Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Maggie no lo parecía.

O, mejor dicho, parecía exactamente tan desbordada como cualquier mujer con dos hijos adolescentes, un trabajo y una comida familiar en marcha.

Mi hermana también tenía una hija.

No era lo mismo.

Naturalmente.

Lucy tenía seis años, era adorable y solo resultaba peligrosa cuando disponía de azúcar suficiente.

Los hijos de Maggie eran otra cosa.

✦   ✦   ✦

Emma apareció poco después.

Tenía dieciséis años, el pelo oscuro recogido sin demasiado entusiasmo y una camiseta cubierta de caracteres que no supe identificar.

Con Henry fue diferente que Sam.

No hubo provocaciones ni fútbol. Henry la abrazó y le preguntó por un examen.

—Creo que fue bien, pero la parte oral fue horrible.

Me quedé en blanco dos veces y después utilicé una construcción que sabía perfectamente que estaba mal.

La profesora dijo que no importaba, pero cuando un profesor dice que no importa normalmente significa que sí importa y que simplemente no quiere verte llorar.

Henry sonrió.

—La última vez dijiste exactamente lo mismo y sacaste un nueve. Además, eres capaz de pasar una tarde comparando alfabetos que nadie te ha pedido que aprendas. Creo que podemos ampliar un poco la definición de fracaso.

Emma sonrió.

Entonces me presentó.

Ella fue educada, amable y bastante tímida.

Yo interpreté inmediatamente aquella timidez como falta de interés.

Era una conclusión perfectamente razonable basada en aproximadamente veinte segundos de información.

—Henry me ha contado que te gustan mucho los idiomas. Yo siempre he admirado a la gente capaz de aprenderlos por diversión. Bastante tengo con intentar no cometer errores en los que ya hablo.

No había dicho nada especialmente estúpido.

Eso es lo que pensé al principio.

Emma tardó un momento en responder.

—No sé si aprenderlos es exactamente la palabra.

Me obsesiono por temporadas. Hace unos meses fue el japonés, después empecé con el coreano porque el alfabeto me parecía demasiado lógico para ser verdad y ahora estoy intentando entender por qué algunas lenguas tienen casos suficientes para convertir una frase sencilla en una operación matemática.

Lo peor es que cuanto más aprendes, más cosas descubres que no entiendes. Es un sistema bastante cruel.

La última frase la dijo sonriendo.

Algo cambió.

Seguía pareciendo insegura, pero ya no parecía tímida.

Había entrado en un terreno que conocía.

—Yo creo que abandonaría en cuanto descubriera que una lengua tiene más reglas de las que estoy dispuesta a recordar —le dije—. Ya tengo suficientes problemas con el inglés.

Emma se rio.

Fue la primera vez que pareció relajarse conmigo.

Henry nos observaba.

—Emma tiene una lista de lugares a los que quiere ir cuando termine el colegio. Cambia aproximadamente una vez al mes y ocupa más páginas que algunos itinerarios de agencia de viajes.

Emma protestó.

—No cambia tanto. Japón sigue estando, pero también quiero ir a Corea, y últimamente estoy mirando Europa del Este porque hay idiomas que parecen diseñados expresamente para llevarte la contraria.

Lo que no quiero es viajar a un sitio, ver la capital durante dos días y decir que conozco el país.

Es como venir al Reino Unido, ver Londres y pensar que ya lo has entendido todo.

Y entonces habló durante varios minutos.

Yo escuché.

No entendí todo, pero no importaba.

Comprendí algo bastante más útil.

Emma no tenía poco que decir.

Necesitaba estar segura de que lo que iba a decir merecía la pena.

Aquello me gustó.

También me hizo sentir ligeramente culpable por haber decidido casi inmediatamente que no le había caído bien.

Ligeramente.

✦   ✦   ✦

Richard llegó con su mujer y dos botellas de vino.

Era informático.

Lo descubrí enseguida.

No porque tuviera barba, llevara una camiseta con un chiste que solo entendieran otros informáticos o fuera incapaz de mirar a una mujer a los ojos.

Richard era perfectamente normal.

El problema era Henry.

Todo empezó con la calefacción.

Richard había instalado un sistema que controlaba individualmente la temperatura de cada habitación de su casa. Henry quiso saber cómo funcionaba.

Fue una pregunta.

Una pregunta aparentemente inocente.

Yo también quise saberlo.

Fue un error.

—Al principio compré uno comercial —explicó Richard—, pero acabé harto porque todo dependía de la nube del fabricante.

Si mañana la empresa decide que tu modelo ya no tiene soporte, tienes media casa dependiendo de un servidor que alguien puede apagar.

Así que monté Home Assistant en una Raspberry Pi, empecé con un par de sensores y ahora prácticamente todo funciona en local.

Es bastante más trabajo al principio, pero al menos sé que dentro de cinco años no voy a tener que cambiar veinte dispositivos porque alguien haya decidido cerrar una API.

Henry se inclinó hacia delante.

Había reconocido aquella expresión.

Era la misma que ponía delante de una bicicleta desmontada.

—Eso tiene mucho más sentido, aunque cuanto más integras más cosas pueden romperse.

¿Cómo haces las actualizaciones? Porque si tienes sensores de fabricantes diferentes, en algún momento uno cambia algo y acabas dedicando un domingo entero a descubrir por qué el baño cree que está a treinta y ocho grados.

Richard sonrió.

Había encontrado a su hombre.

La conversación continuó.

Sensores.

Protocolos.

Zigbee.

Copias de seguridad.

Una palabra que sonaba como MQTT y que decidí no preguntar.

Durante unos minutos hice un esfuerzo sincero.

Después bebí vino.

Emma se sentó a mi lado.

—Hacen esto mucho.

—¿Cuánto puede durar?

Emma pensó.

—Una vez estuvieron casi dos horas hablando de una bomba de agua.

Miré a Henry.

Una bomba de agua.

Naturalmente.

—¿Qué hicisteis vosotros?

—Nos fuimos.

Me estaba enamorando un poco de aquella chica.

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Andrew llegó tarde.

Tenía treinta y ocho años, estaba soltero y llevaba una chaqueta que resultaba ligeramente demasiado elegante para una comida de cumpleaños en casa de sus padres.

Me estrechó la mano antes de decidir que aquello era demasiado formal y convertir el gesto en una especie de abrazo.

—Así que trabajas en la EPO. Siempre me han interesado mucho ese tipo de organizaciones.

De hecho, varias veces he pensado que probablemente mi perfil encajaría mejor en un entorno internacional que en la administración británica.

Aquí existe todavía una rigidez enorme con las trayectorias profesionales; parece que si has trabajado unos años en un área determinada tienes que seguir allí toda la vida.

Yo, en cambio, he pasado por distintos departamentos y creo que eso me ha dado una visión mucho más transversal.

Gestión, coordinación, políticas públicas...

ese tipo de puestos suelen necesitar precisamente a gente capaz de moverse entre ámbitos distintos.

Me pareció una exposición bastante impresionante.

Especialmente porque Maggie me había contado diez minutos antes que Andrew llevaba cuatro meses cubriendo una baja por maternidad en el departamento administrativo de un ayuntamiento.

—Hay puestos muy diferentes —le expliqué—. Algunos requieren perfiles muy específicos y otros son más generales, pero suele haber bastante competencia. La experiencia internacional puede ayudar, aunque depende muchísimo del puesto y de lo que estés buscando.

Andrew asintió como si acabara de confirmar algo que llevaba años sospechando.

—Eso es exactamente lo que siempre he pensado.

Además, los idiomas nunca me han preocupado demasiado.

Francés puedo defenderme bastante bien y estudié algo de alemán hace años.

No diría que lo hablo, naturalmente, pero en un entorno profesional lo importante es tener una buena base y después adquirir vocabulario específico.

Al final, si tienes capacidad de adaptación, todo lo demás se aprende.

Mi ventaja es precisamente que nunca he querido encerrarme demasiado pronto en una especialización concreta.

Comprendí entonces algo fascinante.

Andrew no estaba describiendo una carrera.

Estaba describiendo la ausencia de una.

Cada trabajo que no había durado lo suficiente se había convertido en experiencia multidisciplinar.

Cada departamento en el que había pasado unos meses demostraba su capacidad de adaptación.

No haberse especializado en nada era, aparentemente, una decisión consciente destinada a proporcionarle una visión transversal.

Era extraordinario.

Si conseguía aplicar el mismo método a mi vida sentimental anterior a Henry, quizá no había pasado años saliendo con hombres inadecuados.

Había desarrollado una estrategia diversificada de selección de pareja.

Era completamente distinto.

Naturalmente.

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Durante la comida descubrí otra peculiaridad de Andrew.

Tenía muchas opiniones.

El problema era que no siempre eran las mismas.

Richard mencionó la inteligencia artificial y Andrew desarrolló durante varios minutos una teoría bastante elaborada sobre el futuro del trabajo.

Según él, estábamos ante una transformación comparable a la Revolución Industrial.

La sociedad todavía no había comprendido la magnitud del cambio y las administraciones públicas estaban especialmente mal preparadas para adaptarse.

Habló de empleos que desaparecerían, de la necesidad de replantear la formación y de cómo dentro de diez años miraríamos atrás y nos sorprendería nuestra ingenuidad.

Richard escuchó y después explicó que él no estaba tan seguro.

Trabajaba con aquellas tecnologías y, según dijo, existía una distancia considerable entre una demostración impresionante y un sistema en el que una empresa pudiera confiar para tomar decisiones reales.

Henry coincidió en parte y añadió algo sobre la tendencia humana a sobrevalorar los cambios a corto plazo y subestimar los de largo plazo.

No intervine.

Estaban teniendo otra de aquellas conversaciones.

Pero esta vez entendía casi todo.

Unos veinte minutos después Maggie comentó que una amiga estaba preocupada porque su empresa quería automatizar parte de su departamento.