Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

El hombre que no necesitaba otra casa

Todo empezó con los hermanos Scott.

Hasta aquel momento Henry y yo éramos felices.

Él vivía conmigo en el tercero y conservaba el cuarto para almacenar objetos que la sociedad había decidido, con argumentos bastante sólidos, que habían llegado al final de su vida útil.

Yo había dejado incluso de mencionar el alquiler.

Entonces vi tres episodios seguidos de La casa de mis sueños.

Fue un error.

No era la primera vez que veía el programa.

Me gustaba desde hacía años. Había algo profundamente satisfactorio en observar a una pareja explicar que buscaba una casa «con carácter» y descubrir veinte minutos después que lo que realmente quería era una cocina blanca con isla central, dos baños y suficientes focos empotrados para iluminar un aeropuerto.

Los hermanos Scott parecían capaces de resolver cualquier problema.

Una casa era demasiado pequeña: tiraban una pared.

La cocina estaba anticuada: desaparecía.

Una pareja decía que necesitaba «más espacio para crecer» y, después de una pausa publicitaria, tenía una encimera de cuarzo, puertas correderas al jardín y una habitación que todo el mundo llamaba despacho aunque nadie pareciera trabajar jamás en ella.

Me encantaba.

Sobre todo me encantaba el momento final.

La pareja entraba en la casa terminada, se llevaba las manos a la boca y, durante unos segundos, parecía comprender que todos sus problemas habían sido causados por no disponer hasta entonces de una isla de cocina lo bastante grande.

Después se abrazaban.

Aquella noche Henry estaba arriba.

Había anunciado después de cenar que solo iba a comprobar «una cosa» en el PDP-11.

Ya sabía lo que significaba.

Una cosa podía durar entre quince minutos y la caída del Imperio británico.

Me quedé sola en el sofá.

Vi un episodio.

Después otro.

Después un tercero.

En el último, una pareja que llevaba años viviendo en el apartamento de él compraba por fin una casa elegida entre los dos.

La frase apareció varias veces.

Nuestra casa.

Nuestro sitio.

Algo que empezamos juntos.

Y entonces tuve la iluminación.

Henry y yo necesitábamos una casa.

No uno de mis pisos.

No el suyo.

No una cuarta parte de una casa familiar llena de muebles incompatibles y problemas de humedad de la que Henry había hablado alguna vez con el cariño inexplicable que reservaba a las cosas estropeadas.

Una casa nuestra.

Elegida por los dos.

Empecé a buscar propiedades a las once y veinte.

A las doce y cuarto tenía diecisiete pestañas abiertas.

A la una menos diez había creado una carpeta.

La llamé CASAS.

No significaba nada.

Naturalmente.

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A la mañana siguiente Henry preparó café.

Una sacarina.

La cantidad de leche exacta que seguía tratando como si dependiera de una fórmula que solo él comprendía.

Esperé hasta que se sentó.

—He estado pensando.

Henry levantó la vista.

Habíamos llegado a un punto de nuestra relación en el que aquella frase ya no le producía curiosidad.

Le producía miedo.

—¿Sobre qué?

—Sobre nosotros.

Eso empeoró visiblemente la situación.

Me apresuré a explicarle que no había ningún problema. Precisamente al contrario. Vivíamos juntos, funcionaba, nos queríamos y habíamos resuelto el asunto de los pisos de una manera que, aunque no era la que yo habría diseñado inicialmente, estaba demostrando una sorprendente eficacia logística.

Henry me escuchó con atención.

Cuando terminé la introducción parecía todavía más preocupado.

—Claire, cuando alguien dedica dos minutos a explicar que no hay ningún problema, normalmente hay un problema.

—No lo hay. Solo creo que deberíamos comprar una casa.

Hubo un silencio.

No un silencio romántico.

Un silencio administrativo.

Henry dejó la taza sobre la mesa.

—¿Otra?

Aquella no era la reacción que había imaginado.

—No otra. Una nuestra.

—Vivimos en una casa.

—Vivimos en mi piso.

—En nuestro piso.

—Era mío antes de que te mudaras.

—Sigue siendo tuyo legalmente, si eso es lo que quieres decir.

—Exactamente.

Henry parecía estar intentando comprender hacia dónde quería llegar.

Le expliqué la idea completa.

Podíamos vender uno de los pisos, quizá los dos.

O conservar uno como inversión. Había muchas opciones.

No se trataba de decidirlo aquella mañana.

Lo importante era buscar una propiedad que eligiéramos juntos, con más espacio, quizá un pequeño jardín o una terraza, dos despachos, una cocina mejor y suficiente almacenamiento para que determinados objetos industriales no necesitaran ocupar un piso completo.

Henry escuchó hasta el final.

Después miró hacia el techo.

Encima de nosotros estaban el PDP-11, dos bicicletas, un motor de Triumph, una cantidad preocupante de cables y la mitad del parque tecnológico del vecindario.

—Creo que nuestra situación actual es bastante buena.

—Precisamente. No tenemos ninguna urgencia. Podemos buscar con calma.

—No, quiero decir que no entiendo qué estamos intentando mejorar.

Eso me pareció una frase muy poco ambiciosa.

Le recordé que el tercero era relativamente pequeño, que el cuarto no podía seguir siendo eternamente un taller y que, si pensábamos en el futuro, una casa más grande podía tener mucho sentido.

Henry preguntó qué futuro.

Aquello fue irritante.

—El futuro normal.

—Eso aclara mucho.

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

No lo sabía.

O fingía no saberlo, que era peor.

Henry señaló que teníamos espacio de sobra entre los dos pisos, que el tercero funcionaba muy bien para vivir, que el cuarto era útil para sus proyectos y que, además, tenía una cuarta parte de la casa familiar.

Ahí apareció por primera vez.

La casa de los abuelos.

—Eso no cuenta.

—¿Por qué no?

—Porque es una cuarta parte.

—Sigue siendo una cuarta parte de una casa.

—Una cuarta parte de una casa no es una casa. Es una participación societaria con problemas de humedad.

Henry se rio.

No debía haberlo hecho.

—Además, nunca me has llevado.

—Porque cada vez que vamos te quejas de los sitios sin buena calefacción, de los colchones y de que en el campo siempre hay demasiados insectos.

—Eso no significa que no me guste el campo.

—No. Significa que te gusta mucho la idea del campo.

El muy cabrón.

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Durante los días siguientes intenté no presionarlo.

Le envié enlaces.

Eso es diferente.

El primero era una casa adosada en Richmond.

Henry respondió que era bonita.

El segundo tenía jardín.

Respondió con un pulgar hacia arriba.

El tercero estaba en una zona un poco más lejos pero tenía cuatro dormitorios y un garaje independiente.

No respondió.

El cuarto necesitaba reforma.

Tampoco respondió.

A la hora del almuerzo le envié un quinto.

Después un sexto.

A las cuatro de la tarde le pregunté si había visto los últimos enlaces.

Contestó dos horas después.

Estaba dando clase.

Aquello explicaba el silencio.

No la falta de entusiasmo.

Sophie fue menos diplomática.

Nos vimos el viernes para tomar una copa y, en algún momento entre el primer vino y el segundo, le enseñé la carpeta.

Sophie pasó el dedo por la pantalla.

—¿Henry quiere mudarse?

—Todavía no lo sabe.

—¿Cómo puede no saber si quiere mudarse?

—Porque todavía no ha visto todas las opciones.

Sophie siguió mirando.

Había veintiséis.

No me pareció necesario explicarlo.

—Claire, tienes una carpeta que se llama CASAS.

—Eso no significa nada.

Sophie levantó los ojos.

No dijo «naturalmente».

No hacía falta.

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La primera visita fue un sábado por la mañana.

La casa estaba en una calle tranquila, tenía tres dormitorios, un pequeño jardín y un anuncio que utilizaba la expresión «enorme potencial» cuatro veces.

Eso normalmente significa que algo está mal.

Yo lo sabía.

Pero el precio era razonable y la distribución podía mejorar mucho.

El agente inmobiliario nos recibió con un entusiasmo que parecía directamente proporcional a su comisión.

La entrada era estrecha.

La cocina, antigua.

El salón tenía una pared que separaba dos espacios bastante pequeños.

Yo ya sabía lo que harían los hermanos Scott.

Henry también sabía lo que yo estaba pensando.

—No.

—No he dicho nada.

—Estás mirando la pared.

—Solo estoy mirando la habitación.

—Esa pared carga parte del forjado superior.

Odiaba los muros de carga.

Sobre todo desde que había descubierto que Henry podía identificarlos.

El agente intervino inmediatamente para explicar que cualquier modificación, naturalmente, tendría que ser estudiada por un profesional.

Henry era un profesional.

Eso tampoco ayudaba.

Durante los siguientes veinte minutos vi una cocina que podía ser preciosa, un dormitorio que con armarios empotrados ganaría muchísimo espacio y un jardín que solo necesitaba atención.

Henry vio una cubierta que probablemente necesitaría trabajo en cinco años, una instalación eléctrica antigua, una ampliación posterior que quería revisar con más calma y una ventana cuyo dintel no le gustaba.

Cuando salimos, estaba encantada.

Henry no.

—Tiene muchísimo potencial.

—Eso es exactamente lo que dicen cuando quieren venderte trabajo.

—Podríamos hacer muchas cosas.

—Sí. Ese es el problema.

Le recordé que a él le encantaba arreglar cosas.

Henry explicó que existía una diferencia importante entre desmontar un motor por diversión y dedicar todos los fines de semana de los próximos tres años a impedir que una casa se cayera.

Me pareció una distinción excesivamente específica.

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La segunda casa era peor.

Yo lo reconocí.

Era demasiado cara, la cocina necesitaba rehacerse y el jardín estaba orientado de una forma que convertía el salón en una cueva durante buena parte del día.

Henry fue amable.

Eso fue peor que si se hubiera quejado.

La tercera fue un problema.

Era realmente bonita.

Una casa de ladrillo de los años treinta, reformada con bastante gusto, con cuatro dormitorios, una cocina grande, jardín y una habitación en la planta baja que podía ser despacho.

Entré y lo vi.

No una reforma.

No una inversión.

Una vida.

Henry cocinando.

Yo trabajando junto a la ventana.

Domingos lluviosos.

Amigos cenando.

Una habitación para él.

Una habitación para mí.