Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Habló con una compañera de Hanna sobre transporte público durante unos minutos y consiguió no explicarle su propio trabajo. Preguntó al hombre de su derecha por sus hijos y recordó los nombres veinte minutos después. No monopolizó ninguna conversación.

Incluso escuchó.

Miré a Henry.

—¿Qué le pasa a tu hermano?

Henry siguió comiendo.

—Nada.

—Está normal.

—A veces lo está.

—No tanto tiempo seguido.

Henry miró hacia Andrew.

—Está nervioso.

Volví a mirarlo.

—¿Andrew?

—Sí.

—¿Por qué?

Henry me miró.

No dijo nada.

—No me analices —dije.

—No te estaba analizando a ti.

—Peor.

Frente a nosotros, Hanna estaba explicando algo y Andrew la escuchaba con una atención que probablemente habría negado bajo juramento.

Después ocurrió.

Una mujer de otro departamento se inclinó hacia ellos.

—¿Cuánto lleváis juntos?

Hanna dejó la copa.

Andrew no contestó.

La miró.

Solo eso.

La miró y esperó.

Me pareció un detalle insignificante.

Por eso lo vi perfectamente.

—No estamos juntos —dijo Hanna—. Somos amigos.

—Ah, perdón.

—No pasa nada.

Andrew sonrió.

—Sí. Amigos.

Y continuó comiendo.

Hanna también.

Durante aproximadamente treinta segundos.

Después bebió vino.

Más vino del necesario para la cantidad de comida que tenía en la boca.

Yo no dije nada.

Estoy creciendo muchísimo como persona.

✦   ✦   ✦

Bailamos.

Yo no tenía previsto bailar.

Esto debe quedar claro.

Las bodas ejercen una presión social extraordinaria sobre personas adultas para que realicen movimientos físicos que jamás aceptarían hacer en un supermercado.

Henry, sin embargo, sabía bailar razonablemente bien.

Otra cosa que había ocultado.

—¿Dónde aprendiste esto?

—Catherine quería aprender.

Ahí estaba ella.

Y, sorprendentemente, no dolió.

No demasiado.

—¿Clases?

—Seis meses.

—¿Y te gustaba?

—Me gustaba Catherine.

Sonreí.

—Eso no responde.

—Entonces no.

Me reí.

Henry me acercó un poco más.

A nuestro lado, Sophie bailaba con Tom. No hacían nada espectacular. Se conocían. Esa era probablemente la mejor descripción. Tom sabía cuándo Sophie iba a girar antes de que ella lo hiciera y Sophie apoyaba una mano en su hombro sin mirarla.

Más allá estaban Hanna y Andrew.

—No mires —dije.

Henry miró.

—Te he dicho que no mires.

—Entonces no deberías haberme dicho que no mirara.

Andrew bailaba peor que Henry.

Eso me produjo una satisfacción irracional.

Hanna, sin embargo, parecía divertirse.

—¿Crees que están juntos? —pregunté.

—No.

—¿No?

—Creo que todavía no saben qué están haciendo.

Lo miré.

—No los analices.

—Has preguntado.

—Eso no te autoriza.

Henry sonrió.

El muy cabrón.

La canción terminó.

No nos separamos inmediatamente.

Y por primera vez pensé en ello de verdad.

No en la boda.

No en el vestido.

No en las flores.

No en mi padre entregándome como ganado de calidad certificada.

Pensé en Henry.

En decir «mi marido».

La idea me produjo una reacción extraña.

No rechazo.

Tampoco entusiasmo.

Algo más incómodo.

Posibilidad.

La aparté.

Había champán.

Probablemente era eso.

✦   ✦   ✦

De regreso a casa Henry se quitó la corbata en el taxi.

—Ha estado bien —dijo.

—Sí.

Me fastidiaba que hubiera estado bien.

—Rebecca parecía feliz.

—Sí.

—La comida estaba buena.

—Las flores eran excesivas.

—Eran bonitas.

—Podrían haber reformado un baño.

Henry apoyó la cabeza en el asiento.

—Sabía que volveríamos al baño.

—Un baño dura más que las peonías.

—No sé si eran peonías.

—Yo tampoco. Pero parecían caras.

Nos quedamos un momento en silencio.

—Mi madre quiere que nos casemos —dije.

Henry giró la cabeza.

—Ah.

—No lo ha dicho exactamente.

—Vale.

—Dice que le haría ilusión.

—Lo entiendo.

—Mi padre dice que no admite devoluciones.

Henry se rio.

—También lo entiendo.

Esperé.

Nada.

—No quiero casarme —dije.

Henry asintió.

—Vale.

Aquello me irritó.

Era una reacción completamente irracional, pero la irritación no suele requerir autorización previa.

—¿Vale?

—Sí.

—¿Eso es todo?

Henry volvió a mirarme.

—¿Quieres que intente convencerte?

—No.

—Entonces vale.

—Podrías tener una opinión.

—La tengo.

—¿Cuál?

Henry se quedó callado unos segundos.

—Que no quiero que hagas algo que no quieres hacer.

Era una respuesta excelente.

La odié.

—Eso es muy conveniente.

—Claire.

—¿Qué?

—¿Estamos hablando de casarnos?

—No.

—Bien.

—Estamos hablando del matrimonio como concepto.

Henry miró por la ventanilla.

—Ah.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de que esto es absurdo.

—No he dicho que sea absurdo.

—Lo estás pensando.

—Estoy pensando que son casi las doce y hemos bebido bastante.

—Dos copas.

—Tres.

—La primera era champán.

—Sigue contando.

No era el momento.

Eso estaba claro.

Además, yo no quería casarme.

Por tanto, no existía ningún problema.

✦   ✦   ✦

A la mañana siguiente tenía un mensaje de Hanna.

Lo vi mientras Henry hacía café.

HANNA: No pasó nada.

Miré la pantalla.

No le había preguntado.

CLAIRE: Naturalmente.

La respuesta llegó inmediatamente.

HANNA: Te odio.

Sonreí.

Henry dejó mi taza delante de mí.

Una sacarina.

La cantidad correcta de leche.

Ni siquiera necesitaba mirar ya.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Hanna.

—Sí.

—Andrew.

Lo miré.

—No los analices.

—No los estoy analizando.

—¿Entonces?

—Mi hermano llegó a casa a las dos y media y me ha enviado un mensaje esta mañana preguntándome qué tal estaba Hanna.

Me quedé quieta.

—¿Qué le has dicho?

—Que se lo pregunte a Hanna.

Correcto.

Perfectamente correcto.

Henry se sentó frente a mí con su café.

—¿Qué?

—Nada.

—No hagas el nada.

Bebí.

Pensé en Rebecca y Michael.

En Sophie y Tom.

En Hanna y Andrew, que no estaban juntos.

Pensé en mi madre y su ilusión.

En mi padre y su política de no devoluciones.

Pensé en Henry diciendo que volvería a casarse si tuviera sentido.

Y pensé en Henry diciéndome, con absoluta tranquilidad, que si yo no quería casarme estaba bien.

Yo no quería casarme.

Esto seguía siendo cierto.

Lo había pensado detenidamente.

Las bodas continuaban pareciéndome caras, absurdas y ligeramente antifeministas.

No quería vestido.

No quería flores.

No quería que mi padre me entregara a nadie.

No quería ciento veinte personas observando cómo Henry y yo nos prometíamos cosas que ya intentábamos hacer todos los días.

No quería una boda.

Lo único que quería saber era si Henry quería una.

Conmigo.

Lo cual era completamente distinto.

Naturalmente.