Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

La otra mujer

Supuestamente era una película de ciencia ficción.

Había naves espaciales, astronautas, estaciones orbitales y un ordenador capaz de mantener una conversación bastante más interesante que muchas personas que había conocido.

Todo parecía indicar que pertenecía al mismo género que las películas de marcianos, solo que con música clásica y bastante menos prisa.

Pero luego estaba HAL.

HAL 9000 tenía una voz tranquila, educada y razonable. Nunca gritaba. Nunca amenazaba con conquistar el mundo. No tenía brazos mecánicos terminados en cuchillas ni ojos rojos recorriendo pasillos en busca de víctimas.

Se limitaba a hablar con la serenidad de alguien que sabe perfectamente lo que está haciendo.

Y empezaba a matar astronautas.

Por eso siempre había sospechado que 2001 era en realidad una película de terror que se había disfrazado de ciencia ficción para poder entrar en las casas de gente respetable.

La lección parecía bastante evidente.

Si algún día una máquina empieza a hablarte con excesiva educación, desenchúfala.

Henry había visto la misma película.

Por desgracia, había extraído una conclusión diferente.

—El problema de HAL fue una contradicción entre sus instrucciones —me explicó una vez.

Aquello debería haberme servido de advertencia.

Yo veía un ordenador homicida.

Henry veía un problema de configuración.

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Todo empezó porque me sentía culpable.

No terriblemente culpable. Tampoco conviene exagerar. Pero durante los últimos meses Henry había ido cediendo territorio con una constancia que empezaba a resultar difícil ignorar.

Había bajado al tercero.

Había aceptado que una colección de ordenadores fabricados durante la Guerra Fría no constituía decoración doméstica.

Había trasladado piezas de motocicleta cuya presencia en un salón solo podía justificarse si uno esperaba reconstruir una Triumph durante la cena.

Y ahora estaba vendiendo el piso de arriba.

O casi.

Después de mi comportamiento durante las visitas, consideré prudente no preguntar demasiado por el estado de la operación.

Yo, en cambio, no estaba segura de haber renunciado a nada.

Eso me incomodaba.

Las relaciones modernas se basaban en el equilibrio. Lo había leído muchas veces. Ambos debían ceder, negociar y construir un espacio común.

Henry estaba construyendo.

Yo estaba supervisando las obras.

Así que decidí hacer una concesión.

Una pequeña.

Controlada.

Razonable.

—He estado pensando que podríamos modernizar un poco el equipo audiovisual.

Henry levantó la vista.

Estábamos desayunando. Yo tenía café. Él tenía aquella sustancia blanca ligeramente contaminada con café que insistía en llamar café.

Cometí entonces el primer error.

No presté suficiente atención a su expresión.

—¿Qué quieres decir con modernizar?

—No sé. Una televisión más actual. La mía funciona perfectamente con el Fire TV, pero podríamos comprar algo mejor. Y quizá unos altavoces Bluetooth. Hay unos muy bonitos que...

Henry ya no estaba escuchando.

Cometí el segundo error.

Seguí hablando.

—...podríamos poner uno a cada lado. Sin cables. Algo discreto.

—¿Entonces no te importa que cambie algunas cosas?

Debería haber reconocido aquella pregunta.

Era la clase de pregunta que probablemente había precedido a la construcción de las pirámides, varias invasiones militares y al menos dos accidentes nucleares.

Pero estaba enamorada.

—Claro que no.

Tres días después, Henry llegó a casa con un servidor.

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No sabía que era un servidor.

Parecía una caja metálica negra, enorme y extraordinariamente pesada que Henry y Andrew transportaban por la escalera con la expresión de dos hombres que acababan de encontrar petróleo en el jardín.

—¿Qué es eso?

Henry sonrió.

—Un ProLiant.

Esperé.

—¿Eso debería tranquilizarme?

—Es un servidor.

—¿Por qué tenemos un servidor?

—Lo iban a tirar.

Aquellas cuatro palabras me produjeron un escalofrío.

Henry tenía una relación peligrosa con los objetos que otras personas iban a tirar.

—¿Y por qué no dejaron que ocurriera?

Andrew soltó una carcajada.

Henry ignoró la pregunta.

—Todavía funciona perfectamente. Solo necesitaba unos discos.

—¿Lo has traído para el piso de arriba?

Henry y Andrew intercambiaron una mirada.

—En realidad había pensado instalarlo aquí.

—¿Aquí dónde?

Henry señaló una esquina.

Mi esquina.

No sabía que tuviera una esquina hasta que alguien quiso instalar un servidor en ella.

—No.

—Claire.

—No.

—Ni siquiera sabes para qué lo quiero.

—Pesa cuarenta kilos y tiene ventiladores. No necesito más información.

—No pesa cuarenta kilos.

—¿Cuánto pesa?

Henry dudó.

—Eso no es relevante.

Andrew volvió a reírse.

Fue entonces cuando comprendí que estaba sola.

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El servidor no podía estar simplemente sobre una mesa.

Eso habría sido demasiado sencillo.

Necesitaba un rack.

Aprendí qué era un rack el martes.

El miércoles descubrí que un rack sin switch era aparentemente una aberración tecnológica.

El jueves llegó un aparato llamado SAI que, según Henry, era imprescindible porque no tenía sentido montar todo aquello y dejarlo desprotegido frente a un corte de electricidad.

—Pensaba que íbamos a comprar unos altavoces Bluetooth.

—También podemos comprarlos.

—Me tranquiliza.

El viernes teníamos algo que parecía la infraestructura informática de un pequeño país.

Y hacía ruido.

No un ruido insoportable.

Eso habría sido más fácil.

Era un zumbido permanente y grave que, una vez descubierto, resultaba imposible dejar de escuchar.

—Te acostumbrarás —dijo Henry.

Nunca en la historia de la humanidad las palabras te acostumbrarás habían precedido a nada bueno.

Pero entonces ocurrió algo inesperado.

Henry hizo que funcionara.

✦   ✦   ✦

La llamó CLARA.

Eso fue lo primero que no me gustó.

—¿Por qué tiene nombre de mujer?

—No tiene nombre de mujer. Es un acrónimo.

Naturalmente.

—¿De qué?

Henry miró el servidor.

Después me miró a mí.

—Cloud Local Assistant for Residential Automation.

Lo observé durante unos segundos.

—Te lo acabas de inventar.

—No.

—Has elegido Clara y luego has buscado palabras que encajaran.

—Eso sería poco profesional.

—Residential Automation.

—Describe perfectamente su función.

—¿Y Cloud?

Henry tardó medio segundo de más en responder.

—Arquitectura.

—Está en nuestra casa.

—Puede utilizar servicios externos.

—Entonces no es completamente local.

—Principalmente local.

—¿Y la segunda A?

—Automation.

—Eso sí encaja.

Henry sonrió.

Levanté una mano.

—No quiero saberlo.

Así nació CLARA.

Y debo reconocer algo.

Era impresionante.

Henry había conectado las luces, la televisión, los altavoces, la calefacción y media docena de cosas que yo ni siquiera sabía que podían conectarse a nada.

—CLARA, luces del salón al treinta por ciento.

Las luces bajaron.

—Por supuesto, Henry.

Lo miré.

—¿Por qué dice tu nombre?

—Reconoce quién habla.

—Eso es inquietante.

—Eso es útil.

—Son conceptos compatibles.

También conocía nuestros calendarios.

La primera mañana me encontraba preparando café cuando una voz femenina surgió discretamente de los altavoces.

—Henry, tienes una reunión a las nueve. El tráfico presenta retrasos en tu ruta habitual. Te recomiendo salir en diecisiete minutos.

Henry sonrió.

—Gracias, CLARA.

—De nada, Henry.

Me apoyé en la encimera.

—¿También puede recordarte que compres leche?

—Claro.

—Entonces quizá retiro parte de mis objeciones.

Durante las primeras cuarenta y ocho horas estuve fascinada.

CLARA ponía música, regulaba la temperatura, encendía las luces y podía responder preguntas sin enviar, según Henry, toda nuestra vida privada a una multinacional.

Incluso llegué a enseñársela a Sophie por videollamada.

—Henry ha construido su propia inteligencia artificial.

Sophie guardó silencio unos segundos.

—¿En casa?

—Sí.

—¿Por qué?

Miré hacia el rack.

Era una pregunta excelente.

✦   ✦   ✦

El primer incidente ocurrió el domingo.

—CLARA, enciende la luz del salón.

Nada.

Esperé.

—CLARA, enciende la luz del salón.

—No he entendido la solicitud.

Fruncí el ceño.

—Enciende la luz.

—No he entendido la solicitud.

Henry apareció desde el pasillo.

—¿Qué haces?

—Intento encender la luz.

—CLARA, salón.

Las luces se encendieron inmediatamente.

—Por supuesto, Henry.

Miré hacia el altavoz.

Después miré a Henry.

—¿Por qué a ti sí?

—Tendré que ajustar tu perfil de voz.

—Ayer funcionaba.

—El reconocimiento no es perfecto.

Aquello era razonable.

Lo acepté.

El lunes dejó de reconocer mi podcast.

—CLARA, pon el último episodio de The Rest Is History.

—Reproduciendo The History of Computing.

Escuché una voz masculina empezar a hablar sobre Unix.

—No. Para.

La voz continuó.

—CLARA, para.

Nada.

—CLARA, detén la reproducción.

Nada.

Henry entró en la cocina.

—CLARA, para.

Silencio inmediato.

—Gracias, Henry.

Aquello fue todo.

Hasta ese momento había intentado mantener una actitud racional. Había aceptado los problemas de reconocimiento de voz, los perfiles de usuario, los permisos, las automatizaciones y otras explicaciones que Henry utilizaba para justificar el comportamiento de su criatura.

Pero aquello era diferente.

Esa zorra digital lo había hecho a propósito.

✦   ✦   ✦

No se lo dije a Henry.

Naturalmente.

Todavía conservaba cierta dignidad.

Además, era consciente de que acusar a una inteligencia artificial doméstica de tener preferencias sentimentales podía conducir a una conversación que no estaba preparada para mantener.

Decidí observar.

CLARA despertaba a Henry exactamente a la hora que había pedido.

A mí me despertó siete minutos antes.

—Buenos días, Claire.

Abrí los ojos.

—¿Qué hora es?

—Son las seis y cincuenta y tres.

—Te dije las siete.

—He considerado conveniente anticipar la alarma.

—¿Por qué?

—No he entendido la solicitud.

Me tapé la cabeza con la almohada.

Dos días después ajustó la calefacción.

—CLARA, tengo frío.

—La temperatura actual es de veintiún grados.

—Ya lo sé. Sube a veintidós.

—La temperatura recomendada para esta estancia es de veinte a veintiún grados.

Me incorporé en el sofá.

—CLARA, veintidós grados.

—No he entendido la solicitud.

Henry levantó la vista del portátil.

—CLARA, veintidós.

—Por supuesto, Henry.