de la botella y camina de vuelta al sofá—.

Y te necesitamos. No tengo ni idea de cómo has mantenido lo vuestro y el tema de la boda en secreto, pero ahora mismo vas a decirle a tu «novia» que quieres que invite a su padre y a su hermano a la boda.

Has de convencerla de que estás tan «enamorado» que necesitas a toda su familia cerca para gritarlo a los cuatro vientos.

—¡Ni de puta coña! —Niego con ímpetu—. Después de ver eso —señalo la pantalla del MacBook, ahora ennegrecida—, no me acercaré ni una vez más a esa bruja.

—Lo harás. —Se sienta en el sofá con una mirada fría—. Y volverás a tirártela las veces necesarias para llevar a Albert Reynolds a tu boda.

Se me hiela la sangre al pensarlo.

—¿Se te va la olla? —Me levanto en plan amenazador para intimidarlo—.

¿Crees de verdad que después de saber quién es Candy voy a volver a su cama?

¡Acabas de decir que he perdido a Ash…, a Madison, por ella!

Si vuelvo a tirármela, si sigo adelante con esa maldita boda…

¡No, joder! Necesito hacer las cosas bien, recuperar a mi chica.

—No lo vas a conseguir, tío. —La angustia en su tono es tan dolorosamente real…

—. Has ido demasiado lejos, Dorian. Pero si te queda algo de amor por ella, si de verdad la quieres, vas a ayudarla a ser feliz.

—Resopla—. Por mucho que me joda decirlo, eres la llave para destruir a Albert de una vez por todas. Y es lo único que puedes regalarle.

Me dejo caer en el sofá y me quedo quieto, sin saber ni cómo respirar.