Villa Restrepo CAPÍTULO 16 — EL PARQUE
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CAPÍTULO 16 — EL PARQUE

Carol apenas durmió después de la huida.

Cada vez que cerraba los ojos veía la puerta reventando.

El hombre gritando.

El arma.

Las luces gigantes iluminando cientos de plantas dentro de la vivienda.

Y sobre todo recordaba aquella sensación.

La de haber entrado accidentalmente en el negocio de gente peligrosa.

La lluvia seguía cayendo sobre Galicia cuando amaneció.

El sonido del agua contra las ventanas hacía que todo pareciese todavía más irreal.

Como si la noche anterior hubiese sido una pesadilla.

Pero el barro en las zapatillas seguía allí.

Y el grupo de WhatsApp no había dejado de sonar en toda la madrugada.

Mauro estaba completamente acelerado.

Mandaba audios larguísimos hablando de la plantación.

De los focos.

Del calor.

De la cantidad de dinero que debía haber allí dentro.

Roi, en cambio, apenas escribía.

Y cuando lo hacía, siempre repetía lo mismo.

—Tenemos que olvidarnos de esto.

Carol quería darle la razón.

De verdad quería.

Pero había algo imposible de ignorar.

Ya sabían demasiado.

Y cuanto más pensaba en ello, más miedo le daba.

A media tarde quedaron en un pequeño parque a las afueras.

Lejos de Villa Restrepo.

Lejos de O Pallote.

Necesitaban hablar cara a cara.

Intentar entender qué hacer ahora.

El ambiente era extraño desde el primer minuto.

Nadie estaba tranquilo.

Guille fumaba constantemente.

Mauro caminaba de un lado a otro sin parar.

Y Roi parecía agotado.

Como si hubiese envejecido varios años en una sola noche.

—Tenemos que ir a la Guardia Civil.

Carol volvió a decirlo nada más llegar.

Mauro negó inmediatamente.

—Ni de coña.

—¿Entonces qué hacemos?

—Nada.

—¿Cómo que nada?

Mauro bajó la voz.

—Carol, esa gente no es normal.

Roi levantó lentamente la cabeza.

—Precisamente por eso deberíamos mantenernos lejos.

El silencio volvió a caer sobre el grupo.

Porque todos sabían que ya era demasiado tarde para mantenerse lejos.

Ya los habían visto.

Y probablemente ellos también habían visto demasiado.

Carol seguía recordando la cámara bajo el tejado.

Las voces.

El arma.

Todo indicaba que Villa Restrepo estaba controlada por gente organizada.

Y eso hacía que el miedo creciese cada hora.

Fue entonces cuando apareció el primer coche.

Negro.

Alta gama.

Demasiado lento.

Pasó frente al parque sin detenerse.

Pero todos lo miraron.

Y el coche volvió a pasar diez minutos después.

Esta vez todavía más despacio.

Mauro dejó de caminar.

Roi observó directamente hacia el suelo.

Carol sintió inmediatamente el corazón acelerándose otra vez.

—¿Lo conocéis?

Nadie respondió.

Porque ninguno necesitaba conocerlo para entender lo que estaban pensando todos.

El coche desapareció calle abajo.

Pero el ambiente ya había cambiado completamente.

—Nos estamos rayando.

Guille intentó sonar tranquilo.

Pero ni él mismo parecía creerse sus palabras.

Quince minutos después apareció otro coche.

Blanco.

SUV enorme.

Con lunas tintadas.

También redujo velocidad al pasar junto al parque.

Y esta vez sí miraron claramente hacia ellos.

Carol notó cómo se le secaba la boca.

Porque la paranoia empezaba a mezclarse con algo mucho peor.

La posibilidad real de estar siendo observados.

—Nos tenemos que ir.

Roi habló casi en un susurro.

Nadie discutió.

Empezaron a caminar rápidamente hacia los coches.

Y entonces ocurrió.

El coche negro volvió a aparecer.

Esta vez frenó unos metros más adelante.

Carol sintió auténtico pánico.

La ventanilla trasera comenzó a bajar lentamente.

Pero antes de que llegase a abrirse del todo, Guille arrancó.

—Subid.

Nadie preguntó nada.

Todos entraron rápidamente.

El coche salió del aparcamiento casi derrapando.

Carol miró hacia atrás.

El coche negro arrancó inmediatamente detrás de ellos.

—Joder, joder, joder…

Mauro no dejaba de repetirlo.

Las calles mojadas hacían que conducir fuese todavía más complicado.

Guille tomó varias curvas rápidas intentando perderlos.

El SUV blanco apareció también unos metros más atrás.

Y durante varios segundos Carol sintió exactamente la misma sensación que la noche anterior.

La de estar huyendo de algo muchísimo más grande que ellos.

—Nos siguen.

Roi ya ni siquiera intentaba negar la realidad.

El coche negro seguía detrás.

Demasiado cerca.

Y entonces ocurrió algo todavía peor.

El coche aceleró hasta colocarse prácticamente a su lado.

Carol llegó a ver parcialmente al conductor.

Hombre.

Rapado.

Mirada fija.

La ventanilla empezó a bajar lentamente.

—NO PARES.

Guille aceleró inmediatamente.

El motor rugió mientras tomaban una carretera secundaria llena de curvas.

Las ruedas patinaron sobre agua.

Durante varios segundos nadie habló.

Solo respiraban.

Esperando.

Y entonces, igual que había aparecido, el coche desapareció.

No volvió a seguirlos.

No volvió a aparecer.

Pero eso no alivió a nadie.

Porque el mensaje ya estaba claro.

Alguien sabía perfectamente quiénes eran.

Cuando finalmente se detuvieron varios kilómetros después, el silencio dentro del coche era absoluto.

Carol seguía temblando.

Mauro había dejado de hablar por primera vez desde que todo había empezado.

Y Roi permanecía mirando fijamente por la ventanilla.

Como si acabara de entender algo aterrador.

—Ya no podemos fingir que esto es un juego.

Nadie respondió.

Porque todos sabían que acababan de entrar en una guerra que ni siquiera comprendían todavía.