Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Henry insistió en que no era otro simulador. Era el mismo ordenador, la misma televisión y el mismo asiento. Solo había añadido un volante diferente y utilizado otros pedales.

Desde el punto de vista de Henry aquello constituía eficiencia.

Desde el mío constituía reincidencia.

Sam se instaló allí inmediatamente.

Descubrí que un adolescente de trece años podía pasar cantidades extraordinarias de tiempo conduciendo un Ferrari virtual alrededor de un circuito sin experimentar aparentemente ningún deterioro cognitivo adicional.

Henry competía contra él.

Sam ganaba.

Henry culpaba a los reglajes.

Sam culpaba a la edad.

Yo apoyaba a Sam.

Por principios.

✦   ✦   ✦

Una noche subí a buscar a Henry porque llevaba casi una hora desaparecido.

Lo encontré junto a una ventana abierta, leyendo con la pipa encendida y un vaso de whisky sobre la mesa.

La pipa no era una novedad.

Ya conocía aquella afición de Henry. También sabía que de vez en cuando fumaba algún puro.

Nunca había intentado ocultármelo, pero desde que le conté lo mucho que me había costado dejar de fumar había adoptado una discreción casi diplomática: no fumaba delante de mí y procuraba que yo no tuviera que olerlo.

Por eso, si quería fumar, subía al cuarto, abría las ventanas y desaparecía durante un rato.

Lo nuevo era el contexto.

A su alrededor había dos bicicletas, un motor de motocicleta, el PDP-11, una tostadora de la señora Jenkins que había regresado por segunda vez, tres cajas de componentes electrónicos y el asiento de un coche que resultaba imprescindible para conducir otro coche que no existía.

En una esquina estaba la nave espacial.

Henry levantó la vista del libro. Durante una fracción de segundo tuvo la expresión ligeramente culpable de un hombre al que habían sorprendido haciendo algo que no estaba prohibido, pero que prefería hacer sin público.

—He abierto las dos ventanas —dijo—. No llega nada de humo abajo.

No se lo había preguntado.

Tampoco hacía falta.

Henry sabía que yo había fumado y sabía lo mucho que me había costado dejarlo. No pretendía convencerlo de que abandonara una pipa o un puro ocasionales, pero él había decidido por su cuenta que aquello no tenía por qué formar parte de nuestra convivencia.

El cuarto piso, comprendí, también le permitía eso: fumar de vez en cuando sin hacerlo delante de mí y sin tener que salir a la calle cuando hacía frío.

No respondí inmediatamente.

Porque acababa de entenderlo.

Miré otra vez la habitación.

Después el despacho.

Después la cocina.

Y finalmente a Henry.

El muy cabrón.

No se había resignado a abandonar su piso.

Se había librado de tener que vivir en él.

Durante meses yo había considerado que el cuarto era el premio al que Henry tendría que renunciar para obtener el privilegio de vivir conmigo.

Henry, en cambio, había descubierto que podía dormir conmigo, comer conmigo, utilizar mi cocina, mi cuarto de baño y mi calefacción y, al mismo tiempo, disponer de un piso entero en el que ninguna persona sensata podía exigirle que un motor de motocicleta no conviviera con un ordenador fabricado durante la presidencia de Richard Nixon.

Aquello no era una mudanza.

Era una ampliación.

Me senté frente a él.

—Acabo de comprender lo que has hecho. Yo creía que habías aceptado vivir en mi piso porque finalmente te convencieron mis argumentos.

El mío era más acogedor, más eficiente y económicamente tenía sentido alquilar este.

Pero nunca has tenido ninguna intención de alquilarlo.

Has conseguido algo mucho mejor: antes tenías que vivir aquí y, por tanto, había ciertas convenciones sociales sobre disponer de una mesa para comer, poder caminar por la cocina y no almacenar motores junto al frigorífico.

Ahora duermes abajo, comes abajo y tienes un piso entero para hacer exactamente lo que te dé la gana.

Henry dejó la pipa en el cenicero.

No pareció ofendido.

Eso me irritó todavía más.

—No fue un plan, Claire. Cuando decidimos vivir juntos tú querías que bajara al tercero y yo acepté porque, aunque me costó admitirlo después de todos tus informes financieros, me gusta vivir contigo.

Pero este piso seguía aquí. No tenía sentido vaciarlo al día siguiente y tampoco necesitábamos decidir inmediatamente si alquilarlo.

Después apareció el motor, la universidad vació el almacén y empezaron a traerme cosas.

Y sí, he descubierto que me gusta tener un sitio donde puedo dejar un proyecto a medias y continuar al día siguiente sin recogerlo todo.

No creo que eso signifique que no me haya mudado contigo.

Aquello era razonable.

Desgraciadamente.

—Tienes una nave espacial.

—Eso es de Lucy y Emily.

—Tienes un programa espacial infantil.

—Eso sí ha crecido un poco más de lo previsto.

—Y un simulador de vuelo.

—Que utilizas.

Golpe bajo.

—Una vez.

Henry me miró.

—Varias veces.

—Estoy evaluando su funcionamiento.

Sonrió.

No insistió.

Sabía que tenía razón.

Y sabía que yo sabía que tenía razón.

A Henry le interesaba la psicología y poseía una irritante facilidad para detectar el momento exacto en que mis argumentos dejaban de describir los hechos y empezaban a proteger mi dignidad.

—No me analices.

—No te estoy analizando.

—Lo estabas haciendo con la cara.

Henry se echó a reír.

El muy cabrón.

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La conversación sobre alquilar el cuarto piso no desapareció.

Simplemente cambió de naturaleza.

Mis cálculos seguían siendo correctos. El piso tenía una hipoteca. Podíamos obtener un alquiler considerable. Mantener noventa metros cuadrados para almacenar bicicletas, ordenadores históricos y electrodomésticos de los vecinos no era, desde un punto de vista financiero, la decisión más sensata.

Preparé nuevos números.

No un informe.

Dos páginas.

Henry los leyó.

Después reconoció que tenía razón y dijo que deberíamos volver a hablar del asunto cuando terminara algunos proyectos y pudiéramos decidir qué cosas conservar.

Eso ocurrió a finales de junio.

A principios de julio apareció una máquina de escribir eléctrica que el señor Harris había encontrado en el trastero de su hermano.

A mediados de julio Richard trajo dos monitores antiguos.

El motor de la Triumph ya estaba desmontado en aproximadamente cuarenta piezas, lo que aparentemente dificultaba mucho más tirarlo que cuando solo era un motor.