Capítulo 12
En la salud y en la enfermedad
Las familias transmiten cosas.
Hay quien hereda unos ojos azules, una nariz distinguida o una casa en el campo.
Yo heredé el Tottenham Hotspur y el colesterol.
Ninguna de las dos cosas había sido decisión mía y ambas me habían proporcionado, a lo largo de los años, cantidades innecesarias de sufrimiento.
Lo del Tottenham venía de mi padre. En mi familia no se elegía equipo de fútbol. Se recibía al nacer, aproximadamente al mismo tiempo que el apellido, y cuestionarlo habría provocado una crisis familiar bastante más grave que cambiar de religión.
El colesterol tenía un origen menos claro porque prácticamente todos podían reclamar algún mérito.
Mi madre lo tenía alto.
Mi padre lo tenía alto.
Dos de mis tíos lo tenían alto.
Una de mis abuelas había alcanzado cifras que probablemente deberían haber aparecido en algún libro de récords.
Por eso, cada año, durante la revisión médica de la Oficina de Patentes, ocurría exactamente lo mismo.
Me sacaban sangre.
Esperábamos unos días.
Y finalmente una persona con formación sanitaria me miraba con expresión grave y pronunciaba la palabra colesterol como si acabara de descubrir algo que mis antepasados llevaban varias generaciones perfeccionando.
Yo asentía.
Prometía comer mejor.
Durante aproximadamente tres semanas compraba yogures con aspecto medicinal, estudiaba las etiquetas de los alimentos y contemplaba los quesos grasos desde una distancia prudencial.
Después volvía a la normalidad.
Tampoco es que llevara una vida de excesos.
Hacía ejercicio.
Tenía una tabla de veinte minutos que realizaba con una regularidad bastante aceptable y una intensidad cuidadosamente diseñada para no desarrollar una relación traumática con el deporte.
Caminaba.
Comía verduras.
No fumaba.
Y podía pasar días enteros sin comer queso.
Dos, incluso.
Consideraba que, teniendo en cuenta mi patrimonio genético, aquello constituía prácticamente medicina preventiva.
Todo aquello me había preocupado muy poco hasta el martes en que pensé que me estaba muriendo.
✦ ✦ ✦
La semana había empezado mal el lunes.
El martes decidió empeorar.
Llevábamos varios días de tensión en la agencia.
Uno de aquellos periodos en los que todo parecía urgente, todo el mundo necesitaba una respuesta antes de ayer y cada correo electrónico generaba otros tres correos electrónicos que empezaban con Just a gentle reminder y conseguían que uno descubriera formas completamente nuevas de odiar la palabra gentle .
Había dormido poco.
Había comido peor.
Y llevaba toda la mañana pasando de una reunión a otra mientras intentaba terminar un trabajo que habría requerido disponer simultáneamente de dos ordenadores, cuatro manos y una tolerancia al estrés que no figuraba entre mis virtudes.
A media mañana noté algo raro.
No dolor.
Presión.
Una sensación desagradable en el pecho que desapareció casi inmediatamente.
Seguí trabajando.
Aquello fue, retrospectivamente, una estupidez.
Pero existe una distancia considerable entre saber que alguien que siente algo extraño en el pecho debería consultar a un médico y ser la persona que siente algo extraño en el pecho.
A los demás siempre les recomendamos prudencia.
Nosotros tenemos trabajo.
Veinte minutos después volvió.
Esta vez acompañado de una sensación de mareo.
Dejé las manos sobre el teclado.
Respiré.
Esperé.
Y entonces apareció una palabra.
Colesterol.
Durante años había sido un número escrito en rojo junto a otros números que estaban en negro.
De repente adquirió una dimensión completamente distinta.
—¿Estás bien?
Levanté la vista.
Una compañera me estaba mirando.
—Sí.
No pareció convencida.
—Estás muy pálida.
—Siempre soy bastante pálida.
—Claire.
Odiaba que la gente utilizara mi nombre de aquella manera.
Significaba que habían dejado de aceptar mis explicaciones.
Media hora después estaba camino del hospital.
✦ ✦ ✦
No fue un infarto.
Conviene aclararlo pronto.
Me hicieron suficientes pruebas para que durante unas horas adquiriera la sensación de que mi cuerpo había dejado de pertenecerme y se había convertido en un proyecto colectivo.
Me conectaron cables.
Me sacaron sangre.
Me hicieron preguntas.
Respondí.
Esperé.
Volvieron a hacerme preguntas.
Finalmente un médico me explicó que no parecía haber evidencia de un problema cardiaco agudo. Probablemente el estrés, el cansancio y una serie de factores bastante menos dramáticos habían contribuido al episodio.
Después llegó el inevitable pero.
El colesterol.
Otra vez.
Debía hacer seguimiento con mi médico.
Debía tomármelo en serio.
Debía vigilar la alimentación.
Debía hacer ejercicio regularmente.
Debía controlar el estrés.
Asentí con la expresión obediente de alguien que acaba de recibir instrucciones que tiene intención de cumplir durante aproximadamente tres semanas.
Entonces recordé que debía llamar a Henry.
✦ ✦ ✦
—Estoy en el hospital.
Hubo silencio.
Un silencio muy breve.
Pero lo recuerdo.
—¿Qué ha pasado?
La voz de Henry había cambiado.
—Nada. Bueno, probablemente nada. He tenido una especie de...
—¿Qué hospital?
—Henry, estoy bien.
—¿Qué hospital, Claire?
Se lo dije.
—Voy.
—No hace falta. Me están haciendo unas pruebas y...
Había colgado.
Llegó veintisiete minutos después.
No sé cuánto se tardaba normalmente desde donde estaba.
Preferí no preguntarlo.
Lo vi aparecer por el pasillo y ocurrió aquello de la maleta.
Solo que esta vez fui yo quien sintió el alivio.
Henry se acercó, me miró y después miró alrededor buscando probablemente a alguien con bata que pudiera proporcionarle información más fiable.
—Estoy bien.
—Eso ya me lo has dicho.
—Porque estoy bien.
—También me has llamado desde un hospital.
—Eso es circunstancial.
Me miró.
—¿Circunstancial?
—No ha sido un infarto.
—¿Quién ha dicho eso?
—El médico.
Aquello consiguió que sus hombros descendieran aproximadamente dos centímetros.
Se sentó.
—¿Qué ha sido?
—Probablemente estrés.
—¿Probablemente?
—Henry.
—¿Qué pruebas te han hecho?
Se las enumeré.
—¿Y?
—Todo bien.
—¿Seguro?
—Bastante.
Entonces cometí el error de mencionar el colesterol.
Henry se quedó muy quieto.
—¿Cuánto?
Se lo dije.
Su expresión cambió.
—Siempre lo tengo alto.
—Eso no mejora la situación.
—Es hereditario.
—Tampoco.
—Me controlo.
Henry me miró.
Aquella mirada.
La conocía.
Era la misma que había dirigido al servidor cuando CLARA empezó a funcionar mal.
Había identificado un problema.
Y Henry era un hombre que solucionaba problemas.
Debería haber pedido una segunda opinión médica inmediatamente.
✦ ✦ ✦
La Inquisición empezó al día siguiente.
—¿Qué desayunas?
Levanté la taza.
—Café.
—¿Y?
—Café.
—Eso no es un desayuno.
—Lo ha sido durante veinte años.
Henry abrió un armario.
—Hay avena.
—Precisamente por eso estoy tomando café.
—También he comprado fruta.
Lo miré.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
Abrí la nevera.
Había fruta.
Mucha.
También había yogures.
Unos yogures pequeños, blancos y tristes cuya etiqueta prometía beneficios cardiovasculares a cambio de renunciar a cualquier placer asociado a comerlos.
Busqué detrás.
Nada.
—¿Dónde está el cheddar?
—Lo he tirado.
Me volví lentamente.
—¿Has hecho qué?
—Tenía una cantidad absurda de grasa saturada.
—Era cheddar.
—Precisamente.
—¿Qué esperabas encontrar en él? ¿Fibra?
Henry cerró el armario.
—Podemos comprar otro queso.
—Todos los quesos son queso, Henry.
—Hay opciones mejores.
—No quiero una opción mejor. Quiero mi cheddar.
—Claire...
—Estaba casi entero.
—Ese era parte del problema.
La Inquisición española, pensé, probablemente había empezado de una forma parecida.
Primero desaparecía el queso.
Después llegaban los instrumentos.
✦ ✦ ✦
El instrumento llegó el viernes.
Era un reloj.
—No necesito un reloj.
—Es un reloj deportivo.
—Ya tengo un reloj.
—Este controla actividad, sueño, frecuencia cardiaca...
—Yo también controlo mi frecuencia cardiaca.
Henry me miró.
—¿Cómo?
—Mientras siga teniendo, considero que todo va razonablemente bien.
No se rio.
Aquello empezaba a ser grave.
Era prácticamente igual al que él llevaba desde hacía meses. Henry estaba muy satisfecho con el suyo. Registraba caminatas, ejercicio, sueño y una cantidad de información sobre el funcionamiento de su cuerpo que yo habría preferido ignorar.
Me puso el mío en la mano.
—Pruébatelo.
—No.
—Claire.
—No me gusta cómo pronuncias mi nombre últimamente.
—Pruébatelo.
Lo hice.
Ese fue mi tercer error importante de las últimas semanas.
✦ ✦ ✦
Al principio fue interesante.
Descubrí que mi corazón latía.
Siempre lo había supuesto, pero disponer de confirmación estadística resultaba tranquilizador.
También descubrí que dormía menos de lo que creía, caminaba más de lo que imaginaba y que mi tabla de veinte minutos era considerada ejercicio por el reloj.
Aquello último me produjo una satisfacción considerable.
Se lo enseñé a Henry.
—Mira. Veinte minutos de actividad.
—Bien.
—¿Solo bien?
—Muy bien.
—Gracias.
—Pero podrías hacer algo más.
Ahí empezó la guerra.
El reloj tenía objetivos.
Henry también.
El reloj se limitaba a mostrarlos.
Henry los comentaba.
—Llevas seis mil trescientos pasos.
—No vuelvas a decirme cuántos pasos llevo.
—Solo digo que...
—Sé lo que estás diciendo.
—Podríamos salir a caminar después de cenar.
—Podríamos sentarnos en el sofá después de cenar.
—Eso no aumenta los pasos.
—Esa es una de sus principales ventajas.
Empecé a hacer cosas a escondidas.
No cosas graves.
Comí queso en casa de Sophie.
—No puedo creer que hayamos llegado a esto —dijo ella mientras me cortaba un trozo.
—Cállate.
—Estás comiendo cheddar clandestino.
—No es clandestino.
Miré hacia la puerta de la cocina.
Sophie sonrió.
—Claro.
También descubrí que el reloj era un aparato extraordinariamente ingenuo.
Una noche estaba viendo la televisión cuando comprobé que me faltaban nueve minutos de actividad para alcanzar el objetivo diario.
Experimenté.
Moví el brazo.
El reloj reaccionó.
Seguí moviéndolo.
Cinco minutos después Henry entró en el salón.
Me encontró sentada en el sofá agitando rítmicamente la muñeca.
Se detuvo.
—¿Qué haces?
—Ejercicio.
—Estás sentada.