Capítulo 2 #4
—También me ha explicado que está pensando en «dar el salto a los organismos internacionales». Según él, los idiomas nunca han sido un problema. Habla francés y tiene una base de alemán.
Henry empezó a sonreír antes de que yo terminara.
—Andrew suspendió francés dos veces. Después estuvo una semana en Lyon y aprendió a pedir cerveza, preguntar dónde estaba una estación y decir que una chica tenía unos ojos preciosos. Desde entonces sostiene que puede defenderse. Nunca he tenido valor para preguntarle exactamente de qué.
Me eché a reír.
Empezaba a comprender que no estaba descubriendo a Henry ninguno de los defectos de su hermano.
Los conocía todos.
Probablemente conocía muchos más.
—Entonces reconoces que se considera bastante más sofisticado de lo que realmente es.
Henry tardó algo más en responder esta vez.
—Sí. Pero tampoco es muy difícil entender por qué.
Richard encontró pronto algo que se le daba bien y construyó una carrera alrededor de eso.
Yo también tuve suerte. Maggie ha pasado por años muy duros, pero siempre ha sabido quién era.
Andrew no. Lleva años empezando trabajos que parecen a punto de convertirse en algo estable y nunca lo hacen.
Cada vez piensa que este será el definitivo.
Durante unos meses habla de «mi departamento», «nuestros proyectos», «mi área» y empieza a imaginarse dentro de cinco años.
Después vuelve la persona a la que sustituía, termina el contrato o desaparece el presupuesto y tiene que empezar otra vez.
Creo que necesita construir una historia en la que todo eso conduce a alguna parte.
Eso me hizo sentir ligeramente culpable.
No demasiado.
Seguía siendo un snob.
Pero ahora era un snob con contexto.
Henry continuó conduciendo.
—Además, tú haces algo parecido.
Giré la cabeza.
Ahí estaba.
La psicología.
A Henry le gustaba la psicología. Leía libros sobre ella, escuchaba podcasts y tenía una desagradable costumbre de observar a las personas hasta comprender cosas que ellas habían realizado un esfuerzo considerable por no comprender.
Me parecía una afición fascinante.
Cuando analizaba a otros.
—No me analices.
Henry sonrió.
—No te estoy analizando. Solo digo que tú también necesitas convertir determinadas cosas en argumentos racionales.
No quieres que me mude a tu piso simplemente porque quieres que vivamos allí.
Has calculado cuánto podríamos obtener alquilando el mío, cuánto tardaría el alquiler en cubrir una parte de la hipoteca y hasta cuánto ahorraríamos en calefacción.
Has construido tres escenarios financieros para demostrar que una cosa que deseas emocionalmente es también la única decisión objetivamente sensata.
Lo miré.
Aquello era una simplificación escandalosa.
—Mis escenarios financieros son perfectamente válidos.
El hecho de que yo prefiera mi piso no invalida que económicamente tenga mucho más sentido alquilar el tuyo.
Son dos cuestiones diferentes y me parece bastante preocupante que un ingeniero sea incapaz de separar una preferencia personal de un análisis objetivo.
Henry asintió.
—Naturalmente.
Eso era mío.
No podía utilizarlo contra mí.
—Y ahora estás enfadada porque creías que habías descubierto algo sobre Andrew que yo no sabía.
Giré lentamente la cabeza hacia él.
—Te he pedido expresamente que no me analices.
Henry sonrió.
Y no dijo nada más.
Eso fue todavía peor.
Porque sabía que tenía razón.
Y sabía que yo sabía que tenía razón.
El muy cabrón.
Unos minutos después apoyó una mano sobre mi rodilla y puso música.
No volvió a hablar de Andrew.
Ni de mis escenarios financieros.
Ni de que me había pasado toda la comida intentando decidir si su familia me aceptaba.
Simplemente condujo.
También sabía cuándo dejarme en paz.
Cómo lo odio.
Miré por la ventanilla.
Había salido aquella mañana pensando que iba a conocer a la familia de Henry.
Como si «la familia de Henry» fuera una entidad.
Algo que pudiera gustarme o no gustarme.
En cambio había encontrado personas.
Para Sam, Henry era el tío extraordinariamente inteligente que padecía la incomprensible tara moral de ser del Arsenal.
Para Emma era el adulto que recordaba sus exámenes y escuchaba de verdad cuando hablaba de idiomas, alfabetos o cualquier nueva obsesión que hubiera descubierto aquella semana.
Para Maggie era el hermano que había aparecido con una caja de herramientas cuando su vida se estaba desmoronando y había sabido arreglar una puerta sin intentar arreglarla a ella.
Para Richard era alguien capaz de pasar dos horas hablando sobre una bomba de agua y considerar que había sido una tarde bien aprovechada.
Y para Andrew seguía siendo, sospechaba, el hermano mayor cuya aprobación necesitaba mucho más de lo que admitiría.
Yo conocía al hombre del cuarto piso.
Ellos conocían a todos los anteriores.
Y empezaba a comprender que enamorarse de alguien no consistía solamente en descubrir quién era.
También significaba descubrir quién había sido para todas las personas que habían llegado antes que tú.
Miré a Henry.
Seguía conduciendo con una mano sobre mi rodilla.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
Sonrió.
—No hagas el nada.
Esta vez no me molestó.
Demasiado.
Naturalmente.