Capítulo 8 #2
Había fotografías, instrucciones, alojamiento, mapas, una lista de regalos y una sección titulada NUESTRA HISTORIA que explicaba cómo Rebecca y Michael se habían conocido en una cafetería en 2019.
Mi madre encontró la página porque mi hermana se la había enviado.
Mi hermana la encontró porque yo había cometido el error de mencionar la boda en el grupo familiar.
La información, dentro de mi familia, circulaba con una eficacia que habría impresionado a los servicios de inteligencia.
—¿Vas con Henry? —preguntó mi madre por teléfono.
—Sí.
—Qué bien.
Dos palabras.
Ningún problema.
—Sí.
—Le quedan muy bien los trajes.
Ahí estaba.
—Mamá.
—¿Qué?
—Nada.
—Solo he dicho que le quedan bien los trajes.
—Ya.
—Es un hombre muy elegante cuando quiere.
—También cuando no quiere.
—Sí. Tiene buena planta.
Mi madre llevaba años deseando que yo encontrara pareja y había desarrollado, desde que Henry apareció, una prudencia que no engañaba absolutamente a nadie.
—¿Qué quieres preguntarme?
—Nada.
—Mamá.
—Tu padre quiere saber si os vais a casar.
Cerré los ojos.
—Claro que sí.
—Yo le he dicho que no preguntara.
—Gracias.
—Pero tiene curiosidad.
—Tú tienes curiosidad.
—También.
—No vamos a casarnos.
Hubo una pausa.
—Ah.
El «ah» de mi madre contenía aproximadamente seis páginas de texto.
—¿Qué significa ese ah?
—Nada.
—No hagas el nada.
Mi madre se rio.
—No significa nada. Solo pensaba que quizá...
—¿Quizá qué?
—Bueno, vivís juntos.
—Sí.
—Os va bien.
—Sí.
—Henry forma parte de la familia.
—Sí.
—Entonces no sería extraño.
—Tampoco sería extraño no hacerlo.
—Claro que no.
Aquella respuesta llegó demasiado deprisa.
—Mamá.
—Claire, no estoy diciendo que tengas que casarte. Eres una mujer adulta.
—Gracias por confirmarlo.
—Solo digo que, si algún día decidís hacerlo, a tu padre y a mí nos haría ilusión.
Eso era peor.
Habría sido mucho más sencillo combatir una imposición.
La ilusión era un arma de destrucción masiva.
—No necesito que papá me entregue a nadie.
—Tu padre tampoco quiere entregarte. Dice que bastante trabajo le costó criarte.
Oí una voz al fondo.
—Dice que además no admite devoluciones.
—Lo he oído.
Mi madre se rio otra vez.
—Haz lo que quieras, cariño. Siempre lo has hecho.
Colgué cinco minutos después con la incómoda sensación de haber ganado una discusión que nadie había intentado tener conmigo.
✦ ✦ ✦
Hanna invitó a Andrew el jueves.
Lo supe el viernes.
No porque me lo contara.
Porque llegó a mi mesa a las nueve y doce, dejó un café a mi lado y dijo:
—Andrew viene a la boda.
Levanté la vista.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Gracias por el café.
—De nada.
—¿Qué tal estás?
—Claire.
—Estoy intentando mantener una conversación normal.
—Pues deja de hacerlo.
Tomé el café.
—Andrew viene a la boda.
—Eso has dicho.
—Como acompañante.
—Entiendo el concepto.
Hanna se sentó frente a mí.
—No significa nada.
No había preguntado.
—Naturalmente.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Eso.
—Estoy de acuerdo contigo.
—No lo estás.
—Completamente.
Hanna me observó con desconfianza.
—Se lo pregunté porque no quería ir sola y porque ya lo conozco. Es mucho menos incómodo que ir con alguien con quien tendría que pasar toda la noche hablando por educación.
—Una decisión puramente logística.
—Exacto.
—Como compartir taxi.
—Exacto.
—Solo que con cena, alcohol y baile.
—Vete a la mierda.
Había pasado algo curioso.
Durante meses, Andrew había sido para Hanna un hombre que hablaba demasiado.
Después había pasado a ser un hombre que hablaba demasiado y al que veía ocasionalmente.
Más tarde se había convertido en un hombre que hablaba demasiado, al que veía ocasionalmente y cuyos mensajes esperaba.
Ahora era un hombre que hablaba demasiado, al que veía ocasionalmente, cuyos mensajes esperaba y con quien iba a asistir a una boda.
No era una evolución romántica.
Era logística.
Naturalmente.
—¿Cómo se lo preguntaste?
Hanna apartó la mirada.
Aquello prometía.
—Normal.
—Define normal.
—Le dije que tenía una boda.
—Bien.
—Que podía llevar acompañante.
—Bien.
—Y que si no tenía nada mejor que hacer podía venir.
—Romántico.
—No tenía que ser romántico.
—¿Qué dijo?
Hanna tardó una fracción de segundo demasiado larga.
—Dijo que sí.
—¿Solo eso?
—Más o menos.
—Hanna.
—Dijo: «Sí, me gustaría.»
Ah.
Aquello era peor.
Mucho peor.
Porque Andrew, el hombre capaz de convertir una pregunta sobre el tiempo en una exposición sobre planificación urbana, había respondido con cinco palabras.
—¿Y?
—¿Y qué?
—Nada.
Hanna señaló mi cara.
—Estás haciendo el nada.
—No existe una cara del nada.
—Existe. La aprendiste de Henry.
No contesté.
Aquello era posible.
✦ ✦ ✦
El sábado de la boda Henry tardó nueve minutos en vestirse.
Yo llevaba cuarenta y cinco.
Esto no significaba que hubiera dedicado cuarenta y cinco minutos a prepararme para una institución que consideraba absurda.
Significaba que determinadas prendas requerían planificación.
Henry apareció en la puerta del dormitorio con un traje azul oscuro, camisa blanca y una corbata que yo no recordaba haber visto.
Lo miré.
Era irritante.
A los cuarenta y cinco años, con aquella pequeña barriga que ningún traje conseguía ocultar del todo y que a él no parecía preocuparle en absoluto, Henry tenía el aspecto de un hombre que sabía exactamente quién era.
Eso resultaba mucho más atractivo de lo que debería.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—No hagas el nada.
—Te queda bien el traje.
—Gracias.
—Mi madre también lo piensa.
Henry frunció ligeramente el ceño.
—¿Tu madre me ha visto con este traje?
—No importa.
—Vale.
Me miró.
—Tú estás preciosa.
—Gracias.
—¿Podemos irnos?
—Sí.
No añadió nada.
Ni «algún día podríamos hacer esto nosotros».
Ni una broma sobre bodas.
Ni una mirada significativa.
Nada.
Lo cual era exactamente lo que yo quería.
Por supuesto.
✦ ✦ ✦
Rebecca había elegido una casa de campo preciosa.
Naturalmente.
Había césped, árboles enormes, una terraza de piedra, pequeñas luces suspendidas entre ramas y una sala donde las mesas parecían haber sido colocadas por personas con títulos universitarios en distribución de mesas.
Las flores no parecían baratas.
Intenté calcular su coste.
Henry me quitó la copa de champán de la mano, bebió un sorbo y me la devolvió.
—No.
—¿Qué?
—No calcules cuánto ha costado.
—No estaba calculando.
—Has contado las mesas.
—Hay doce.
—Claire.
—Era difícil no verlo.
Sophie y Tom llegaron poco después.
Tom era exactamente el tipo de hombre que uno esperaba que Sophie hubiera elegido: tranquilo, agradable y con suficiente sentido de la conservación como para no intervenir inmediatamente en una discusión entre Sophie, Hanna y yo.
Nos saludamos.
—¿Dónde está Hanna? —preguntó Sophie.
—No ha llegado.
Sophie miró el reloj.
—Vendrá con Andrew.
—Eso parece.
Tom nos miró.
—¿Quién es Andrew?
Sophie y yo contestamos al mismo tiempo.
—Nadie.
—El hermano de Henry.
Tom parpadeó.
Henry sonrió.
—Va a ser una tarde larga.
Lo fue.
Hanna apareció siete minutos después con Andrew.
Y comprendí inmediatamente el problema.
Parecían una pareja.
No porque fueran cogidos de la mano.
No lo estaban.
No porque Andrew la tocara.
Tampoco.
Parecían una pareja porque entraron hablando de algo que había empezado antes de llegar y continuaron hablando mientras saludaban. Porque Andrew sabía dónde estaba el bolso de Hanna cuando ella lo buscó. Porque Hanna le quitó una pelusa de la solapa sin pensar.
Pequeñas cosas.
Cosas peligrosas.
Andrew llevaba un traje gris que le quedaba sorprendentemente bien.
—No digas nada —me dijo Hanna en cuanto estuvo suficientemente cerca.
—Hola, Hanna.
—Claire.
—Andrew.
—Claire.
—Estás muy elegante.
—Gracias.
—Los dos.
Hanna me miró.
—Voy a buscar una copa.
Andrew la siguió.
Sophie apareció a mi lado.
—No digas nada.
—No iba a decir nada.
—Ya.
—Estoy creciendo como persona.
—Eso me preocupa.
✦ ✦ ✦
La ceremonia fue bonita.
Me fastidió bastante.
No hubo padre entregando a Rebecca. Ella y Michael entraron juntos.
No hubo ninguna referencia a obedecer.
No hubo lecturas sobre dos mitades convirtiéndose en una sola persona, concepto que siempre me había parecido jurídicamente preocupante.
Hubo un poema.
Hubo una amiga que habló demasiado.
Hubo un sobrino de cuatro años que decidió que el silencio ceremonial era el momento perfecto para preguntar a gritos si podía hacer pis.
Y hubo un instante, justo antes de que Rebecca y Michael intercambiaran los anillos, en que se miraron y parecieron olvidar que había otras ciento dieciocho personas observándolos.
Fue bonito.
Eso no demostraba nada.
También eran bonitas las puestas de sol y no por ello había que firmar contratos delante de ellas.
Durante el cóctel alguien del departamento se acercó a Henry y a mí.
—Hacéis muy buena pareja —dijo.
Agradecí el comentario.
Error.
—¿Y vosotros para cuándo?
Ahí estaba.
La pregunta.
Henry ni siquiera se tensó.
—Nosotros estamos bien —dijo.
Sonrió.
La compañera sonrió.
—Eso es lo importante.
Y se marchó.
Perfecto.
Respuesta perfecta.
Breve, amable, verdadera.
Nosotros estábamos bien.
Muy bien.
Extraordinariamente bien.
Entonces, ¿por qué me había molestado?
No mucho.
Una cantidad microscópica.
Una partícula emocional tan pequeña que probablemente no habría podido detectarse sin instrumental especializado.
Pero estaba allí.
«Nosotros estamos bien.»
No «algún día».
No «ya veremos».
No «Claire no quiere».
No «yo no quiero».
Simplemente estábamos bien.
—¿Qué? —preguntó Henry.
—Nada.
—Estás mirando raro.
—No estoy mirando raro.
—Vale.
—¿Por qué has dicho eso?
Henry tardó un segundo.
—¿Que estamos bien?
—Sí.
—Porque estamos bien.
Maldito ingeniero.
—Ya.
—¿Preferías que dijera otra cosa?
—No.
—Vale.
Y bebió.
Aquella conversación había sido inútil.
Naturalmente.
✦ ✦ ✦
En la cena me sentaron junto a Henry.
Sophie estaba con Tom dos mesas más allá.
Hanna y Andrew estaban juntos frente a nosotros.
No sabía si aquello era obra de Rebecca, de un algoritmo de distribución de invitados o de una divinidad con un sentido del humor particularmente cruel.
Andrew se comportó muy bien.
Aquello tampoco ayudó.