Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2) Capítulo 1
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Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2)

Vivir con el Sr Darcy y otras malas ideas (Claire Bennet 2)

Por J. M. Bargallowsky

© inepub.com

Capítulo 1

El hombre que no quería mudarse

Era feliz.

Mucho.

Sé que puede parecer una forma bastante poco interesante de empezar una historia, especialmente teniendo en cuenta que la última vez que alguien tuvo noticias de mi vida sentimental yo llevaba meses buscando al señor Darcy en Tinder, había acumulado una colección bastante respetable de hombres inadecuados y acababa de descubrir que el hombre que buscaba vivía exactamente un piso por encima del mío.

Pero era feliz.

Obscenamente feliz.

Después de Navidad, Henry y yo empezamos a pasar cada vez más tiempo juntos.

No hubo ninguna conversación al respecto. Ninguno de los dos dijo «creo que deberíamos pasar más tiempo juntos». Simplemente ocurrió.

Algunas noches Henry bajaba al tercero. Otras subía yo al cuarto. Al principio llevábamos las cosas que necesitábamos de un piso a otro. Después dejamos de hacerlo.

Henry tenía un cepillo de dientes en mi baño. Yo tenía otro en el suyo. Luego aparecieron cargadores, zapatillas, champú, ropa interior y todos esos pequeños objetos que aparentemente empiezan a reproducirse cuando dos personas mantienen relaciones sexuales con suficiente regularidad.

Y me gustaba.

Me gustaba muchísimo.

Me gustaba despertarme con Henry.

Sobre todo porque Henry solía levantarse antes que yo y regresar al dormitorio con café.

Una sacarina.

Y una cantidad de leche cuya determinación requería una fórmula matemática de extrema complejidad que Henry, inexplicablemente, había conseguido resolver.

Puede parecer una tontería.

No lo es.

Durante años había pensado que el romanticismo consistía en flores, cenas, escapadas de fin de semana y hombres capaces de recordar aniversarios.

Resultó que consistía en saber exactamente cuándo dejar de echar leche en una taza.

En primavera hicimos nuestro primer viaje juntos.

Holanda.

Keukenhof.

Tulipanes.

Canales.

Molinos.

Todo el catálogo.

Nos alojamos en un hotel precioso junto al Amstel, instalado en una de aquellas casas típicamente holandesas que parecen construidas expresamente para aparecer en postales.

Nuestra habitación daba al canal. Por la mañana entraba una luz maravillosa y desde la cama podíamos ver las bicicletas pasando junto al agua.

Era perfecto.

Salvo por las cortinas.

No había.

O, más exactamente, había algo que los holandeses parecían considerar cortinas y que yo consideraba una concesión puramente simbólica al concepto de intimidad.

Nunca he comprendido esa irritante costumbre holandesa de vivir como si el resto de la humanidad no tuviera ningún interés en mirar por sus ventanas.

Henry aseguró que era una cuestión cultural.

Yo le expliqué que la cultura dejaba de ser un argumento válido cuando una señora de sesenta años que paseaba un perro podía verme cambiarme de sujetador desde la otra orilla del Amstel.

Henry sugirió que quizá la señora no estaba mirando.

La señora estaba mirando.

Aparte de eso, fue perfecto.

Fuimos a Keukenhof cuando los tulipanes estaban en plena floración. Caminamos durante horas entre extensiones de colores imposibles y nos hicimos fotografías que después enseñé a Sophie y Rachel hasta que ambas empezaron a mostrar síntomas evidentes de querer asesinarme.

También alquilamos bicicletas.

Aquello fue idea de Henry.

—Estamos en Holanda. Hay que ir en bicicleta.

Parecía razonable.

Mi bicicleta era demasiado grande. Henry aseguró que podía bajarme el sillín. Le expliqué que el problema no era el sillín sino el cuadro, aunque técnicamente podía montar.

Técnicamente también podía caerme.

Además, no llevaba el calzado adecuado.

Eso no era culpa de Henry.

Quiero dejarlo claro.

Aunque podría habérmelo advertido.

Pedaleamos hasta los campos de tulipanes y fue maravilloso. Había kilómetros de flores, caminos estrechos, pequeñas granjas y aquel cielo enorme que parecía ocupar media Holanda.

Henry iba unos metros por delante y se volvía de vez en cuando para comprobar que yo seguía allí.

Yo seguía allí.

Incómoda, mal calzada y montada en una bicicleta diseñada aparentemente para una mujer de un metro ochenta.

Pero allí.

Fue uno de los días más felices de mi vida.

También decidí que la próxima vez elegiría personalmente la bicicleta.

Nuestra relación estaba llena de momentos así.

Domingos de lluvia en los que no hacíamos absolutamente nada y que, para mi considerable satisfacción, confirmaban una teoría que había formulado meses atrás: con la persona adecuada, un domingo lluvioso no parecía tiempo perdido.

Cenas improvisadas. Paseos sin destino. Noches en el sofá. Conversaciones en la cama que empezaban hablando de algo importante y terminaban discutiendo sobre algo completamente idiota.

Henry seguía haciéndome reír. Seguía siendo atento. Seguía siendo amable sin esa irritante necesidad que tienen algunos hombres de asegurarse de que has observado que están siendo amables.

Y el sexo era estupendo.

Creo que esto también debe constar.

Así que sí.

Era feliz.

Henry era maravilloso.

Nuestra relación era maravillosa.

Pero Henry tenía defectos.

Naturalmente.

No muchos.

Al principio.

Perdía paraguas.

Eso ya lo sabía.

Lo que no sabía era que tenía una capacidad extraordinaria para dejar cualquier objeto exactamente en el lugar donde había dejado de necesitarlo.

Una taza podía permanecer sobre una mesa durante horas.

Un destornillador podía aparecer en la cocina.

Un libro podía vivir tres semanas en el brazo del sofá.

Henry no consideraba que aquello fuera desorden. Según él, sabía perfectamente dónde estaba todo.

Yo también sabía dónde estaba todo.

Fuera de su sitio.

Luego estaban sus proyectos.

Henry empezaba cosas.

Muchas cosas.

Las empezaba con entusiasmo, compraba lo necesario, investigaba durante horas y trabajaba intensamente en ellas.

Hasta que dejaban de interesarle.

Entonces se convertían en «proyectos pendientes».

En su despacho había una bicicleta que llevaba arreglando desde antes de conocerme. Había herramientas, cables, cajas, piezas y objetos cuya función no resultaba inmediatamente evidente para ningún ser humano que no fuera ingeniero.

Una de las cajas llevaba escrito, en letras enormes: NO TIRAR.

Naturalmente, la abrí.

Dentro encontré tornillos, adaptadores, un cable USB y una pieza metálica que ni siquiera Henry fue capaz de identificar inmediatamente.

Aquello me pareció suficiente para ganar el caso.

Henry sostuvo que no reconocer una pieza en menos de cinco segundos no la convertía en basura.

Yo sostuve que llevar cuatro años guardándola sin saber qué era constituía una prueba bastante sólida.

No llegamos a un acuerdo.

La caja volvió al despacho.

Yo anoté mentalmente que tendría que desaparecer durante la mudanza.

Y, naturalmente, estaba la televisión.

Sesenta y cinco pulgadas.

No tengo nada contra las televisiones grandes.

Quiero que quede claro.

Pero aquello no era una televisión.

Era una pared con Netflix.

Henry la adoraba.

Yo había llegado incluso a tolerarla.

Porque una relación consiste en aceptar pequeñas diferencias.

Y porque mi piso tenía una televisión de dimensiones perfectamente razonables.

Mi piso.

El tercero.

Mi maravilloso, ordenado, perfectamente distribuido y extraordinariamente acogedor piso.

El único problema de nuestra relación era que, después de varios meses viviendo prácticamente juntos, seguíamos teniendo dos casas.

Yo tardé cierto tiempo en darme cuenta de que aquello era absurdo.

Y aproximadamente treinta segundos en encontrar la solución.

Henry tenía que mudarse conmigo.

No era una cuestión sentimental.

Era pura lógica.

Y si además podía alquilar el cuarto y utilizar el alquiler para pagar su hipoteca, aquello dejaba de ser una buena idea para convertirse prácticamente en una decisión financiera irresponsable de no hacerlo.

Solo había un pequeño inconveniente.

Henry no quería.

Todavía.

✦   ✦   ✦

Mi primera estrategia fue no hacer nada.

Era importante que Henry llegara a la conclusión por sí mismo.

Las decisiones importantes en una pareja deben tomarse de común acuerdo y sin presiones.

Así que durante aproximadamente cuatro días no volví a mencionar el asunto.

Lo que hice fue crear las condiciones adecuadas para que pudiera reflexionar.

El lunes vacié parte de un cajón. El martes hice unos cuarenta centímetros de sitio en el armario. Henry descubrió el espacio aquella noche y me acusó de estar haciéndole sitio.

Le expliqué que no le estaba haciendo sitio. Había reorganizado el armario y, como consecuencia puramente accidental, ahora existían cuarenta centímetros disponibles.

Henry abrió el cajón de debajo. También estaba medio vacío.

—Qué cantidad de accidentes.

—Estoy ordenando.

No discutió. Sonrió, colgó la camisa y se fue al baño.

Aquella sonrisa me preocupó.

Con razón.

El miércoles compré su café. El jueves aparecieron en mi cuarto de baño el gel que utilizaba Henry y una espuma de afeitar.

Henry sostuvo que ya tenía espuma de afeitar arriba.

Le expliqué que precisamente ese era el problema.

—Vivo arriba, Claire.

—Ya lo sé.

—Tengo mis cosas donde vivo.

—Y ahora tienes algunas aquí.

Henry cogió el bote, lo examinó y dijo que todo aquello era muy práctico.

No me gustó el tono con el que dijo práctico.

El viernes descubrí que había iniciado su contraofensiva.

Me mandó un mensaje a las cinco y media.

«He comprado salmón. ¿Cenas arriba?»

Aquello no tenía nada de sospechoso. Henry cocinaba mejor que yo y cocinaba a menudo.

Subí.

Había vino blanco frío.

El que me gustaba.

Cenamos salmón con unas patatas pequeñas al horno y después vimos una película en su sofá, delante de las sesenta y cinco pulgadas.

Seguía pensando que eran completamente innecesarias.

La película, sin embargo, se veía estupendamente.

Cuando terminó, llovía.

Mucho.

Henry me dijo que podía quedarme. Le recordé que tenía el pijama abajo.

Se limitó a señalar hacia el dormitorio.

En el segundo cajón de su cómoda encontré un pijama mío, ropa interior, un cargador, mi crema hidratante y unos calcetines que llevaba buscando desde febrero.

Volví al salón con el pijama en la mano.

—Me estás manipulando.