Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

Equipaje facturado

Una vez leí en Twitter que, si al ver a tu pareja no sientes lo mismo que cuando ves aparecer tu maleta en la cinta de equipajes de un aeropuerto, quizá deberías replantearte tu relación.

Me pareció una comparación excelente.

Hay pocas alegrías tan puras como reconocer tu maleta después de un vuelo.

Sobre todo si has pasado los últimos veinte minutos observando desfilar las pertenencias de otras personas mientras imaginas la tuya abandonada en Frankfurt, rumbo a Singapur o siendo utilizada por algún empleado del aeropuerto para transportar herramientas.

Entonces aparece.

La ves salir por aquella pequeña abertura cubierta de tiras de goma, reconoces una esquina, una rueda o esa cinta absurda que le pusiste precisamente para distinguirla de otras cuatrocientas maletas negras, y durante unos segundos recuperas la fe en la humanidad.

Cuando veía a Henry, yo continuaba sintiendo algo bastante parecido.

No siempre, naturalmente. Resulta difícil experimentar una explosión de felicidad al encontrar al hombre que amas dejando calcetines junto a la cama o explicándote por qué necesita conservar un cable cuyo aparato correspondiente dejó de fabricarse en 1997.

Pero había momentos. Cuando lo esperaba en un restaurante y lo veía entrar.

Cuando aparecía al final de la calle. Cuando volvía después de pasar un par de días fuera.

Ahí estaba mi maleta.

Un poco deteriorada, bastante más pesada de lo recomendable y con cosas dentro que probablemente habría sido mejor facturar por separado, pero inequívocamente mía.

Con Henry ocurría algo todavía más desconcertante.

Él me miraba como si yo no fuera una maleta.

Me miraba como esos vídeos de Internet en los que un niño recibe por sorpresa un cachorro.

Era bastante embarazoso.

Yo podía entrar en una habitación después de haber estado ausente veinte minutos y, durante una fracción de segundo, algo le cambiaba en la cara. No mucho. Henry tenía cuarenta y tantos años y cierto sentido del ridículo. Nunca había movido el rabo ni corrido hacia mí dando pequeños saltos.

Pero estaba allí.

Aquella expresión.

Como si mi llegada hubiera mejorado objetivamente el lugar.

Después de vender —o casi vender— el piso de arriba, empecé a fijarme más en ella.

Supongo que necesitaba pruebas.

Y las pruebas eran buenas.

Nos queríamos. Nos gustaba vivir juntos. Seguíamos teniendo ganas de vernos. Henry todavía me hacía reír y yo todavía conseguía desesperarlo con una eficacia que solo puede alcanzarse después de muchas horas de práctica.

Todo iba bien.

Extraordinariamente bien.

Por eso, naturalmente, aquella misma semana fui a cenar a casa de Sophie y Tom y descubrí un problema nuevo.

✦   ✦   ✦

Sophie y Tom llevaban casados once años.

Yo conocía a Sophie desde antes de que Tom apareciera y había asistido, con una mezcla de cariño y preocupación, a todo el proceso que terminó convirtiéndolos en un matrimonio.

No había sido especialmente traumático.

Eso siempre me había parecido sospechoso.

Sophie no compartía mi opinión sobre el matrimonio, aunque tampoco pertenecía a esa clase de mujeres que conservaban revistas de novias desde los catorce años y podían identificar un vestido de Vera Wang a cincuenta metros.

Para ella casarse había sido fundamentalmente una decisión administrativa con una fiesta al final.

—Nos salía mejor —me había explicado una vez.

Aquella era probablemente la declaración de amor menos romántica que había oído en mi vida.

Y, sin embargo, once años después seguían juntos.

Tom abrió la puerta.

—Llegáis tarde.

—Cuatro minutos —dijo Henry.

—Cinco —dije yo.

Henry consultó el reloj.

—Cuatro.

—Cuando hemos llamado al timbre eran cinco.

Tom nos dejó pasar.

—Me alegra comprobar que la convivencia os está sentando bien.

Sophie apareció desde la cocina.

—No les preguntes nada todavía. Primero dales vino.

Siempre había sido una mujer sensata.

La cena empezó sin incidentes. Tom había cocinado algo que llevaba cordero, berenjena y una cantidad de especias que Henry intentó identificar hasta que Sophie le pidió que comiera y dejara de practicar arqueología gastronómica.

Hablamos del trabajo, de unas vacaciones que Sophie y Tom estaban planeando y de una pareja que ambos conocíamos y acababa de separarse después de diecisiete años.

—Dieciocho —corrigió Sophie.

—Diecisiete casados —dijo Tom.

—Ah.

Me pareció interesante que llevaran una contabilidad distinta.

—Ese es precisamente el problema —dije.

Sophie levantó la vista.

—¿Cuál?

—Que cuando alguien se divorcia siempre se especifica cuánto tiempo llevaba casado. Como si los años anteriores no hubieran existido. Puedes vivir siete años con una persona, casarte y divorciarte seis meses después, y todo el mundo dirá que el matrimonio solo duró seis meses.

—¿Y qué debería decir la gente?

—Que estuvieron juntos siete años y medio.

—Claire ha vuelto a pensar en el matrimonio —dijo Henry.

Casi se me cayó el tenedor.

—No he vuelto a pensar en el matrimonio.

—Acabas de hacer una observación bastante específica.

—Puedo tener opiniones sobre la pena de muerte sin intención de ser ejecutada.

Tom dejó el vaso sobre la mesa.

—No estoy seguro de que esa comparación vaya a ayudar a tu argumento.

—Gracias, Tom.

Sophie sonreía.

Eso tampoco ayudaba.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Todo el mundo está diciendo «nada» últimamente y siempre significa algo.

—Solo estaba pensando que hace un año no habrías podido mantener esta conversación durante treinta segundos sin explicar que el matrimonio es una construcción social diseñada para garantizar la transmisión de la propiedad.

—Lo sigue siendo.

—Por supuesto.

—Y no necesito casarme.

—No he dicho que lo necesites.

—Ni quiero.

—Tampoco he dicho que quieras.

Miré a Henry buscando apoyo.

Estaba comiendo.

El cobarde.

✦   ✦   ✦

Después de cenar, Sophie y yo recogimos los platos mientras Henry y Tom llevaron las copas al salón.

Aquella división del trabajo podría haber provocado en mí una reflexión de aproximadamente quince minutos sobre roles de género, pero Tom había cocinado y Henry estaba cargando el lavavajillas, así que no encontré material suficiente.

Sophie esperó hasta que estuvimos solas.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Claire.

—¿Por qué todo el mundo cree que me pasa algo?

—Porque llevas diez minutos colocando los platos como si fueran responsables de la opresión femenina.

Dejé uno en la encimera.

—Henry va a vender el piso.

—¿El de arriba?

—Sí.

Sophie se secó las manos.

—¿No llevabas meses intentando que lo vendiera?

—Ese detalle no aporta nada a la conversación.

—Entiendo.

—No entiendas.

—De acuerdo.

—Y no pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La cara que pone la gente cuando cree que ha entendido algo sobre ti antes que tú.

—Pensaba que esa era la cara de Henry.

—Se está extendiendo.

Sophie se rio.

Le expliqué lo de las visitas. Omití inicialmente lo de los ruidos estructurales, pero Sophie me conocía demasiado bien y acabó extrayendo toda la historia.

—Has intentado sabotear la venta.

—No he intentado sabotear nada.

—Le dijiste a un comprador que el edificio hacía ruidos estructurales.

—Era una descripción técnicamente correcta.

—El ruido era el simulador de Henry.

—Eso se aclaró inmediatamente.

Sophie apoyó una cadera en la encimera.

—No quieres que conserve el piso, pero tampoco quieres que lo venda.

—Exactamente.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí. Al menos ya hemos conseguido definir el problema.

—No hay ningún problema.

—Claire, quizá llevas mucho tiempo confundiendo ser libre con conservar siempre una salida de emergencia.

Me quedé mirándola.

—Eso suena a frase que has leído en una taza.

—Puede ser. Sigue siendo verdad.

—No necesito ninguna salida de emergencia.

—Entonces que venda el piso.

—Que lo venda.

—Perfecto.

—Perfecto.

Sophie cogió otro plato.

—¿Por qué estás enfadada?

—No estoy enfadada.

—Acabas de responder «perfecto» como si estuvieras declarando la guerra a Francia.

No contesté.

Desde el salón llegaban las voces de Tom y Henry.

—No digo que no tenga sentido —estaba diciendo Tom—. Digo que después de tantos años a veces pienso que, si no lo hubiéramos hecho entonces, probablemente tampoco lo haríamos ahora.

—Puede ser —respondió Henry—. Yo tampoco creo que haga falta casarse.

Me quedé inmóvil.

Sophie también.

Giré lentamente la cabeza hacia ella.

No sonreía.

Eso era peor.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

—Estoy intentando no hacerlo.

—Pues inténtalo más fuerte.

Cogí dos copas y salí al salón.

✦   ✦   ✦

Henry y Tom estaban hablando de la boda de un compañero de Tom.

Eso lo descubrí unos treinta segundos después.

No mejoró las cosas.

—Dicen que van a gastar casi treinta mil libras —decía Tom.

—Eso sí me parece absurdo —respondió Henry.

—Depende de la boda —dije.

Los dos me miraron.

—¿Desde cuándo? —preguntó Henry.

—Desde siempre.

—Claire —dijo Tom—, una vez dijiste que cualquier boda con más de veinte invitados era una operación militar con flores.

—No recuerdo haber dicho eso.

—Fue en nuestra boda.

Sophie entró detrás de mí.

—Lo dijo.

Traía la botella de vino.

La quise muchísimo.

Y la odié.

Me senté junto a Henry.

—Además, no todo tiene que reducirse al dinero.

Henry dejó la copa.

—Estoy de acuerdo.

—Acabas de decir que gastar treinta mil libras en una boda es absurdo.

—También creo que gastar treinta mil libras en un coche es absurdo. Eso no significa que esté moralmente en contra de los coches.

—No es lo mismo.

—No.

Esperé.

Henry bebió un poco de vino.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

Sophie tosió.

Era mentira. Se estaba riendo.

La conversación cambió de tema.

Yo no.

Durante los siguientes veinte minutos participé en una discusión sobre vacaciones mientras una parte considerable de mi cerebro permanecía atrapada en una frase.

Yo tampoco creo que haga falta casarse.

No había dicho que no quisiera casarse.

Ni siquiera estaba hablando de nosotros.

Y, lo más importante, yo tampoco quería casarme.

Por tanto, no existía absolutamente ningún motivo para que aquello me molestara.

Me molestaba muchísimo.

✦   ✦   ✦

Volvimos andando.