Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

El principio del fin

Existe una clase de persona que es incapaz de recibir una buena noticia sin explicarte inmediatamente por qué deberías empezar a lamentarla.

Si consigues tu primer trabajo, te felicita y después añade que aproveches ahora, porque en cuanto tengas responsabilidades se acabó la buena vida.

Si te independizas, disfruta mientras puedas, porque ya verás cuando tengas una hipoteca.

Si encuentras pareja, muy bien, estupendo, pero aprovecha estos primeros meses porque cuando viváis juntos ya será otra cosa.

Y si cometes la imprudencia de anunciar que vas a casarte, ni siquiera necesitan completar la frase.

Te miran con esa sonrisa de veterano de guerra que ha visto cosas que tú todavía no puedes imaginar.

Todo progreso humano, según esta gente, consiste en avanzar alegremente hacia una sucesión de puertas que se cierran detrás de ti.

Yo siempre había pensado que era una visión bastante deprimente de la existencia. También sospechaba que muchas de aquellas advertencias procedían de personas que habían tomado decisiones espantosas y necesitaban desesperadamente convencerse de que eran inevitables.

Luego Henry bajó definitivamente al tercero.

Y tuve que admitir que quizá aquellos imbéciles tenían un argumento.

Al principio no ocurrió nada especialmente grave.

Seguíamos cenando juntos, discutiendo sobre el lavavajillas, negociando el espacio disponible en los armarios y manteniendo una guerra fría alrededor de una televisión de sesenta y cinco pulgadas que Henry consideraba un electrodoméstico y yo una declaración de principios.

El cuarto piso seguía allí, además, convertido en una especie de reserva estratégica de la OTAN donde Henry almacenaba todo aquello que yo me había negado a aceptar en casa: ordenadores fabricados cuando Margaret Thatcher todavía tenía posibilidades electorales, piezas de motocicleta, cajas de puros y objetos cuya función prefería no preguntar.

Era absurdo mantener un piso para eso.

Se lo había dicho muchas veces.

Muchísimas.

Probablemente demasiadas.

Por eso, cuando una mañana de sábado Henry dejó la taza de café sobre la mesa y dijo:

—He decidido vender el cuarto.

debería haber sentido una satisfacción inmensa.

En lugar de eso, levanté la vista.

—¿Qué?

Henry tomó otro sorbo. Una sacarina y una cantidad de leche que convertía cualquier café respetable en una bebida infantil.

—El piso. Voy a venderlo. Tenías razón, no tiene ningún sentido conservarlo.

Aquello era, objetivamente, una excelente noticia.

Y en algún lugar de mi cabeza oí cerrarse una puerta.

No dije nada durante unos segundos. Henry untaba mantequilla en una tostada con esa tranquilidad irritante de las personas que acaban de provocar una crisis existencial y todavía no han sido informadas.

—Bueno —dije finalmente.

—¿Bueno?

—Que me parece bien.

—Me alegro.

—Muy bien.

—Perfecto.

Lo odié un poco por no hacerme más preguntas.

Durante meses había acumulado argumentos contra el cuarto piso.

Había calculado lo que pagaba de comunidad, había mencionado el impuesto municipal, el seguro y hasta el coste de mantener caliente durante el invierno un inmueble cuya población permanente estaba compuesta por un ordenador de los años setenta y media motocicleta.

Henry había respondido siempre que no tenía prisa.

Ahora, de repente, la tenía yo.

—¿Y qué vas a hacer con todas tus cosas?

—Vender algunas. Tirar otras. Andrew quiere un par de cosas.

—¿Y el PDP?

Henry me miró con cierta gravedad.

—Eso tendremos que hablarlo.

—No.

—Todavía no he dicho nada.

—Precisamente. Prefiero conservar ese momento de felicidad.

Sonrió.

—Buscaré un sitio.

Aquello debería haberme tranquilizado. En cambio, descubrí que estaba mirando hacia el techo, como si pudiera ver a través de él el piso de arriba.

✦   ✦   ✦

La agencia inmobiliaria envió a una mujer llamada Patricia el martes siguiente.

Patricia tenía unos cincuenta años, un traje impecable y la capacidad de encontrar posibilidades donde los demás veíamos paredes.

El dormitorio no era pequeño, era acogedor.

La cocina no necesitaba una reforma completa, ofrecía enormes posibilidades.

El cuarto piso sin ascensor durante las dos semanas en que se había averiado tres años atrás demostraba que el edificio conservaba su carácter.

—Tiene muchísima luz —dijo junto a la ventana.

—Por la mañana —puntualicé.

Patricia me miró.

—Bueno, sí. La orientación...

—Por la tarde bastante menos.

Henry se volvió hacia mí.

—Claire.

—¿Qué?

—Nada.

Patricia continuó tomando fotografías.

Yo había subido porque, según me expliqué a mí misma, todavía había cosas mías allí. Encontré exactamente dos: una taza y un libro que llevaba meses buscando y que, para ser completamente sincera, no recordaba haber dejado en aquel piso.

Me quedé durante toda la visita.

No era necesario.

Pero tampoco estaba prohibido.

Dos días después apareció el anuncio.

Henry me lo enseñó en el teléfono.

—¿Qué te parece?

Habían conseguido que el salón pareciera veinte metros cuadrados más grande de lo que era.

—Fraude.

—Fotografía inmobiliaria.

—Es lo mismo.

Pasé las imágenes con el dedo. El dormitorio. La cocina. El salón. La pequeña habitación donde hasta hacía poco Henry había mantenido su simulador. La ventana desde la que una vez habíamos visto nevar. El pasillo por el que había bajado cajas cuando decidió mudarse conmigo.

Debajo aparecía el precio.

—¿No es mucho?

—Patricia dice que es razonable.

—Patricia también dice que el dormitorio es amplio.

—Cabemos dos personas.

—Si una de ellas está muerta.

Henry recuperó el teléfono.

—No tienes por qué comprarlo.

Y ahí estaba precisamente el problema.

✦   ✦   ✦

La primera visita fue una pareja de unos treinta años.

Eran encantadores.

Los detesté inmediatamente.

Ella se llamaba Rebecca y trabajaba en algo relacionado con publicidad. Él era Daniel y tenía una barba cuidadosamente descuidada. Recorrieron el piso cogidos de la mano y diciendo cosas como «aquí podríamos poner...» y «esto sería perfecto para...».

Aquello me pareció de una arrogancia extraordinaria.

Llevaban siete minutos en el piso y ya estaban colocando muebles imaginarios.

—Nos encanta el barrio —dijo Rebecca.

—Es bastante ruidoso los viernes —comenté.

Henry me miró.

—No especialmente.

—Tú duermes profundamente.

—Tú también.

—No siempre.

Daniel se asomó a la ventana.

—Las ventanas parecen buenas.

—Sí —dije—. Eso ayuda.

Rebecca dejó de sonreír durante aproximadamente medio segundo.

Cuando se marcharon, Henry cerró la puerta y se quedó mirándome.

—¿Qué?

—Nada.

—Estabas pensando algo.

—Siempre estoy pensando algo.

—Eso me preocupa desde que te conozco.

Bajó las escaleras.

Yo me quedé satisfecha. No había hecho absolutamente nada malo. Simplemente había aportado información.

La segunda visita fue un hombre divorciado llamado Michael que quería vivir cerca de sus hijos.

No pude sabotear a Michael.

Había límites.

Incluso le enseñé dónde daba el sol por la mañana.

La tercera fue una mujer que pretendía comprarlo para alquilarlo.

A aquella sí.

—En la comunidad prefieren propietarios que vivan aquí —dije.

Henry giró lentamente la cabeza.

—¿Ah, sí?

—Es la impresión que tengo.

—Llevo doce años viviendo en este edificio y jamás he oído eso.

—Pues quizá no prestas suficiente atención en las reuniones.

—No voy a las reuniones.

—Exactamente.

La mujer no hizo una oferta.

No puedo demostrar que fuera por mi culpa.

Henry tampoco pudo.

✦   ✦   ✦

La cuarta visita ocurrió un sábado.

Se llamaba Thomas, era profesor de instituto y llegó solo. No criticó la cocina, no preguntó si se podía tirar ninguna pared y, lo que me pareció todavía más sospechoso, reconoció el PDP-11.

—¿Eso es un DEC?

Henry se iluminó.

Fue horrible.

Durante los siguientes diez minutos dejaron de hablar del piso y discutieron sobre informática prehistórica. Yo los observaba desde una esquina mientras ambos contemplaban aquella mole como dos arqueólogos que acabaran de encontrar la tumba de Tutankamón.

Thomas era simpático.

Muy simpático.

Demasiado simpático.

Le gustaba el piso. Le gustaba el edificio. Le gustaba el barrio. Tenía el dinero. No necesitaba vender otra propiedad. Y al despedirse dijo que hablaría con Patricia el lunes.

—Creo que hará una oferta —dijo Henry cuando nos quedamos solos.

Sentí un pequeño vuelco en el estómago.

—No me fiaría.

—¿De qué?

—De él.

—¿Por qué?

Busqué desesperadamente una razón.

—Ha mostrado demasiado interés por el ordenador.

Henry tardó unos segundos en responder.

—Claire, no voy a incluir el PDP-11 en la venta.

—Ya lo sé.

—Entonces no entiendo el problema.

—No hay ningún problema.

Bajé al tercero.

Henry no me siguió inmediatamente.

Aquella noche cenamos pasta viendo una película. No recuerdo cuál. Henry tampoco hizo ningún comentario sobre Thomas.

El lunes, Patricia llamó.

Thomas había hecho una oferta.

Henry la aceptó.

Yo me enteré porque me lo dijo mientras guardábamos la compra.

—¿Qué oferta?

Henry dejó una botella de vino en el armario.

—La del piso.

—Ya sé que es la del piso. ¿Qué oferta?

Me dijo la cantidad.

—Es poco.

—Está bastante cerca del precio.

—Precisamente. Si ha ofrecido eso tan rápido es porque habría pagado más.

—Probablemente.

—Entonces deberías rechazarla.

—Ya la he aceptado.

Me quedé con un paquete de pasta en la mano.

—¿Sin negociar?

—He negociado.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

—¿Y no me has dicho nada?

Henry se detuvo.

Fue una pausa muy pequeña.

Suficiente.

—Es mi piso, Claire.

No había reproche en su voz.

Eso lo empeoró.

—Por supuesto que es tu piso.

—Pensaba que querías que lo vendiera.

—Quiero que lo vendas.

—Bien.

—Bien.

Metí la pasta en un armario que no era el de la pasta y cerré la puerta.

Henry la abrió, sacó el paquete y lo colocó en el armario correcto.

Lo odié muchísimo.

✦   ✦   ✦

Los días siguientes descubrí que vender una casa consiste fundamentalmente en firmar papeles y permitir que desconocidos entren en ella.

Thomas volvió con un técnico.

Yo subí.

Nadie me había pedido que subiera.

El técnico comprobó ventanas, calefacción, enchufes y cosas cuya existencia yo desconocía hasta ese momento.

—El edificio es antiguo —dije.

El hombre asintió.

—Sí.

—Muy antiguo.

—Claire —dijo Henry.

—Estoy describiendo el edificio.

Thomas sonrió.

—Precisamente eso me gusta.

Era invulnerable.

—El ascensor se averió una vez.

Henry cerró los ojos.

—¿Cuándo? —preguntó Thomas.

—Hace unos años.

—Tres —dijo Henry—. Estuvo parado dos días.

—Fueron más.

—Dos.

—A mí me parecieron más.

Thomas volvió a sonreír.

Empecé a odiar también su capacidad para sonreír.

—No me preocupa —dijo.

Naturalmente.

Aquel hombre estaba decidido a destruir mi vida.

Y entonces dije:

—A veces se oyen ruidos.

Henry abrió los ojos.

Thomas miró hacia el techo.

—¿De los vecinos?

—No exactamente.

—¿De la calle?

—Tampoco.

—¿Qué clase de ruidos?

Pensé en ello.

—Estructurales.

Hubo un silencio.

Henry me observó.

—Es mi simulador de vuelo.

—Bueno —dije—. Él ha preguntado qué clase de ruidos se oyen. No qué estructura los produce.

Thomas soltó una carcajada.

Incluso el técnico se rio.

Aquello fue humillante.

Cuando finalmente se marcharon, Henry cerró la puerta.

Esta vez no bajó las escaleras.

—No quieres que venda el piso.

—Claro que quiero.

—No.

—Llevo meses pidiéndotelo.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué estás diciendo?

Henry apoyó la espalda contra la puerta.

—Nada.

Aquello me enfureció.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Eso que haces.

—Estoy apoyado contra una puerta.

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

Me miró durante unos segundos.

Esperé.

Esperé la explicación. El análisis. La insoportable exposición ordenada de mis emociones, probablemente acompañada de alguna referencia a un estudio realizado en Stanford con ciento veinte parejas y un grupo de control.

No llegó.

—Voy a retirar el anuncio —dijo.

—¿Qué?

—Le diré a Patricia que de momento no seguimos adelante.

—Pero has aceptado la oferta.

—Todavía podemos parar.

—¿Por qué?

Henry se encogió de hombros.

—No tengo ninguna prisa.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

—Henry.

—Claire.

Lo miré.

Él me sostuvo la mirada.

Y por primera vez desde que lo conocía tuve la absoluta certeza de que sabía algo sobre mí y había decidido no decírmelo.

Fue insoportable.

—Te odio.

—Lo sé.

—Y no retires la venta.

—De acuerdo.

—Pero tampoco tienes por qué precipitarte.

—De acuerdo.

—Y negocia mejor.

—Por supuesto.

Bajé las escaleras furiosa.

A mitad del tramo comprendí que acababa de pedirle simultáneamente que vendiera el piso, que no lo vendiera demasiado deprisa y que obtuviera más dinero por él.

Seguí bajando.

Había días en que la dignidad consistía simplemente en no regresar para aclarar las cosas.

✦   ✦   ✦

Aquella noche Henry se quedó dormido antes que yo.

Me levanté, me puse una bata y subí al cuarto.

Todavía tenía llave.

Abrí la puerta.

El piso parecía distinto.

No estaba vacío, pero ya había empezado a dejar de ser de Henry. Faltaban libros. Habían desaparecido algunos cuadros. Las estanterías estaban medio desnudas. En el suelo quedaban cajas cerradas con cinta adhesiva.

Me senté junto a la ventana.

Había odiado aquel piso.

O eso había dicho.

Era el lugar donde Henry podía refugiarse cuando yo necesitaba estar sola. El sitio donde guardaba sus cacharros. La prueba física de que nuestra convivencia no era irreversible.

Si aquello salía mal, Henry podía subir un tramo de escaleras.

Ni siquiera necesitaba una mudanza.

Durante todo aquel tiempo yo había pensado que el cuarto piso era su resistencia a vivir conmigo.

Y acababa de descubrir que quizá era la mía.

Miré alrededor.

No quería que Henry viviera allí.

Eso estaba claro.

Tampoco quería que otra persona viviera allí.

Eso era bastante menos razonable.

Y, sobre todo, no quería reconocer por qué.

Henry no estaba vendiendo simplemente un piso.

Estaba renunciando a la posibilidad de volver a la vida que tenía antes de mí.

Y yo llevaba meses celebrando que lo hiciera sin preguntarme qué significaba exactamente que yo tampoco quisiera volver a la mía.

Pensé en toda aquella gente que te advertía de que un día se acababa la fiesta.

Quizá se equivocaban.

Quizá no se acababa nada.

Quizá simplemente llegaba un momento en que dejabas de mantener abierta la puerta por si querías marcharte.

Me quedé allí un rato más.

Luego apagué la luz, cerré el cuarto piso y bajé al tercero.

Henry seguía dormido.

Me metí en la cama procurando no despertarlo.

—¿Todo bien? —murmuró sin abrir los ojos.

—Sí.

Me rodeó con un brazo y volvió a dormirse.

Yo me quedé mirando el techo.

Por primera vez desde que había empezado todo aquello, el piso de arriba me pareció muy lejos.

Solo estaba a quince escalones.

Pero ya no estaba segura de necesitar saber que seguía allí.