CAPÍTULO 13 — MAURO
Después de aquella noche, nadie volvió a ser exactamente el mismo.
El olor seguía dentro de la cabeza de Carol incluso horas después de haber abandonado Villa Restrepo.
Lo notaba al respirar.
Al ducharse.
Al acostarse.
Como si la casa hubiese dejado algo pegado dentro de ella.
Pero lo peor no era eso.
Lo peor era la sensación constante de haber cruzado una línea.
Porque ya no estaban imaginando cosas.
Ya no eran teorías absurdas de WhatsApp.
Ahora sabían que dentro de aquella vivienda había una plantación.
Y probablemente gente.
Y probablemente mucho dinero.
Y aun así, ninguno conseguía dejar de pensar en volver.
Mauro menos que nadie.
Fue el primero en escribir al día siguiente.
Un audio de casi cuatro minutos.
Carol lo escuchó mientras preparaba café.
—Os lo juro, eso tiene que ser enorme. ¿Habéis escuchado el ruido? Eso no eran cuatro plantas para fumar porros. Ahí hay algo industrial montado.
Carol cerró los ojos unos segundos.
Porque una parte de ella sabía que Mauro tenía razón.
Todo en Villa Restrepo parecía demasiado grande.
Demasiado preparado.
Demasiado profesional.
Pero precisamente por eso también daba miedo.
El siguiente mensaje llegó de Roi.
Mucho más corto.
—No deberíamos volver.
Carol notó inmediatamente el contraste.
Mauro estaba excitado.
Roi asustado.
Y entre ambos extremos, Guille parecía atrapado en mitad de algo que todavía no terminaba de entender.
Esa noche quedaron otra vez.
No porque lo hubiesen planeado realmente.
Simplemente acabaron allí.
Como siempre.
La lluvia había desaparecido por primera vez en días y la carretera hacia O Pallote parecía distinta sin el sonido constante del agua.
Más silenciosa.
Más peligrosa.
Mauro hablaba demasiado.
Era evidente que llevaba todo el día pensando en Villa Restrepo.
—Si eso es una plantación, tiene que haber una entrada principal.
—Ya la hay —respondió Roi—. Y no deberíamos cruzarla.
—¿No tienes curiosidad?
Roi tardó unos segundos en responder.
Después miró directamente hacia la finca.
—Claro que sí. Ese es precisamente el problema.
Carol permaneció callada.
Escuchando.
Porque empezaba a darse cuenta de algo.
La curiosidad era exactamente lo que estaba destruyéndolos.
Villa Restrepo funcionaba como un imán.
Cuanto más descubrían, más necesitaban seguir.
Y cuanto más seguían, más peligroso parecía todo.
Cuando aparcaron cerca de la finca, Mauro salió inmediatamente del coche.
Demasiado rápido.
Demasiado decidido.
—¿Qué haces?
—Mirar.
Pero ya nadie creía aquella palabra.
Carol caminó detrás de ellos sintiendo el corazón demasiado rápido.
El aire olía intensamente a humedad y tierra mojada.
Y aun así, incluso desde fuera del cierre, el olor seguía llegando a ratos.
Marihuana.
Cada vez más evidente.
Roi volvió a detenerse antes de cruzar la pequeña puerta lateral.
—En serio. Esto ya no es ninguna tontería.
Mauro se giró hacia él.
—Precisamente por eso tenemos que saber qué hay dentro.
—¿Para qué?
La pregunta quedó flotando varios segundos.
Y nadie supo responder realmente.
Porque ya no era simple curiosidad.
Era obsesión.
Entraron otra vez.
La finca seguía completamente silenciosa.
Pero ahora el silencio resultaba distinto.
Ya no parecía abandono.
Parecía vigilancia.
Carol tenía constantemente la sensación de que alguien los observaba desde dentro.
Las ventanas oscuras.
La cámara bajo el tejado.
Los pasos que habían escuchado la noche anterior.
Todo seguía allí.
Esperándolos.
Mauro avanzó directamente hacia una de las puertas laterales de la vivienda.
La misma que llevaba días mirando.
—Está cerrada.
—Y mejor que siga así —murmuró Roi.
Pero Mauro ya estaba tocando el marco.
Observando cerraduras.
Mirando bisagras.
Carol sintió inmediatamente una presión incómoda en el pecho.
Porque empezaba a entender exactamente hacia dónde se dirigía todo aquello.
Y no quería reconocerlo.
—Mauro.
Él no respondió.
Seguía observando la puerta con una intensidad obsesiva.
—Aquí detrás está todo.
—¿Cómo lo sabes?
Mauro levantó lentamente la cabeza.
Y sonrió.
—Porque ahí es donde más huele.
El silencio volvió a caer sobre los cuatro.
Y por primera vez desde que había comenzado toda aquella historia, Carol sintió miedo real de Mauro.
No de que fuese peligroso.
Sino de que ya hubiese llegado demasiado lejos mentalmente.
Porque mientras los demás todavía dudaban…
él ya había decidido que iba a abrir aquella puerta.
Solo faltaba saber cuándo.