Capítulo 2 #3
Andrew negó lentamente con la cabeza.
—Creo que existe muchísimo alarmismo. Estamos proyectando sobre la inteligencia artificial miedos que en realidad tienen más que ver con la precarización del mercado laboral.
La mayoría de profesiones no van a desaparecer; simplemente cambiarán.
Precisamente lo peligroso es presentar cada avance tecnológico como si estuviéramos al borde de una revolución.
Miré a Henry.
Henry continuó comiendo.
Miré a Richard.
Richard bebió vino.
Nadie parecía haber detectado lo ocurrido.
O todos lo habían detectado demasiadas veces.
Decidí observar.
El siguiente asunto fueron los colegios.
Andrew explicó durante un buen rato que la educación privada contribuía a perpetuar una estructura social profundamente desigual y que no podía entender cómo personas progresistas continuaban justificándola.
Richard comentó entonces que uno de sus hijos había terminado en un colegio privado después de pasarlo bastante mal en el anterior.
Andrew no necesitó ni treinta segundos.
—Ese es precisamente el problema de convertir la educación en una cuestión puramente ideológica.
Al final cada familia tiene que decidir qué necesita su hijo.
Si el sistema público no puede ofrecer determinadas soluciones, me parece absurdo culpabilizar a unos padres por buscar alternativas.
La educación privada puede proporcionar oportunidades que, desgraciadamente, el Estado no siempre está en condiciones de garantizar.
Dejé el tenedor.
Henry me miró.
No dijo nada.
Sonrió.
El muy cabrón.
✦ ✦ ✦
Después del postre ayudé a Maggie en la cocina.
Para entonces me caía bien.
Mucho.
Eso no significaba que no hubiera detectado algunos aspectos de su vida susceptibles de mejora.
—El divorcio fue horrible —me explicó mientras colocaba unos platos—.
No voy a hacer esa cosa que hace alguna gente de decir que fue lo mejor que me ha pasado porque me permitió encontrarme a mí misma.
Me habría encantado encontrarme de una manera bastante más barata.
Durante un año vivimos pendientes de abogados, de quién se quedaba la casa, de los horarios de los niños y de conversaciones que empezaban hablando de unas vacaciones y terminaban con dos adultos discutiendo sobre algo que había ocurrido ocho años antes.
Pero se acabó. Y cuando se acabó descubrimos que seguíamos teniendo dos hijos y que probablemente convenía aprender a comportarnos como personas normales.
Aquello me sorprendió.
Henry me había contado que el divorcio había sido muy difícil y yo había construido mentalmente una imagen bastante concreta del exmarido de Maggie.
No especialmente favorable.
—Entonces ahora os lleváis bien.
—Nos llevamos suficientemente bien. Que es distinto y probablemente mucho más sano. No quiero irme de vacaciones con él. Tampoco quiero atropellarlo con el coche. Después de dónde estábamos hace tres años, considero que es un éxito extraordinario.
Me reí.
—Mi hermana tiene una niña de seis años, Lucy, y naturalmente es una situación completamente diferente. Pero siempre pienso que las rutinas ayudan muchísimo con los niños. Saber dónde están, quién hace qué, mantener cierta estructura... Sobre todo después de una separación tan complicada.
Maggie dejó un plato sobre la encimera.
—Tenemos estructura, Claire. Los niños saben perfectamente cuándo están conmigo y cuándo con su padre.
Emma tiene un calendario que probablemente podría gestionar una operación militar y Sam se limita a preguntar dónde duerme esa noche cuando ya lleva puesto el pijama.
Los dos métodos funcionan sorprendentemente bien.
No había pretendido sugerir que Maggie no supiera organizar a sus hijos.
Simplemente había señalado una posibilidad.
—Claro. Y supongo que cuando están con él tienes tiempo para ti. Para salir, conocer gente... Después de unos años quizá incluso apetezca volver a tener una relación.
Maggie me observó durante un momento.
No parecía enfadada.
Habría sido más fácil si lo hubiera estado.
—Claire, estoy divorciada, no averiada. Tengo un trabajo que me gusta bastante, dos hijos que sobreviven pese a mis esfuerzos, amigos a los que consigo ver cuando podemos coordinar seis calendarios y una casa en la que nadie me pregunta por qué he comprado otro cojín.
A veces salgo con alguien y a veces no. Y las semanas en las que no tengo que averiguar si un hombre de cuarenta y tres años considera razonable enviarme una fotografía de su torso antes de decirme su apellido tampoco son necesariamente las peores de mi vida.
No necesito volver a construir exactamente la misma vida que tenía antes para demostrar que estoy bien.
Aquello fue bastante más largo de lo que esperaba.
Y bastante más convincente.
—No estaba intentando arreglarte.
Maggie sonrió.
—Todavía no. Pero estabas empezando a hacer una lista.
Me cayó un poco peor.
Solo durante unos segundos.
—Soy organizada.
—Ya lo sé. Henry me ha hablado de tus tres escenarios financieros para alquilar su piso.
Me quedé inmóvil.
—¿Henry te ha contado eso?
—Henry es mi hermano. Hablamos.
Aquello requeriría una conversación posterior.
Maggie debió de verlo en mi cara porque se echó a reír.
—No te preocupes. No me cuenta vuestras intimidades. Pero conozco a mi hermano. Cuando está feliz habla más. Y últimamente habla bastante.
Eso me desarmó.
Maggie miró por la ventana.
Henry estaba en el jardín con Sam. El chico tenía una pelota y parecía estar intentando demostrar algo que probablemente implicaba la superioridad moral del West Ham. Emma estaba sentada cerca, mirando el teléfono.
—Los dos lo adoran. Cuando me separé, Henry apareció continuamente por casa.
Yo no se lo pedí. De hecho, varias veces le dije que se fuera.
Pero Emma tenía trece años y lo estaba pasando fatal, y Sam todavía era bastante pequeño.
Henry arregló una puerta, una ventana y un grifo que llevaba meses goteando.
Después empezó a recoger a los niños algún sábado y se los llevaba a comer.
Nunca hablaba del divorcio con ellos si no querían hacerlo.
Simplemente conseguía que durante unas horas todo pareciera normal.
Se quedó unos segundos en silencio.
—Hacía mucho que no lo veía como está ahora.
Sabía lo que iba a preguntar antes de hacerlo.
—¿Cómo?
Maggie me miró.
—Feliz.
Una palabra.
Nada más.
No necesitaba nada más.
Miré hacia el jardín.
Henry se estaba riendo de algo que había dicho Sam.
Sentí esa cosa absurda que me ocurría algunas veces desde que estábamos juntos. Una especie de presión cálida en el pecho que me hacía querer acercarme a él y, al mismo tiempo, permanecer exactamente donde estaba mirándolo.
Cómo lo odio.
✦ ✦ ✦
En el coche de vuelta esperé diez minutos antes de hablar.
Me pareció una muestra extraordinaria de autocontrol.
—Tu hermano Andrew es un snob. Y no me refiero solo a que se dé más importancia de la que tiene.
Eso sería incluso comprensible. Lo extraño es que necesita convertir cada cosa que le ocurre en una decisión.
No ha tenido cinco trabajos temporales porque no haya conseguido uno estable.
Ha construido una trayectoria transversal.
No está intentando encontrar su sitio. Ha decidido no especializarse demasiado pronto.
Henry, no estaba describiéndome una carrera.
Estaba describiéndome la ausencia de una.
Henry permaneció unos segundos en silencio antes de responder.
—Sí. Andrew hace eso desde siempre. Pero creo que hay una diferencia entre lo que tú piensas que hace y lo que realmente hace.
No creo que intente convencerte a ti de que tiene una carrera extraordinaria.
Bueno, quizá un poco. Le gusta impresionar.
Pero sobre todo necesita convencerse él.
Le cuesta muchísimo aceptar las partes de su vida sobre las que no tiene control, así que después construye una explicación que las convierte en decisiones.
Si algo no sale bien, necesita pensar que en realidad formaba parte del camino hacia otra cosa.
Lo hacía ya de adolescente. Tuvo un profesor de Historia marxista y durante seis meses no pudimos cenar sin que Andrew explicara a mi padre los medios de producción.
Al año siguiente tuvo otro profesor bastante conservador y de repente descubrió las virtudes de la responsabilidad individual.
Me molestó ligeramente que Henry hubiera entendido en treinta segundos algo que yo había tardado toda una comida en descubrir.
—Eso es exactamente lo que estaba diciendo.
Además, no tiene una sola opinión que sobreviva a una conversación con alguien suficientemente convincente.
Esta tarde ha defendido que los colegios privados son responsables de buena parte de las desigualdades británicas y, veinte minutos después, cuando Richard ha hablado del colegio de su hijo, ha explicado que la educación privada ofrece oportunidades que el Estado no puede proporcionar.
No ha matizado su opinión. Ha cambiado de personalidad entre el primer plato y el postre.
Henry se rio.
—Eso también lo hace. Richard tiene mucho éxito y Andrew lo admira bastante más de lo que reconoce.
Dentro de una semana conocerá a alguien que educa a sus hijos en casa y descubrirá que siempre ha tenido profundas reservas sobre la educación convencional.
Mi madre lleva treinta y ocho años intentando averiguar qué piensa realmente Andrew de algunas cosas y ha terminado aceptando que probablemente sea más fácil preguntarle con quién ha hablado esa mañana.
Aquello explicaba bastante.
Pero todavía me quedaba una objeción.