Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Espacio de almacenamiento suficiente para que ningún ordenador histórico tuviera que convivir con la mesa del comedor.

El agente nos enseñó el piso superior.

En el pasillo señaló una habitación pequeña y explicó que muchos compradores la utilizaban como despacho.

—Perfecto —dije—. Este podría ser el tuyo.

Henry me miró.

No dijo nada.

Seguimos.

Más tarde, ya en el jardín, comentó que la casa estaba bien.

Solo bien.

—¿Qué le falta?

—Nada importante.

—Entonces te gusta.

—Sí.

—Pero no quieres comprarla.

Henry se tomó su tiempo antes de responder.

—No creo que necesitemos comprar una casa solo porque hemos encontrado una que nos gusta. Eso es todo.

No era todo.

Lo sabía.

Y él sabía que yo lo sabía.

Lo peor era que probablemente también sabía que yo sabía que él sabía que yo lo sabía.

A veces salir con un hombre aficionado a la psicología era agotador.

—No me analices.

—No te estoy analizando.

—Todavía.

✦   ✦   ✦

La casa familiar apareció como contraoferta al día siguiente.

Henry propuso que fuéramos el fin de semana siguiente.

—Así al menos conocerás el sitio antes de decidir que no cuenta.

Era una provocación.

Acepté.

La casa había pertenecido a los abuelos de Henry y estaba a poco más de una hora de Londres.

Sus padres la heredaron junto con el terreno y durante años intentaron mantenerla.

Después llegaron las reparaciones grandes, los hijos adultos, la jubilación y esa etapa de la vida en la que uno empieza a preguntarse por qué está pagando para conservar un lugar que le da más dolores de cabeza que alegrías.

En lugar de venderla, la pusieron a nombre de los cuatro hijos.

Ese fue el comienzo de un sistema de propiedad que ningún asesor financiero responsable habría recomendado.

Richard tenía un veinticinco por ciento.

Maggie tenía un veinticinco por ciento.

Andrew tenía un veinticinco por ciento.

Henry tenía un veinticinco por ciento.

Ninguno quería pagar el cien por cien de una reforma.

Y todos querían decidir sobre el cien por cien de ella.

Cuando llegamos entendí muchas cosas.

La casa era grande.

Eso era lo primero que podía decirse a su favor.

Tenía un jardín enorme, árboles viejos, una zona de césped bastante castigada y una construcción de los años treinta que en una fotografía tomada desde lejos podía resultar encantadora.

Desde cerca se apreciaban matices.

La pintura de algunas ventanas necesitaba atención.

Una parte del canalón parecía provisional.

Había un pequeño cobertizo cuya función original nadie recordaba.

En el jardín destacaba una barbacoa metálica gigantesca que parecía diseñada para alimentar a una brigada militar.

Y junto a ella había una piscina desmontable azul.

Muy azul.

Profundamente azul.

El césped de debajo había muerto hacía tiempo.

Lucy, que había venido con mi hermana, la vio y gritó de felicidad.

Emma la vio y preguntó si seguían teniendo aquello.

—Funciona —dijo Maggie.

—Es horrible.

—También funciona siendo horrible.

Sam preguntó por el wifi antes de bajar siquiera su mochila del coche.

Richard se mostró inmediatamente ofendido.

—El wifi funciona perfectamente. Reorganicé toda la red el verano pasado.

Emma levantó la vista del teléfono.

—En la cocina.

—También llega al salón.

—A una esquina del salón.

Richard empezó a explicar que el problema no era la red sino el grosor de los muros y la posición del punto de acceso.

Nadie se lo había preguntado.

Henry sonrió.

Yo empezaba a comprender por qué le gustaba aquel lugar.

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El interior era peor.

No ruinoso.

Eso habría sido más sencillo.

Era una acumulación de decisiones temporales tomadas durante treinta años.

Había una cocina que probablemente había sido moderna en algún momento de la década de 1990.

El suelo del pasillo cambiaba de material dos veces.

Una habitación tenía muebles de pino. Otra, muebles que parecían haber pertenecido a los abuelos.

En el salón había siete sillas de tres juegos diferentes.

La mesa era estupenda.

Nadie sabía exactamente de dónde había salido.

El baño principal había sido «provisionalmente renovado» cuando Emma tenía seis años.

Emma tenía dieciséis.

—Ya lo terminaremos —dijo Henry.

—¿Cuándo?

Maggie se rio.

—No preguntes fechas aquí. Es una norma familiar.

Había una habitación en la planta de arriba que todos llamaban «la habitación que falta por hacer».

No contenía casi nada.

Una cama antigua.

Dos cajas.

Una lámpara sin pantalla.

Pregunté cuánto tiempo llevaba faltando por hacer.

Richard dijo doce años.

Andrew dijo ocho.

Maggie dijo que recordaba haber dormido allí embarazada de Sam, así que al menos trece.

Nadie pareció sentir ninguna urgencia.

Eso me resultaba incomprensible.

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Los niños pequeños estaban encantados.

Lucy desapareció a los diez minutos.

La encontramos más tarde con otros dos niños que habían llegado con unos amigos de Maggie, construyendo una especie de campamento entre dos árboles.

La piscina fue inaugurada antes de comer.

Nadie parecía preocupado porque el agua estuviera a una temperatura compatible con la conservación de alimentos.

Los pequeños gritaban, corrían, entraban y salían de la casa mojados y dejaban huellas por todas partes.

Henry no parecía sufrir.

Yo sí.

Emma encontró una silla bajo un árbol y se sentó con un libro.

Sam pasó la primera hora preguntando cuánto tiempo se quedarían.

Después apareció un balón.

Dejó de preguntar.

Maggie se sentó a mi lado mientras los observábamos.

—Cuando Emma tenía la edad de Lucy no había manera de sacarla de aquí.

Se levantaba a las siete de la mañana, se ponía unas botas y desaparecía en el jardín hasta que tenía hambre.

Ahora tengo que negociar con ella como si quisiera llevarla a un campo de prisioneros.

Con Sam nos quedan probablemente dos veranos.

Lo dijo riéndose.

Pero hubo algo en la última frase que no parecía del todo una broma.

Miré a Emma bajo el árbol.

—Quizá si arreglarais el wifi.

Maggie me miró.

—Claire, tiene dieciséis años. Podríamos instalar un spa, contratar a Harry Styles y regalarle un caballo y seguiría prefiriendo estar en Londres con sus amigos.

No estaba segura.

Lo del caballo quizá era excesivo.

Pero el wifi me parecía claramente defendible.

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La barbacoa empezó a las dos.

Empezó es una forma generosa de describir lo que ocurrió.

Andrew había decidido que aquel verano debían probar un sistema de cocción «más auténtico». Había visto un documental sobre asados argentinos y explicó durante quince minutos la importancia del control de las brasas, la distancia respecto al fuego y la cocción lenta.

Maggie escuchó pacientemente.

Después le preguntó cuándo había cocinado carne de aquella manera.

Andrew admitió que nunca.

—Entonces quizá dejamos que Henry encienda la barbacoa.

Andrew se mostró ofendido.

—No creo que sea necesario haber ejecutado personalmente una técnica para comprender conceptualmente cómo debería realizarse.

Maggie miró a Henry.

—Dale las pinzas.

Henry se las dio.

Andrew las sostuvo.

Durante unos segundos no hizo nada.

—Tampoco creo que debamos improvisar.

Aquello estableció el tono de la tarde.

Richard quiso arreglar una luz exterior.

Henry descubrió que una de las tablas de la terraza estaba suelta.

Maggie encontró pintura vieja y decidió que ya que estaban allí podían terminar una contraventana.

Andrew aportó opiniones.

Yo observé.

A las cinco de la tarde habían empezado cuatro trabajos y terminado uno.

Eso, según Henry, era un excelente resultado.

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Al día siguiente cometí mi error.

Hice números.

No muchos.

Solo los necesarios.

La casa era buena. El terreno era estupendo.

La estructura, según Henry, estaba razonablemente bien.

Si los cuatro hermanos aportaban una cantidad asumible, podían arreglar ventanas, renovar el baño, mejorar la cocina, solucionar la cubierta, terminar la habitación pendiente y dejar la propiedad en un estado completamente distinto.

Incluso aumentaría su valor.

Era obvio.

Esperé hasta después del desayuno.

Estaban todos.

Saqué el teléfono.

—He estado mirando algunas cosas.

Maggie cerró los ojos.

Henry me miró con una mezcla de cariño y resignación.

Richard parecía curioso.

Andrew se mostró inmediatamente interesado.

Eso debería haberme advertido.

Expliqué el plan.

No era un proyecto cerrado.

Solo una aproximación.

Si repartían los gastos, podían hacer la mayor parte en fases.

Algunas cosas podrían realizarlas Henry y Richard.

Otras necesitarían profesionales. Había prioridades claras.

El baño era evidente. Las ventanas también.

El wifi merecía una inversión pequeña y probablemente proporcionaría el mayor retorno emocional por libra gastada.

Emma levantó la cabeza.

—Eso sí.

Me sentí validada.

Cuando terminé, nadie habló durante unos segundos.

Finalmente Richard reconoció que los números tenían sentido.

Maggie también.

Andrew dijo que llevaba tiempo pensando que la propiedad necesitaba «una intervención integral».

Henry preguntó si alguno quería realmente hacerla.

Silencio.

No entendí.

—Acabáis de decir que tiene sentido.

—Lo tiene —dijo Maggie—. Pero yo no quiero gastarme ese dinero aquí ahora. Tengo otras cosas.

Richard explicó que podía asumirlo, pero no veía por qué debía poner varios miles de libras en una casa que utilizaba unas pocas veces al año y de la que solo poseía una cuarta parte.

Andrew consideraba que la reforma era necesaria pero su situación laboral actual no era «el momento óptimo para inmovilizar capital».

Eso significaba que no tenía dinero.

Miré a Henry.

—¿Y tú?

—Yo podría pagar mi parte. Pero tampoco creo que necesitemos hacer todo eso.

Señalé alrededor.

—El baño lleva provisional diez años.

—Trece —corrigió Maggie.

—Eso no mejora mi argumento.

Henry sonrió.

—No digo que no haya que arreglar cosas. Arreglamos cosas todos los años. Solo que no necesitamos convertirla en otra casa.

Aquella frase me desconcertó.

—¿Cómo que otra casa?

—Esta funciona.

Miré la cocina.

Miré el suelo.

Miré una silla cuyo respaldo estaba reparado con algo que parecía cinta.