Villa Restrepo CAPÍTULO 11 — LA NOCHE DE LLUVIA #2
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CAPÍTULO 11 — LA NOCHE DE LLUVIA #2

—Dicen que debía dinero. Mucho dinero.

Carol se incorporó lentamente en el sofá.

—¿Y desapareció?

—Eso dicen.

Durante unos segundos nadie escribió nada.

Y precisamente ese silencio hizo que la historia empezase a parecer todavía más real.

Porque en Galicia los rumores funcionan así.

Nunca sabes exactamente dónde empiezan.

Pero cuando demasiada gente cuenta versiones parecidas…

algo suele haber detrás.

Aquella noche hablaron durante horas.

Mauro había estado preguntando discretamente en bares de la zona.

Gente mayor.

Vecinos.

Personas que llevaban toda la vida en O Pallote.

Y cada uno contaba una versión distinta.

Que si el dueño había ganado muchísimo dinero de golpe.

Que si debía millones.

Que si tenía negocios turbios.

Que si huyó.

Que si alguien lo había amenazado.

Todo parecía exagerado.

Historias típicas de pueblo.

Y aun así, cuanto más escuchaban, más encajaba todo con la sensación que transmitía Villa Restrepo.

Una casa enorme.

Abandonada.

Pero extrañamente cuidada.

Como si alguien siguiese utilizándola para algo.

Carol permaneció largo rato mirando las fotografías de la finca desde el móvil.

Las había visto cientos de veces.

Y aun así cada vez encontraba algo nuevo.

Una ventana.

Una sombra.

Un detalle raro junto al garaje.

—¿Y si realmente era un estafador? —preguntó.

Roi tardó varios segundos en responder.

—Entonces la casa puede estar metida en líos bastante gordos.

—¿Como qué?

—Embargos. Deudas. Gente buscando dinero.

Carol notó inmediatamente una sensación incómoda.

Porque por primera vez apareció una idea nueva.

Y si la casa no estaba vacía…

quizá las personas que seguían entrando allí tampoco eran precisamente normales.

Al día siguiente quedaron otra vez cerca de O Pallote.

Ya ni siquiera intentaban justificarlo.

No buscaban excusas.

Simplemente necesitaban volver.

La lluvia caía despacio mientras el coche avanzaba lentamente junto al cierre.

Villa Restrepo apareció otra vez entre niebla y árboles.

Inmóvil.

Silenciosa.

Pero cada vez daba más miedo.

—Mira eso.

Guille señaló hacia la entrada principal.

Había marcas recientes sobre barro.

Muchísimas más que otras veces.

Carol sintió inmediatamente un escalofrío.

Porque no parecían marcas aisladas.

Parecían movimiento constante.

—Aquí entra gente todos los días.

Roi observó las huellas durante varios segundos.

Después dijo algo que hizo que el ambiente cambiase completamente.

—Entonces alguien nos puede haber visto a nosotros también.

El silencio dentro del coche fue inmediato.

Carol notó cómo el corazón empezaba a latirle más rápido.

Hasta aquel momento todo había parecido lejano.

Casi irreal.

Pero escuchar aquello en voz alta hacía que de repente todo pareciese mucho más peligroso.

Porque era verdad.

Ellos observaban la casa constantemente.

Pero quizá desde dentro llevaban tiempo observándolos también.

Carol volvió a mirar las ventanas.

Oscuras.

Inmóviles.

Y aun así, por primera vez sintió claramente la sensación de que había ojos detrás.

Esa noche apenas habló en el grupo.

Se limitó a leer.

Mauro seguía obsesionado con entrar otra vez.

Guille empezaba a pensar igual.

Y Roi, aunque continuaba intentando parecer racional, cada vez escribía menos y preguntaba más.

Antes de dormir, Carol abrió otra vez el catastro.

Ampliando imágenes de la finca mientras la lluvia golpeaba las ventanas de casa.

Entonces se detuvo en una fotografía aérea antigua.

Había coches.

Varios.

Demasiados para una vivienda supuestamente abandonada.

Carol sintió un pequeño nudo en el estómago.

Porque cuanto más tiraban del hilo…

más empezaba a parecer que Villa Restrepo nunca había sido realmente una casa vacía.

Y quizá lo peor era otra cosa.

Que ya estaban demasiado dentro como para parar.

CAPÍTULO 10 — EL POSTE

El poste estaba ahí desde el principio.

Y aun así ninguno se había fijado realmente en él.

Quizá porque parecía parte del paisaje.

Otro poste más perdido en mitad de Galicia.

Madera húmeda.

Cables atravesando árboles.

Musgo creciendo en la base.

Pero ahora Carol no podía dejar de mirarlo.

Todo empezó con una fotografía.

Una imagen borrosa que Mauro había hecho desde el coche mientras llovía.

Al ampliarla, Roi detectó algo extraño.

—Espera.

Carol observó cómo aparecía el típico círculo verde de WhatsApp indicando que Roi estaba escribiendo.

Después llegó otra imagen.

Más ampliada.

Y otra más.

—¿Veis esos cables?

Carol frunció el ceño.

Al principio no entendía qué estaba mirando.

Pero entonces lo vio.

Tres líneas negras bajaban directamente desde el poste hacia la finca.

Sin pasar aparentemente por ningún sitio visible.

—¿Eso es normal? —preguntó.

Roi tardó poco en responder.

—No demasiado.

El grupo permaneció en silencio varios segundos.

Y cuanto más observaban la imagen, más rara parecía.

Porque las líneas no terminaban en el contador.

Desaparecían directamente hacia una zona lateral de la vivienda.

—Eso parece un enganche.

Mauro mandó inmediatamente un audio.

—¿Qué significa eso?

—Que alguien puede estar cogiendo electricidad directamente del poste.

Carol notó cómo el cuerpo volvía a tensarse.

Porque cada nueva pieza hacía que Villa Restrepo pareciese menos una casa abandonada y más otra cosa.

Algo organizado.

Preparado.

Oculto.

Aquella tarde volvieron a O Pallote.

Ya casi ni discutían si debían ir o no.

Simplemente acababan allí.

Como si la casa hubiese terminado convirtiéndose en una necesidad.

El cielo estaba completamente gris.

El viento movía lentamente las ramas de los árboles alrededor de la finca.

Guille aparcó varios metros más atrás de lo habitual.

—No quiero que nos vean siempre en el mismo sitio.

La frase hizo que Carol lo mirase inmediatamente.

Porque era la primera vez que alguien hablaba abiertamente de la posibilidad de estar siendo observados.

Roi también lo notó.

—Nos estamos montando una paranoia importante.

—¿Y si no es paranoia? —preguntó Mauro.

Nadie respondió.

Porque ninguno estaba completamente seguro ya de dónde terminaba la imaginación y dónde empezaba el peligro real.

Bajaron del coche.

El ambiente húmedo hacía que el olor a tierra mojada resultase todavía más intenso.

Carol levantó la vista hacia el poste.

Ahora sí lo veía distinto.

Demasiados cables.

Demasiado movimiento alrededor.

Y cuanto más lo observaba, más evidente parecía que alguien había trabajado allí.

—Mirad esto.

Guille señaló hacia la base.

Había marcas recientes sobre barro.

Pisadas.

Varias.

Y algo más.

Una escalera apoyada hacía no demasiado tiempo.

—Aquí sube alguien.

Roi permaneció varios segundos completamente callado.

Después levantó la vista hacia los cables.

—Y sube bastante a menudo.

Carol volvió a mirar la casa.

Oscura.

Silenciosa.

Inmóvil.

Pero ahora ya no conseguía verla como una vivienda.

Villa Restrepo empezaba a parecer una instalación.

Algo diseñado específicamente para esconderse.

Y aquella idea empezó a darle miedo de verdad.

Porque una cosa era descubrir que alguien vivía dentro.

Y otra muy distinta descubrir que alguien estaba montando algo ilegal allí.

Volvieron al coche sin hablar demasiado.

El silencio dentro era cada vez más habitual.

Todos pensaban lo mismo.

Y ninguno quería decirlo en voz alta todavía.

Fue Roi quien terminó rompiendo el silencio.

—Eso consume muchísimo.

—¿El qué?

—Lo que sea que tengan ahí dentro.

Carol sintió un pequeño escalofrío.

Porque escuchar a Roi decir aquello hacía que todo pareciese mucho más real.

Más técnico.

Más serio.

—¿Tú qué crees que hay? —preguntó Guille.

Roi tardó varios segundos en responder.

Después habló muy despacio.

—No lo sé.

Y volvió a mirar la finca.

—Pero empiezo a pensar que no deberíamos seguir acercándonos tanto.

El ambiente dentro del coche cambió completamente.

Porque era la primera vez que Roi parecía realmente preocupado.

Y si precisamente él, que siempre había sido el más racional, empezaba a tener miedo…

quizá era porque Villa Restrepo escondía algo mucho peor de lo que imaginaban.

Esa noche Carol volvió a soñar con la casa.

Pero esta vez no estaba vacía.

Escuchaba voces detrás de las paredes.

Pasos.

Puertas metálicas.

Y un ruido constante.

Un zumbido grave que parecía recorrer toda la vivienda.

Se despertó sobresaltada a las cuatro y media de la mañana.

El corazón le latía demasiado rápido.

Y antes incluso de darse cuenta de lo que hacía, volvió a coger el móvil.

El grupo seguía activo.

Mauro había mandado otra foto.

Esta vez hecha desde mucho más cerca.

Demasiado cerca.

En la imagen se veía claramente uno de los cables entrando directamente hacia la parte trasera de Villa Restrepo.

Y debajo de la foto, un único mensaje.

—Aquí dentro hay algo muy gordo.

CAPÍTULO 11 — LA NOCHE DE LLUVIA

Carol empezó a tener la sensación de que Villa Restrepo los estaba esperando.

Era absurdo.

Lo sabía perfectamente.

Pero cada vez que el coche giraba hacia la carretera secundaria de O Pallote, sentía la misma mezcla de ansiedad y necesidad.

Como si ya no fuesen ellos quienes buscaban la casa.

Sino la casa quien terminaba arrastrándolos siempre hacia ella.

La lluvia llevaba cayendo sin parar desde primera hora de la tarde.

Galicia desaparecía detrás de una cortina gris húmeda que hacía que incluso las luces de los coches parecieran borrosas.

—Hoy no deberíamos venir —dijo Roi mientras limpiaba el vaho de la ventanilla.

Pero nadie respondió.

Porque los cuatro sabían que iban a acabar allí igualmente.

Villa Restrepo había dejado de ser una curiosidad hacía tiempo.

Ahora era una obsesión compartida.

Cuando llegaron cerca de la finca, Guille apagó las luces del coche mucho antes de detenerse.

Carol lo miró inmediatamente.

—¿Por qué haces eso?

—Porque si hay alguien dentro no quiero que sepan que estamos aquí.

La frase quedó flotando dentro del coche.

Nadie volvió a hablar durante varios segundos.

La lluvia golpeaba el techo con fuerza.

Villa Restrepo apenas se distinguía entre la oscuridad y los árboles.

Y aun así Carol seguía sintiendo claramente su presencia.

—No deberíamos entrar otra vez —murmuró Roi.

Pero Mauro ya estaba abriendo la puerta del coche.

—Solo un momento.

Siempre igual.

Solo mirar.

Solo entrar un momento.

Solo comprobar algo.

Y cada vez terminaban yendo un paso más lejos.

El barro se pegaba a las zapatillas mientras caminaban hacia la pequeña puerta lateral.

Carol sentía el corazón demasiado rápido.

No sabía exactamente qué esperaba encontrar.

Pero tenía la sensación de que aquella noche algo iba a cambiar.

La puerta seguía entreabierta.

Como si alguien hubiese pasado por allí hacía poco.

Guille la empujó lentamente.

El hierro chirrió otra vez.

Un sonido seco.

Incómodo.

Y durante unos segundos los cuatro permanecieron completamente quietos esperando escuchar algo dentro.

Nada.

Solo lluvia.

Y el zumbido.

Mucho más claro ahora.

Constante.

Profundo.

Como si toda la vivienda respirase electricidad.

Entraron.

La finca parecía distinta de noche.

Más grande.

Más cerrada.

Más viva.

El agua caía desde los árboles formando pequeños sonidos alrededor de ellos.

Carol levantó la vista hacia las ventanas.

Seguían completamente oscuras.

Pero ya no conseguía creer que estuviesen vacías.

—Escuchad eso.

Roi volvió a detenerse.

El zumbido venía claramente desde la parte trasera de la vivienda.

Y esta vez había algo más.

Un pequeño golpeteo metálico.

Rítmico.

Lejano.

—Hay alguien ahí dentro.

La frase salió casi en un susurro.

Mauro siguió avanzando.

Cada vez más cerca de la fachada.

—Mira esto.

Señaló una pequeña ventana lateral.

La persiana estaba levantada apenas unos centímetros.

Lo justo para dejar salir una luz muy tenue.

Carol sintió un escalofrío inmediato.

Porque ya no era una sospecha.

Ahora estaban viendo actividad real dentro de la casa.

Y aun así ninguno se marchó.

Eso fue lo peor.

Que incluso sabiendo que alguien estaba allí dentro…

seguían avanzando.

Roi parecía cada vez más incómodo.

Miraba constantemente hacia atrás.

Hacia la entrada.

Hacia la carretera.

Como si esperase que en cualquier momento apareciese alguien.

—Tenemos que irnos.

Pero Mauro ya estaba rodeando la vivienda.

Y Guille lo seguía.

Carol dudó unos segundos.

Después fue detrás de ellos.

La parte trasera de Villa Restrepo era todavía más extraña.

Había bidones.

Plásticos.

Y varias cajas apiladas bajo un pequeño tejado lateral.

Todo demasiado organizado para una casa abandonada.

Entonces Carol lo notó.

El calor.

Muy leve.

Pero completamente antinatural en mitad de aquella noche húmeda.

El aire que salía desde una pequeña rejilla lateral estaba caliente.

Roi se acercó lentamente.

Y durante varios segundos permaneció completamente quieto.

Después giró la cabeza hacia Carol.

Su cara había cambiado.

—Vámonos.

No sonó como una sugerencia.

Sonó como miedo.

—¿Qué pasa?

Roi respiró hondo.

Y entonces dijo algo que hizo que todo el cuerpo de Carol se tensase.

—Huele.

Al principio no entendió.

Después sí.

Era un olor muy leve.

Pero estaba ahí.

Dulce.

Denso.

Extraño.

Carol nunca había olido nada igual tan concentrado.

Y precisamente por eso tardó unos segundos en reconocerlo.

Marihuana.

Roi retrocedió inmediatamente.

—Nos tenemos que ir ya.

Pero Mauro seguía mirando la vivienda.

Obsesionado.

Como si toda la historia estuviese a punto de abrirse delante de ellos.

Y en el fondo, Carol empezó a comprender que tenía razón.