Capítulo 5
El hombre que se marchó
Henry se marchó un lunes por la mañana.
No para siempre.
Eso conviene aclararlo.
Se marchó doce días.
Doce días no son nada cuando una tiene treinta y seis años, un trabajo, amigas, familia, una cuenta de Netflix y la capacidad perfectamente desarrollada de dormir sola.
De hecho, durante las primeras horas me pareció una idea excelente.
Henry llevaba semanas preparando el viaje.
Una universidad y una organización con la que había trabajado años atrás estaban colaborando en un proyecto de abastecimiento de agua y saneamiento, y necesitaban que pasara unos días sobre el terreno revisando unas instalaciones, hablando con ingenieros locales y haciendo todas esas cosas que Henry explicaba con frases aparentemente sencillas hasta que aparecían palabras como caudal, presión, bombeo o resiliencia y yo dejaba de comprender exactamente qué hacía.
Lo importante era que se iba.
El domingo por la noche dejó la maleta abierta sobre la cama.
Naturalmente.
Yo la cerré tres veces.
Él la volvió a abrir cuatro.
—Si sigues metiendo cosas después de cerrar la maleta, el concepto de cerrar la maleta pierde bastante sentido.
Henry estaba arrodillado junto a ella buscando un adaptador.
—Todavía no he terminado.
—Llevas preparando esto desde el jueves.
—He ido poniendo cosas cerca de la maleta desde el jueves. No es lo mismo.
No lo era.
Henry tenía una relación con el equipaje parecida a la que tenía con los proyectos: consideraba que estar aproximadamente cerca de terminar constituía una fase legítima y potencialmente indefinida.
Encontró el adaptador.
Estaba encima de la cómoda.
Lo había dejado allí él mismo.
No hice ningún comentario.
Estaba creciendo como persona.
A la mañana siguiente lo acompañé hasta la puerta.
Me besó, me recordó que llegaría tarde al hotel y que probablemente me escribiría al aterrizar, volvió a entrar porque había olvidado las gafas de sol y salió de nuevo.
Treinta segundos después regresó por el pasaporte.
—Esto empieza a parecer una prueba —dije.
—Lo tenía controlado.
—Naturalmente.
Henry me miró.
—Eso es mío ahora.
—No.
Me besó otra vez y se fue.
Escuché sus pasos por la escalera.
Después, silencio.
Entré en el piso.
Había vivido sola durante años.
No era una situación nueva.
Sin embargo, desde que Henry se había mudado, el silencio había cambiado.
Antes era simplemente silencio.
Ahora era ausencia de ruido.
No era lo mismo.
Me preparé otro café.
Puse la taza exactamente donde quise.
Dejé el baño como estaba.
No había zapatos junto al sofá.
Nadie había depositado unas llaves en una superficie elegida al azar.
Aquello tenía posibilidades.
✦ ✦ ✦
La primera noche dormí maravillosamente.
Ocupé toda la cama.
No porque necesitara toda la cama.
Porque podía.
Me tumbé en diagonal durante unos minutos por puro ejercicio de soberanía territorial.
Después cené una ensalada y un trozo de queso sin que nadie sugiriera que aquello no era una cena.
Vi una película que Henry habría calificado de «perfectamente previsible» aproximadamente a los nueve minutos.
No tuve que defenderla.
A las once me escribió.
Había llegado.
Me mandó una fotografía desde la ventana del hotel.
Le contesté con una fotografía de la cama.
«Mira cuánto sitio.»
Respondió:
«Sabía que esto era lo que querías desde el principio.»
Le envié un corazón.
Después añadí:
«Y he encontrado las llaves a la primera.»
No respondió durante cuatro minutos.
«Cruel.»
Sonreí.
Lo echaba de menos.
Una cantidad razonable.
Nada preocupante.
El martes fue incluso mejor.
Trabajé, comí con Hanna, volví a casa, hice exactamente lo que me apetecía y descubrí que podía utilizar el cuarto de baño sin encontrar una camiseta de Henry colgada de la puerta.
El miércoles empecé a pensar que quizá la convivencia estaba sobrevalorada.
No Henry.
La convivencia.
Eran cosas diferentes.
Naturalmente.
✦ ✦ ✦
Andrew apareció en la Oficina de Patentes el jueves.
No estaba previsto.
Al menos no por mí.
Me llamó a las once y veinte para decirme que estaba «por la zona» y preguntarme si podía tomar un café.
La zona, descubrí después, significaba aproximadamente cuatro kilómetros.
Andrew había empezado hacía poco otro de sus trabajos temporales, esta vez en un organismo público relacionado de manera suficientemente vaga con innovación y contratación como para permitirle describirlo de seis formas distintas dependiendo de quién preguntara.
Cuando llegó llevaba chaqueta, aunque hacía demasiado calor para llevar chaqueta, y una carpeta bajo el brazo que no abrió en ningún momento.
Hanna estaba conmigo.
—Este es Andrew —dije—. El hermano de Henry.
Andrew sonrió y le tendió la mano.
—Encantado. Henry me ha hablado muchísimo de la EPO. Es fascinante cómo una institución de este tipo termina funcionando como punto de encuentro entre derecho, tecnología, política industrial y estrategia europea. Yo trabajo bastante cerca de ese tipo de intersecciones.
Hanna lo miró.
Yo conocía aquella mirada.
Era la mirada que precedía a una ejecución.
—¿En qué trabajas exactamente?
Andrew se lo explicó.
Tardó cuatro minutos.
Al terminar yo seguía sin saberlo.
Hanna preguntó:
—Entonces, ¿eres consultor?
Andrew inclinó ligeramente la cabeza.
—Consultor sería una simplificación. Mi función actual tiene un componente de coordinación estratégica, pero también bastante trabajo transversal con equipos técnicos y de política pública.
Hanna me miró.
Yo bebí café.
No pensaba intervenir.
—O sea —dijo ella—, consultor.
Andrew sonrió.
—Si quieres llamarlo así.
Quise abrazarla.
En lugar de eso terminé el café.
Andrew tenía una reunión cerca y se marchó veinte minutos después.
Hanna esperó hasta que desapareció.
—Tu cuñado es insoportable.
—No es mi cuñado.
—Lo que sea.
—Y no es insoportable.
Hanna levantó una ceja.
—Ha utilizado «transversal» tres veces en veinte minutos.
—Eso es bastante poco para Andrew.
—Y tiene una opinión sobre todo.
—También.
—Y esa manera de hablar como si hubiera salido hace cinco minutos de una reunión del gabinete.
—También.
Hanna me miró con sospecha.
—¿Por qué sonríes?
—No sonrío.
Sonreía.
✦ ✦ ✦
El viernes por la noche subí al cuarto.
No tenía ningún motivo concreto.
Ese fue el primer problema.
Henry no estaba y, técnicamente, seguía siendo su piso.
Yo tenía llave.
La llave era para emergencias, para entrar cuando necesitara algo y, desde que vivíamos juntos, para una categoría bastante amplia de situaciones que ninguno de los dos se había molestado en definir.
Necesitaba un cargador.
Eso era una situación.
Encontré tres.
Ninguno era el que buscaba.
La mesa del despacho estaba cubierta de papeles, piezas electrónicas y dos libros abiertos. El PDP-11 ocupaba su sitio con la dignidad de una máquina que había sobrevivido medio siglo principalmente porque nadie había conseguido convencer a Henry de que muriera.
Abrí un cajón.
Cables.
Otro.
Herramientas.
El tercero contenía cuadernos.
Moleskine.
Negros.
Todos iguales.
Me quedé quieta.
Ya conocía aquellos cuadernos.
Aquello era importante.
No los había descubierto.
No podía recurrir a la curiosidad inocente de una persona que encuentra accidentalmente un diario y, debido a una desafortunada sucesión de acontecimientos, termina leyendo cuarenta páginas.
Yo sabía exactamente qué eran.
Había leído uno.
Más de uno, en realidad.
Y había fotografiado páginas.
No era uno de los momentos de mi vida que esperaba incluir en una futura biografía autorizada.
Saqué el primero.
Solo para mirar la fecha.
2011.
Lo devolví.
2013.
2016.
2019.
2022.
Estaban ordenados.
Naturalmente que estaban ordenados.
Henry podía vivir durante seis meses con una caja marcada CABLES — IMPORTANTES en mitad de una habitación, pero sus diarios estaban cronológicamente organizados.
Seguí.
2024.
2025.
2026.
Me detuve.
No tenía intención de leerlos.
Quiero dejar esto claro.
Mi intención inicial había sido únicamente comprobar cuántos había.
Después quise saber cómo los ordenaba.
Y una vez que sabes que están ordenados cronológicamente, mirar la fecha de uno no puede considerarse exactamente espionaje.
Abrirlo sí.
Pero para entonces ya habíamos recorrido un camino considerable.
Abrí 2016.
✦ ✦ ✦
Catherine estaba viva.
Eso fue lo primero.
No apareció como una revelación.
Apareció comprando mermelada.
Henry había escrito sobre un desayuno de domingo. Catherine había vuelto del supermercado con una mermelada de naranja que a él le parecía horrible y que ella insistía en comprar diciendo que era «para los dos», aunque ambos sabían que solo la comía ella.
Cerré el cuaderno.
Lo volví a abrir.
Leí otra página.
Habían ido a cenar con unos amigos.
Otra.
Una excursión.
Otra.
Catherine había perdido un tren porque se entretuvo mirando una librería.
Otra.
Henry había perdido un paraguas.
Eso me molestó.
No el paraguas.
El hecho de que Catherine supiera que Henry perdía paraguas.
Era absurdo.
Yo sabía que era absurdo.
Pero hasta aquel momento había considerado, de una manera que jamás había formulado, que los paraguas perdidos pertenecían a nuestra relación.
No era así.
Henry llevaba perdiendo paraguas mucho antes de conocerme.
Catherine había tenido que esperar bajo soportales mientras él volvía a un restaurante a buscar uno.
Catherine había comprado otro.
Catherine había hecho una broma sobre la posibilidad de ponerle una etiqueta con su dirección.
Yo había hecho prácticamente la misma broma.
La odié un poco.
No a Catherine.
A la coincidencia.
Seguí leyendo.
Aquello fue peor.
Porque eran felices.
No de una forma perfecta.
De una forma real.
Había pequeñas discusiones. Días malos. Catherine se enfadaba cuando Henry desaparecía mentalmente dentro de un proyecto.
Henry se quejaba de que ella llenaba el frigorífico de cosas que nadie comía.
Una vez habían discutido durante media hora sobre dónde colocar una estantería y terminaron cenando en silencio.
Pero eran felices.
Mucho.
Se notaba precisamente porque Henry no escribía que lo fueran.
Escribía que Catherine se había quedado dormida en el tren con la cabeza sobre su hombro.