CAPÍTULO 20 — EL OPERATIVO
Después de la llamada, el silencio empezó a dar más miedo que cualquier amenaza.
Ya no hacía falta que ocurriera nada.
Ni coches siguiéndolos.
Ni llamadas.
Ni mensajes extraños.
La simple posibilidad de que alguien supiese quiénes eran bastaba para mantenerlos completamente tensos.
Carol empezó a dormir con el móvil sobre la almohada.
Y cada vez que vibraba de madrugada sentía el mismo golpe en el pecho.
Porque ahora cualquier sonido podía significar problemas.
Los días siguientes transcurrieron extrañamente tranquilos.
Demasiado tranquilos.
Nadie volvió a acercarse a Villa Restrepo.
Nadie habló siquiera de pasar por O Pallote.
Y aun así la casa seguía presente constantemente.
En los silencios.
En las conversaciones cortadas.
En las miradas nerviosas.
Como si Villa Restrepo ya formase parte de todos ellos incluso estando lejos.
Fue Guille quien recibió la primera noticia.
Un mensaje.
Corto.
De alguien relacionado con la Guardia Civil.
Solo una frase.
—Esta noche va a pasar algo gordo.
Carol leyó el mensaje varias veces.
El corazón empezó a latirle demasiado rápido.
—¿Qué significa eso?
Guille negó lentamente.
—No me dicen más.
Pero todos pensaron exactamente lo mismo.
Villa Restrepo.
Esa noche nadie consiguió quedarse quieto.
El grupo de WhatsApp volvió a activarse como en los primeros días.
Mensajes constantes.
Audios.
Llamadas.
Pero esta vez no había emoción.
Solo ansiedad.
Mauro caminaba de un lado a otro dentro de casa.
Roi apenas hablaba.
Y Dani insistía constantemente en una cosa.
—No os acerquéis.
Pero precisamente por eso resultó imposible no hacerlo.
No para entrar.
No para acercarse demasiado.
Solo mirar desde lejos.
Solo comprobar qué estaba pasando.
Y otra vez volvió la frase maldita.
Solo mirar.
Llegaron cerca de O Pallote pasada la medianoche.
La lluvia había parado, pero el ambiente seguía húmedo y pesado.
Desde mucho antes de alcanzar la finca ya podían verse luces entre árboles.
Muchas luces.
Demasiadas.
Guille redujo velocidad inmediatamente.
Y entonces los vieron.
Coches.
Varios.
Guardia Civil.
Vehículos sin rotular.
Furgones.
Y movimiento por todas partes.
Carol sintió cómo el cuerpo entero se le tensaba.
Porque aquello ya no era una sospecha.
Ni una teoría.
Ahora Villa Restrepo estaba explotando delante de ellos.
—Joder…
Mauro apenas pudo decir otra cosa.
Desde la distancia podían verse sombras entrando y saliendo de la finca.
Linternas moviéndose.
Radios.
Voces.
Y entonces apareció algo todavía peor.
Ambulancias.
—¿Qué cojones está pasando ahí?
Nadie respondió.
Porque ninguno conseguía apartar la vista.
Villa Restrepo ya no parecía una casa escondida en mitad del monte.
Ahora parecía el centro de una operación gigantesca.
El grupo permaneció dentro del coche varios minutos completamente en silencio.
Mirando.
Intentando entender.
Y entonces Carol vio algo que le heló la sangre.
Un coche negro.
El mismo modelo.
El mismo tipo de coche que había aparecido junto al parque.
Estaba detenido varios metros más abajo.
Observando el operativo.
Como ellos.
—¿Lo estáis viendo?
Guille asintió lentamente.
Roi respiró hondo.
—Nos tenemos que ir.
Pero nadie se movió.
Porque era imposible apartar la vista de Villa Restrepo.
De la casa que había comenzado como una simple curiosidad y ahora estaba rodeada por decenas de agentes.
Entonces empezaron a aparecer rumores.
Mensajes.
Llamadas.
Gente hablando.
Que si habían encontrado algo enorme.
Que si había cientos de plantas.
Que si aquello parecía una fábrica.
Que si habían detenido a alguien.
Todo llegaba fragmentado.
Confuso.
Pero suficiente para entender una cosa.
La Guardia Civil acababa de descubrir exactamente lo mismo que ellos.
Solo que a una escala muchísimo mayor.
Mauro parecía entre asustado y fascinado.
—¿Os dais cuenta?
Nadie respondió.
Porque todos lo entendían perfectamente.
Si aquello salía en prensa…
si la investigación seguía creciendo…
si alguien dentro de la organización empezaba a buscar responsables…
ellos estaban demasiado cerca de todo.
Carol seguía mirando hacia la finca.
Las luces.
Los agentes.
Los movimientos.
Y de repente recordó algo.
La llamada.
No vuelvas a la casa.
Ahora empezaba a entenderla de otra manera.
Quizá no había sido una amenaza.
Quizá había sido una advertencia real.
Como si alguien hubiese sabido que aquello estaba a punto de explotar.
Entonces el teléfono de Guille volvió a sonar.
Escuchó en silencio varios segundos.
Y cuando colgó tenía la cara completamente seria.
—Han encontrado una barbaridad ahí dentro.
Carol sintió un escalofrío.
—¿Cuánto?
Guille tardó unos segundos en responder.
Mirando todavía hacia Villa Restrepo iluminada en mitad de la noche gallega.
—Dicen que puede ser una de las mayores plantaciones encontradas nunca dentro de una vivienda en Galicia.