Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

La otra parecía describir un proyecto electrónico que incluía una Raspberry Pi, tres interrogantes y una frase escrita en mayúsculas:

RICHARD: NO CAMBIAR ESTO.

Había una pequeña nevera.

Por supuesto que había una pequeña nevera.

—¿De dónde ha salido la nevera?

—Universidad —dijo Henry.

—No quiero saberlo.

—La iban a retirar.

—He dicho que no quiero saberlo.

En la televisión estaba puesto un partido sin sonido.

Andrew estaba sentado en el sofá con una copa.

Richard estaba junto a la vinoteca actualizando la pizarra.

Sam estaba en el simulador con auriculares.

Martin y Paolo discutían sobre dónde colocar el sillón.

El resultado era objetivamente espantoso.

Nada combinaba con nada.

Había un ordenador de los años setenta junto a un globo-bar que aspiraba a parecer del siglo XIX, un motor de motocicleta, una televisión de sesenta y cinco pulgadas, una vinoteca climatizada y un humidor que habría preocupado a las autoridades sanitarias.

Me senté en el sillón nuevo.

Era comodísimo.

Aquello complicaba considerablemente mi posición.

—¿Qué te parece? —preguntó Henry.

Lo miré.

—¿Qué me parece qué?

Henry hizo un gesto alrededor.

—Esto.

—Henry, ¿habéis fundado un club?

—No.

Richard levantó la vista de la lista de vinos.

Andrew bebió.

Martin estaba colocando el sillón.

Paolo abrió el globo y se sirvió una cantidad pequeña de grappa.

En la televisión veintidós hombres corrían detrás de un balón.

—Tenéis sillones, whisky, puros, vino y fútbol.

—También tenemos el PDP —dijo Henry.

—Eso no mejora tu defensa.

Paolo levantó el vaso.

—Club.

Henry cerró los ojos.

—No le hagas caso.

—Club —repitió Paolo, encantado—. Whisky. Cigar. Football.

Miré a Henry.

—La defensa llama a su primer testigo.

Andrew intervino.

—En realidad, si quieres ser estricta, para que exista un club tendría que haber algún tipo de estructura, criterios de pertenencia, quizá unas normas mínimas...

Richard señaló la puerta.

—Hay un escudo.

Me giré.

No lo había visto.

El dibujo de Emily y Lucy estaba enmarcado.

Enmarcado.

Henry había pagado dinero para enmarcarlo.

Los dos leones seguían siendo bastante discutibles. La rueda dentada ocupaba un cuadrante. El balón otro. En el tercero había una copa. Lucy había decidido finalmente que el cuarto necesitaba un cigarro, aunque Emily lo había convertido en algo que podía pasar por una antorcha.

Debajo habían escrito:

THE FOURTH FLOOR CLUB

Y, en una cinta, el lema corregido por Emily.

IF IT DOESN'T WORK, TAKE IT APART.

Me quedé mirándolo.

—Habéis enmarcado el escudo.

—Lo hicieron ellas —dijo Henry.

—Eso no explica el marco.

—Les gustó.

—Henry.

—Quedaba bien.

Miré alrededor.

De alguna manera, quedaba bien.

Eso era lo peor.

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Lo llamé Centaur Club aquella misma noche.

No sé exactamente por qué.

Quizá porque necesitaba un nombre que reflejara adecuadamente la mezcla de club de caballeros, taller mecánico, laboratorio universitario y refugio para hombres adultos que se negaban a tirar cables.

—No se llama Centaur Club —dijo Henry.

—Ahora sí.

—Ya tiene nombre.

—The Fourth Floor Club parece el nombre de una sala de reuniones.

—Lo eligieron Emily y Lucy.

—Ellas diseñaron el escudo. Eso les concede autoridad heráldica, no derechos de denominación.

Andrew dijo que Centaur tenía cierta resonancia clásica.

Richard le preguntó si sabía realmente qué era un centauro.

Andrew se mostró ofendido.

Paolo dijo:

—Centauro.

Y sonrió.

Quedó decidido.

Nadie votó.

No había socios.

No había estatutos.

No había cuotas.

No había horario.

El Centaur Club existía.

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Descubrí después que tenía una economía interna.

Richard aportaba vino y, ocasionalmente, whisky demasiado caro.

Martin se ocupaba de los puros.

Paolo traía grappa, vino italiano y, una vez, una botella sin etiqueta que nadie excepto él quiso probar.

Henry aportaba el local, arreglaba todo lo que se rompía y parecía ser el responsable involuntario de que la gente siguiera apareciendo.

Andrew consumía recursos.

—¿Qué aporta Andrew? —pregunté una noche.

Henry pensó.

—Conversación.

—Andrew consume whisky y aporta opiniones.

—También.

—Es el modelo de negocio más Andrew que he oído en mi vida.

Andrew, que estaba lo bastante cerca para escucharme, dijo que su contribución era intelectual.

Richard le recordó el Barolo.

Andrew respondió que no pensaba aceptar durante el resto de su vida una condena social por haber bebido una botella de vino.

—Era 2016 —dijo Richard.

—Lo sé. Lo pone en la pizarra como si hubiera muerto alguien.

La bodega se convirtió en una cuestión sorprendentemente seria.

Richard actualizaba el inventario.

Había fechas.

Había recomendaciones.

Había una columna de observaciones.

Paolo examinaba las botellas italianas y, en general, desaprobaba.

Una noche sacó un Barolo, leyó la etiqueta y negó con la cabeza.

—No.

—¿Qué le pasa? —pregunté.

Paolo volvió a mirar la botella.

—Too young.

La devolvió con cuidado.

Después señaló a Andrew.

—He drinks Coca-Cola.

Andrew pareció profundamente ofendido.

No supe si Paolo acababa de emitir una opinión sobre sus conocimientos enológicos o sobre su carácter.

Sospeché que ambas.

✦   ✦   ✦

El Centaur desarrolló también horarios sin tener horarios.

Los jueves eran especialmente peligrosos.

Nadie había decidido que los jueves fueran jueves de club.

Simplemente, los jueves por la noche había siempre alguien arriba.

A veces Richard.

A veces Martin.

Paolo aparecía con frecuencia después de cenar.

Andrew aparecía con una frecuencia todavía mayor pese a que nadie recordaba haberlo invitado.

Algún compañero de la universidad de Henry pasó una noche.

Otro día apareció David para ver cómo iba el motor Triumph y terminó quedándose tres horas.

No era exclusivamente masculino.

Eso conviene aclararlo.

Yo podía subir cuando quisiera.

Maggie subía.

Sophie estuvo una vez y declaró que era «el sitio más ridículo y acogedor que había visto en años».

Emily y Lucy eran, según Henry, miembros fundadoras.

Tenían acceso ilimitado durante el día y prohibido cuando había puros.

Lucy consideraba aquello una vulneración intolerable de sus derechos.

—Pero yo hice el león.

—Precisamente por eso tienes privilegios especiales —le explicó Henry—. Pero no puedes estar cuando fumamos.

—Entonces no es mi club.

—Es una objeción jurídicamente sólida —dije.

Henry me miró.

—No la ayudes.

Emily, más pragmática, negoció el derecho a elegir una película una tarde al mes.

Fue aprobado.

No sé por quién.

✦   ✦   ✦

Al principio subía bastante.

Era difícil resistirse.

Había algo agradable en sentarse en uno de aquellos sillones con una copa mientras Henry y Richard discutían sobre el motor.

No entendía casi nada.

Eso también era agradable.

En el trabajo pasaba el día entendiendo cosas, tomando decisiones, leyendo documentos y tratando con personas que esperaban que tuviera una opinión razonable.

Arriba podía escuchar durante veinte minutos una discusión sobre carburadores sin que nadie esperara absolutamente nada de mí.

Una noche había fútbol.

Arsenal.

Naturalmente.

Me senté con una copa de vino.

Henry me miró.

—No tienes que verlo.

—Estoy perfectamente.

—Es Arsenal.

—Lo sé.

—Tu familia podría considerarlo una traición.

—Estoy infiltrada.

Sam, que estaba sentado en el suelo, dijo que como aficionada del Tottenham no podía considerarse infiltración porque nadie del Arsenal confiaría en mí.

Henry estuvo de acuerdo.

Le recordé que Sam era del West Ham y que, por tanto, su autoridad moral era limitada.

No resolvimos la cuestión.

El Arsenal marcó.

Henry y Martin gritaron.