Capítulo 3 #2
Descubrí que el primero había aparecido en 1970 y que algunas configuraciones ocupaban varios armarios.
Descubrí fotografías de ordenadores acompañados por unidades de disco del tamaño de lavadoras.
Descubrí comunidades enteras de hombres extraordinariamente felices hablando de interruptores, terminales, buses y sistemas operativos que habían dejado de ser modernos antes de que yo naciera.
Subí al cuarto.
Henry estaba detrás de la máquina con una linterna. Había retirado varios paneles y sobre la mesa había colocado piezas, tornillos y papeles siguiendo un orden que, sorprendentemente, parecía comprender.
Le expliqué que había cometido el error de investigar su adquisición y que ahora sabía que aquello podía reproducirse.
Henry se echó a reír y me aseguró que no pensaba llenar el piso de ordenadores antiguos.
Solo quería recuperar aquel, porque era una oportunidad poco habitual y porque restaurar una máquina diseñada en una época en la que se esperaba que un técnico pudiera comprender cada parte del sistema le parecía fascinante.
Escuché durante un rato.
No entendí gran parte de la explicación, pero sí entendí a Henry.
Estaba feliz.
Eso resultaba bastante más difícil de combatir.
Miré alrededor.
La televisión de sesenta y cinco pulgadas seguía allí. También la bicicleta. Y el motor.
Había dos cajas nuevas.
Una decía CABLES.
La otra decía CABLES — IMPORTANTES.
No pregunté qué criterio separaba ambas categorías.
—¿Vas a convertir el piso en un museo?
Henry negó con la cabeza.
—Un museo necesitaría una colección mucho más coherente. Esto se parece más a un taller.
Me fui.
Aquella respuesta tardaría varias semanas en revelar toda su importancia.
✦ ✦ ✦
El siguiente paso fueron los vecinos.
Todo empezó con la señora Jenkins y una tostadora.
No sé cómo supo que Henry estaba utilizando el cuarto como taller. Las noticias dentro de un edificio se propagan mediante mecanismos que la ciencia todavía no comprende completamente.
Una tarde llamaron a nuestra puerta y apareció con una tostadora entre las manos.
Me explicó que llevaba doce años con ella, que funcionaba perfectamente hasta aquella mañana y que no veía ninguna razón para comprar otra cuando probablemente solo tendría «una tontería». Después preguntó si Henry estaba arriba.
La elección de la palabra «arriba» me preocupó.
No «en su piso».
Arriba.
Como si ya existiera un departamento técnico oficial en la cuarta planta.
Intenté explicarle que Henry no reparaba electrodomésticos profesionalmente, pero la señora Jenkins me miró con la paciencia que se reserva a las personas jóvenes que todavía no comprenden cómo funciona el mundo.
—Ya lo sé, querida. Por eso no le voy a pagar.
Subió con la tostadora.
Henry la reparó.
Ese fue el principio del fin.
Durante las semanas siguientes llegaron una aspiradora, dos lámparas, una radio del señor Harris que «sonaba estupendamente antes de que dejara de sonar», una cafetera y una batidora que, según su propietaria, hacía un ruido «que no parecía sano».
Henry no reparó todo.
Eso habría sido demasiado sencillo.
Algunas cosas permanecían durante días sobre una mesa mientras esperaba una pieza.
Otras resultaban irreparables pero se conservaban porque contenían componentes útiles.
Una tercera categoría estaba formada por objetos que nadie había llevado a Henry: los había encontrado alguien junto a los contenedores y había considerado que quizá a él le interesaran.
Aquello fue el verdadero punto de inflexión.
Henry ya no necesitaba encontrar basura.
La basura encontraba a Henry.
Una noche subí y descubrí un amplificador enorme junto a la puerta.
—Eso estaba en la calle —me explicó—. Alguien lo había dejado al lado de los contenedores. Probablemente la etapa de potencia está quemada, pero el transformador parece bueno y solo por eso merece la pena conservarlo.
—Alguien lo tiró porque no lo quería.
—La gente tira cosas estupendas.
Aquella frase debería figurar en su lápida.
✦ ✦ ✦
Después llegaron los niños.
Lucy fue la primera.
Mi hermana había venido a Londres y necesitaba que nos quedáramos con ella una tarde. Henry estaba arriba trabajando en el PDP y Lucy quiso saber qué hacía.
Fue un error permitirle subir.
Cuando fui a buscarla una hora después, estaba sentada dentro de una caja de cartón enorme que había pertenecido a una de las piezas del ordenador. Henry había recortado una puerta, pegado varios interruptores que ya no servían y colocado dentro un teclado desconectado.
Lucy llevaba unos auriculares demasiado grandes para su cabeza.
—Estamos llegando a Marte —me informó.
Miré a Henry.
Estaba soldando algo en una pequeña placa.
—¿Qué estás haciendo?
Me explicó que la nave necesitaba un panel de control. Había encontrado unos LED, un interruptor viejo y un pequeño zumbador. Nada peligroso, todo alimentado con pilas. Lucy había decidido que el botón rojo activaba los motores y que uno verde servía para hablar con los extraterrestres.
Aquello era ridículo.
También era bastante bonito.
No se lo dije.
Naturalmente.
Emily apareció unos días después.
A diferencia de Lucy, que aceptaba sin problemas que una caja fuera una nave espacial, Emily tenía diez años y exigía cierto rigor técnico. Quería pantallas.
Henry solucionó el problema con un monitor antiguo conectado a una Raspberry Pi.
No pregunté por qué tenía una Raspberry Pi disponible.
A esas alturas empezaba a comprender que determinadas preguntas solo producían información adicional que después había que procesar.
La nave creció.
Apareció un mapa de estrellas. Después una palanca. Después una segunda caja que, según las niñas, era un módulo de aterrizaje.
Un sábado subí y había cuatro niños.
Dos semanas después, seis.
No conocía a dos de ellos.
Henry tampoco estaba completamente seguro de quién era uno.
Eso me pareció preocupante.
Me explicó que probablemente era nieto de la señora Jenkins y que todos los padres sabían dónde estaban. Según él, no había ningún problema: los niños jugaban, no tocaban herramientas y él había separado perfectamente la zona de trabajo.
Desde el salón llegó una sucesión de pitidos seguida por gritos de entusiasmo.
—Henry, has montado una guardería clandestina en el cuarto piso.
Henry miró hacia el salón.
—No creo que «guardería» sea el término correcto. Hay una estructura de mando bastante clara y Lucy insiste en que están realizando una misión científica.
Me asomé.
Lucy estaba dando órdenes a Emily, que aparentemente era responsable de navegación.
Tenía razón.
Era más bien un programa espacial.
✦ ✦ ✦
Richard empeoró las cosas.
Todo empezó el día en que vino a ver el PDP.
Subió después de comer y permaneció allí cuatro horas.
Cuando bajaron, los dos hablaban de terminales, adaptadores y una pieza que Richard creía poder fabricar. Yo había esperado que, como informático y persona aparentemente sensata, explicara a Henry que intentar devolver a la vida un ordenador de los años setenta era una pérdida de tiempo.
En lugar de eso había encontrado un cómplice.
A partir de entonces empezó a aparecer algunos sábados.
El PDP avanzó lentamente. Una fuente de alimentación fue desmontada. Llegaron piezas. Henry consiguió documentación. Richard localizó un adaptador. Durante semanas, desde mi punto de vista, no ocurrió absolutamente nada.
Después, una tarde, Henry me llamó para que subiera.
Estaban él, Richard y Sam frente a una pantalla.
Los tres parecían extraordinariamente satisfechos.
En la pantalla había unas pocas líneas de texto.
—Ha arrancado —dijo Henry.
Lo dijo con una emoción que yo había visto anteriormente en bodas, nacimientos y finales de fútbol.
Miré la pantalla.
Había seis o siete palabras.
Ninguna parecía especialmente contenta de estar allí.
Estuve a punto de preguntar si aquello era todo.
La expresión de los tres hombres me salvó.
—Es impresionante.
No lo era.
Naturalmente.
Henry me besó en la mejilla como si acabara de reconocer correctamente una obra maestra.
Aquella noche cenó hablando del ordenador.
No entendí prácticamente nada.
Pero entendí que estaba orgulloso.
Y, para mi desgracia, eso me hizo estarlo un poco también.
✦ ✦ ✦
La televisión de sesenta y cinco pulgadas encontró finalmente una utilidad todavía más ofensiva.
Henry montó un simulador de vuelo.
No ocurrió de una vez.
Si hubiera subido un día y hubiera encontrado una cabina completa delante de la televisión, quizá habría reaccionado.
En cambio apareció primero un joystick.
Después unos pedales.
Luego un mando con palancas cuyo nombre Henry me explicó y olvidé inmediatamente.
Finalmente Richard consiguió un asiento procedente de un coche destinado al desguace y ambos construyeron una estructura para colocarlo todo a la distancia adecuada de la pantalla.
Cuando vi el resultado, pregunté si aquello no era exactamente el tipo de cosa que uno podía comprar ya hecha.
Henry me explicó durante varios minutos por qué construirla era mejor: podían ajustar las dimensiones, reutilizar materiales, cambiar componentes y, sobre todo, hacerlo ellos mismos.
La última parte era claramente la importante.
Me senté una vez.
Solo para demostrar que no tenía ningún interés.
Henry me enseñó los controles básicos y seleccionó un vuelo corto.
Veinte minutos después estaba intentando aterrizar un Airbus en Heathrow.
Me estrellé.
Volví a intentarlo.
Me estrellé algo menos.
A la tercera aproximación conseguí tocar la pista antes de salir de ella a una velocidad que probablemente habría generado varias investigaciones oficiales.
Henry llevaba un rato detrás de mí sin decir nada.
—El sistema de aproximación no me parece particularmente intuitivo —expliqué—. Y los pedales son demasiado sensibles. Si estuvieran mejor calibrados sería bastante más fácil mantener el eje de la pista.
Henry sonrió.
—Ni una palabra.
No dijo ninguna.
Eso fue peor.
Consulté el reloj.
Llevaba casi una hora arriba.
Cómo lo odio.
✦ ✦ ✦
El simulador de carreras apareció tres semanas después.