Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3)
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1
DORIAN
El corazón bombea el triple de sangre de lo habitual y un par de arcadas me sacuden.
Ralph, mi amigo incondicional desde que apenas éramos unos críos, y a quien llevo unos meses despreciando por sus mentiras, se mantiene callado a mi lado, sentado en el sofá de mi salón, frente a la pantalla de un ordenador portátil donde se están reproduciendo unas grabaciones que me van destrozando de una forma implacable.
La mirada de mi amigo se clava en mí, no en el monitor, y anuncia una hecatombe. Dura, letal.
—Joder —susurro.
Me cuesta respirar. El aire no entra y el estómago se me revuelve.
Tensiono los músculos cuando las palabras se clavan en mi alma. Son como cuchillos afilados al mostrarme una realidad devastadora. Una que me he negado a escuchar durante demasiado tiempo y acaba de ensañarse con mi cordura.
Cada una de mis decisiones desde que descubrí la verdad acerca de Ashley —Madison… Debería llamarla así— se vuelven en mi contra.
¿Qué coño he hecho?
Ralph detiene el reproductor de su MacBook Air, un regalo de Madison Gardner, la mujer a la que, pese a todo, amo con toda mi alma.
El silencio se espesa. Se alarga. Se llena de mis latidos acelerados. Y de una culpa que me ahoga.
Cierro los ojos un segundo.
La conocí hace casi cuatro años como Ashley McGregor; me engañó, logró que me enamorara de ella, me hizo creer que todo era posible.
Llevo meses intentando erradicarla de mi sistema, con esa vehemencia únicamente lograda a base de odio filtrado en mis venas y con un deseo de venganza más allá de la razón.
Pero sigue ahí, brillando con fuerza, agarrada a mi corazón.
Por eso hace veinte días la destrocé. Con saña. Y me perdí.
Regreso la mirada a la pantalla, incapaz de apartarla.
Muestra una imagen congelada de mi futuro cuñado, Carl Reynolds, el primo de Madison, una persona horrible que acaba de aceptar en voz alta sus intenciones con una frialdad que hiela la sangre.
Conocerlas desborda de golpe las compuertas de mis remordimientos más escondidos.
No soy capaz de quedarme quieto; me paso la mano por la cara mientras me enfrento a la sonrisa de Carl. Destila maldad. Cada una de sus palabras me ha removido por dentro. Esto me va grande. Demasiado.
Y lo sé. Me he equivocado otra vez, he arruinado mi posibilidad de redención ante ella y he puesto en peligro a todas las personas importantes para mí. Mi respiración parece atacada por un regimiento de soldados; es irregular, ansiosa.
Candy, mi Candy, la mujer a la que conocí como Bella hace dos años.
Llevo casi siete meses saliendo con ella en secreto y en tres semanas nos vamos a casar.
Está involucrada en los planes de su hermano.
Carl lo ha contado con alevosía en ese maldito vídeo.
Está a su altura en crueldad. Y yo la he usado para mi propio beneficio, sin darme cuenta del peligro al que exponía a mi gente, a mi chica, a mi familia.
¿Cómo he estado tan ciego? ¿Por qué no me había fijado antes en su verdadero fondo? ¿Ni en que mi plan de venganza contra Ashley —mierda, Madison— era un arma de doble filo que acaba de estallarme en la cara?
Me levanto en un movimiento seco y empiezo a caminar de un lado a otro del salón.
—Pensaba que acercarme a Candy destruiría a Madison —«capullo, insensible y estúpido»—, quería hacerle daño después de descubrir su juego…
—Pues te has lucido, tío —responde Ralph, con los puños apretados y una expresión cabreada—. La has jodido a base de bien.
Me doy la vuelta para no verlo. Para no hundirme más.
—No. —Niego con todo mi cuerpo.
—¿No qué? —Su voz es fría—. ¿Cómo lo supiste? ¿Por qué no nos preguntaste? ¡Me cago en la puta, Dorian! Podríamos haber solucionado las cosas de una manera diferente, pero ahora ya no hay vuelta atrás.
Camino hacia él, con la mirada clavada en la suya.
—Me mentisteis en la cara —espeto. Lo agarro de la camiseta y bajo mi cara a su nivel.
Él aguanta con estoicidad, sin apartar sus ojos de los míos—.
Cuando la vi entrando en ese pasadizo… ¡No me lo podía creer!
Había abandonado una fiesta para venir a buscaros, para pediros ayuda.
¡Porque quería disculparme con ella! Recuperarla.
—Me río con amargura—. Y resultó que vivíais con ella.
—Aprieto la sujeción—. Me habías visto sufrir como un capullo, arrastrándome.
¿Y no se te ocurrió decirme que mi Ashley es Madison Gardner?
¿La hija de mi ídolo y una multimillonaria de la hostia?
¿La dueña de Reynolds Oil y de los Dallas Cowboys?
—No podíamos arriesgarnos. No contigo.
Baja la mirada y se destensa de golpe. Como si le doliera aceptarlo.
Yo me fustigo en silencio, porque tiene razón.
Lo suelto de golpe, me tambaleo hacia atrás y vuelvo a sentarme en el sofá.
Coloco los codos sobre las piernas y hundo la cabeza en mis manos.
Regreso a ese día, tras seguirla hasta la mansión Reynolds.
Apenas le di importancia a las palabras que escuché escondido entre las sombras de su jardín mientras era un testigo airado de cómo ella y mis dos amigos me habían ocultado la verdad, jugaban conmigo y me mantenían en la más absoluta ignorancia.
Esa noche debería haber prestado atención al miedo que destilaba su voz, a la preocupación en ese discurso acerca de su familia y del peligro.
El silencio solo se interrumpe con mis latidos acelerados, van a mil por hora, perforan el aire, y lo llenan con una tensión imposible. ¡Soy un jodido imbécil! ¿De verdad me creía capaz de hacerle daño y no sufrir las consecuencias?
—Te pasaste tres pueblos. —La afirmación de Ralph no solo rompe el silencio, también mi corazón—. ¿Cómo pudiste, tío? ¿Cómo?
No tengo ni puta idea de en qué pensaba cuando aparecí en su casa hace veinte días.
Mis intenciones eran lanzarle la invitación de la boda a la cara, con ese «Recuerda…
Nunca te perdonaré» escrito en el anverso.
Pero la tuve enfrente, la vi, la sentí y…
, joder, la idea de salir de ahí sin besarla no era posible.
Aprieto los dientes al recordar cómo me enterré en lo más profundo de ella mientras en mi mente solo aparecía mi deseo de herirla, a pesar de esa avidez incontrolable.
Mi mirada se llenó de odio mientras veía cómo sus lágrimas inundaban esos ojos tan brillantes, que una vez fueron grises, pero en realidad eran azules como el mar.
No se corrió, joder. Descubrió mi juego y eso la destruyó.
En cambio, yo sí llegué al orgasmo.
Lo hice saboreando el triunfo, sin atisbar mi error ni pararme a pensar en las consecuencias, porque vi en ella esa devastación que buscaba.
Y cuando me levanté para vestirme, cuando le dejé esa nota con la invitación a la boda tras decirle: «Vas a desear no haberme conocido.
Eres la peor persona de mi vida, Madison Gardner», y la abandoné hecha un ovillo sobre la cama, no calibré cómo esos actos iban a llevarme directo al infierno.
—¿Dónde está? —pregunto con un tono bastante desquiciado—. ¿En la mansión? Necesito hablar con ella. —La mirada de mi amigo es implacable, anuncia algo que no estoy dispuesto a escuchar—. ¿Dónde cojones está, Ralph? —repito con la ansiedad oprimiéndome la tráquea.
El silencio pesa. Se alarga. Palpita con mis latidos desbocados.
—No quiere verte —sentencia al fin. Ni siquiera parpadea—. Y no la culpo.
—No. —Niego con la cabeza y con todo mi cuerpo—. No, joder. Necesito verla.
Todo en Ralph es una expresión de rechazo. Se frota los ojos un segundo, suspira y sus ojos me observan con dolor.
—Te cargaste su corazón, Dorian. —Sé que es cierto, pero no puedo escucharlo sin romperme en mil pedazos—. Has ido demasiado lejos esta vez. —Resopla—. ¿Cómo pudiste? ¿Te has parado a pensar en algún momento en lo que hacías? ¿O como siempre te lanzaste de cabeza sin valorar las consecuencias?
Está cabreado, mucho. Y no lo culpo. La culpa se apodera de mis nervios, los tensa hasta volverlos punzantes.
—¡Llévame con ella! —bramo con rabia.
—No. No lo haré. No en contra de sus deseos —repite.
Percibo la fiereza en su tono y lo conozco lo suficiente para entender que jamás la traicionará—.
Asúmelo, Dorian. Esta vez has cavado un abismo demasiado profundo.
Ha tardado semanas en aceptar que te lo contara todo.
Y todavía no está segura, aunque eres el único con la capacidad de ayudarla.
—Voy a encontrar la manera de llegar hasta ella —prometo—. Haré cualquier cosa para verla, para estar a su lado, para…
¡Joder! Me desgarro por dentro. Esos vídeos, las intenciones de Carl, descubrir la maldad latente en Candy… ¿Cómo fui capaz de acercarme a ella? ¿De creerme invencible? ¿De no pensar en cómo me destruiría a mí también esta venganza?
—Te has cargado toda posibilidad de estar con Madison —anuncia mi amigo con un tono doloroso para ambos—. Nunca conseguirás borrarlo, Dorian. Esta vez has hecho lo único que te podía alejar de ella para siempre.
—¡No lo sabía! —grito agarrándome la cabeza con ambas manos y permitiendo que las lágrimas bajen furiosas por mis mejillas—. ¡No tenía ni puta idea de que su prima estaba involucrada en las muertes de su familia!
—Jamás debiste llevarte a Madison a la cama como lo hiciste.
—Chasca la lengua con reproche—. Eso fue cruel.
La humillaste. Y lo peor es que sabías qué estabas haciendo.
Y, aun así, no dudaste. —No aguanto la acusación en sus ojos, así que bajo la cabeza—.
No te acerques a ella; si la quieres, permítele ser feliz y olvidarse de ti.
—Si lo llego a saber…