Capítulo 3
El hombre de arriba
Henry se mudó a mi piso un sábado de mayo.
Digo «se mudó» porque esa fue la expresión que utilizamos los dos y porque, jurídicamente, me parecía la descripción más aproximada de lo ocurrido.
En realidad, Henry bajó dos maletas, una caja de libros, cuatro camisas que todavía conservaban sus perchas, una cafetera que yo no había solicitado y una bolsa con suficientes cables como para garantizar el suministro eléctrico de una pequeña localidad.
Eso fue todo.
Yo había preparado espacio.
Mucho espacio.
Había vaciado dos cajones de la cómoda, una parte considerable del armario y tres estantes del cuarto de baño.
También había trasladado algunos libros al dormitorio y reorganizado un mueble del salón mediante un sistema que, en mi opinión, mejoraba simultáneamente la capacidad de almacenamiento y la armonía visual.
Henry contempló durante unos segundos el espacio que le había reservado.
—Esto es muchísimo más de lo que necesito.
Tengo casi toda la ropa que uso habitualmente en las maletas y, si falta algo, puedo subir a buscarlo.
Creo que lo más práctico es ir bajando las cosas cuando hagan falta en lugar de llenar el piso desde el primer día.
Arriba hay espacio de sobra y no tenemos ninguna prisa por decidir qué hacemos con él.
La palabra «práctico» me gustó.
La frase «no tenemos ninguna prisa» bastante menos.
Pero Henry estaba allí.
Sus zapatos estaban junto a los míos. Su cepillo de dientes ocupaba uno de los vasos del baño.
Había colocado sus libros en mis estanterías y, por primera vez desde que habíamos empezado a pasar prácticamente todas las noches juntos, ya no tendríamos que decidir si dormíamos en el tercero o en el cuarto.
Habíamos elegido mi piso.
Exactamente como yo había propuesto desde el principio.
No había ninguna razón para estropear una victoria por unos cuantos objetos almacenados un piso más arriba.
Naturalmente.
✦ ✦ ✦
Durante la primera semana, el sistema funcionó extraordinariamente bien.
Por la mañana desayunábamos juntos. Por la noche Henry cocinaba bastante más de lo que yo consideraba necesario y bastante mejor de lo que estaba dispuesta a reconocer cada vez que utilizaba tres cazuelas para preparar algo que, según él, era «muy sencillo».
Después cenábamos, veíamos alguna serie y nos acostábamos.
Era exactamente lo que yo había imaginado.
Solo había una peculiaridad.
Henry subía mucho.
Al principio no le presté atención. El cuarto piso seguía siendo suyo y buena parte de sus cosas continuaban allí. Si necesitaba un libro, una camisa o alguna herramienta, era lógico que subiera.
A los pocos días empecé a detectar un patrón.
Si había que apretar un tornillo, el destornillador estaba arriba.
Si mi bicicleta necesitaba aire, la bomba estaba arriba.
Si Henry quería consultar un libro sobre estructuras hidráulicas, estaba arriba.
Si buscaba un cargador que no fuera el del teléfono, estaba arriba.
Una tarde descubrí incluso que el sacacorchos bueno estaba arriba.
Eso me pareció excesivo.
—No me importa que conserves allí tus cosas mientras decidimos qué hacemos con el piso —le expliqué aquella noche—, pero quizá deberíamos bajar algunos objetos de uso habitual.
No tiene mucho sentido que cada vez que necesitamos una herramienta tengas que subir un piso.
Podríamos traer la caja pequeña y dejarla en el armario de la entrada.
Henry estuvo de acuerdo en principio. Después señaló que la caja pequeña no contenía algunas de las herramientas que utilizaba con más frecuencia, que la caja grande no cabía cómodamente en el armario y que separar las herramientas entre dos pisos aumentaba considerablemente las probabilidades de que nunca encontrara la que necesitaba.
Era un argumento razonable.
Eso me molestó.
Al final acordamos que las herramientas se quedarían arriba.
Dos días después necesitó una llave Allen.
Subió.
Tardó cuarenta minutos en volver.
—¿Qué estabas haciendo?
—Ya que estaba allí he aprovechado para ajustar el cambio de la bicicleta.
Comprendí entonces que «subir a buscar algo» no era una acción.
Era un destino.
✦ ✦ ✦
La segunda señal apareció la semana siguiente.
Subí al cuarto porque Henry me había pedido cinta aislante mientras intentaba reparar la lámpara de mi escritorio. Encontré la cinta en una caja del despacho y, cuando regresaba hacia la puerta, vi algo en la cocina.
Me detuve.
Había un motor de motocicleta junto a la encimera.
No un pequeño motor eléctrico.
Un motor.
Un bloque metálico negro, grasiento y considerablemente pesado descansaba dentro de una cubeta de plástico con un líquido oscuro.
Bajé al tercero con la cinta aislante.
Henry seguía inclinado sobre la lámpara.
—Antes de darte esto necesito que me expliques por qué hay un motor de motocicleta en tu cocina.
Henry levantó la cabeza y pareció necesitar unos segundos para recordar de qué motor estaba hablando.
Eso no me tranquilizó.
—Es de una Triumph antigua que tenía David.
Iba a deshacerse de ella por piezas y el motor probablemente habría terminado en un desguace.
El bloque está bastante bien y creo que el problema está en el cigüeñal, aunque todavía no lo he abierto.
Me pareció una pena que lo tirara sin comprobar si se puede recuperar.
No conocía a David.
En aquel momento lo odié.
—Está dentro de un cubo de gasolina.
—No es gasolina. Es desengrasante. Lo he dejado ahí para poder limpiarlo antes de abrirlo y, como arriba ya no cocinamos, la cocina es el sitio más fácil de limpiar si cae algo. No pensaba dejarlo allí para siempre.
Había demasiadas partes preocupantes en aquella explicación para abordarlas simultáneamente.
Decidí concentrarme en la última.
—¿Cuánto tiempo significa «no para siempre» cuando hablamos de uno de tus proyectos?
Henry sonrió.
No contestó.
Eso era exactamente lo que temía.
✦ ✦ ✦
Dos semanas después apareció el ordenador.
Lo llamo ordenador porque Henry lo llamó ordenador.
Yo habría utilizado «armario».
O «infraestructura».
O posiblemente «maquinaria industrial».
Cuando llegué del trabajo había una furgoneta aparcada delante del edificio y dos hombres intentaban introducir por la puerta una estructura metálica que tenía aproximadamente las dimensiones de una nevera y el aspecto de haber pertenecido a una instalación militar durante la Guerra Fría.
Henry estaba dirigiendo la operación.
Me quedé en la acera hasta que me vio. Sonrió y se acercó con ese entusiasmo que ya había aprendido a relacionar con acontecimientos que normalmente terminaban ocupando espacio.
—Antes de que preguntes, la universidad está vaciando uno de los almacenes antiguos y esto iba directamente a reciclaje.
Es parte de un PDP-11. Lleva allí años y nadie lo utiliza.
Hablé con uno de los técnicos y me dijo que podía llevármelo si me encargaba del transporte.
No funciona, evidentemente, pero creo que la mayor parte del sistema está bastante bien y sería una pena que terminara desmontado.
Había mucha información en aquella explicación.
Decidí empezar por la que me parecía más preocupante.
—Has traído a casa un ordenador que no quieren ni en una universidad.
Henry frunció ligeramente el ceño.
—Dicho así parece que me haya llevado basura.
Es un sistema histórico. Los PDP-11 fueron importantísimos y todavía hay muchísima gente restaurándolos.
Además, este tiene algunas piezas interesantes.
No sé todavía si podré reconstruir una configuración completamente original, pero por lo menos merece la pena intentarlo antes de que lo conviertan en chatarra.
Miré el aparato.
Uno de los transportistas esperaba junto a él con la expresión de un hombre que ya había formado su propia opinión al respecto.
—Henry, una institución dedicada al conocimiento, que además emplea a personas capaces de comprender qué demonios es eso, ha decidido tirarlo. Tú eres la única persona implicada en esta historia que ha llegado a la conclusión de que necesitamos conservarlo.
Entonces empezó a explicarme qué era un PDP-11.
Y ese era otro de los defectos de Henry que había descubierto durante los últimos meses. Cuando preguntabas por algo que le interesaba, no recibías una respuesta.
Recibías una conferencia.
Me explicó que Digital Equipment Corporation había empezado a fabricar aquella familia de ordenadores en los años setenta, que habían sido extraordinariamente importantes en universidades, laboratorios e industria, que existían diferentes modelos y configuraciones y que conseguir que uno volviera a funcionar era mucho más interesante de lo que yo parecía imaginar.
Yo no había expresado lo interesante que me parecía.
Al parecer mi cara sí.
—¿Y sabes hacerlo funcionar?
Henry miró hacia el aparato con una mezcla de respeto y entusiasmo.
—Todavía no. Primero tengo que identificar exactamente qué tenemos. Faltan algunas cosas y la fuente de alimentación seguramente habrá que revisarla por completo. Puede que haya condensadores que no debamos ni intentar energizar antes de comprobarlos. Pero ese es precisamente el interés.
Ahí estaba la frase.
Ese es precisamente el interés.
Para mí, que un ordenador no funcionara era un inconveniente.
Para Henry era una característica.
Uno de los transportistas aprovechó la pausa para preguntar si aquello iba al cuarto piso.
Henry asintió.
Yo también.
No porque estuviera de acuerdo.
Porque acababa de comprender que oponerse en la acera mientras dos hombres sujetaban un ordenador de más de cincuenta años y varios cientos de kilos podía terminar con una noticia bastante difícil de explicar a la compañía de seguros.
✦ ✦ ✦
Aquella noche busqué PDP-11 en Internet.
Fue un error.