Capítulo 7
El hombre que superó las doce pruebas
Heracles, al que los romanos llamaron Hércules porque los romanos tenían la saludable costumbre de apropiarse de las cosas que les gustaban y cambiarles ligeramente el nombre, era hijo de Zeus y de Alcmena.
Esto ya suponía un problema.
Zeus tenía una relación bastante flexible con el concepto de fidelidad matrimonial y Hera, su esposa, una relación bastante menos flexible con las consecuencias.
Como era habitual en la mitología griega, Zeus salió razonablemente bien parado y la mayor parte de las consecuencias recayeron sobre otra persona.
En este caso, Hércules.
Hera lo persiguió durante buena parte de su vida y finalmente provocó un ataque de locura durante el cual Hércules mató a su mujer, Mégara, y a sus hijos.
Es una parte de la historia que las adaptaciones infantiles suelen tratar con cierta discreción.
Cuando recuperó la razón y comprendió lo que había hecho, Hércules buscó una forma de expiar su crimen. El oráculo de Delfos le ordenó ponerse al servicio del rey Euristeo.
Euristeo debió de ver inmediatamente una oportunidad.
No sé qué clase de relación laboral mantenían los reyes micénicos con sus empleados, pero el plan de desarrollo profesional que preparó para Hércules habría provocado algunas preguntas en Recursos Humanos.
En principio tenía que realizar diez trabajos imposibles.
Acabaron siendo doce porque Euristeo decidió que dos no contaban.
Esto me parece importante.
Incluso el hombre más fuerte de la mitología occidental tuvo problemas con los criterios de evaluación.
Primero llegó el león de Nemea, cuya piel no podía ser atravesada por las armas. Hércules resolvió el inconveniente estrangulándolo y después utilizó las propias garras del animal para quitarle la piel.
No era un hombre especialmente interesado en los procedimientos establecidos.
Después llegó la Hidra de Lerna, una criatura con varias cabezas y la desagradable costumbre de producir dos nuevas cada vez que le cortaban una.
Hércules necesitó la ayuda de su sobrino Yolao para cauterizar los cuellos.
Euristeo decidió posteriormente que aquella prueba no valía porque había recibido ayuda.
Primer recurso administrativo desestimado.
Después tuvo que capturar viva la cierva de Cerinea, extraordinariamente rápida y consagrada a Artemisa, y el jabalí de Erimanto, que al menos tenía la ventaja de poseer una sola cabeza.
El quinto trabajo consistió en limpiar los establos de Augías en un solo día.
Augías poseía una cantidad enorme de ganado y los establos llevaban años sin limpiarse. Hércules, que además de músculos tenía cierta capacidad para resolver problemas, desvió dos ríos para que el agua hiciera el trabajo.
Euristeo tampoco quiso contar aquel trabajo.
Según una versión, porque Hércules había pedido una recompensa.
Dos pruebas anuladas.
Ya tenemos doce.
Después se ocupó de las aves del Estínfalo, capturó el toro de Creta, robó las yeguas de Diomedes, que tenían la poco mediterránea costumbre de comer seres humanos, consiguió el cinturón de Hipólita, reina de las amazonas, y se llevó el ganado de Gerión, lo que exigió viajar hasta prácticamente el extremo occidental del mundo conocido.
Para el undécimo trabajo tuvo que conseguir las manzanas de oro de las Hespérides.
Y finalmente Euristeo decidió que todavía no había abusado suficientemente de su posición y le encargó bajar al reino de los muertos y traer a Cerbero, el perro de tres cabezas que vigilaba sus puertas.
Hércules bajó.
Lo capturó.
Lo llevó ante Euristeo.
Y, detalle que siempre me ha parecido importante, después lo devolvió.
Doce pruebas.
Un león invulnerable. Una hidra que se multiplicaba. Una cierva imposible de alcanzar. Un jabalí. Treinta años de mierda de vaca. Pájaros asesinos. Un toro. Yeguas antropófagas. Una reina amazona. Ganado robado. Manzanas de oro. Y un perro de tres cabezas sacado del infierno.
Después de aquello, Hércules quedó libre.
Durante aproximadamente tres mil años, aquello constituyó una referencia bastante razonable de lo que significaba superar una serie de pruebas extraordinariamente difíciles.
Hasta que Sophie dijo que el amor de verdad se demostraba acompañando a una mujer a IKEA un sábado por la mañana.
Estábamos comiendo las tres en un restaurante cerca de la oficina. Sophie había pedido vino porque era viernes y Hanna había aceptado porque, según ella, una semana laboral que incluía dos reuniones sobre reuniones justificaba legalmente el consumo de alcohol antes de las dos de la tarde.
Yo había pedido cerveza con gaseosa.
La proporción no era correcta.
Nunca lo era.
Existe una proporción exacta entre cerveza y gaseosa que permite obtener el resultado adecuado. Desconozco esa proporción en términos matemáticos porque el conocimiento me fue transmitido oralmente por los druidas.
Añadí un poco de cerveza de la botella y probé.
Demasiado.
Añadí gaseosa.
Sophie me observó durante unos segundos.
—¿Vas a hacer eso toda la comida?
—Ya está.
—Eso dijiste hace dos minutos.
Probé otra vez.
Ahora sí.
—¿Qué tiene que ver IKEA con el amor? —pregunté.
Sophie explicó que IKEA un sábado no era una tienda sino una prueba de resistencia psicológica.
Dos personas entraban convencidas de que necesitaban una lámpara y, dos horas después, estaban atrapadas entre cocinas de exposición, niños llorando, parejas discutiendo delante de un armario PAX y un carro que contenía seis velas, cuatro cojines, una planta de plástico y una estantería que ninguno recordaba haber decidido comprar.
Si después de aquello un hombre seguía queriendo compartir domicilio contigo, según Sophie, existían fundamentos razonables para confiar en la relación.
Hanna consideró que IKEA no era suficiente. Había hombres a los que les gustaba IKEA. Andrew, por ejemplo, podía pasar tres horas explicando que el diseño sueco había democratizado una determinada concepción escandinava del espacio doméstico.
Sophie la miró.
Yo también.
Hanna bebió vino.
—No significa que quiera ir a IKEA con Andrew. Significa que Andrew tendría una opinión sobre IKEA.
—Naturalmente —dije.
Hanna me señaló con el tenedor.
—No hagas eso.
No hice nada.
La conversación podría haber terminado allí.
No terminó allí.
Sophie sostuvo que la prueba definitiva era comprar ropa con una mujer cuando la mujer no buscaba nada concreto.
No entrar, comprar unos pantalones y salir.
Eso era logística. Hablaba de recorrer varias tiendas, probarse prendas, volver a la primera tienda porque quizá aquel vestido no estaba tan mal y, finalmente, pedir una opinión entre dos vestidos que para el hombre eran exactamente iguales.
—No son exactamente iguales —dije.
—Eso forma parte de la prueba.
—¿Y qué respuesta correcta hay?
—Ninguna. Tiene que sobrevivir.
Hanna dijo que eso era una trampa.
Sophie respondió que, por supuesto, era una trampa; estábamos hablando del amor, no de un procedimiento judicial.
Fue entonces cuando pensé en Hércules.
No inmediatamente en los doce trabajos. Primero pensé en los establos de Augías. Después en Cerbero. Y finalmente comprendí que existía una tradición cultural perfectamente respetable para someter a un hombre a una serie de dificultades crecientes y sacar conclusiones de su comportamiento.
—Necesitamos doce —dije.
Sophie dejó la copa.
—Oh, Dios.
—¿Doce qué? —preguntó Hanna.
—Doce pruebas. Como los trabajos de Hércules.
Sophie me conocía demasiado bien.
—Claire, no vamos a hacer una lista.
—No he dicho que vayamos a hacer una lista.
—Has puesto esa cara.
—¿Qué cara?
—La de Excel.
No existe una cara de Excel.
Naturalmente.
La primera fue IKEA.
La segunda, comprar ropa.
La tercera apareció cuando Sophie dijo que un hombre enamorado debía ser capaz de ver contigo una película que te emocionara aunque él no entendiera por qué nadie se comportaba de forma razonable.
—Los puentes de Madison —dijo Hanna.
Me quedé callada.
Henry tenía problemas con Los puentes de Madison.
No con la fotografía, que le parecía magnífica. Ni con Meryl Streep, a la que consideraba extraordinaria. Ni siquiera con Clint Eastwood.
Su problema era que, según él, una conversación de aproximadamente quince minutos habría mejorado considerablemente la vida de todos los implicados.
La habíamos visto unos meses antes.
Yo había llorado.
No mucho.
Lo suficiente.
Meryl Streep estaba dentro de una camioneta. Clint Eastwood estaba bajo la lluvia. Una mano permanecía sobre la manilla de una puerta mientras se decidía el destino de varias vidas.
Henry estaba inmóvil a mi lado.
Aparecieron los títulos de crédito.
Yo seguí mirando la pantalla durante unos segundos porque algunas películas necesitan un pequeño periodo de recuperación antes de volver a un mundo en el que hay que poner el lavavajillas.
Henry me rodeaba con un brazo.
—No digas nada.
—No he dicho nada.
—Pero vas a hacerlo.
Lo pensó.
—Solo creo que quizá habría sido útil que mantuvieran una conversación un poco más explícita sobre lo que querían hacer.
Cerré los ojos.
—Henry.
—Son adultos, Claire.
—Acaba de renunciar al amor de su vida.
—Precisamente. Parece una situación en la que convendría disponer de toda la información.
Había visto la película entera. No había mirado el teléfono. Me había abrazado cuando yo no estaba llorando y, durante casi dos horas, había mantenido sus objeciones dentro de su cabeza.
Casi.
—Esa ya la ha superado —dije.
Sophie sonrió.
—¿Ves?
—Con reservas.
—No hay reservas.
—Intentó resolver Los puentes de Madison mediante una reunión.
—Pero esperó a los créditos.
Tuve que concederle eso.
La cuarta prueba fue la farmacia.
No recuerdo quién la propuso. Probablemente Hanna, que tenía una imaginación bastante más cruel de lo que sugería su aspecto.
La idea consistía en mandar a tu pareja a comprar algo que tradicionalmente produjera en un hombre adulto una inexplicable regresión a los trece años: compresas, tampones, lubricante vaginal, crema para las hemorroides. Cuanto más larga y heterogénea fuera la lista, mayor valor probatorio.