Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 12 #2
97%

Capítulo 12 #2

—El reloj no parece compartir tu opinión.

Henry cerró los ojos.

—Claire.

—Dieciocho minutos activos.

—Eso no es hacer ejercicio.

—Entonces deberías presentar una reclamación al fabricante.

—La idea del reloj es ayudarte.

—Me está ayudando muchísimo.

—Estás haciendo trampas.

Me indigné.

—¿Trampas?

—Sí.

—No hago trampas. Estoy explorando las limitaciones del sistema.

—Eso son trampas con vocabulario técnico.

Aquella frase volvería a atormentarlo.

✦   ✦   ✦

Porque Henry era un ejemplo.

Me lo recordaba con frecuencia.

No de una forma insoportable.

Solo de una forma ligeramente insoportable.

Su reloj mostraba cifras excelentes.

Cuarenta minutos de ejercicio.

Cincuenta.

Una hora.

Caminatas.

Actividad cardiovascular.

Objetivos cumplidos.

—¿Ves? —me dijo una tarde enseñándome la pantalla—. Cuarenta y cinco minutos.

Yo acababa de terminar mi tabla y estaba sudando de una forma poco compatible con la dignidad.

—Te odio.

—No es una competición.

—Eso solo lo dicen las personas que van ganando.

Sin embargo, algo no terminaba de encajar.

Henry hacía ejercicio.

Lo sabía.

Pero también trabajaba.

Veía televisión.

Jugaba con el simulador.

Pasaba horas haciendo cosas incomprensibles con ordenadores.

Y, de alguna forma, encontraba tiempo para mantener unas estadísticas deportivas propias de un hombre que se preparaba discretamente para los Juegos Olímpicos.

Empecé a observar.

No porque desconfiara de él.

Era investigación científica.

El sábado encontré la primera anomalía.

Henry había salido después de comer.

—Voy a dar una vuelta.

—Muy bien.

—¿Quieres venir?

—Tengo cosas que hacer.

Aquello era mentira.

Tenía intención de leer.

Pero no era asunto suyo.

Una hora después consulté la aplicación.

Henry llevaba cuarenta y siete minutos de actividad cardiovascular intensa.

Me alegré por él.

Hasta que escuché una carcajada procedente del piso de arriba.

La voz de Andrew.

Me quedé quieta.

Después olí algo.

Puro.

Miré el teléfono.

Cuarenta y siete minutos.

Miré hacia el techo.

Actividad cardiovascular intensa.

Subí las escaleras.

✦   ✦   ✦

Abrí la puerta.

Henry y Andrew estaban sentados junto a la ventana.

Había dos vasos sobre la mesa.

Un cenicero.

Y dos puros.

Me apoyé en el marco de la puerta.

—Cuarenta y siete minutos.

Henry me miró.

—¿Qué?

Levanté el teléfono.

—Cuarenta y siete minutos de actividad cardiovascular intensa. Hoy. Entre las cuatro y las cinco menos cuarto.

Henry miró su puro.

Después me miró a mí.

—Ah.

—Sí. Ah. Qué curioso, porque durante esos cuarenta y siete minutos estabas aquí arriba.

Andrew observó su puro con enorme atención.

—Este puro pesa mucho.

Lo miré.

—¿Perdona?

Andrew lo levantó entre dos dedos como si estuviera calculando su masa.

—Digo que, si lo levantas suficientes veces...

—Andrew —dijo Henry.

—Solo intento ayudar.

—No lo hagas.

Volví a mirar el teléfono.

—Trescientas ochenta calorías.

Henry abrió la boca.

No llegó a decir nada.

Andrew dio una calada.

—Puede que sean puros muy exigentes.

—Andrew.

—Ya me callo.

Me acerqué a Henry.

—Has hackeado el reloj.

—Hackeado es una palabra muy fuerte.

Sentí una satisfacción casi religiosa.

—Has falsificado tus datos de ejercicio.

—No exactamente.

—¿Qué parte no es exacta?

Henry pensó la respuesta.

Eso fue suficiente.

—¡ME HAS MONTADO LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA POR TREINTA GRAMOS DE CHEDDAR Y TÚ FALSIFICAS TUS ENTRENAMIENTOS PARA VENIR AQUÍ A FUMAR PUROS!

Henry frunció ligeramente el ceño.

—Eran más de treinta gramos.

Hubo un silencio.

Andrew se levantó.

—Creo que este sería un buen momento para completar mis pasos.

Cogió su chaqueta.

—Cobarde —dijo Henry.

—Superviviente.

Y desapareció.

✦   ✦   ✦

Cerré la puerta.

Henry apagó el puro.

—Puedo explicarlo.

—Estoy deseando oírlo.

—El reloj registra mal algunas actividades.

—¿Fumar?

—No.

—Menos mal.

—Hice unas modificaciones.

—Lo hackeaste.

—Ajusté cómo procesa determinados datos.

—Lo hackeaste.

—No exactamente.

—¿Has introducido actividad física que no has realizado?

Henry guardó silencio.

—Sí.

—Lo hackeaste.

—Vale.

Aquello debería haberme bastado.

No fue así.

Había algo más importante.

Mucho más importante.

—¿Cuándo fue tu última revisión médica?

Henry parpadeó.

El cambio de tema lo había sorprendido.

—¿Qué?

—Una revisión. Análisis. Colesterol. Tensión. Esas cosas que aparentemente han pasado a constituir el centro de nuestra existencia.

—Me encuentro perfectamente.

Me quedé inmóvil.

Reconocí la frase.

La había utilizado yo.

Muchas veces.

—No te he preguntado cómo te encuentras.

—Claire...

—¿Cuándo?

—No sé.

—¿Hace cinco años?

Henry miró hacia la ventana.

—¿Diez?

Nada.

Sentí cómo empezaba a comprender.

—Henry.

—No recuerdo haberme hecho ninguna.

Lo miré.

—¿Ninguna?

—No una revisión completa.

—¿En toda tu vida adulta?

—Supongo que alguna vez...

—¿CUÁNDO?

—No lo sé.

Ahora era yo la Inquisición española.

Y descubrí que el cargo tenía aspectos bastante satisfactorios.

—Fumas puros.

—Ocasionalmente.

—Tienes cuarenta y tantos años.

—Gracias por recordármelo.

—Bebes.

—Moderadamente.

—Tomas café.

—Eso difícilmente...

—¡Tu café tiene tanta leche que podría considerarse un producto lácteo!

—Eso debería ser bueno.

—¡Y NO SABES NI CUÁNTO COLESTEROL TIENES!

Henry levantó las manos.

—Vale.

—No. Vale no.

—¿Qué quieres que diga?

—Quiero que me expliques cómo puedes llevar tres semanas controlando mis pasos, mi sueño, mi ejercicio y prácticamente la composición química de mi desayuno cuando tú no sabes ni cómo tienes la tensión.

Henry no respondió.

—Y haces trampas con el reloj.

—Eso ya ha quedado establecido.

—Para fumar puros.

—No siempre.

—¿Hay más?

—Creo que no deberíamos abrir esa línea de investigación.

Lo miré.

Henry tuvo la decencia de parecer preocupado.

✦   ✦   ✦

La discusión continuó abajo.

Yo recuperé el cheddar de la categoría de derecho humano fundamental.

Henry intentó introducir el concepto de moderación.

Le recordé los puros.

Él mencionó mi colesterol.

Yo mencioné su absoluta ignorancia sobre el suyo.

Acabamos sentados en el sofá, uno frente al otro, agotados.

—Pediré cita —dijo finalmente.

—Bien.

—Una revisión completa.

—Bien.

—Puedes dejar de decir «bien» así.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras redactando mi sentencia.

No pude evitar sonreír.

—Y tú vas a seguir las recomendaciones del médico.

—Ya las sigo.

Henry me miró.

—Más o menos.

—Claire.

—Vale.

—Y harás ejercicio.

—Hago ejercicio.

—Mover el brazo mientras ves la televisión no cuenta.

Levanté la muñeca.

—Mi reloj discrepa.

—Tu reloj no tiene estudios de medicina.

—Tú tampoco.

Henry abrió la boca.

La cerró.

Sonreí.

—Touché.

Se dejó caer contra el respaldo.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

—Me asusté —dijo.

La sonrisa desapareció.

Henry miraba hacia delante.

—En el hospital.

No contesté.