Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Empezaba a sospechar que nuestro viaje a Provenza había sido una convocatoria extraordinaria de los trabajos de Hércules sin que ninguno de los dos estuviera informado.

El tercer día me había venido la regla.

Mis dolores menstruales tienen la desagradable costumbre de oscilar entre molestos y alguien está intentando extraerme el útero con una cuchara.

Tengo una medicación que funciona.

Necesita receta.

No la había llevado.

Naturalmente.

Llevaba tres pares de zapatos para cinco días, un cargador de emergencia, dos adaptadores que no necesitábamos porque Francia utiliza exactamente los mismos enchufes que Inglaterra y una guía de restaurantes que pesaba más que algunos mamíferos pequeños.

La medicación, no.

Henry resolvió el problema.

Localizó una consulta, averiguó cómo funcionaba aquello, vino conmigo y me ayudó con el francés hasta que conseguí una receta y pude recoger la medicación.

A media mañana yo estaba otra vez en el hotel esperando que empezara a hacer efecto.

Henry tenía previsto visitar aquel día el Musée de la Mine de Gréasque.

Y cuando digo que tenía previsto no me refiero a que hubiera señalado el lugar en un mapa por si nos sobraba una tarde.

Quería ir.

Había consultado los horarios antes del viaje. Había averiguado cómo llegar. Sabía cosas sobre el antiguo edificio de máquinas que había intentado explicarme y de las que yo había conseguido retener, siendo generosa, un doce por ciento.

Le hacía ilusión.

Cuando empecé a encontrarme mejor miré la hora.

—Todavía puedes ir.

Henry estaba sentado al otro lado de la habitación leyendo.

Me dijo que no pasaba nada, que se quedaba conmigo.

Le expliqué que estaba mucho mejor y que no necesitaba que me cuidara. Al día siguiente nos marchábamos. Si no iba aquella tarde no vería el museo.

Henry me explicó, con bastante paciencia, que conocía perfectamente nuestro itinerario porque él mismo había reservado el tren.

Insistí.

Él se levantó, me dio un beso en la frente, comprobó si necesitaba agua y regresó con una manta que no necesitaba.

Después se sentó conmigo.

Vimos una película espantosa.

Me preparó té.

Me dio un masaje en la espalda.

Me dejó apoyar los pies encima de él.

No mencionó Gréasque.

Ni una sola vez.

Lo peor era que yo sí lo recordaba.

Miré mi cerveza.

La proporción seguía siendo correcta.

—Once —dijo Sophie, mucho más despacio.

Hanna no dijo nada.

Yo tampoco.

Aquello había empezado con IKEA.

Con parejas discutiendo delante de muebles suecos y hombres aterrorizados ante dos vestidos azules.

En algún momento había dejado de ser tan divertido.

No porque las historias fueran tristes.

Todo lo contrario.

El problema era que yo había empezado pensando en las pruebas como sacrificios. Cosas extraordinarias que una persona hacía para demostrar que quería a otra.

Henry nunca había considerado extraordinaria ninguna de ellas.

No había reclamado puntos por aprender que una aceituna podía contaminar conceptualmente un plato.

No había presentado una factura sentimental por perderse Gréasque.

No me había recordado que había encontrado la mayonesa.

Ni siquiera sabía que yo me acordaba.

Sophie giró la servilleta que había entre nosotras.

En algún momento, pese a sus protestas iniciales, había empezado a escribir números.

Del uno al once.

El doce estaba vacío.

—Nos falta Cerbero —dijo.

—Tiene que ser algo grande —dijo Hanna—. La prueba definitiva.

Pensamos.

Propusimos cosas.

Casarse no valía. Aquello no podía ser una prueba porque tenía que ser una decisión de los dos.

Tener hijos, evidentemente, tampoco.

Renunciar a un trabajo era exactamente el tipo de estupidez que yo llevaba años criticando en las películas románticas.

Cambiar de país dependía del país.

Donar un riñón nos pareció excesivo.

—Podemos dejarlo para la próxima comida —dijo Sophie finalmente.

Miré el doce.

No me gustaban las casillas vacías.

Las casillas vacías sugerían falta de información, procedimientos incompletos y gente que había decidido irse a casa un viernes dejando trabajo para el lunes.

Pero no se me ocurría nada.

Volví a casa aquella tarde.

Henry estaba en la cocina.

Había dejado las llaves en un lugar absurdo, una taza junto al fregadero en vez de dentro del lavavajillas y un destornillador sobre la mesa por razones que preferí no investigar.

—Hola —dijo.

Me besó.

Sobre la encimera había dos botellas.

Cerveza.

Gaseosa.

Henry cogió un vaso.

No midió nada.

Nunca medía nada.

Sirvió cerveza, añadió gaseosa, miró el color durante un instante y añadió un poco más.

Me lo dio.

Probé.

Perfecto.

Lo miré.

—¿Qué?

Pensé en el león de Nemea.

En la Hidra.

En los establos.

En Cerbero.

Pensé en un espejo de aumento, un bote de mayonesa, una cesta de pan en Provenza y un museo minero que Henry todavía no había visitado.

—Nada.

Henry entrecerró los ojos.

—No hagas el nada.

Sonreí y bebí otro sorbo.

Hércules sabía que estaba realizando doce trabajos.

Henry no.

Quizá esa era la diferencia.

La prueba número doce siguió vacía.

Y por una vez no sentí ninguna necesidad de rellenarla.

Bueno.

Casi ninguna.

Naturalmente.