Capítulo 1 #2
Henry pareció sinceramente ofendido por la acusación. Según él, solo estaba intentando que estuviera cómoda.
Era exactamente la misma expresión que yo había utilizado dos días antes.
Nos miramos.
Aquello fue, creo, el momento exacto en que ambos comprendimos que estábamos en guerra.
Una guerra afectuosa.
Una guerra madura.
Una guerra entre dos adultos razonables que se querían y deseaban construir una vida juntos.
Pero una guerra.
✦ ✦ ✦
Durante las dos semanas siguientes, la situación degeneró.
Mi piso empezó a experimentar mejoras.
No para Henry.
En general.
Compré una segunda mesilla para el dormitorio. Reorganicé el armario del recibidor para que pudiera dejar su abrigo. Compré una taza más grande porque prefería las tazas grandes. Moví algunos libros para dejar libre media estantería.
Incluso estudié la posibilidad de hacer sitio para su televisión.
No encontré ninguna.
Sesenta y cinco pulgadas requerían sacrificar una parte sustancial de la pared del salón y probablemente dos muebles.
No estaba preparada para aquel nivel de compromiso.
Henry, mientras tanto, empezó a demostrarme casualmente las ventajas del cuarto.
Más espacio.
Más luz por la tarde.
Una cocina mayor.
Un despacho.
Yo sostenía que el despacho no podía considerarse espacio habitable porque aproximadamente el cuarenta por ciento estaba ocupado por proyectos que probablemente nunca serían terminados.
Henry sostenía que aquello era una estimación completamente inventada.
Era posible.
Pero había una bicicleta.
Su principal argumento era el espacio.
Tenía más.
Objetivamente.
Aquello me molestaba porque los hechos objetivos resultan particularmente difíciles de combatir.
Su salón era mayor. Su dormitorio era mayor. Y tenía el maldito despacho.
Cuando intenté explicarle que mi piso estaba mucho mejor organizado, Henry cometió el error de mencionar mis cojines.
Según él, había demasiados.
Hay líneas que no deben cruzarse.
Mis cojines formaban parte de la decoración.
Henry alegó que tenía que quitar cuatro cada vez que quería sentarse.
Le expliqué que era porque los colocaba mal.
A veces me preguntaba cómo un hombre que había estudiado ingeniería podía comprender tan poco sobre estructuras.
✦ ✦ ✦
Cuando se lo expliqué a Sophie, esperaba que apreciara inmediatamente la solidez de mi propuesta.
No lo hizo.
Escuchó lo del alquiler, la hipoteca, el espacio perfectamente aprovechado de mi piso y los beneficios evidentes de que Henry se mudara conmigo.
—¿Quieres vivir con Henry o quieres que Henry viva contigo?
Le expliqué que aquello era exactamente lo mismo.
Sophie pidió otra copa de vino.
A veces resultaba agotador hablar con ella.
✦ ✦ ✦
Henry recurrió al chantaje emocional el domingo siguiente.
Cocinó pasta.
Mi favorita.
No voy a entrar en detalles porque no quiero concederle más mérito del necesario, pero había tomate, albahaca, parmesano y alguna clase de magia italiana que probablemente había aprendido durante sus años en Florencia.
Después abrió una botella de vino.
Terminamos en su sofá.
El grande.
El cómodo.
Delante de la televisión absurda.
Afuera llovía. Yo estaba descalza, con las piernas encima de Henry y una manta sobre los dos.
Era exactamente uno de aquellos domingos que meses atrás había imaginado que quería compartir con alguien.
Henry me acariciaba distraídamente el tobillo.
—Esto está bien —dije.
Henry estuvo de acuerdo.
Luego añadió, con absoluta inocencia, que sería una pena perderlo.
Levanté la cabeza.
Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
Él sostuvo que solo había dicho que estábamos bien allí.
Yo señalé que también estábamos bien abajo.
Henry no lo negó. Solo observó que su sofá permitía tumbarse y que, afortunadamente, allí teníamos espacio.
Tenemos.
Lo había dicho deliberadamente.
El muy cabrón.
✦ ✦ ✦
La campaña continuó.
Yo utilicé economía.
Henry utilizó metros cuadrados.
Yo utilicé proximidad al metro, aunque vivíamos en el mismo edificio y Sophie señaló que aquello era probablemente mi argumento más débil.
Henry utilizó el despacho.
Yo utilicé la hipoteca.
Henry utilizó la cocina.
Yo utilicé los armarios.
Henry utilizó la televisión.
Yo consideré aquello desesperado.
Él consideró desesperado que yo hubiera calculado cuánto podía obtener mensualmente alquilando su piso.
—¿Has mirado alquileres?
—Por curiosidad.
Henry contempló la pantalla de mi portátil.
Había tres escenarios.
No porque estuviera intentando convencerlo.
Porque soy una persona rigurosa.
Y entonces Henry hizo algo para lo que no estaba preparada.
—Vale. Hagámoslo.
Lo miré.
Por un momento desaparecieron la hipoteca, los metros cuadrados, los armarios y la televisión.
—¿Que te mudas?
Henry sonrió.
—Que vivimos juntos.
Sentí aquella pequeña explosión de felicidad que seguía apareciendo en los momentos más inesperados.
Lo besé.
Probablemente durante demasiado tiempo para una negociación inmobiliaria.
Cuando nos separamos, yo también sonreía.
—Perfecto. Podemos empezar este fin de semana. Haré sitio para tus cosas.
—No hace falta. Hay sitio de sobra arriba.
Me detuve.
Henry seguía sonriendo.
Le recordé que habíamos acordado vivir juntos.
Él me recordó que en ningún momento habíamos acordado en qué piso.
—Tu piso está lleno de trastos.
—El tuyo no tiene sitio para mi televisión.
—¡Porque tiene sesenta y cinco pulgadas!
—Otro argumento a favor del cuarto.
Lo miré.
Henry Whitmore pensaba que podía ganarme.
Pobre hombre.
La campaña acababa de empezar.