CAPÍTULO 5 — LAS LUCES
El zumbido seguía ahí.
Constante.
Leve.
Pero imposible de ignorar una vez que lo escuchabas.
Los tres permanecieron quietos frente a la vivienda durante varios segundos.
Nadie hablaba.
Nadie parecía tener demasiado claro qué hacer a continuación.
El sonido venía claramente desde dentro de la casa.
Y eso hacía que todo cambiase.
Porque una cosa era sospechar.
Y otra muy distinta era escuchar que algo seguía funcionando dentro de una vivienda supuestamente abandonada.
—¿Qué cojones es eso? —susurró Guille.
Roi negó lentamente con la cabeza.
—Ventilación… quizá.
Carol sintió un escalofrío.
La palabra ventilación sonó extraña en mitad de aquella finca silenciosa.
Durante unos segundos volvió a mirar las ventanas oscuras de la planta superior.
Seguían completamente apagadas.
Pero ahora tenía la sensación de que detrás de alguna de ellas podía haber alguien observándolos.
—Vámonos.
La frase salió sola.
Y esta vez nadie discutió.
Salieron de la finca mucho más rápido de lo que habían entrado.
Ninguno habló hasta subir otra vez al coche.
Guille arrancó sin encender las luces inmediatamente.
El motor sonó demasiado fuerte en mitad del silencio.
Carol siguió mirando la casa mientras se alejaban lentamente por la carretera.
Y cuanto más se alejaban, más segura estaba de algo.
La casa nunca había estado vacía.
Durante el trayecto de vuelta apenas hablaron.
El ambiente dentro del coche era completamente distinto al de otras noches.
Ya no parecía un juego.
Ya no era simplemente una historia rara para entretenerse.
Habían escuchado algo.
Y eso convertía todas sus teorías en algo mucho más real.
Cuando llegaron a casa, Roi mandó un mensaje antes incluso de bajarse del coche.
—Hay alguien ahí.
Guille respondió inmediatamente.
—O algo.
Carol no escribió nada.
Entró en casa, dejó las llaves sobre la mesa y permaneció varios minutos completamente quieta en la cocina.
La lluvia había vuelto.
Las gotas golpeaban las ventanas mientras intentaba ordenar todo lo que acababa de pasar.
Pero lo peor no era el zumbido.
Lo peor era otra cosa.
La finca no parecía abandonada.
No de verdad.
Todo estaba demasiado intacto.
Demasiado controlado.
Demasiado silencioso.
Y aun así, al día siguiente volvieron.
Fue idea de Guille.
Como casi siempre.
—Solo quiero comprobar una cosa.
Carol ya sabía que aquella frase era peligrosa.
Porque todas las decisiones importantes empezaban exactamente igual.
Solo comprobar.
Solo mirar.
Solo entrar un momento.
A media tarde aparcaron cerca de la finca.
Esta vez no entraron.
Simplemente observaron desde fuera.
El cielo estaba completamente gris y el viento movía lentamente las ramas de los árboles alrededor del cierre.
Guille miraba constantemente hacia la fachada principal.
—¿Qué estás buscando?
—El contador.
Carol siguió la dirección de su mirada.
El contador eléctrico estaba efectivamente en la fachada lateral, junto a la puerta del garaje.
—¿Y?
—Quiero saber si realmente pasa corriente.
Carol lo miró sin entender demasiado.
Guille salió entonces del coche y caminó lentamente hasta el cierre.
—¿Qué haces?
—Tranquila.
Carol sintió inmediatamente la tensión en el estómago.
Cada vez cruzaban límites con más facilidad.
Guille observó el contador durante varios segundos.
Después volvió rápidamente al coche.
—Está activo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque se escucha.
Roi permaneció en silencio unos segundos desde el asiento trasero.
Después dijo algo que hizo que el ambiente cambiase otra vez.
—Entonces ahí dentro hay consumo real.
Carol volvió a mirar la casa.
Las ventanas seguían cerradas.
La finca seguía aparentemente vacía.
Y aun así, la vivienda respiraba electricidad constantemente.
Durante los días siguientes empezaron a organizar pequeños rituales absurdos alrededor de Villa Restrepo.
Pasaban por delante casi cada noche.
Anotaban cosas.
Comentaban movimientos.
Intentaban recordar detalles mínimos.
Una persiana más levantada.
Una ventana distinta.
Barro reciente.
Ramas movidas.
Y cuanto más observaban, más difícil resultaba separar la realidad de la paranoia.
Fue entonces cuando Carol vio la luz.
No fue espectacular.
No iluminó toda la casa.
No parecía una película.
Fue apenas un destello.
Pequeño.
Rapidísimo.
En una de las ventanas superiores.
Carol incluso dudó de haberlo visto realmente.
—¿La viste?
Guille tardó unos segundos en responder.
Después arrancó el coche lentamente.
—Sí.
Ninguno dijo nada más.
Volvieron a pasar por delante otra vez.
La casa permanecía completamente oscura.
Pero ya era demasiado tarde.
Porque una vivienda vacía no enciende luces.