Villa Restrepo CAPÍTULO 15 — LA HUIDA
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CAPÍTULO 15 — LA HUIDA

El coche salió derrapando de la pista embarrada mientras la lluvia golpeaba el parabrisas con una violencia casi irreal.

Carol apenas podía respirar.

Tenía barro en las manos, en las zapatillas y todavía sentía el olor de Villa Restrepo pegado dentro de la nariz.

Marihuana.

Pero ya no olía igual que antes.

Ahora el olor estaba unido al miedo.

Al hombre gritando.

Al arma.

A los focos gigantes iluminando cientos de plantas dentro de la oscuridad.

Guille apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían quedado blancos.

El coche saltaba constantemente sobre baches y charcos mientras descendían por la pista forestal.

Nadie hablaba.

Solo se escuchaba la lluvia.

Y la respiración acelerada de los cuatro.

Mauro seguía girándose continuamente hacia atrás.

Como si esperase ver aparecer luces detrás de ellos en cualquier momento.

Roi estaba completamente pálido.

Carol nunca le había visto así.

Parecía alguien que acababa de comprender demasiado tarde que se había metido en algo enorme.

—Nos vieron.

La frase salió casi en un susurro.

Nadie respondió.

Porque no hacía falta.

Claro que los habían visto.

Y lo peor era que seguramente ahora sabían exactamente por dónde habían escapado.

El coche volvió a derrapar ligeramente en una curva.

Guille corrigió el volante con brusquedad.

—Joder.

Carol miró hacia atrás por primera vez.

Oscuridad.

Lluvia.

Árboles moviéndose con el viento.

Nada más.

Y aun así tenía la sensación constante de que alguien venía detrás.

—Nos van a seguir.

Mauro hablaba demasiado rápido.

Como si todavía siguiese dentro de la casa.

—¿Tú viste todo aquello?

—Calla un momento —murmuró Guille.

Pero Mauro no podía parar.

—Eso era enorme. ENORME.

Roi levantó la cabeza lentamente desde el asiento trasero.

Y por primera vez parecía realmente enfadado.

—¿Te das cuenta de que podían habernos pegado un tiro?

El silencio volvió inmediatamente.

Porque todos pensaron exactamente lo mismo.

El arma.

Carol seguía viendo la pistola cada vez que cerraba los ojos.

El hombre había apuntado directamente hacia ellos.

Y si había disparado o no…

ni siquiera estaba segura ya.

Todo había ocurrido demasiado rápido.

—Tenemos que ir a la Guardia Civil.

La frase salió de Carol antes incluso de pensarlo.

Mauro giró inmediatamente la cabeza.

—¿Estás loca?

—¿Y qué hacemos entonces?

—Nada.

—¿Nada?

Mauro se pasó ambas manos por la cara completamente nervioso.

—Carol, acabamos de entrar en una plantación industrial. Esa gente no son cuatro fumados.

Roi asintió lentamente.

—Tiene razón.

El coche seguía avanzando entre curvas mientras la lluvia golpeaba cada vez con más fuerza.

Y entonces ocurrió algo.

Unas luces.

A lo lejos.

Detrás de ellos.

Guille las vio inmediatamente por el retrovisor.

—Mierda.

Carol sintió cómo el cuerpo se le congelaba.

Las luces desaparecieron unos segundos tras una curva.

Después volvieron a aparecer.

Mucho más rápido.

—¿Nos siguen?

Nadie respondió inmediatamente.

Porque la respuesta parecía demasiado evidente.

Guille aceleró.

El motor rugió mientras el coche tomaba otra curva demasiado rápido.

Roi se agarró al asiento delantero.

—Más despacio, joder.

Pero Guille seguía mirando constantemente el retrovisor.

Las luces seguían detrás.

Cada vez más cerca.

Carol notó auténtico pánico por primera vez.

No paranoia.

No nervios.

Pánico real.

Porque aquello ya no era una historia.

Ni una investigación absurda.

Ahora había gente buscándolos.

El coche detrás de ellos parecía demasiado grande.

Demasiado rápido.

Y durante varios segundos Carol imaginó exactamente lo que podía pasar si los alcanzaban en mitad de aquella carretera perdida.

—No pares.

—No voy a parar.

Las ruedas volvieron a patinar sobre agua.

El coche casi se cruzó.

Mauro soltó una maldición.

Y entonces las luces desaparecieron otra vez.

Guille siguió conduciendo varios minutos más sin bajar velocidad.

Nadie hablaba.

Todos seguían mirando constantemente hacia atrás.

Esperando volver a verlas.

Pero ya no aparecieron.

Cuando finalmente alcanzaron la carretera principal, Guille redujo un poco la velocidad.

El silencio dentro del coche era ahora todavía peor.

Porque todos estaban intentando entender exactamente lo que acababa de pasar.

Carol seguía temblando.

Miró las manos.

No conseguía dejar de moverlas.

—Nos podían haber matado.

Roi respondió inmediatamente.

—Sí.

Y precisamente la rapidez con la que contestó hizo que Carol sintiese todavía más miedo.

Porque ninguno estaba exagerando ya.

Villa Restrepo había dejado atrás completamente el juego.

Ahora era algo mucho más grande.

Mucho más peligroso.

Y mientras la lluvia seguía cayendo sobre la carretera gallega, Carol entendió una cosa con absoluta claridad.

No iban a poder olvidar aquella noche nunca.