Capítulo 2
El hombre que tenía familia
Durante los primeros meses de nuestra relación llegué a una conclusión bastante tranquilizadora.
Henry tenía defectos.
No muchos, naturalmente, pero suficientes para confirmar que seguía siendo un ser humano.
Perdía paraguas. Dejaba las cosas exactamente en el lugar donde habían dejado de resultarle útiles.
Empezaba proyectos con un entusiasmo considerablemente superior al que dedicaba después a terminarlos.
Poseía una televisión de sesenta y cinco pulgadas y consideraba que aquello era una dimensión razonable para un aparato destinado fundamentalmente a ver hombres corriendo detrás de una pelota.
Todo aquello podía solucionarse.
O tolerarse.
Para una persona enamorada viene a ser aproximadamente lo mismo.
Entonces descubrí algo bastante más complicado.
Henry tenía familia.
Mucha.
Naturalmente, yo sabía que tenía familia. Durante meses había oído nombres. Maggie. Richard. Andrew. Emma. Sam. Sus padres. Algún primo que vivía en Escocia y cuya función exacta dentro de la estructura familiar nunca había terminado de comprender.
Pero una cosa es saber que las personas tienen familia y otra muy distinta conocerla.
Las familias, cuando se mencionan individualmente, parecen inofensivas.
Una hermana.
Dos hermanos.
Dos sobrinos.
Unos padres.
El problema empieza cuando se juntan.
La ocasión fue el cumpleaños de la madre de Henry.
—No tienes que estar nerviosa —me dijo Henry aquella mañana.
No estaba nerviosa.
Había probado tres vestidos porque el primero me hacía demasiado formal, el segundo demasiado informal y el tercero exactamente lo bastante informal como para que pareciera que no había dedicado cuarenta minutos a decidir qué ponerme.
Eso no es estar nerviosa.
Es planificación.
Henry apareció en mi dormitorio mientras yo intentaba decidir entre dos pares de zapatos. Llevaba pantalones oscuros, una camisa azul y la expresión relajada de un hombre que iba a reunirse con personas que ya habían tenido cuarenta y cinco años para formarse una opinión sobre él.
—Claire, es el cumpleaños de mi madre. Vamos a comer, ella soplará unas velas, Richard y yo acabaremos discutiendo sobre algo que a nadie más le interesa, Andrew tendrá una opinión nueva sobre algún asunto del que la semana pasada tenía la opinión contraria y Sam me explicará por qué ser del Arsenal demuestra una deficiencia intelectual.
Maggie probablemente amenazará con abandonar a alguno de sus hijos en una gasolinera. No es una entrevista de trabajo.
—Sé perfectamente que no es una entrevista de trabajo. Solo quiero causar buena impresión. Es la primera vez que voy a conocerlos a todos y me parece razonable dedicar un mínimo de atención a la ropa.
Henry contempló los tres vestidos que había descartado sobre la cama y después los dos pares de zapatos que todavía esperaban una decisión.
Tuvo el buen criterio de no definir «mínimo».
—Les vas a gustar. Ya saben bastantes cosas de ti y llevan semanas queriendo conocerte. Mi madre está convencida de que te estamos ocultando por algún motivo y Maggie sospecha que probablemente seas imaginaria.
Aquello me tranquilizó.
Un poco.
—¿Qué cosas saben?
—Las normales. Que eres abogada, que trabajas en propiedad intelectual, que tienes una sobrina de seis años, que te gusta viajar, que eres incapaz de preparar café sin convertir la cantidad de leche en una especificación técnica y que tu familia es del Tottenham.
Me giré.
—¿Por qué les has contado lo del café?
Henry sonrió.
—Porque mi madre preguntó cómo lo tomabas.
—¿Y lo del Tottenham?
—Sam.
Naturalmente.
Elegí los zapatos negros.
✦ ✦ ✦
Los padres de Henry vivían a poco más de una hora de Londres, en una casa que tenía exactamente el aspecto que debe tener una casa en la que alguien lleva viviendo más de treinta años.
No era particularmente grande ni pequeña. El jardín delantero necesitaba que alguien hiciera algo con un seto, había dos macetas que probablemente habían conocido tiempos mejores y una bicicleta descansaba contra la pared del garaje.
La señalé.
—¿De Sam?
Henry miró la bicicleta.
—No.
Esperé.
—Es mía.
Naturalmente.
—¿Qué hace aquí?
—La estoy arreglando. Mi padre tenía un problema con los cambios y me la traje hace unos meses para echarle un vistazo.
—Henry, hay otra bicicleta desmontada en tu despacho.
—Sí.
—¿Cuántas bicicletas estás arreglando?
Henry cogió una bolsa del maletero y cerró el coche.
—No veo de qué manera puede mejorar nuestra relación conocer la respuesta a esa pregunta.
No tuve tiempo de insistir.
Su madre abrió la puerta antes de que llegáramos a ella.
Abrazó a Henry y después a mí con una naturalidad que eliminó de golpe aproximadamente el setenta por ciento de la conversación que había ensayado mentalmente durante el viaje.
—Claire. Por fin. Pasa, querida. Henry me ha dicho que tomas el café con una sacarina y una gotita de leche, pero ahora mismo solo tenemos vino, cerveza y una botella que ha traído Richard y que, aparentemente, necesita respirar antes que nosotros.
Miré a Henry.
Él se encogió de hombros.
No sé por qué me emocionó descubrir que su madre sabía cómo tomaba el café.
Era una tontería.
Una sacarina y un poco de leche no constituían información íntima.
Pero significaba que, en algún momento en el que yo no estaba presente, Henry había hablado de mí.
Y había hablado de cosas pequeñas.
No de «Claire es abogada» o «Claire tiene treinta y seis años».
De mi café.
No dije nada.
Naturalmente.
✦ ✦ ✦
Sam apareció por el pasillo unos minutos después.
Tenía trece años, era alto y delgado y llevaba una camiseta del West Ham que parecía haber conocido épocas mejores. No saludó inmediatamente a Henry.
Sonrió.
—He pensado mucho en esto y creo que ya tienes edad para admitir que te equivocaste.
Cuando eras pequeño puedo entenderlo porque un niño no tiene todavía desarrollada la capacidad de tomar decisiones importantes, pero ahora tienes cuarenta y cinco años.
Podrías reconocer que elegir al Arsenal fue un error de juventud y dedicar el resto de tu vida a apoyar a un equipo decente.
Yo estaría dispuesto a ayudarte durante la transición.
Henry dejó las llaves sobre una mesa y contempló a su sobrino con una paciencia que sugería que aquella conversación no era nueva.
—Aprecio tu preocupación, pero hay decisiones que uno toma para toda la vida.
Un equipo de fútbol es como la familia. No puedes cambiarlo simplemente porque atraviese una mala época.
Créeme, si se pudiera cambiar de familia, después de conocerte habría investigado seriamente las condiciones de devolución.
Sam sonrió.
Henry le revolvió el pelo y Sam protestó sin apartarse realmente.
No hacía falta que nadie me explicara que se adoraban.
—El problema —continuó Sam— es que mamá siempre dice que eres muy inteligente.
Y yo estoy de acuerdo casi siempre. Sabes arreglar cosas, has estado en un montón de países y me explicaste cómo funcionaban las esclusas cuando fuimos al canal.
Pero después veo que voluntariamente te sientas a mirar al Arsenal y pienso que quizá todos tenemos una parte del cerebro que no funciona bien.
Hasta aquel momento yo había permanecido prudentemente al margen.
No porque careciera de opinión.
Mi familia era del Tottenham.
Una podía no saber demasiado de fútbol —en mi caso, bastante poco— y conservar, sin embargo, ciertos principios morales.
—Creo que Sam plantea una contradicción interesante —dije—. No estoy suficientemente cualificada para valorar el diagnóstico neurológico, pero la parte del Arsenal me parece difícil de rebatir.
Sam me miró por primera vez con verdadero interés.
—¿Tú de quién eres?
—Del Tottenham. Bueno, mi familia es del Tottenham. No sigo demasiado el fútbol, pero en mi casa era una de esas cosas que no se discutían.
Su expresión cambió.
No llegó al respeto.
Pero nos acercamos.
—Eso está bastante bien. Mi abuelo era del West Ham y mi padre también, así que lo entiendo. No tienes que saberte todos los jugadores para ser de un equipo. Es como una cosa de familia. Aunque el Tottenham tampoco me gusta mucho, claro.
Me pareció razonable.
—Puedo vivir con eso.
—Además, por lo menos no eres del Arsenal.
Henry nos miró alternativamente.
—Me alegra muchísimo haber facilitado esta nueva amistad.
Y así fue como conseguí mi primer punto con Sam.
No por mi personalidad.
No por mi inteligencia.
Ni siquiera por ser la mujer de la que estaba enamorado su tío.
Por una decisión deportiva que había tomado mi padre muchos años antes de que yo naciera.
Hay relaciones que empiezan con menos.
✦ ✦ ✦
Maggie apareció desde la cocina.
Se parecía a Henry mucho más de lo que había esperado. No exactamente en los rasgos, sino en una determinada manera de mirar antes de hablar, como si necesitara unos segundos para decidir qué parte de lo que estaba pensando convenía decir en voz alta.
Me abrazó, me dijo que llevaba meses queriendo conocerme y, mientras todavía hablábamos, señaló una mochila que Sam había dejado en mitad del pasillo.
—Llevas trece años viviendo en un mundo en el que la gente utiliza las piernas para desplazarse, Sam. No creo que sea demasiado pronto para comprender que dejar una mochila en mitad de un pasillo aumenta considerablemente las probabilidades de que alguien se mate.
Sam miró la mochila.
—La iba a subir luego.
—Ese es precisamente el problema. Tu concepto de «luego» abarca un periodo temporal que puede ir desde dentro de cinco minutos hasta el final de la civilización occidental. Súbela ahora y nos ahorramos averiguar cuál de las dos cosas ocurre primero.
Sam cogió la mochila.
Me gustó Maggie inmediatamente.
Sabía que estaba divorciada. Henry me había contado algunas cosas.
No demasiadas. Había sido una separación difícil: discusiones por la casa, dinero, abogados, custodia y demasiados meses durante los cuales dos personas que habían compartido una vida parecían incapaces de ponerse de acuerdo sobre cómo dejar de compartirla.
Yo había esperado encontrar a una mujer un poco desbordada.