CAPÍTULO 12 — EL OLOR
Roi fue el primero en retroceder.
No dijo nada más.
No intentó explicarlo.
Simplemente dio dos pasos hacia atrás sin apartar la vista de la pared lateral de Villa Restrepo.
Carol nunca le había visto aquella cara.
No era nerviosismo.
No era incomodidad.
Era miedo.
Y precisamente por eso el ambiente cambió completamente.
Porque Roi era siempre el racional.
El que analizaba.
El que dudaba.
El que intentaba desmontar las teorías exageradas de Mauro.
Pero ahora estaba asustado.
—¿Qué pasa? —preguntó Guille.
Roi tardó unos segundos en responder.
La lluvia seguía cayendo sobre la finca mientras el aire caliente salía lentamente desde la pequeña rejilla lateral.
Y aquel olor seguía ahí.
Denso.
Artificial.
Demasiado fuerte para aparecer en mitad de una finca abandonada.
—Eso es marihuana.
Nadie respondió inmediatamente.
Porque escuchar la palabra en voz alta hacía que todo pareciese distinto.
Más serio.
Más peligroso.
Carol volvió a respirar lentamente.
Ahora que Roi lo había dicho, el olor resultaba imposible de ignorar.
Era dulce.
Pesado.
Como si llevase años impregnando las paredes de la vivienda.
—¿Seguro?
Roi asintió lentamente.
—Sí.
Mauro sonrió.
Y aquello fue quizá lo más inquietante de toda la noche.
Porque mientras Carol y Roi empezaban a sentir miedo…
Mauro parecía emocionado.
—Os dije que aquí pasaba algo gordo.
—Nos tenemos que ir —insistió Roi.
Pero nadie se movió.
Y precisamente eso fue lo peor.
Porque incluso sabiendo ya que la casa escondía algo ilegal…
seguían queriendo saber más.
Guille se acercó un poco más a la pared.
Escuchando.
El zumbido era todavía más claro allí.
Constante.
Industrial.
Como una maquinaria funcionando sin descanso.
—Eso consume muchísimo.
Roi seguía mirando alrededor constantemente.
Como si esperase que en cualquier momento apareciese alguien.
Carol empezó a notar otra sensación distinta.
La finca ya no parecía simplemente peligrosa.
Ahora parecía controlada.
Como si hubiese ojos observándolos desde algún punto oscuro de la vivienda.
Entonces Mauro señaló hacia arriba.
Una pequeña cámara.
Casi invisible bajo el tejado lateral.
Durante varios segundos nadie habló.
Carol sintió cómo el cuerpo se le tensaba completamente.
—Nos están viendo.
La frase salió en un susurro.
Pero nadie necesitaba escucharla más alto.
Porque todos pensaron exactamente lo mismo.
Villa Restrepo no era una casa abandonada.
Era una instalación funcionando activamente.
Y ellos llevaban semanas entrando y saliendo como si fuese un juego.
Roi empezó a caminar hacia la salida inmediatamente.
—Esto ya no tiene gracia.
Pero Mauro seguía mirando la vivienda con obsesión.
Como si hubiese llegado demasiado lejos como para detenerse ahora.
—Tenemos que saber qué hay dentro.
—Ya lo sabemos —respondió Roi—. Droga.
—No. Quiero decir cuánto.
El silencio volvió a caer sobre los cuatro.
Porque aquella pregunta lo cambiaba todo.
Ya no hablaban de curiosidad.
Ni de misterio.
Ahora hablaban de entrar en una plantación ilegal.
Y aun así nadie decía que no.
Carol notó el corazón demasiado rápido.
Una parte de ella quería marcharse inmediatamente.
Pero otra necesitaba saber.
Necesitaba entender qué demonios escondía realmente Villa Restrepo.
De repente escucharon un golpe dentro de la vivienda.
Seco.
Metálico.
Los cuatro se quedaron completamente inmóviles.
Después otro.
Y entonces pasos.
Claramente pasos.
Roi reaccionó primero.
—Nos vamos YA.
Esta vez nadie discutió.
Empezaron a caminar rápidamente hacia la pequeña puerta lateral.
El barro hacía que avanzar fuese incómodo.
La lluvia seguía golpeando árboles y tejados.
Y aun así Carol podía escuchar perfectamente algo moviéndose dentro de la casa.
Cuando cruzaron otra vez la puerta pequeña, Guille se giró un segundo hacia la finca.
Y entonces lo vio.
Una sombra detrás de una ventana.
Solo un instante.
Pero suficiente.
—Hay alguien mirándonos.
Nadie respondió.
Porque todos empezaron a caminar todavía más rápido.
Subieron al coche casi sin hablar.
Guille arrancó inmediatamente.
El motor derrapó ligeramente sobre barro mientras se alejaban por la carretera oscura.
Nadie dijo nada durante casi un minuto.
Solo respiraban.
Demasiado rápido.
Como personas que acababan de cruzar una línea imposible de deshacer.
Fue Mauro quien rompió finalmente el silencio.
Y lo hizo sonriendo.
—Os dais cuenta de lo que acabamos de encontrar, ¿no?
Roi giró la cabeza lentamente desde el asiento trasero.
Y por primera vez desde que todo había empezado, parecía realmente preocupado.
—Creo que no tienes ni idea de lo que acabamos de encontrar.