Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

El PDP funcionaba lo suficiente para que Henry pudiera demostrar durante largos periodos de tiempo que funcionaba, pero no lo suficiente para que pudiera considerarlo terminado.

La nave espacial había adquirido iluminación interior.

Y la señora Jenkins había empezado a referirse al cuarto piso como «el taller de Henry».

Comprendí que mis previsiones financieras necesitaban un horizonte temporal flexible.

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Lo más preocupante fue que empecé a subir.

Al principio siempre tenía una razón.

Buscaba a Henry.

Llevaba café.

Iba a recoger a Lucy.

Necesitaba imprimir algo y la impresora del tercero había decidido que no existía.

Después las razones se volvieron menos claras.

Una tarde de lluvia subí porque Henry estaba probando el simulador y terminé volando desde Londres hasta Ámsterdam.

Otra noche subí con una copa de vino y lo encontré junto a la ventana con un puro encendido. En cuanto me vio hizo el gesto de apartarlo.

—No hace falta que lo apagues —dije.

Henry dudó.

—Claire...

—He subido yo.

Eso pareció resolver una cuestión jurídica que ninguno de los dos había formulado.

Me senté junto a la otra ventana mientras él terminaba el puro, procurando mantener el humo lejos de mí.

El piso olía ligeramente a madera, metal, tabaco y a algo que probablemente no debería haber estado evaporándose en una vivienda.

No era acogedor.

No estaba ordenado.

Nada combinaba.

Había objetos cuya función desconocía y otros cuya presencia no podía justificar ningún sistema económico conocido.

Pero tenía algo.

Era imposible entrar allí sin saber inmediatamente quién era Henry.

En el tercero convivíamos.

En el cuarto Henry jugaba.

No de una forma infantil. O quizá sí, pero había dejado de parecerme un problema.

Arreglaba cosas porque quería saber cómo funcionaban.

Rescataba máquinas porque le molestaba que algo interesante desapareciera solo por ser viejo.

Construía simuladores con Richard. Dejaba que Sam condujera coches que no podía conducir y ayudaba a Lucy y Emily a viajar a planetas que no podían visitar.

Y algunas noches se sentaba junto a una ventana con una pipa y un libro.

Empecé a sospechar que el cuarto piso no era un obstáculo para nuestra convivencia.

Era precisamente una de las razones por las que funcionaba.

No se lo dije.

Había límites.

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Una noche bajamos juntos después de que Henry hubiera pasado casi una hora intentando averiguar por qué una unidad del PDP se negaba a responder.

Al llegar al tercero dejó las llaves sobre la mesa.

Exactamente en el lugar donde no iban las llaves.

Las cogí y las puse en el pequeño recipiente que había comprado específicamente para ellas.

Henry me observó y me recordó que al día siguiente volvería a dejarlas sobre la mesa. Yo le expliqué que al día siguiente volvería a ponerlas en el recipiente. Según él, ambos podíamos ahorrarnos mucho trabajo aceptando que la mesa era un lugar perfectamente válido para unas llaves.

No lo era.

Hay principios que una relación no debe obligarte a abandonar.

Henry se acercó, me besó y abrió el frigorífico para ver qué podíamos cenar.

Me senté en el sofá.

Encima de nosotros había un ordenador de más de cincuenta años, un motor de motocicleta, varias bicicletas, una colección creciente de electrodomésticos averiados, un simulador de vuelo, otro de carreras que técnicamente era el mismo, una nave espacial, una pipa, algunos puros y suficientes cables para garantizar que un incendio sería visible desde Francia.

Y yo había conseguido que Henry se mudara a mi piso.

Exactamente como quería.

Sonreí.

Henry cerró el frigorífico y me miró.

—¿Qué?

—Nada.

—No hagas el nada.

No estaba haciendo el nada.

Estaba pensando.

Porque quizá me había equivocado al imaginar que vivir juntos significaba necesariamente reducir dos vidas a una sola casa.

Henry vivía conmigo.

Eso era indiscutible.

Sus camisas estaban en mi armario. Su cepillo de dientes junto al mío.

Por la mañana preparaba mi café con una sacarina y aquella cantidad de leche que seguía tratando como si necesitara una fórmula extremadamente compleja.

Por la noche dormía a mi lado y, cuando yo me despertaba antes que él, encontraba sus calcetines en lugares que ninguna persona organizada habría elegido conscientemente.

El cuarto piso no era otra vida.

Era un lugar para todas las partes de Henry que no cabían razonablemente en la nuestra.

Incluido, aparentemente, un PDP-11.

Desde el techo llegó un ruido sordo.

Levanté la vista.

Henry siguió mirando dentro del frigorífico.

—¿Qué ha sido eso?

Tardó un poco demasiado en responder.

Me explicó que probablemente no era nada grave. Había dejado una de las tapas del PDP apoyada contra una mesa y era posible que se hubiera caído. No había nada conectado y, en cualquier caso, subiría después de cenar para comprobarlo.

Me levanté.

Henry cerró el frigorífico.

Subimos juntos.

Mientras recorría por segunda vez aquel día las escaleras comprendí por fin la verdadera naturaleza de mi victoria.

Yo había conseguido que Henry viviera en el tercero.

Henry había conseguido que todo el cuarto fuera su despacho.

El muy cabrón.