CAPÍTULO 14 — NO POLICE
Carol supo que aquella noche terminaría mal desde el momento en que vio la maza dentro del maletero.
No era una herramienta pequeña.
No era algo improvisado.
Mauro la había llevado porque ya había tomado una decisión.
Y todos lo entendieron inmediatamente.
—No me jodas —murmuró Roi.
Mauro cerró el maletero lentamente.
—Solo si hace falta.
Pero nadie creyó realmente aquella frase.
Porque llevaban días caminando exactamente hacia ese momento.
Cada visita.
Cada teoría.
Cada fotografía ampliada.
Cada noche frente a Villa Restrepo.
Todo había terminado conduciéndolos hasta allí.
La lluvia volvía a caer con fuerza sobre O Pallote.
El parabrisas apenas conseguía apartar el agua mientras avanzaban lentamente por la carretera secundaria.
Nadie hablaba demasiado.
El ambiente dentro del coche era completamente distinto al de semanas atrás.
Ya no parecía una aventura.
Ahora todos sabían que estaban acercándose a algo muy serio.
Y aun así nadie pidió dar la vuelta.
Carol observó a Mauro desde el asiento trasero.
Estaba completamente concentrado.
Demasiado tranquilo.
Como si llevase horas imaginando exactamente lo que iba a hacer.
Roi, en cambio, no dejaba de mirar por las ventanillas.
Inquieto.
Tenso.
—Esto es una locura —dijo finalmente.
Guille no respondió.
Solo siguió conduciendo.
Porque quizá todos sabían ya que había llegado el punto donde nadie iba a escuchar razones.
Cuando aparcaron cerca de la finca, el silencio se volvió todavía más incómodo.
La lluvia golpeaba árboles, barro y tejados con una fuerza constante.
Villa Restrepo aparecía apenas visible entre oscuridad y niebla.
Y aun así seguía imponiendo la misma sensación.
Como si la casa estuviese viva.
Mauro abrió el maletero otra vez.
Cogió la maza.
Y durante unos segundos nadie se movió.
Carol sintió un nudo en el estómago.
Porque ahora sí entendía claramente que estaban cruzando una línea imposible de deshacer.
—Todavía podemos irnos —dijo Roi.
Mauro lo miró.
—¿Y quedarnos toda la vida pensando qué había detrás?
Roi no respondió.
Porque precisamente ese era el problema.
La curiosidad.
La necesidad enfermiza de saber.
Entraron otra vez por la pequeña puerta lateral.
El barro hacía que avanzar fuese incómodo.
El olor a marihuana resultaba ya evidente incluso desde fuera de la vivienda.
Y el zumbido seguía ahí.
Constante.
Industrial.
Como una fábrica funcionando dentro de una casa perdida en mitad de Galicia.
Carol sentía el corazón tan rápido que le costaba respirar con normalidad.
Todo dentro de ella decía que debían marcharse.
Pero seguía avanzando.
Todos seguían avanzando.
Llegaron hasta la puerta lateral que Mauro llevaba días observando.
El olor era muchísimo más fuerte allí.
Y también el calor.
El aire caliente salía desde pequeñas rendijas del marco.
Roi volvió a retroceder inmediatamente.
—No hagáis esto.
Mauro levantó lentamente la maza.
Y durante unos segundos el tiempo pareció detenerse.
La lluvia.
El zumbido.
El olor.
El barro bajo las zapatillas.
Carol todavía recordaría aquel instante años después.
Porque fue exactamente ahí donde todo cambió.
El primer golpe resonó por toda la finca.
SECO.
METÁLICO.
Brutal.
Todos se quedaron inmóviles inmediatamente después.
Esperando.
Nada.
Solo el zumbido.
Mauro golpeó otra vez.
Y otra.
La madera empezó a ceder.
Carol sintió auténtico pánico.
—Mauro, para.
Pero él ya no escuchaba.
El siguiente golpe reventó parte del marco.
Y entonces ocurrió.
Una voz.
Desde dentro.
Gritando.
—NO POLICE! NO POLICE!
Carol sintió cómo todo el cuerpo se le congelaba.
Porque escuchar aquella voz significaba una sola cosa.
La casa estaba llena.
Y antes de que nadie pudiera reaccionar, la puerta terminó de abrirse violentamente.
El olor salió de golpe.
Intenso.
Asfixiante.
Industrial.
Y detrás apareció un hombre.
Capucha.
Guantes.
Ojos completamente desorbitados.
Y un arma en las manos.
Durante una fracción de segundo nadie se movió.
El hombre seguía gritando.
—NO POLICE! NO POLICE!
Detrás de él apareció otro.
Y entonces Carol vio lo imposible.
Filas.
Decenas y decenas de plantas iluminadas por focos gigantes.
Ventiladores.
Tubos.
Extractores.
Luces.
Calor.
Como una fábrica escondida dentro de la vivienda.
El primer hombre levantó el arma.
Y el mundo explotó.
—CORRED!
No supo quién gritó aquello.
Quizá Guille.
Quizá Roi.
Quizá ella misma.
Pero todos reaccionaron a la vez.
Salieron corriendo bajo la lluvia mientras detrás seguían escuchándose gritos en otro idioma.
Carol resbaló sobre barro.
Guille la agarró del brazo.
Mauro corría todavía mirando hacia atrás.
Y Roi solo repetía una frase constantemente.
—NOS VAN A MATAR.
Cuando alcanzaron el coche, Guille arrancó tan rápido que las ruedas patinaron sobre la pista embarrada.
Y mientras Villa Restrepo desaparecía detrás de la lluvia y los árboles…
Carol entendió finalmente algo aterrador.
No acababan de descubrir una plantación.
Acababan de entrar en el negocio de alguien muy peligroso.