Capítulo 4 #3
—Tenemos definiciones muy diferentes de «funciona».
Maggie intervino antes de que aquello se convirtiera en discusión.
—Claire, aquí hemos pasado veranos estupendos.
También horribles. Hemos venido con niños pequeños, con parejas, sin parejas, después de separaciones, antes de bodas, cuando no teníamos dinero y cuando teníamos un poco más.
Siempre hay algo roto. Siempre hay algo que alguien dice que arreglará el próximo verano.
Si la dejáramos perfecta quizá estaría muy bien.
Pero no creo que ninguno de nosotros necesite que esté perfecta.
Eso me pareció profundamente irracional.
Naturalmente.
✦ ✦ ✦
Aquella tarde empecé a observar la casa de otra manera.
No mejor.
Eso habría sido demasiado rápido.
Seguía pensando que la piscina era horrible.
Seguía creyendo que el baño debía reformarse.
Y el wifi era objetivamente indefendible.
Pero empecé a ver otras cosas.
Richard sabía exactamente dónde encontrar una llave inglesa que había dejado allí dos años antes.
Maggie tenía mantas en un armario.
Andrew insistía en que una silla antigua era suya y los otros tres aseguraban que había sido de los abuelos.
Henry arregló la tabla de la terraza mientras hablaba con Sam de fútbol.
Lucy comió en bañador.
Emma protestó por el agua caliente y después se quedó media hora hablando con su abuela en la cocina.
Los padres de Henry llegaron para el café.
Su madre recorrió la casa sin comentar la pintura, el baño ni el estado del canalón.
Miraba a sus hijos.
Eso era todo.
En algún momento alguien contó una historia de hacía años.
Catherine estaba en ella.
No fue solemne.
No hubo silencio.
Habían intentado pintar el salón un verano y Catherine había insistido en elegir un color que, según Maggie, era «una especie de verde enfermo».
Henry defendió que no era tan malo. Richard dijo que lo había sido.
Su madre aseguró que durante cuatro años cada vez que entraba pensaba que alguien había mezclado pintura con sopa de guisantes.
Todos se rieron.
Henry también.
Yo miré la pared.
Ya no era verde.
No sentí celos.
Sentí algo más extraño.
La conciencia de haber llegado tarde a una historia que no me excluía.
Simplemente había empezado antes.
✦ ✦ ✦
Por la noche nos quedamos fuera cuando los demás entraron.
La piscina parecía todavía más fea iluminada por una lámpara exterior.
La barbacoa seguía caliente.
Henry tenía una cerveza.
Yo una copa de vino.
Durante unos minutos no hablamos.
Después Henry preguntó si seguía queriendo comprar una casa.
Podría haber dicho que sí.
Podría haber explicado que aquello no tenía nada que ver con la casa familiar, que Londres era diferente, que nuestra situación seguía siendo provisional y que elegir una vivienda juntos era un paso razonable.
Tenía argumentos.
Muchos.
Siempre tenía argumentos.
Pero por primera vez desde que había empezado todo, intenté responder antes de construirlos.
—Creo que quería una casa que fuera de los dos.
Henry esperó.
—Y creo que cuando decía «de los dos» quería decir una casa que me gustara a mí y en la que tú tuvieras suficiente espacio para tus cosas.
Henry sonrió.
—Eso explica algunos de los enlaces.
—No todos.
—El de Richmond tenía una habitación que llamaste «tu despacho» antes de que hubiéramos visto la casa.
—Necesitas un despacho.
—Tengo un piso.
—Ese argumento sigue pareciéndome obsceno.
Henry se rio.
Después se quedó callado.
No me analizó.
Se lo agradecí.
Miré la casa.
No era mía.
Nunca sería completamente de Henry.
Nunca sería completamente de Maggie, Richard o Andrew.
Y precisamente por eso ninguno podía convertirla en la casa que habría elegido individualmente.
Era una acumulación de cuatro gustos, cuatro presupuestos, cuatro épocas de sus vidas y demasiadas decisiones provisionales.
Funcionaba.
No porque estuviera bien resuelta.
Porque cumplía su función.
Era el sitio al que volvían.
El tercero también tenía una función.
Era donde vivíamos.
Seguía siendo legalmente mío, sí. Pero Henry estaba allí. Sus libros, sus zapatos, sus calcetines y sus hábitos habían empezado a ocuparlo de una forma que ningún contrato podía describir mejor.
El cuarto tenía otra.
Era el lugar donde Henry podía desmontar un motor, resucitar un ordenador de los años setenta, fumar una pipa y construir naves espaciales sin convertir nuestro salón en una zona industrial.
Yo había querido una casa nueva porque ninguna de aquellas tres cosas coincidía con la imagen que tenía en la cabeza.
Una pareja.
Una propiedad.
Una cocina.
Un dormitorio.
Un despacho para cada uno.
Todo elegido desde cero.
Todo nuestro.
Todo correcto.
Y de repente me pareció sospechosamente parecido a otra lista que había hecho tiempo atrás.
✦ ✦ ✦
Volvimos a Londres el domingo por la tarde.
Henry condujo.
Yo miré por la ventanilla.
Cuando apareció nuestro edificio sentí algo que no había sentido durante las visitas inmobiliarias.
No emoción.
Reconocimiento.
Entramos.
Subimos al tercero.
Henry dejó las llaves sobre la mesa.
Yo las puse en el recipiente.
No comentamos nada.
Después me asomé a la ventana.
Desde allí podía ver el reflejo del cuarto piso en el edificio de enfrente.
Dos ventanas.
Una encima de otra.
Durante meses me había parecido una solución provisional.
Ahora empezaba a pensar que quizá solo era una solución rara.
Y rara no era lo mismo que mala.
Teníamos mi piso para vivir.
El de Henry para todas aquellas cosas que, por razones que todavía se me escapaban, no podían tirarse.
Y una cuarta parte de una casa horrorosa en el campo para barbacoas, niños, reformas que nunca terminaban y fines de semana en familia.
No era la casa de mis sueños.
Eran tres.
Pensándolo bien, parecía bastante mejor negocio.
Henry apareció detrás de mí.
—¿Qué?
Sonreí.
—Nada.
—No hagas el nada.
Esta vez no lo estaba haciendo.
De verdad.
Y eso fue casi decepcionante.