Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

—Cuando llamaste y dijiste dónde estabas... —continuó—. Me asusté mucho.

Aquello era más difícil de responder que todas sus acusaciones sobre el queso.

—Ya lo sé.

—Y después probablemente me pasé un poco.

—Tiraste mi cheddar.

—Sí.

—Me compraste un dispositivo de vigilancia.

—Un reloj deportivo.

—Me preguntaste si había tomado avena tres mañanas seguidas.

—La avena...

—Henry.

—Vale.

Lo miré.

—Yo también me he pasado.

—¿Con qué?

—No sé. Supongo que pensando que, como siempre he tenido el colesterol alto, no importa demasiado.

—Importa.

—Ya.

—Y...

Levanté una mano.

—No estropees el momento.

Sonrió.

—De acuerdo.

Me acerqué un poco.

—Tenemos que cuidarnos.

Henry asintió.

—Sí.

—Los dos.

—Los dos.

—Sin convertirnos en policías.

—De acuerdo.

—Y sin hacer trampas.

Henry me miró.

—Eso iba a decirlo yo.

—Tú has hackeado un reloj para fumar puros.

—Ajustado.

—Henry.

—Hackeado.

—Gracias.

Me apoyé contra él.

—Aunque quizá podríamos establecer unas normas.

—No.

—Ni siquiera sabes cuáles son.

—Precisamente.

✦   ✦   ✦

Henry pidió cita.

Fue.

Eso me sorprendió más de lo que debería.

Volvió con una carpeta, unos resultados y la expresión ligeramente ofendida de un hombre que acaba de descubrir que su cuerpo también está sujeto a mantenimiento.

No se estaba muriendo.

Yo tampoco.

Pero ninguno de los dos era inmortal.

Aquello parecía evidente, pero habíamos necesitado una cantidad considerable de equipamiento médico, dos relojes deportivos, un paquete de avena y la desaparición temporal de un cheddar para comprenderlo.

Hicimos algunos cambios.

No demasiados.

Empezamos a caminar más.

Yo continué con mi tabla de veinte minutos, aunque Henry consiguió introducir otros diez algunos días mediante técnicas que bordeaban el chantaje emocional.

Comíamos mejor.

A veces.

El queso volvió a la nevera.

En cantidades que Henry calificaba de razonables y yo de insuficientes.

Los puros no desaparecieron.

Pero dejaron de producir actividad cardiovascular.

Consideré aquello un avance.

Y poco a poco descubrimos algo que quizá deberíamos haber entendido antes.

Cuidar de otra persona era fácil.

Lo difícil era permitir que esa persona cuidara de ti.

✦   ✦   ✦

Había empezado todo aquello buscando al señor Darcy.

Un hombre inteligente, atractivo, razonablemente solvente y, a ser posible, sin fotografías sujetando peces.

Había dedicado años a aplicaciones, citas, conversaciones absurdas y hombres que mentían sobre su altura con una seguridad que habría resultado admirable aplicada a cualquier otro aspecto de la vida.

Después había encontrado a Henry.

Y había descubierto que encontrar al hombre adecuado era la parte fácil.

Lo difícil venía después.

Había que hacerle sitio.

Había que compartir el baño, los armarios y una televisión de sesenta y cinco pulgadas.

Había que aceptar sus ordenadores prehistóricos, sus piezas de motocicleta, su café infantil, sus puros y, ocasionalmente, una inteligencia artificial que intentaba asesinarte.

Había que permitir que alguien conociera tus defectos.

Peor todavía.

Había que conocer los suyos.

Henry no era el señor Darcy.

Era un psicólogo irritantemente razonable que podía analizar una discusión con precisión quirúrgica y, al mismo tiempo, hackear un reloj deportivo para fumar puros a escondidas.

Yo tampoco era Elizabeth Bennet.

Entre otras cosas, Elizabeth Bennet probablemente jamás había escondido cheddar en casa de una amiga.

Quizá ahí estaba el secreto.

No éramos las personas que habíamos imaginado encontrar.

Éramos las personas que habíamos encontrado.

Y ahora teníamos que intentar mantenernos vivos el tiempo suficiente para seguir sacándonos de quicio.

✦   ✦   ✦

Un domingo por la tarde volvimos de caminar.

Consulté el reloj.

—Nueve mil ochocientos doce.

Henry miró el suyo.

—Nueve mil novecientos cuatro.

Seguimos subiendo las escaleras.

Al llegar al tercero, Henry se detuvo.

Lo conocía.

—No.

—¿Qué?

—No vamos a volver a salir.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

—Me faltan noventa y seis pasos.

—Qué tragedia.

—A ti ciento ochenta y ocho.

—Podré vivir con ello.

Henry miró su reloj.

—Sería absurdo quedarnos en nueve mil novecientos cuatro.

Abrí la puerta.

—Buenas noches.

—Son las seis y media.

—Estoy ensayando.

Entró detrás de mí.

—Podemos dar una vuelta a la manzana.

—No.

—Cinco minutos.

—No.

—Es bueno para el colesterol.

Me volví.

—Eso ha sido juego sucio.

—Pero efectivo.

Lo miré.

Henry sonreía.

Suspiré.

Volví a ponerme el abrigo.

—Cien metros.

—Doscientos.

—Cien.

—Ciento cincuenta.

—Henry.

—Cien.

Bajamos otra vez.

Mientras descendíamos las escaleras pensé que quizá aquello era vivir con el señor Darcy.

No grandes declaraciones.

No bailes.

No cartas.

No promesas de felicidad eterna.

Simplemente dos personas aprendiendo a hacerse sitio, a cuidarse sin asfixiarse y a mantenerse vivas el tiempo suficiente para continuar sacándose de quicio.

Henry abrió la puerta de la calle.

—Por cierto, he estado pensando que mañana podríamos empezar a correr.

Lo miré.

—No abuses de la suerte, Darcy.

Y salimos a completar los cien metros.