Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Que habían cocinado algo incomible y terminado pidiendo comida.

Que ella cantaba mal una canción y se negaba a reconocerlo.

Que habían pasado una tarde entera discutiendo qué hacer en vacaciones y finalmente no habían reservado nada.

Pequeñas cosas.

Las peores.

Me levanté.

Fui a la cocina.

Bebí agua.

Volví.

No debería haber vuelto.

Naturalmente.

✦   ✦   ✦

El sábado sentí celos de una mujer muerta.

No estoy orgullosa.

Tampoco estoy segura de que «celos» fuera exactamente la palabra.

Catherine no podía quitarme a Henry.

No competía conmigo.

No había nada que ganar.

El problema era mucho más irracional.

Había tenido cosas que yo consideraba mías.

Florencia.

Henry había vivido allí con ella durante una época.

Yo sabía eso.

Saberlo era distinto de leer que un martes habían encontrado una trattoria diminuta, que Catherine había pedido un plato que no entendía y que Henry había terminado comiéndose la mitad.

Habían tenido domingos.

Habían tenido supermercados.

Habían tenido trenes.

Habían tenido amigos que yo ahora conocía.

Habían tenido a la madre de Henry preguntando si iban a ir a comer.

Habían tenido a Maggie.

A Richard.

A Andrew.

La casa del campo.

La barbacoa.

Incluso el maldito baño provisional.

Catherine había estado allí.

Había ayudado a pintar el salón de verde.

Yo había oído la historia hacía una semana.

Ahora tenía la versión de Henry escrita años antes.

El color era realmente horrible.

Eso me tranquilizó un poco.

Después me sentí culpable por sentirme tranquilizada.

Catherine había conocido a Henry antes que yo.

Ese era, objetivamente, su único delito.

Y además había tenido la mala educación de ser feliz con él.

Cerré la Moleskine.

La dejé encima de la mesa.

Bajé al tercero.

Henry me escribió una hora después.

«¿Cómo va el sábado?»

Miré el mensaje.

Podría haber contestado:

«Muy bien. He pasado la mañana invadiendo tu intimidad y sintiendo celos de tu esposa muerta.»

Escribí:

«Tranquilo. ¿Y tú?»

Me envió una fotografía de una instalación de bombeo.

No supe qué responder.

Puse:

«Muy bonita.»

Henry contestó:

«No lo es.»

«Entonces no sé qué esperas de mí.»

Me llamó.

Hablamos veinte minutos.

Me contó que habían tenido un problema con una válvula, que al día siguiente tenían que desplazarse a otro sitio y que uno de los ingenieros locales era extraordinariamente bueno pero llevaba dos días intentando convencer a todo el mundo de una solución que nadie quería escuchar.

Yo le conté que había comprado tomates.

No fue mi mejor conversación.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Perfectamente.

Hubo una pausa.

Odiaba sus pausas.

—Claire.

—No me analices.

—Solo he preguntado si estás bien.

—Y yo he contestado.

—Perfectamente.

—Exacto.

—Naturalmente.

El muy cabrón.

✦   ✦   ✦

El lunes vi a Andrew otra vez.

Estaba en la cafetería con Hanna.

No me habían dicho que fueran a verse.

Eso no significaba nada.

La cafetería era pública.

La Oficina de Patentes era grande.

Londres era una ciudad de casi nueve millones de habitantes.

Las probabilidades de que dos personas se encontraran casualmente varias veces eran pequeñas, pero no inexistentes.

Me acerqué.

Hanna tenía café.

Andrew también.

Sobre la mesa había un documento.

—¿Interrumpo?

—Sí —dijo Hanna.

Andrew dijo:

—No.

Se miraron.

Interesante.

Andrew explicó que había vuelto porque necesitaba hablar con alguien sobre una cuestión relacionada con su trabajo.

Hanna añadió que había acabado preguntándole a ella porque la persona con la que debía hablar no estaba.

—Y le estoy explicando que su interpretación es incorrecta.

—No he dicho que sea incorrecta —dijo Andrew—. He dicho que existe otra lectura.

—La lectura equivocada.

—Eso es una opinión.

—No. Es derecho.

Andrew sonrió.

Hanna no.

O eso pretendía.

Me senté.

Durante diez minutos discutieron sobre algo que no tenía ningún interés para mí.

Andrew estaba sorprendentemente bien informado.

Hanna estaba disfrutando demasiado corrigiéndolo.

Cuando me levanté para volver a mi mesa, ninguno de los dos se levantó.

Aquello tampoco significaba nada.

Naturalmente.

✦   ✦   ✦

Esa noche volví a subir.

No necesitaba cargador.

Había comprado uno.

Podría afirmar que fui porque quería devolver la Moleskine a su sitio.

Eso sería técnicamente cierto.

También sería una mentira.

La devolví.

Después miré 2025.

No lo toqué.

Me fui.

Llegué hasta la puerta.

Volví.

Lo saqué.

Había una diferencia entre leer sobre Catherine y leer sobre mí.

Una diferencia moral.

No conseguí identificar cuál.

Abrí el cuaderno.

Las primeras páginas eran anteriores a mí.

Trabajo.

Universidad.

Una conferencia.

Un problema con una tubería en un edificio.

Sarah.

Cerré un poco los ojos al leer el nombre.

Sarah.

La muy cabrona.

Seguí.

Y entonces aparecí.

No como Claire.

Como «la vecina del tercero».

La primera anotación era decepcionante.

«La vecina del tercero ha vuelto a quejarse del ruido. Tiene razón.»

Eso era todo.

Pasé página.

Nada.

Otra.

Nada.

Después:

«Me he encontrado con Claire en la escalera. Se llama Claire.»

Me quedé mirando la frase.

Era ridícula.

Había leído declaraciones de amor menos íntimas.

Seguí.

Henry escribía poco.

Eso lo hacía peor.

No había grandes reflexiones.

Había observaciones.

«Café con Claire. Dice que no cree en las señales y después ha dedicado diez minutos a explicarme por qué una conversación de Tinder era una señal.»

Tuve que sonreír.

No recordaba aquello.

«Cena con Claire. Creo que era una cena. Podría no haber sido una cena. Con Claire nunca estoy seguro de qué está ocurriendo hasta aproximadamente dos semanas después.»

Cerré el cuaderno.

Lo abrí otra vez.

«Me ha hablado de otro hombre. Daniel. Parece agradable. No sé por qué me habla de estas cosas.»

Pasé página demasiado rápido.

«Sarah dice que probablemente intenta ponerme celoso. Sarah tiene una confianza preocupante en que las personas saben lo que están haciendo.»

La muy cabrona.

Seguí.

A medida que avanzaba reconocía momentos.

No todos.

Algunos habían sido importantes para mí.

Otros no.

Y algunos que yo había considerado completamente insignificantes parecían haberlo sido para Henry.

Una conversación en la escalera.

Un café.

Una tarde en la que le había llevado algo de comida porque estaba trabajando.

Una vez que me encontró sentada en los escalones y me preguntó qué ocurría.

Yo había construido durante meses una teoría completa sobre Henry.

Mientras tanto Henry había construido otra sobre mí.

Era mucho menos sofisticada.

Básicamente consistía en que le gustaba y no tenía la menor idea de qué hacer.

Eso me resultó profundamente enternecedor.

Y también un poco ofensivo.

No me consideraba tan difícil de interpretar.

El cuaderno aportaba abundante evidencia en sentido contrario.

✦   ✦   ✦

El martes Hanna anunció que Andrew era un fantasma.

No «fantasmón».

Fantasma.

La precisión me interesó.

—¿Qué ha hecho?

—Nada. Ese es el problema. Ayer estuvo aquí dos horas, me escribió por la noche para mandarme un artículo sobre lo que estábamos hablando y hoy no ha contestado a un mensaje.

—¿Cuándo se lo has enviado?

Hanna miró el reloj.

—Hace una hora y media.

—Quizá trabaja.

—Claire, por favor.

Aquella frase me produjo una sensación extraña.

No porque Hanna estuviera preocupada.

Porque yo conocía el mecanismo.

—Pensaba que no lo soportabas.

—No lo soporto.

—Claro.

—Es agotador. Tiene que tener la última palabra sobre todo, utiliza expresiones que nadie utiliza fuera de LinkedIn y ayer intentó explicarme una cosa sobre mi propio trabajo.

—Terrible.

—Exactamente.

—¿Qué artículo te mandó?

Hanna tardó medio segundo demasiado en contestar.

—Uno interesante.

Ah.

Ahí estaba.

No dije nada.

Todavía.

✦   ✦   ✦

Aquella noche llegué a una página de la Moleskine y dejé de respirar durante unos segundos.

No porque fuera dramática.

Precisamente porque no lo era.

Henry había escrito:

«Creo que me estoy enamorando de Claire.»

Debajo había otra frase.

«No tengo ni idea de qué hacer con esto.»

Eso era todo.

Dos líneas.

Me senté en el suelo.

Durante meses yo había estado buscando al señor Darcy.

Había hecho listas.

Había deslizado fotografías.

Había analizado mensajes.

Había salido con hombres.

Había discutido con Sophie.

Había intentado determinar si Henry cumplía requisitos que yo misma cambiaba según el día.

Y arriba, a unos metros de mi techo, Henry había escrito aquello.

No tengo ni idea de qué hacer con esto.

Seguí leyendo.

No mucho.

Lo suficiente.

Henry tenía miedo.