Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

El hombre que no me pidió matrimonio

Nunca me habían gustado las bodas.

No el matrimonio. Las bodas.

Conviene distinguir.

Una boda consistía, en esencia, en gastar una cantidad de dinero que permitiría reformar razonablemente un cuarto de baño para reunir a ciento veinte personas, sentarlas junto a otras personas que intentaban evitar desde 2009 y obligarlas a escuchar discursos sobre dos seres humanos que la mayoría conocía solo parcialmente.

Después estaba el vestido blanco.

El padre entregando a la novia.

El ramo.

La liga, en los casos más graves.

Y toda una industria dedicada a convencer a mujeres adultas de que elegir entre servilletas color marfil y servilletas color champán constituía uno de los momentos decisivos de su existencia.

Yo era feminista.

También era propietaria de un cuarto de baño que necesitaba una reforma.

La elección me parecía evidente.

—Estoy de acuerdo —dijo Hanna.

Naturalmente.

Estábamos comiendo con Sophie en un restaurante cerca de la oficina cuando Hanna dejó sobre la mesa una invitación de boda como si se tratara de una citación judicial.

La novia era Rebecca, una compañera del departamento a la que las tres conocíamos lo bastante bien como para estar invitadas y no lo bastante bien como para haber participado en ninguna decisión relacionada con centros de mesa.

Se casaba dentro de tres semanas, un sábado, en una casa de campo a poco más de una hora de Londres.

—Mira esto —dijo Hanna.

Cogí la invitación.

Era gruesa.

No gruesa como una cartulina. Gruesa como una declaración de intenciones.

Había relieve, letras doradas y una pequeña rama vegetal impresa en una esquina que probablemente tenía un nombre específico y había requerido una reunión.

—Bonita —dijo Sophie.

Hanna y yo la miramos.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada —dije.

—No hagas el nada.

Sophie llevaba años casada con Tom y, por tanto, había perdido cierta sensibilidad para detectar las amenazas que representaban determinadas piezas de papelería.

—Yo solo digo que es bonita. No he dicho que debamos arrodillarnos ante la institución matrimonial.

—Eso empieza así —dijo Hanna—. Primero encuentras bonita una invitación. Después estás pagando cuatro mil libras por flores que estarán muertas el martes.

—Mis flores no costaron cuatro mil libras.

—¿Cuánto costaron?

Sophie bebió agua.

—No me acuerdo.

Hanna sonrió.

—Exactamente.

Sophie suspiró.

—¿Sabéis que podéis casaros sin que vuestro padre os entregue a un hombre como si fuerais una parcela agrícola?

—No es solo eso —dije.

—Claro que no. Está también el peligro de las servilletas champán.

—Marfil —dijo Hanna.

—Gracias por demostrar mi argumento.

Sophie tenía una posición irritantemente razonable sobre el matrimonio.

Consideraba que buena parte de las tradiciones nupciales eran absurdas, que una boda no necesitaba costar el equivalente a un coche y que ninguna mujer debía ser entregada a nadie.

Pero también consideraba que dos adultos podían casarse porque les daba la gana sin estar contribuyendo activamente al derrumbe de doscientos años de feminismo.

Era una postura difícil de combatir porque contenía demasiados matices.

Hanna y yo preferíamos principios.

Los principios eran mucho más fáciles de organizar.

—Además —dijo Sophie—, yo me casé.

—Ya lo sabemos —dijo Hanna.

—Y mi padre no me entregó a Tom, no llevé liga, no lancé el ramo y nadie comprobó mi virginidad. Comimos, bebimos demasiado y firmamos un papel. Fue bastante agradable.

—Llevabas vestido blanco —dije.

—Marfil.

Hanna y yo la miramos.

Sophie cerró los ojos un instante.

—No puedo creer que esa sea vuestra objeción principal.

No lo era.

Pero ayudaba.

Dejé la invitación delante de Hanna.

—¿Cuál es el problema?

Hanna señaló una línea de la tarjeta.

—Puedo llevar acompañante.

Esperé.

Sophie también.

Hanna nos miró.

—No quiero ir sola.

—Pues lleva a Andrew —dijo Sophie.

La reacción de Hanna fue tan rápida que durante un segundo pensé que Sophie había propuesto que asistiera con un delincuente sexual.

—¿Por qué iba a llevar a Andrew?

—Porque sales con él.

—No salgo con Andrew.

Aquello era técnicamente cierto.

Hanna tomaba cafés con Andrew, cenaba ocasionalmente con Andrew, intercambiaba mensajes con Andrew a horas que empezaban a resultar difíciles de justificar mediante asuntos profesionales y había desarrollado un conocimiento bastante preciso de cuánto tiempo tardaba Andrew en contestar.

Pero no salía con Andrew.

Naturalmente.

—Entonces llévate a otra persona —dije.

—Eso haré.

—Perfecto.

—Perfecto.

Sophie nos observó alternativamente.

—¿A quién?

Hanna cogió el tenedor.

—Ya veré.

—¿Tienes algún candidato?

—No necesito candidatos. Necesito un acompañante.

—Es una boda, no una licitación pública.

—Precisamente por eso.

Aquella respuesta requería una explicación y Hanna, que ya había empezado, estaba dispuesta a proporcionarla.

Ir sola a una boda del trabajo, explicó, generaba una serie de inconvenientes sociales.

La gente preguntaba. La gente sentaba a los solteros juntos.

La gente interpretaba que una mujer sin acompañante estaba disponible, abandonada o necesitada de ser presentada al primo de alguien. Llevar a una persona evitaba todo eso.

Hasta ahí la lógica era impecable.

El problema era que llevar a Andrew creaba una categoría nueva de inconvenientes.

—La gente interpretaría cosas —dijo.

—¿Qué cosas? —pregunté.

—Cosas.

Reconocí inmediatamente aquella precisión terminológica.

Yo misma la había utilizado durante meses.

—Podrías llevar a un amigo —dijo Sophie.

—Eso estoy diciendo.

—Andrew.

—Andrew no.

—¿Por qué?

Hanna dejó el tenedor.

—Porque si llego a una boda de una compañera con Andrew, la gente asumirá que Andrew y yo somos pareja.

—¿Y si llegas con otro hombre?

—No es lo mismo.

—¿Por qué?

—Porque no estoy acostándome con el otro hombre.

Se produjo un silencio.

Hanna parpadeó.

Sophie sonrió lentamente.

Yo me concentré en mi plato.

Estoy creciendo como persona.

—No he dicho eso —dijo Hanna.

—Lo acabas de decir —dijo Sophie.

—Sabéis perfectamente lo que quería decir.

Lo sabíamos.

Y, por primera vez en varios minutos, fui suficientemente buena amiga como para no ayudar.

✦   ✦   ✦

Henry recibió la noticia de la boda aquella noche mientras preparaba la cena.

—Tenemos una boda dentro de tres semanas —dije.

—Vale.

Continuó cortando cebolla.

Esperé algo más.

No llegó.

—De Rebecca.

—¿Rebecca?

—La del trabajo.

—Ah.

—La conociste en la fiesta de verano.

Henry dejó el cuchillo y pensó.

—¿La que tiene un labrador?

—No.

—¿La que discutió con Martin sobre bicicletas eléctricas?

—No.

—¿La que llevaba aquel vestido verde?

Lo miré.

—Sí.

—Rebecca.

Aquello me pareció ligeramente sospechoso.

—¿Cómo recuerdas el vestido?

—Porque me dijiste que te gustaba.

Ah.

El muy cabrón.

Henry volvió a la cebolla.

—¿Cuándo es?

Se lo dije.

Cogió el teléfono, miró el calendario y asintió.

—Puedo.

—No tienes que venir.

Henry levantó la vista.

—¿No quieres que vaya?

—Claro que quiero que vayas. Solo digo que no tienes obligación.

—Entonces voy.

Así de fácil.

Una de las cosas más desconcertantes de vivir con Henry era la cantidad de problemas que podían resolverse sin una reunión previa.

—Odio las bodas —dije.

—Lo sé.

—Son absurdas.

—Algunas.

—La mayoría.

—Probablemente.

—Y profundamente antifeministas.

Henry volvió a cortar.

—Algunas tradiciones sí.

Me apoyé en la encimera.

—¿No vas a discutir conmigo?

—¿Quieres que discuta?

—No.

—Entonces no.

Aquello era exasperante.

—Sophie dice que puedes casarte sin hacer ninguna de esas cosas.

—También.

—Está casada.

—Sí.

—Con Tom.

Henry dejó de cortar otra vez.

—Claire, conozco a Tom.

—Ya lo sé.

No estaba segura de por qué había añadido aquello.

Quizá porque mi cerebro estaba ordenando piezas.

Sophie estaba casada con Tom.

Rebecca iba a casarse con alguien.

Hanna no salía con Andrew aunque aparentemente se acostaba con él, dato que yo pensaba proteger hasta la muerte o hasta el siguiente almuerzo, lo que ocurriera primero.

Y Henry cortaba cebolla.

—¿Tú qué opinas de las bodas? —pregunté.

—Depende de la boda.

—Del matrimonio.

Henry me miró.

Había cometido un error.

No sabía exactamente cuál, pero podía sentirlo.

—¿Qué quieres saber?

—Nada.

—Claire.

—Era una pregunta general.

—Vale.

Esperé.

—¿Y?

—¿Y qué?

—Tu respuesta.

Henry sonrió.

—No me analices.

—No te estoy analizando.

—Tienes la cara.

—¿Qué cara?

—La de cuando haces una pregunta que ya tiene una respuesta correcta en tu cabeza y estás esperando comprobar si la conozco.

Eso era absurdo.

Yo no tenía ninguna respuesta correcta.

Ni siquiera tenía una pregunta.

—Solo quería saber qué opinas.

Henry se encogió de hombros.

—Que a algunas personas les importa y a otras no. Que una boda puede ser una fiesta estupenda o una pesadilla cara. Y que casarse y organizar una boda no son exactamente la misma cosa.

Me quedé mirándolo.

Aquello era irritantemente parecido a lo que Sophie había dicho.

—Sophie piensa lo mismo.

—Sophie es sensata.

—No siempre.

—No.

—¿Y tú te volverías a casar?

Ahí estaba.

Había salido.

Sin autorización.

Henry no respondió inmediatamente.

Y en los aproximadamente dos segundos que tardó en hacerlo mi cerebro consiguió organizar una conferencia internacional completa.

Catherine.

Naturalmente.

Henry había estado casado con Catherine. Había tenido un matrimonio feliz con Catherine. Yo sabía más de aquel matrimonio de lo que una persona decente debía saber y bastante más de lo que Henry sabía que yo sabía.

Quizá no quería volver a casarse.

Quizá sí.

Quizá la pregunta le parecía horrible.

Quizá estaba comparando.

Quizá—

—Sí —dijo.

—Ah.

—Creo.

—¿Crees?

—Si tuviera sentido.

—Claro.

—¿Era esa la respuesta correcta?

—No había respuesta correcta.

Henry sonrió.

—Naturalmente.

El muy cabrón.

✦   ✦   ✦

Mi madre supo de la boda dos días después.

No porque yo se lo contara.

Porque Rebecca había creado una página web.

Las bodas modernas ya no se limitaban a existir. Tenían infraestructura digital.