Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

El Centaur Club

El primer indicio de que estaba ocurriendo algo en el cuarto piso llegó un miércoles por la tarde.

Emily y Lucy estaban sentadas en la mesa del comedor dibujando.

Aquello, por sí mismo, no tenía nada de inquietante.

Lucy dibujaba con la concentración de una persona encargada de decorar la Capilla Sixtina y aproximadamente el mismo respeto por los límites de la superficie disponible.

Emily, en cambio, utilizaba regla, lápiz y goma y llevaba varios minutos intentando conseguir que dos animales fueran simétricos.

Yo estaba trabajando.

O intentándolo.

—Tía Claire, ¿cómo se dibuja un león?

Levanté la vista.

—Mal, normalmente.

Lucy me enseñó su papel.

Había dibujado una criatura amarilla con cuatro patas, una corona y algo que parecía una espada.

—Es un león.

—Ahora que lo dices resulta evidente.

—Necesitamos dos —dijo Emily.

Ella tenía delante un diseño bastante más sofisticado. Dos leones flanqueaban una especie de escudo dividido en cuatro partes. En una había una rueda dentada. En otra, algo parecido a una copa. La tercera contenía un balón. La cuarta estaba todavía vacía.

—¿Para qué necesitáis un escudo?

—Para el club —dijo Lucy.

Seguí mirando el portátil.

—Muy bien.

—Tiene que tener un lema —añadió Emily—. Uncle Henry dice que todos los escudos buenos tienen un lema.

—Preguntadle a Henry.

—Ya le hemos preguntado.

Eso hizo que volviera a levantar la vista.

—¿Y qué ha dicho?

Emily puso los ojos en blanco.

—Que «si no funciona, desmontarlo» no queda bien en latín.

Me pareció una objeción razonable.

—Andrew ha propuesto uno —dijo Lucy.

Aquello era más preocupante.

—¿Cuál?

Emily leyó una hoja.

—«Fortitudine, ingenio et spiritu.»

No tenía la menor idea de si aquello significaba algo.

—Andrew dice que significa «con valor, ingenio y espíritu».

—¿Y significa eso?

—No exactamente. Lo he buscado.

Naturalmente.

—¿Qué club es?

Lucy contestó antes que Emily.

—El de arriba.

Eso no aclaró nada.

Henry llevaba meses utilizando el cuarto para desmontar motores, resucitar ordenadores, reparar electrodomésticos y construir con los niños cosas que en otras familias probablemente requerían permiso municipal.

Que ahora hubiera inventado un club con las niñas no figuraba entre las diez cosas más preocupantes que podían estar ocurriendo allí.

Volví al trabajo.

Ese fue mi error.

✦   ✦   ✦

El segundo indicio llegó el viernes.

Richard vino a cenar.

Después de comer, él y Henry subieron al cuarto porque, según dijeron, necesitaban comprobar «una cosa» en el PDP-11.

Ya conocía aquella expresión.

A las once seguían arriba.

Yo estaba leyendo cuando Henry bajó.

—¿Tenemos algún rotulador que escriba sobre plástico?

—Probablemente. ¿Por qué?

—Richard quiere etiquetar unas cosas.

—¿Qué cosas?

Henry hizo una pausa.

—Botellas.

Cerré el libro.

—¿Qué botellas?

—Vino.

—¿Por qué hay vino arriba?

—Porque Richard ha traído una pequeña vinoteca.

Lo miré.

Henry parecía considerar que acababa de pronunciar una frase completamente normal.

—¿Richard ha traído una vinoteca a tu taller?

—No es exactamente un taller.

Aquello era nuevo.

—¿Qué es exactamente?

—El cuarto.

—Eso tampoco es exactamente una respuesta.

Henry abrió un cajón, encontró el rotulador y lo probó sobre un trozo de papel.

—Richard tenía la vinoteca en el garaje. No la utilizaba. Aquí hay sitio.

—¿Cuántas botellas caben?

—No sé. Cincuenta, quizá.

—Henry.

—No está llena.

Eso parecía tranquilizarlo.

A mí no.

Subí con él.

La vinoteca estaba en una esquina donde anteriormente había habido una caja de piezas de bicicleta.

Era negra, de cristal, discreta y alarmantemente profesional.

Dentro había unas treinta botellas.

Al lado, Richard había colocado una pizarra pequeña.

VINO — NO TOCAR SIN APUNTAR.

Debajo había una lista.

Rioja. Barolo. Bordeaux. Brunello. Añadas. Número de botellas. Una columna titulada BEBER.

Me acerqué.

—¿Tenéis una lista de añadas?

Richard pareció sorprendido por la pregunta.

—Si vamos a guardar vino aquí, tiene sentido saber qué hay y cuándo conviene abrirlo.

—¿«Vamos»?

Richard miró a Henry.

Henry miró la vinoteca.

Ninguno respondió.

Había una línea escrita en mayúsculas.

BAROLO 2016 — NO AbrIR.

—¿Por qué eso está en mayúsculas?

Richard suspiró.

—Andrew.

No necesité más información.

—Lo abrió el fin de semana pasado —explicó Henry—. Pensó que era una botella cualquiera.

—Era una botella de vino —dijo Andrew desde el sofá.

No había reparado en que estaba allí.

Eso también empezaba a ser preocupante.

—Su función última es ser bebida —continuó—. Me parece un poco absurdo convertir una bebida en un plan de pensiones.

Richard lo miró.

—En 2029.

—Esa es una visión excesivamente determinista del vino.

Me fui.

No porque no tuviera nada que decir.

Porque tenía demasiado.

✦   ✦   ✦

El tercer indicio fue un humidor.

Lo descubrí el martes siguiente.

Esta vez no subí.

Henry bajó con un puro.

—¿Desde cuándo tienes puros arriba?

—Siempre he tenido puros.

—Tienes algunos puros.

—Sí.

—Eso que llevas no parece uno de los tuyos.

Henry lo miró.

—Es de Martin.

—¿Martin guarda puros en tu piso?

—Algunos.

—¿Cuántos son algunos?

Henry cometió el error de pensar.

—No sé.

Subí.

El humidor estaba sobre una cómoda que tampoco recordaba haber visto antes.

No era una caja.

Era un mueble.

Madera oscura, puertas de cristal, bandejas de cedro, higrómetro y varias filas de puros cuidadosamente ordenados.

Abrí una puerta.

—Henry.

—¿Qué?

—Pensaba que fumabas algún puro de vez en cuando.

—Sí.

—Aquí hay suficientes para negociar un tratado comercial con Cuba.

Henry miró dentro como si fuera la primera vez que calculaba el volumen.

—No todos son míos.

—Están en tu piso.

—Martin trajo bastantes. Richard tiene algunos. Creo que Paolo también ha dejado una caja.

Aquello parecía haberse convertido en el principio jurídico fundamental del cuarto.

Nada era de Henry.

Simplemente todo estaba en su propiedad.

—¿Y esto de dónde ha salido?

—Martin conocía a alguien que cerraba una tienda.

Naturalmente.

La gente tiraba cosas estupendas.

La gente cerraba tiendas estupendas.

La gente vaciaba garajes estupendos.

Y todas las rutas comerciales del sur de Inglaterra parecían terminar en el cuarto piso.

✦   ✦   ✦

El globo terráqueo apareció sin que nadie me informara.

Eso fue quizá lo más ofensivo.

Subí un jueves a buscar a Henry porque llevábamos veinte minutos esperando para cenar.

En una esquina había un globo.

Grande.

De madera.

Con patas.

Me acerqué.

No porque sospechara nada.

Porque era un globo.

Lo abrí.

Contenía whisky.

Lo cerré.

Lo volví a abrir.

Seguía conteniendo whisky.

No sé exactamente qué esperaba que hubiera ocurrido entre ambas operaciones.

Había whisky escocés, bourbon, coñac, ron y una botella de grappa.

—¿Qué haces? —preguntó Henry.

—Intento comprender en qué momento un mapa del mundo se convirtió en un sistema de almacenamiento de alcohol.

—Lo encontró Richard.

—¿Dónde?

—En una tienda de segunda mano.

—¿Y decidió inmediatamente que necesitabas uno?

—No. Decidió que aquí quedaría bien.

Miré alrededor.

Eso me obligó a reconocer algo.

Quedaba bien.

No en el sentido convencional.

Nada de aquello tenía sentido convencional.

Pero el globo, junto al sofá viejo, la lámpara reparada de la señora Jenkins, la televisión de sesenta y cinco pulgadas y las estanterías llenas de libros y piezas, aportaba una coherencia nueva y profundamente sospechosa.

—¿Por qué hay una botella de grappa?

—Paolo.

—¿Y por qué Paolo guarda grappa aquí?

Henry me miró.

—Porque la bebe aquí.

—¿Cuándo bebe Paolo aquí?

—A veces viene.

—¿A qué?

Henry tardó demasiado.

—A estar.

Aquello no era una respuesta.

Era una confesión.

✦   ✦   ✦

La revelación definitiva ocurrió dos semanas después.

Llegué a casa algo más tarde de lo habitual.

En el primer piso escuché voces.

En el segundo encontré un sillón.

No es una frase que utilice habitualmente.

El sillón ocupaba aproximadamente el setenta por ciento del rellano. Era de cuero oscuro, enorme, con brazos redondeados y el aspecto de haber pertenecido a un hombre que decía «el Imperio» sin especificar cuál.

Detrás sobresalía la cabeza de Martin.

—Hola, Claire.

Debajo del sillón apareció otra voz.

—Ciao, Claire.

Paolo.

Me quedé quieta.

—¿Qué hacéis?

Martin respiró.

—Subiendo esto.

Era difícil discutir aquella respuesta.

—Ya veo que lo estáis subiendo. ¿Por qué?

—Henry dijo que cabía.

Miré hacia arriba.

No pregunté adónde iba.

A veces una dispone de toda la información necesaria.

Entonces vi algo pegado a uno de los laterales del sillón.

Un papel.

Dos leones.

Una rueda dentada.

Una copa.

Un balón.

El escudo.

Las niñas.

La vinoteca.

El humidor.

El globo.

El sillón.

Me detuve en mitad de la escalera.

Oh, Dios mío.

Habían fundado un club.

✦   ✦   ✦

Subí detrás de ellos.

No fue sencillo.

El sillón se atascó en el último giro.

Paolo dijo varias cosas en italiano.

Martin respondió en inglés.

Ninguno parecía comprender al otro y, sin embargo, el sillón avanzaba.

Henry apareció arriba.

Habló con Paolo.

El sillón giró.

Entró.

—¿Qué le has dicho? —preguntó Martin.

—Que lo inclinaras hacia tu izquierda.

—Llevo cinco minutos diciéndole eso.

—Se lo estabas diciendo en inglés.

—Sabe inglés.

Paolo apareció detrás.

—Little.

Sonrió.

Eso zanjó la cuestión.

Entré.

Y vi el cuarto.

No había estado allí durante quizá dos semanas.

Dos semanas eran suficientes.

Aquello ya no era el taller del capítulo anterior de nuestras vidas.

Seguía estando el PDP-11.

Seguía el motor Triumph, ahora sobre un soporte y bastante más limpio.

Seguían las herramientas.

Seguían las cajas de cables.

Pero alguien había reorganizado el espacio.

El sofá viejo estaba frente a la televisión.

Había un sillón de cuero junto a él y Martin y Paolo acababan de aportar el segundo.

Una mesa baja ocupaba el centro.

La lámpara de la señora Jenkins proporcionaba una luz sorprendentemente agradable.

El globo-bar estaba abierto.

La vinoteca emitía un discreto zumbido en una esquina.

El humidor ocupaba otra.

En la pared había dos pizarras.

Una contenía un esquema del motor con flechas, medidas y anotaciones.