Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Henry tampoco habría tenido ningún problema.

Una vez le había pedido que comprara compresas.

Me llamó desde la farmacia.

No para decir que no podía.

Para preguntar cuáles.

—Las de siempre.

—Eso no me ayuda.

—Las normales.

Hubo un silencio.

—Hay una pared entera, Claire.

Después empezó a leerme descripciones con la precisión de un técnico revisando especificaciones de una válvula industrial.

No estaba avergonzado.

Estaba irritado por la insuficiencia de los requisitos.

Aquello, en cierto modo, era peor.

—También superada —dije.

Sophie frunció el ceño.

—¿Cuántas llevamos?

—Cuatro.

—¿Y cuántas ha superado Henry?

—No estamos evaluando a Henry.

Las dos me miraron.

—Cuatro —admití.

La quinta fue la familia.

No conocer a los padres. Eso era demasiado fácil. La prueba requería una comida familiar completa, con padres, hermanos, niños, recuerdos de infancia y al menos una persona dispuesta a enseñar fotografías que la examinada preferiría que hubieran sido destruidas.

Henry había sobrevivido a los Bennet.

Peor aún.

Les caía bien.

Mi madre le había enseñado una fotografía mía a los catorce años con un corte de pelo que debería haber sido objeto de una investigación independiente.

Mi padre había descubierto que Henry sabía suficiente de fútbol para hablar del Tottenham sin fingir que era del Tottenham, habilidad diplomática que yo desconocía que existiera.

En algún momento de la sobremesa ambos habían empezado a hablar de obras, humedades y una pared del garaje que mi padre llevaba quince años diciendo que algún día arreglaría.

Yo había acabado ayudando en la cocina mientras mi novio se integraba alegremente en mi familia.

Lo consideré una forma de traición.

—Cinco —dijo Sophie.

—No estamos llevando la cuenta.

—Cinco de cinco.

Hanna estaba sonriendo.

—Esto empieza a ser preocupante.

Lo era.

La sexta apareció cuando Sophie dijo que viajar juntos revelaba más sobre una pareja que cualquier cena romántica.

Eso me llevó directamente a Provenza.

Henry había pasado una semana traduciendo mis necesidades alimentarias al francés.

Decir necesidades alimentarias quizá sea injusto.

Tengo algunas preferencias.

La cerveza con gaseosa debe respetar la proporción druídica.

No me gustan las aceitunas.

Esta afirmación no describe correctamente el problema.

Hay muchas cosas que no me gustan y cuya existencia tolero. Las aceitunas no pertenecen a esa categoría.

No quiero comerlas.

No quiero que estén en mi plato.

Preferiblemente, no quiero verlas.

Si una aceituna ha permanecido durante cierto tiempo junto a un alimento que sí pretendo comer, retirarla puede no ser suficiente.

Ha habido contacto.

Henry aprendió esto el segundo día.

El tercero ya inspeccionaba preventivamente los platos.

Después estaba la carne.

Mi punto ideal se encuentra en algún lugar entre muy hecha y carbonizada.

En Francia esto puede provocar la retirada de la nacionalidad al cocinero.

Henry empezaba diciendo bien cuite. Yo intervenía. Très bien cuite. Henry repetía. Yo insistía. Más.

Al final tenía que explicar diplomáticamente que yo deseaba que el animal estuviera muerto no solo desde el punto de vista biológico, sino también geológico.

Nunca puso los ojos en blanco.

Al menos no mientras yo miraba.

Y finalmente estaba el queso.

El queso necesita pan.

No entiendo por qué esto requiere explicación.

Una noche llegó una magnífica tabla de quesos cuando habíamos terminado el pan. Henry cogió un trozo.

—No hay pan.

Se detuvo.

—Ya.

—No puedo comer queso sin pan.

Dejó el queso.

Llamó al camarero, pidió más pan y esperó.

Solo entonces volvió a tocarlo.

No preguntó por qué. No señaló que era exactamente el mismo queso. No intentó explicarme que la presencia de pan no alteraba químicamente el producto.

Simplemente había aprendido las reglas.

—Seis —dijo Sophie.

—Aquello ocurrió antes de que existieran las pruebas.

—Estás intentando suspender a tu novio porque aprobó antes del examen.

—No estoy intentando suspender a nadie.

Hanna levantó la copa.

—Seis de seis.

Empezaba a molestarme la dirección que estaba tomando aquello.

La séptima fue hacer fotografías.

No una fotografía.

Fotografías hasta que la mujer dijera que había una en la que salía bien.

Henry también había pasado por aquello.

En Ámsterdam me había hecho diecisiete delante de un canal.

En la primera tenía los ojos cerrados.

En la segunda, según él, no.

—Parece que los tengo cerrados.

—Pero no los tienes.

—Entonces es peor.

En la cuarta me había cortado los zapatos.

En la sexta aparecía una bicicleta detrás de mi cabeza.

En la novena tenía una expresión extraña.

—Es tu expresión —dijo Henry.

—Haz otra.

La decimoséptima fue aceptable.

No buena.

Aceptable.

Henry no volvió a mencionar las otras dieciséis.

Siete.

La octava debía consistir en acompañar a tu pareja a algo que solo le interesara a ella.

Yo propuse Almodóvar.

Sophie consideró que una película no era suficiente.

—Tres —dijo.

—Eso es una retrospectiva.

—Precisamente.

Henry no odiaba a Almodóvar.

Lo cual habría sido más sencillo.

No comprendía su universo.

Había visto conmigo tres películas y, después de la tercera, seguía intentando averiguar cuáles eran las reglas.

—Creo que empiezo a entenderlo —me había dicho una vez.

Me volví hacia él.

—¿De verdad?

—No.

Aquella había sido probablemente la respuesta correcta.

Su problema no era que ocurrieran cosas extrañas. Henry aceptaba perfectamente que ocurrieran cosas extrañas. Había trabajado en lugares donde la planificación de una obra podía depender de una estación de lluvias, una frontera cerrada o la aparición de una cabra dentro de una instalación.

Su problema era que en las películas de Almodóvar las personas parecían aceptar acontecimientos extraordinarios con una lógica emocional que él no podía introducir en ninguna hoja de cálculo mental.

Aun así las veía.

Preguntaba menos en cada película.

Eso podía considerarse progreso.

—Ocho —dijo Hanna.

—¿No tienes trabajo esta tarde?

—Sí.

—Pues deberías ir pensando en volver.

—Quiero saber cómo termina.

La novena nos costó más.

Había pruebas que parecían importantes hasta que intentabas formularlas. Aguantar una tarde de compras ya estaba cubierta. Ir a una boda no contaba porque las bodas eran sufrimiento compartido. Esperar en una peluquería nos pareció una imagen procedente de una revista de 1987.

Sophie propuso montar un mueble exactamente como quería tu pareja sin intentar mejorarlo.

Pensé en Henry.

Aquello sí era cruel.

Henry era capaz de seguir instrucciones.

Lo que no era capaz de hacer era seguir instrucciones cuando consideraba que las instrucciones eran técnicamente inferiores a una alternativa que acababa de ocurrírsele.

Recordé una pequeña estantería que habíamos comprado para el tercero.

Yo quería colocarla en un hueco determinado.

Henry había mirado la pared.

Después la estantería.

Después otra vez la pared.

Conocía esa mirada.

—No.

—No he dicho nada.

—Pero vas a hacerlo.

—Solo estaba pensando que si la desplazamos doce centímetros...

—Ahí.

—Claire, ganamos espacio útil si...

—Ahí.

Henry había respirado.

La había colocado exactamente donde yo quería.

Dos semanas después tuve que admitir que doce centímetros a la izquierda habría sido mejor.

Nunca se lo dije.

Hay límites incluso dentro de una relación basada en la confianza.

Nueve.

La décima fue recordar algo insignificante que tu pareja había dicho mucho tiempo atrás.

Esta vez no dije nada.

Pensé en un hotel en Francia.

En el baño había un espejo de aumento articulado, con luz alrededor. Una mañana había comentado que era fantástico. Nada más. No había dicho que quisiera uno. No había preguntado la marca. No había hecho una fotografía.

Dos meses después apareció uno en casa.

—¿Qué es esto?

Henry levantó la vista.

—Un espejo.

—Ya veo que es un espejo.

—Dijiste que te gustó el del hotel.

Yo no recordaba haber dicho que me gustara el del hotel.

Recordaba el hotel. Recordaba el desayuno. Recordaba una ducha con una presión extraordinaria sobre la que Henry había desarrollado una explicación innecesariamente larga.

No recordaba el espejo.

Henry sí.

Y no era la única vez.

Durante una cena con amigos había surgido, por razones que se han perdido para la historia, una conversación sobre mayonesa.

Yo había comentado que la que realmente me gustaba era la Kraft y que cada vez me costaba más encontrarla.

La conversación siguió.

Yo la olvidé.

Unas semanas después abrí la despensa y encontré un bote de mayonesa Kraft.

—¿Dónde has encontrado esto?

—En una tienda cerca de la universidad.

—¿Fuiste a buscarla?

—No. La vi.

Eso era mentira.

No necesariamente una mentira jurídica, pero sí sentimental.

Para ver una marca concreta de mayonesa que alguien había mencionado una vez durante una cena había que estar mirando.

Durante años había considerado romántico que un hombre apareciera con flores.

Las flores eran fáciles.

Existían tiendas dedicadas exclusivamente a venderlas a hombres que necesitaban parecer atentos.

La mayonesa Kraft requería haber escuchado.

No dije nada durante unos segundos.

Sophie fue la primera en romper el silencio.

—Diez.

—Sí.

Esta vez no discutí.

La undécima tardó en aparecer.

Quizá porque para entonces habíamos dejado de intentar inventar cosas divertidas.

Fue Hanna quien dijo que cuidar de alguien cuando estaba enfermo tenía que contar. No llevarle una taza de té y hacerse una fotografía para Instagram. Quedarse. Hacerse cargo. Estar cuando la otra persona no era especialmente agradable, atractiva ni agradecida.

Francia otra vez.