Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Hacía una noche agradable y Henry parecía de buen humor. Yo había conseguido mantener un silencio razonablemente natural durante casi cuatro minutos.

—¿Te pasa algo? —preguntó.

—No.

Seguimos andando.

—Vale.

Eso me irritó.

—¿Vale?

—Has dicho que no te pasa nada.

—¿Y te lo crees?

Henry se detuvo.

—Claire, hay muy pocas respuestas correctas a esa pregunta y sospecho que ninguna de ellas está disponible esta noche.

Continuamos.

Llegamos a una esquina.

—¿Tú nunca te casarías?

Henry volvió a detenerse.

Me arrepentí inmediatamente.

—¿Me estás pidiendo matrimonio?

—¡No!

Miró alrededor.

—Menos mal.

—¿Menos mal?

—Estamos al lado de un contenedor de vidrio. Había imaginado algo mejor.

—No has imaginado nada.

—Era una forma de hablar.

—¿Has imaginado algo?

Henry empezó a sonreír.

—Creo que necesito saber cuál de las dos respuestas me mete en menos problemas.

—No estoy jugando.

La sonrisa desapareció.

—Ya lo sé.

Eso me desarmó un poco.

Seguimos caminando.

—Te he oído hablar con Tom —dije.

—¿Sobre la boda de Chris?

—Has dicho que no crees que haga falta casarse.

—No creo que haga falta.

—Ah.

—Tú tampoco.

—Ya lo sé.

—Entonces estamos de acuerdo.

—Sí.

Henry esperó.

—¿Y por qué parece que estamos discutiendo?

No tenía una respuesta que pudiera pronunciar sin perder una cantidad importante de dignidad.

—No estamos discutiendo.

—Bien.

—Deja de decir «bien».

—De acuerdo.

—Eso es peor.

Henry metió las manos en los bolsillos.

—Claire, ¿quieres casarte conmigo?

—No.

La respuesta salió demasiado deprisa.

Henry asintió.

—Vale.

—Pero podrías pensártelo un poco.

—¿Quieres que vuelva a preguntarlo?

—No me lo has preguntado.

—Acabo de hacerlo.

—No de verdad.

—Empiezo a perderme.

—No te estoy pidiendo que me pidas matrimonio.

—Me alegra saberlo.

—Henry.

—Estoy intentando entender las reglas.

Respiré hondo.

Aquello estaba saliendo exactamente tan mal como cabía esperar.

—Lo que quiero decir es que una cosa es no necesitar casarse y otra distinta descartar la posibilidad.

Henry dejó de caminar.

Esta vez fui yo quien dio dos pasos antes de volverme.

—Yo no he descartado nada.

—Has dicho...

—He dicho que no necesito casarme contigo.

Aquella frase dolió de una forma pequeña, absurda e inmediata.

Debió de notarse.

Henry se acercó.

—Y tampoco necesito no hacerlo.

Lo miré.

—Eso no significa nada.

—Para mí sí.

Esperó un momento antes de continuar.

—No necesito un papel para saber que quiero estar contigo.

Tampoco necesito demostrar que soy libre negándome a firmarlo.

Si algún día queremos casarnos, nos casaremos.

Si no queremos, no lo haremos. Lo único que me parecería absurdo sería tomar cualquiera de las dos decisiones solo para demostrar algo.

No dije nada.

Era irritante.

No porque estuviera equivocado.

Precisamente por lo contrario.

—Eso es muy razonable —dije.

—Lo siento.

—No lo sientes.

—Nada.

Continuamos andando.

—¿Entonces te casarías conmigo?

Henry soltó una carcajada.

—No pienso responder a eso.

—¿Por qué?

—Porque hace aproximadamente cuarenta segundos has dejado muy claro que no quieres que te lo pregunte.

—No quiero que me lo preguntes.

—Perfecto.

—Pero podrías responder.

—Buenas noches, Claire.

—Todavía no hemos llegado a casa.

—Estoy ensayando.

✦   ✦   ✦

Aquella noche me acosté al lado de un hombre con el que no quería casarme y me molestaba profundamente no saber si él quería casarse conmigo.

Era difícil construir una posición intelectual sólida a partir de aquello.

Lo intenté.

Durante años había defendido que una relación no necesitaba certificados, ceremonias, vestidos blancos ni familiares llorando mientras alguien interpretaba una canción de Ed Sheeran. Seguía creyéndolo.

No quería una boda.

No quería discutir centros de mesa.

No quería decidir dónde sentar a personas que llevaban veinte años sin hablarse.

Y desde luego no quería convertirme en una de esas mujeres que enseñaban un anillo a sus amigas antes incluso de decirles que iban a casarse.

Todo aquello seguía siendo verdad.

Entonces, ¿por qué demonios me importaba?

Henry dormía a mi lado.

Lo miré.

No parecía un hombre angustiado por su futuro.

No había conservado el cuarto piso por si necesitaba escapar. No necesitaba casarse para garantizar que se quedaría. Tampoco necesitaba jurar que jamás lo haría para demostrar que seguía siendo libre.

Simplemente estaba allí.

Me acordé de lo que Sophie había dicho.

Quizá llevaba demasiado tiempo definiendo la libertad por las puertas que permanecían abiertas.

Henry parecía utilizar una definición diferente.

Podía marcharse.

Y se quedaba.

Pensé otra vez en la maleta de la cinta de equipajes.

Quizá la comparación de Twitter tenía un problema.

Una maleta te produce aquella felicidad precisamente porque durante veinte minutos has temido perderla.

Con Henry empezaba a ocurrirme algo distinto.

Ya no estaba esperando comprobar si aparecería.

Sabía que aparecería.

Y quizá aquella tranquilidad era menos espectacular que el alivio de reconocer una maleta entre otras cien, pero empezaba a parecerme bastante más valiosa.

Me giré hacia él.

Henry abrió un ojo.

—¿Qué?

—Nada.

—Estabas mirándome.

—Duérmete.

Cerró el ojo.

—Por cierto —dijo—, me casaría contigo.

Sentí que el corazón me daba un golpe ridículo.

Henry no abrió los ojos.

—Pero ahora mismo no lo haría.

—¿Cómo?

—Acabas de pasar dos horas explicándome que no quieres.

—Eso no tiene nada que ver.

—Claro.

—Henry.

Sonrió.

—Buenas noches, Claire.

Le di un golpe con la almohada.

Se rio, me agarró por la cintura y me arrastró hacia él.

Y allí, atrapada entre un hombre insoportable y mi propia incoherencia, comprendí algo que no estaba dispuesta a reconocer en voz alta.

Durante años había pensado que la libertad consistía en que nadie pudiera obligarte a quedarte.

Henry parecía haber descubierto una versión mucho más sencilla.

Quedarse porque quería.

Apoyé la cabeza contra su pecho.

Convivir con un hombre emocionalmente razonable era una forma particularmente sofisticada de tortura.